lunes, 20 de octubre de 2014

Obituario en The Tablet, 24 de Octubre 1914

La muerte, tapiz de R.H.Benson en su casa de Hare Street
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        Con profunda tristeza tenemos que anunciar la muerte en la casa del Obispo de Salford en la mañana del lunes, del muy reverendísimo Mgr. Robert Hugh Benson. Él había estado indispuesto hace algún tiempo y la última semana les informamos que él había sido obligado a cancelar todos sus compromisos hasta Navidad. Sin embargo, su condición no daba ninguna razón para serias aprehensiones y el fin vino rápidamente a causa de una falla al corazón.
        Su trabajo y su carrera serán considerados en nuestras principales columnas. Sin embargo podemos  establecer  aquí brevemente los principales acontecimientos de su vida. El cuarto hijo varón del fallecido Arzobispo Benson de Canterbury, había nacido en Wellington College en 1871, cuando su padre era rector ahí. Fue educado en Eton y en el Trinity College de Cambrigde e intentó al comienzo ingresar al ejército, pero la lectura de John Inglesant lo hizo cambiar de opinión y dejando Cambridge estudió para el ministerio anglicano con el dean Vaughan, en Llandaff. Después de su ordenación sirvió como coadjutor en la misión de Eton, Hackney Wick y en Kempsing cerca de Sevenoaks. En 1898 ingresó a la Comunidad de la Resurrección en Mirfield. En 1903 fue recibido en la Iglesia Católica en el priorato de Woodchester, y fue ordenado sacerdote al año siguiente en Roma. De ahí en adelante él puso devotamente toda su alma y corazón al servicio de la Iglesia a través de la palabra y de la pluma. Fue muy solicitado como predicador, y sin embargo encontraba tiempo para escribir libros, cuyo propósito fue el de explicar mediante ellos al mundo de habla inglesa el orbe de la fe que él había abrazado.  También en sus novelas, junto con establecer las verdades de la religión, procuró remover los prejuicios de los periodos controversiales de la historia inglesa los cuales son expuestos al lector con verdad y viveza.
         Dice el Manchester Guardian: “Tuvo las cualidades esenciales de un gran predicador: claridad, una entrega rápida y una incuestionable habilidad para la polémica. Estaba poseído por aquel tipo de celo que distingue a los conversos y sus novelas, trabajos de exposición y sus escritos tractarios conforman una gran cantidad de obras literarias. Todos sus talentos fueron puestos al servicio de  su Iglesia. No es difícil imaginar que él podría haber tenido una considerable influencia en la literatura si hubiera estado menos interesado en considerar a la literatura como medio y más preocupado en considerarla como fin, pues su docena de novelas están escritas con un propósito: con el propósito de poner ante el mundo la eficacia de la doctrina en la historia y en los acontecimientos sociales de la Iglesia Católica (…) Como Newman, él escribió el inglés con distinción. A pesar de la cantidad de su trabajo, su punto de vista y  su estilo producen un efecto, un efecto de la más monitoreada precisión  sin sentimentalismos.”
        El Daily Telegraph confirma un testimonio similar acerca de sus talentos y del magnífico uso de los mismos: “En sus libros y con su vida Robert Hugh Benson fue casi de principio a fin, un misionero de su Iglesia. Como novelista él exhibió un genuino don literario, pero como el Cardenal Newman, él miró más allá de su arte exclusivamente con un fin espiritual. (…) En todo lo que él escribió y dijo lució visiblemente una sinceridad apasionada. En su partidismo él pudo haber sido limitado, pero fue intenso e hizo muchos conversos. A todos los que le conocieron les dio la impresión de una extrema simplicidad, humildad y amabilidad. Él vivió una vida santa. Nada pudo restringirlo del ardor de la campaña misionaria por la que fue conducido a ambos lados del Atlántico. Había quedado claro durante los años pasados que él se había agotado a sí mismo, pero fue claro también que él fue un hombre cuya vida debía arder, no destellar, hasta su fin.”
         Los principales trabajos de Mgr. Benson son los que siguen: La luz Invisible; ¿Con qué autoridad?; El triunfo del rey; El Señor del Mundo; La tragedia de la reina; Los convencionalistas; Los sentimentalistas; Los espiritistas; Un aventador; Las denominaciones no católicas; Alba triunfante; Cristo en la Iglesia; El cobarde; La religión del hombre común; ¡Ven potro, ve soga!; El Ermitaño Richard Raynal; Las confesiones de un converso; Un hombre mediocre; Iniciación; Paradojas del Catolicismo; Peces raros y su último trabajo: Vexilla Regis, un libro de oraciones para los soldados en la guerra que está en vísperas de ser publicado.

