lunes, 2 de julio de 2018

El fruto moral del ataque moderno contra la Iglesia, Hillarie Belloc

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  Además del fruto social del ataque moderno contra la Iglesia Católica, está el fruto moral, que abarca, por supuesto, toda la naturaleza moral del hombre. Y en este terreno, su obra ha sido hasta ahora carcomer toda forma de contención impuesta por la experiencia a través de la tradición.

        Digo "hasta ahora" porque en muchos aspectos de la moral esta rápida disolución de los vínculos tiene que llevar a una reacción: la sociedad humana no puede coexistir con la anarquía. Surgirán nuevas contenciones y costumbres nuevas. Así, pues, los que señalan la decadencia moderna de la moral sexual como efecto principal del ataque moderno contra la Iglesia Católica, están probablemente en un error, pues esa decadencia no tendrá resultados muy duraderos. Según la naturaleza de las cosas, tiene que surgir algún código, algún conjunto de normas morales, aun cuando el viejo código sea destruido a este respecto. Pero hay otros efectos malignos que podrán ser más duraderos.

       Ahora bien, para descubrir cuáles pueden ser estos efectos, tenemos una guía. Podemos considerar cómo los hombres de nuestra sangre se comportaban antes de que la Iglesia creara la Cristiandad. Lo que principalmente descubrimos es lo siguiente.

      Que en el terreno de la moral una cosa se destaca: el indiscutido dominio de la crueldad en el mundo no bautizado. La crueldad será el fruto principal en el terreno moral del ataque moderno, como la resurrección de la esclavitud será el fruto en el terreno social.


      El crítico podrá preguntar aquí si la crueldad no sería más característica de los cristianos del pasado que de los de hoy. ¿No es acaso que toda la historia de nuestros dos mil años una historia de conflictos armados, de masacres, de torturas judiciales y horrible ejecuciones, de saqueo de ciudades y otras cosas más?

      La respuesta a esta objeción es que hay una diferencia capital entre la crueldad excepcional y la crueldad sistemática. Si los hombres aplican castigos crueles, se basan en el poder físico para lograr resultados, y desencadenan la violencia en las pasiones de la guerra. Si todo esto lo hacen en violación de su moral aceptada, es una cosa; si lo hacen como parte de una actitud mental completa y aceptada, es otra.

        Aquí está la diferencia radical entre esta nueva y moderna crueldad y la esporádica de las anteriores épocas cristianas. Ni la venganza cruel ni la crueldad en el acaloramiento, ni la crueldad en el castigo de un mal reconocido, ni la crueldad en la represión de lo que admitidamente debe ser reprimido, es el fruto de una mala filosofía, pues aunque esas cosas sean excesos o pecados, no provienen de una doctrina falsa. Pero la crueldad que acompaña el abandono moderno de nuestra religión ancestral es una crueldad congénita con el ataque moderno, es parte de su filosofía.

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      Prueba de ello es lo siguiente: que los hombres no se indignan ante una crueldad, sino que permanecen indiferentes. Las abominaciones de la revolución Rusa, extendidas a la de España, son un excelente ejemplo. No sólo el pueblo afectado presencia los horrores con indiferencia, sino también los observadores distantes. ( Nota de Beatrice: ¿qué mejor ejemplo de la moderna indiferencia frente a la crueldad que el mutismo de la mayoría frente al crimen del aborto, quizás la mayor crueldad de la que hoy somos testigos?) No hay grito universal de indignación, no hay protestas bastantes, porque no rige ya el concepto de que un hombre, como hombre, es algo sagrado. Esa misma  fuerza que ignora la dignidad humana ignora también el sufrimiento humano.

        Digo nuevamente que el ataque moderno contra la Fe tendrá en el terreno moral mil frutos malos y, de éstos, muchos aparecen hoy, pero el característico, el que presumiblemente  será el más duradero, será la institución de la crueldad junto con un desprecio de la justicia.

         La última categoría de efectos por los cuales podemos juzgar el carácter de ataque moderno consiste en los que produce en el terreno de la inteligencia: cómo trata a la razón humana. Cuando el ataque moderno estaba en formación, hace un par de siglos, mientras se reducía aún a unos pocos académicos, comenzó el primer asalto contra la razón. Parecía adelantar muy poco fuera de un círculo restringido. El hombre común y su sentido común, que son los baluartes de la razón, no fueron afectados. Hoy sí.