Los Últimos Días:
        Estamos en deuda con el canónigo Sharrock de la Catedral de Salford, por el siguiente recuento de los últimos días de Mgr. Benson y de su muerte:
         “Monsignor Benson me escribió el 22 de Septiembre diciendo que no estaba bien y en vista de que él se había comprometido a predicar un ciclo de sermones en la Catedral de Salford durante el mes de Octubre, me solicitó estar preparado para recibir un telegrama en caso de que su médico declarara su condición como grave.  Dijo: “Le escribo esto en caso que usted reciba un inesperado telegrama, confiando en que no me imaginará como un dilatador ni como un perverso”. Más tarde escribió una segunda carta diciendo que había visto a su doctor, quien declaró que los dolores eran síntoma de una “falsa angina” y aunque era doloroso, no era de carácter serio. Se le permitió continuar con su trabajo.
       Como yo estaba lejos de casa no le vi el 4 de Octubre, primer domingo del mes, cuando él predicó, sin embargo fui informado que lució un poco indispuesto. Él se presentó el lunes 5 de Octubre en Ulverston, y ahí dio una semana de misiones. En el atardecer del día sábado 10 de Octubre me encontré  con él en la Estación Victoria, en Manchester y me llamó la atención de inmediato el cambio de su condición. Se mostró  incapaz de moverse con su vivacidad usual y se detenía a los pocos pasos para inhalar profundas respiraciones a fin de aliviar el súbito dolor. Él estaba muy confiado que este apuro era solamente de carácter temporal, ya que su corazón se había mostrado bastante sonoro. Halló la subida de las escaleras muy cansadoras y las subió muy lentamente. Cada expresión de ansiedad de mi parte se encontró con la confianza de que el dolor, aunque severo, no tendría consecuencias. A pesar de todas las protestas y súplicas, él declinó resueltamente mi solicitud que  debía descansar y dejar su trabajo en la catedral para otro día del mes de Octubre. Con su cortesía de siempre, hizo a un lado mis objeciones. Él predicó en la tarde del domingo por la noche, aunque su sermón fue más breve que lo usual y observé la ausencia de su usual animación. A su regreso a la sacristía, se vio obligado a descansar por un buen rato en una silla. Pronto se recobró, aunque se retiró a descansar algo más temprano que lo usual con la esperanza de poder recuperarse de la falta de sueño que había experimentado durante la semana producto del dolor.
        Después de una horrible noche de dolor y de gran desvelo, decidió volver a Londres el lunes 12 de Octubre en el tren de la mañana. Habíamos andado no más de unas pocas yardas cuando me ordenó detener un taxi y llevarlo al doctor más cercano. No podía soportar más el dolor. Con mucha dificultad lo traje de vuelta a la casa y se mandó a buscar al doctor más próximo, el cual vino inmediatamente. El examen dio como resultado el veredicto anterior, y el remedio fue señalado: se consideró conveniente cancelar todos los compromisos presentes. Monseñor suspendió su juicio al respecto. El dolor cedería con el tratamiento y con unos días de tranquilidad, pasaría. Después de dos horas de sueño, esa noche el agudo dolor regresó con gran violencia y continuó todo el martes sin pausa. La noche del martes y la mañana del miércoles no se vio ningún alivio y fue citado un especialista para compartir el diagnóstico del médico tratante. Un largo examen dio como resultado la confirmación de la decisión anterior, y aunque el dolor continuó por algún tiempo, cedió con el tratamiento alrededor del mediodía del miércoles. Entonces él se fue a la cama y al parecer estuvo en vías de recobrar el sueño, el que consiguió interrumpidamente la noche del miércoles. La congestión del pulmón derecho comenzó a manifestarse el jueves y, a pesar de continua observación del especialista y del doctor,  por la noche del jueves tuvo un gran avance. Todavía no se anticipaba ningún peligro y su espléndida vitalidad fue lo suficiente para confundirnos acerca de su indisposición.
       El peligro real vino a manifestarse  el viernes, y el sábado se vio un pequeño cambio. Entonces pareció oportuno prepararlo para una eventualidad peor. Con todo, él mismo tenía la suficiente confianza en sus propias fuerzas para la recuperación. Recibió los últimos sacramentos con gran devoción y, sin que se le pidiera, realizó su profesión de fe con marcada fuerza y vivacidad.  La mañana del domingo vio un cambio después del descanso nocturno, el cual puso a prueba tanto al doctor como a la enfermera. Nunca deliró, pero  su agitación era crítica. El domingo en la mañana le administré el Sagrado Viático. Su piedad y su devoción fueron muy conmovedoras. Contestó a todas las oraciones incluso corrigiéndome cuando mi emoción causó mi equivocación en el Misereatur.
       En la mañana del domingo recibió la visita de su hermano (Mr. Arthur C. Benson) lo que le produjo una gran placer. Me informó entonces que podría estar bien para el martes, “aunque” agregó luego, “esta dificultosa respiración produce una terrible punzada”. Sus facultades mentales estaban tan  intensamente vivas como siempre y no se observaba ningún signo de agotamiento mental. Sus fuerzas lucían bien, pero fue únicamente la evidencia de que la terrible tensión ocasionada por la neumonía empezaba a manifestarse en el corazón. Más tarde, hacia el atardecer, por primera vez abandoné la esperanza. Él me habló continuamente de sus amigos y me dio una serie de instrucciones.
         A la una de la madrugada del lunes, habiéndolo dejado por un momento, fui convocado a toda prisa por la enfermera. Entrando a la habitación del enfermo, vi que el último llamado había llegado. Él mismo me dijo estas palabras: “se ha hecho la voluntad de Dios”. Me mandó llamar a su hermano que estaba en el cuarto continuo. Fueron recitadas las oraciones por los moribundos, y nuevamente él participó en las respuestas, clara y distintamente. Una vez, cuando hice una pausa, en el nombre de Dios él me ordenó continuar. Detuvo las oraciones dos o tres veces para darle algunas instrucciones a su hermano. Una vez solicitó orientación acerca de la correcta actitud en torno a la muerte. Posteriormente cuando hice una pausa pronunció la oración: “Jesús, José y María os doy el corazón y alma mía”, unido a nosotros en su consumación. Consciente la mayor parte del tiempo hasta el final, aparentemente sin dolor, entregó sin oposición su alma a la 1:30 de la madrugada del lunes. Murió con los ojos puestos en el sacerdote y fue como si simplemente se hubiera puesto a dormir.
         Sus últimas instrucciones, escritas antes de su muerte y encontradas sobre su escritorio en Hare Street, son que debe ser enterrado ahí y la misa de Requiem cantada en su propia capilla. Su cuerpo fue llevado desde Salford, en la medianoche  del martes, a Buntingford donde arribó el miércoles por la tarde a las 15:18.”
        



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