          Hoy se desacredita en todas partes a la razón. El antiguo procedimiento de convicción por argumento y prueba ha sido sustituido por la afirmación reiterada, y casi todos los términos que eran la gloria de la razón llevan ahora a su alrededor una atmósfera de desprecio.

         Véase, por ejemplo, lo que ha ocurrido con la palabra "lógica", o la palabra "controversia". Obsérvense frases populares como: "Nadie hasta ahora ha sido convencido por argumentos", "Todo puede probarse" o "Esto podrá estar muy bien en la lógica, pero en la práctica es diferente". El lenguaje de los hombres está saturándose de expresiones que denotan en todas partes un desprecio por el uso de la inteligencia.

        Pero la Fe y el uso de la inteligencia están inextricablemente ligados. El uso de la razón es una parte principal - o más bien fundamente - de toda la investigación en las más altas especulaciones. Fue precisamente porque la razón recibió esta autoridad divina que la Iglesia ha proclamado el misterio: esto es, que la razón tiene sus límites. Tenía que ser así, para que los poderes absolutos atribuidos a la razón no excluyeran verdades que la razón puede aceptar pero no demostrar. La razón está limitada por el misterio solamente para enaltecer la soberanía de la razón en su propia esfera.

         Cuando la razón se ve destronada, no sólo se destrona a la Fe (ambas subversiones se producen juntas) sino que toda moral y actividad legítima del alma humana se ve destronada al mismo tiempo. No hay Dios. Así las palabras "Dios es la Verdad", que el espíritu de la Europa cristiana usó como postulado en todo cuanto hizo, dejan de tener sentido. Nadie puede analizar la legítima autoridad del gobierno ni ponerle límites. En ausencia de la razón, la autoridad política reposa sólo en la fuerza y no tiene límites. Y la razón se vuelve así víctima, porque es la humanidad misma lo que el ataque moderno está destruyendo con su falsa religión de la humanidad. Por ser la razón la corona del hombre y, al mismo tiempo, su marca distintiva, los anarquistas marchan contra la razón como su principal enemigo.


         Así se desarrolla y obra el ataque moderno. ¿Qué presagia para el futuro? Es la pregunta práctica, inmediata, que todos tenemos el deber de considerar.


        El ataque está actualmente lo bastante desarrollado para que hagamos algún cálculo sobre el cuál podrá ser la próxima fase. ¿Qué perdición caerá sobre nosotros? o bien ¿por qué buena reacción nos veremos beneficiados? Concluiré con esta duda.

       El ataque moderno está mucho más adelantado de lo que generalmente se cree. Siempre ocurre así con los grandes movimientos en la historia de la humanidad. Es otro caso de error en la apreciación del tiempo. Una potencia en vísperas de la victoria parece estar a mitad de camino de su objetivo y hasta parece haber sido detenida. Una potencia en pleno desarrollo de su energía primera parece, a los contemporáneos, un pequeño y precario experimento.

        El ataque moderno contra la Fe ( el más reciente y formidable de todos ) ha avanzado tan lejos, que podemos afirmar ya con bastante claridad un punto muy importante: de dos cosas, una debe ocurrir; uno de dos resultados tiene que definirse en el mundo moderno. O la Iglesia Católica ( que ahora se está transformando rápidamente en el único lugar en que las tradiciones de la civilización son comprendidas y defendidas) será reducida por sus enemigos modernos a la impotencia política, a la insignificancia numérica y, en cuanto abarca la apreciación pública, al silencio, o la Iglesia Católica reaccionará, como en el pasado, más fuertemente contra sus enemigos que lo que sus enemigos has sido capaces de reaccionar contra ella. Recobrará y extenderá su autoridad y surgirá una vez más a la cabeza de la civilización que hizo, y recobrará y restaurará así al mundo.

         En una palabra, o nosotros, los de la Fe católica, seremos una pequeña isla despreciada, en la humanidad, o seremos capaces de lanzar al final de la lucha el viejo grito de guerra: ¡Christus imperat!.



         La conclusión humana en tales conflictos - que uno u otro de los combatientes será vencido y desaparecerá - no puede aceptarse. La Iglesia no desaparecerá, porque la Iglesia no es mortal, es la única institución entre los hombres no sujeta a la ley universal de la mortalidad. Decimos, por lo tanto, no que la Iglesia puede ser suprimida, sino que puede ser reducida a un pequeño grupo casi olvidado entre el vasto número de sus adversarios y sometida al desprecio de éstos por ser la institución vencida.


         Tampoco es la alternativa aceptable. Porque aunque es cierto que este gran movimiento moderno ( que tan singularmente se parece al avance del Anticristo) puede ser rechazado, y hasta puede perder sus características y morir como el protestantismo ha muerto ante nuestros propios ojos, éste no será, sin embargo, el final del conflicto. Éste puede ser el conflicto final. Pueden surgir una docena más, o hasta un centenar. Pero siempre habrá ataques contra la Iglesia Católica, y nunca la disputa de los hombres conocerá la unidad completa,  la paz ni la alta nobleza por la completa victoria de la Fe. Porque si así fuera, el Mundo ni Jesucristo estaría en oposición al Mundo.

        Pero aunque no es su integridad, al menos en su parte principal tiene que producirse una de estas dos cosas: la victoria católica o la anticristiana. El ataque moderno es tan universal y opera con tal rapidez , que hombres que ahora son muy jóvenes vivirán seguramente bastante para ver algo así como una decisión de esta gran batalla.

         Algunos de los observadores modernos más agudos de la última generación y de ésta han usado su inteligencia para descubrir cuál sería el destino que nos espera. Uno de los más inteligentes entre los católicos franceses, judío convertido, ha escrito una obra para probar (o afirmar) que la primera de estas dos soluciones posibles será nuestro destino. Considera los últimos años de la Iglesia en la tierra como vividos aparte. Ve una Iglesia del futuro muy reducido en número y dejada de lado en la corriente general del nuevo paganismo. Ve una Iglesia del futuro en la cual habrá intensidad de devoción, por cierto, pero que esa devoción será practicada por un pequeño grupo, aislado y olvidado en medio de todos.

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         Robert Hugh Benson, ya fallecido, escribió dos libros, ambos notables, y en cada uno de ellos encara una de ambas posibilidades opuestas. En el primero, The Lord of the World, presenta el cuadro de la Iglesia reducida a un pequeño grupo errante, como volviendo a sus orígenes, el Papa a la cabeza de los Doce, y una conclusión sobre el Día del Juicio. En el segundo presenta la plena restauración de lo católico: nuestra civilización restablecida, revigorizada, una vez más en su trono y con sus vestiduras y en su espíritu verdadero, porque en esa nueva cultura, aunque llena de imperfección humana, la Iglesia habrá recobrado su autoridad sobre los hombres e infundirá una vez más, al espíritu de la sociedad, proporción y belleza.

          ¿Cuáles son los argumentos que se presentan por ambas partes? ¿Sobre qué base tenemos que concluir por una tendencia hacia uno u otro sentido?

         En cuanto a la primera solución ( la merma de número y el valor político al borde de la extinción) debe observarse la creciente ignorancia del mundo que nos rodea junto con la pérdida de aquellas facultades por las cuales los hombres pueden apreciar lo que el catolicismo significa y valerse de su salvación. El nivel de cultura, así como el sentido del pasado, disminuye visiblemente. Con cada década el nivel es inferior al de la anterior. En  esta declinación, la tradición está desintegrándose y derritiéndose como un ventisquero al terminar el invierno. Se le caen grandes trozos a cada momento, que se disuelven y desaparecen.

         En nuestra generación, la supremacía de los clásicos ha desaparecido. En todas partes se ven hombres con poder que han olvidado aquello de donde todos hemos venido; hombres para los que el griego y el latín, las lenguas fundamentales de nuestra civilización, son incomprensibles, o, en el mejor de los casos, curiosidades. Los hombres viejos que viven ahora pueden recordar, inquietos, la rebelión contra la tradición, pero los jóvenes sólo advierten para sí cuán poco queda contra qué rebelarse, y muchos temen que, antes de morir ellos, el conjunto de la tradición haya desaparecido.

        Todos admiten que la disposición de ánimo para la Fe ha sido en gran parte perjudicada, verdaderamente perjudicada, para la mayoría de los hombres. Tan cierto es, que una mayoría (debería afirmar que una mayoría muy grande) ya no sabe qué significa la palabra fe. Para la mayoría de los que la oyen (relacionada con la religión), significa aceptación ciega, afirmaciones irracionales, leyendas que la experiencia común rechaza, o una simple costumbre heredada de imágenes mentales que nunca han sido probadas y que ante el primer toque de la realidad se disuelven como sueños que son. Todo el inmenso cuerpo de la apologética y la ciencia de la teología (la reina de todas las demás ciencias) han dejado de existir para la gran masa de hombres modernos. Con sólo mencionar sus títulos se consigue un efecto de irrealidad e insignificancia.

        Hemos llegado ya a esta situación extraña: que mientras el cuerpo católico (que es ya en la práctica una minoría, aun en la civilización blanca) comprende a sus adversarios, sus adversarios no comprenden a la Iglesia Católica.

        El historiador puede trazar un paralelo entre el decreciente cuerpo pagano de los siglos IV y V, y el cuerpo católico de hoy. Los paganos, especialmente aquellos paganos educados y cultos, que entonces vivían en número cada vez más pequeño, conocían bien las altas tradiciones a que estaban apegados y comprendían (aunque odiaban) a esa cosa nueva, la Iglesia, que había crecido entre ellos e iba a desplazándolos. Pero los católicos que iban a suplantar a los paganos comprendían cada vez menos las modalidades paganas, despreciaban sus grandes obras de arte y tomaban a sus dioses por demonios. Así, hoy, la antigua religión es respetada pero ignorada.

         Aquellas naciones que por tradición son anticatólicas, que una vez fueron protestantes y que ahora no tienen tradiciones fijas, han tenido el predominio durante tanto tiempo, que consideran a sus adversarios católicos como definitivamente vencidos. Por otro lado, aquellos naciones que han conservado la cultura católica están ahora en su tercera generación de educación social anticatólica. Sus instituciones podrán tolerar a la Iglesia, pero nunca están en alianza activa con ella, sino a menudo en aguda hostilidad.

        A juzgar por todos los paralelos de la historia y por las leyes generales que rigen el surgimiento y decadencia de los organismos, puede concluirse que el papel activo del catolicismo en las cosas de este mundo ha concluido y que, en el futuro, tal vez en un futuro próximo, el catolicismo perecerá.

        El observador católico negará la posibilidad de la completa extinción de la Iglesia. Pero él también tiene que seguir paralelos históricos; él también tiene que aceptar las leyes generales que gobiernan el crecimiento y la decadencia de los organismos, y tiene que inclinarse, en vista de todo el cambio ocurrido en el espíritu del hombre, a aceptar la trágica conclusión de que nuestra civilización, que en gran parte ha cesado ya de ser cristiana, perderá también todo su sabor cristiano. El futuro a encararse es un futuro pagano, y un futuro pagano con una forma de paganismo nueva y repulsiva, pero no menos poderosa y omnipresente, por repulsiva que sea.

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        Ahora bien, hay por otra parte consideraciones menos obvias pero que atraen fuertemente al pensador y al erudito en cosas pasadas y en la experiencia de la naturaleza humana.


         Ante todo, está el hecho de que durante siglos, en los momentos de mayor peligro, la Iglesia ha reaccionado fuertemente hacia su resurrección.

         La lucha mahometana fue algo muy cercano, casi nos inundó: sólo la reacción armada de España, seguida por las cruzadas, impidió el completo triunfo del Islam. El ataque de los bárbaros, de lo piratas del norte, de las hordas mongolas, llevaron a la Cristiandad al borde de la destrucción. Sin embargo, los piratas del norte fueron domados, derrotados y bautizados a la fuerza. La barbarie de los nómades orientales fue eventualmente vencida, muy tardíamente, pero no demasiado tarde para salvar lo que podía salvarse. El movimiento llamado Contrarreforma hizo frente al hasta entonces triunfante avance de los herejes del siglo XVI. hasta el racionalismo del siglo XVIII fue, en su debido lugar y tiempo, detenido y rechazado. E verdad que engendró algo peor que él mismo. algo que padecemos ahora. Pero hubo reacción contra él y esa reacción fue bastante para mantener la Iglesia viva y hasta recuperar para ella elementos de poder que se habían creído perdidos siempre.

        Siempre habrá reacción, y hay en la reacción católica cierta vitalidad, cierta forma de aparecer con fuerza inesperada por medio de hombre y organizaciones nuevos. La historia y la ley general del surgimiento y de la decadencia orgánica llevan en sus líneas más generales a la primera conclusión, esto es, el rápido debilitamiento del catolicismo en el mundo; pero la observación, aplicada al caso particular de la Iglesia Católica, no lleva  a tal conclusión. La Iglesia parece tener una vida orgánica bastante inusitada desde su nacimiento, un modo de ser único, y facultades de surgimiento que le son peculiares.

        Además, obsérvese este punto, muy interesante: las mentes más poderosas, las más agudas y las más sensibles de nuestro tiempo, están inclinándose claramente hacia el lado católico.

  ( Nota de Beatrice: en este punto yo discrepo en cierta medida con Belloc, y discrepo porque ya han pasado ochenta años desde que él escribió este libro y mucha agua ha corrido bajo el puente. Vemos actualmente algo exactamente contrario a esta última opción planteada por Belloc y aunque es indudable que, por las promesas de Cristo la Iglesia no perecerá, la veo disminuida a su expresión mínima, infectada desde dentro y perseguida desde fuera. Me quedo con la primera tesis ya que así como se ve el panorama sólo nuestro Señor podrá restaurarla cuando ya todo parezca perdido)

          Son, por supuesto, por su naturaleza, una pequeña minoría, pero una minoría de una clase muy poderosa en los asuntos humanos. El futuro no se resuelve por los hombres mediante una votación pública: se decide por el desarrollo de ideas. Cuando los pocos hombres que puedan pensar y sentir más fuertemente, y que tienen el dominio de la expresión, comienzan a mostrar una nueva tendencia hacia esto o aquello, entonces esto o aquello tiene grandes probabilidades de dominar el futuro.

         De esta nueva tendencia a simpatizar con el catolicismo - y en el caso de caracteres fuertes, de correr el riesgo, aceptar la Fe y proclamarse sus defensores - no puede haber duda. Hasta en Inglaterra, donde el sentimiento tradicional contra el catolicismo es tan universal y tan fuerte, donde la vida entera de la nación está ligada a la hostilidad hacia la Fe, las conversiones que impresionan a los ojos del público son continuamente que se destacan en el orden intelectual, y obsérvese que por cada uno que admite abiertamente su conversión, hay por lo menos diez que dirigen la vista hacia lo católico, que prefieren la filosofía católica y sus frutos a todos los demás, pero que no se atreven a aceptar los pesados sacrificios que implica una conversión pública.

          Por último, esta muy interesante y tal vez decisiva consideración: aunque la fuerza social del catolicismo, ciertamente en número, y en la mayoría de los demás factores también, esté declinando en todo el mundo, la división futura entre el catolicismo y aquello que es completamente nuevo y pagano (la destrucción de toda tradición, el rompimiento con nuestra herencia), está ahora claramente marcada.

          No hay, como había hasta hace bastante poco tiempo, un margen o penumbra confuso y  heterogéneo, que podía hablar con confianza en sí mismo bajo el vago título de "cristiano" y discursear confiadamente sobre alguna imaginaria religión llamada "cristiana". No. Hoy están, ya bastante diferenciados y cada uno en su terreno, como para ser destacados pronto sobre negro y blanco, la Iglesia Católica por una parte, y por otra, los adversarios de lo que hasta ahora ha sido nuestra civilización. Las filas se han formado como para la batalla, y aunque tan clara división no signifique que uno u otro antagonista vaya a vencer, significa que por último habrá un resultado final y simple. Y en un resultado simple, tanto una causa buena como una mala tienen mejores posibilidades que en la confusión.

          Hasta los más equivocados y los más ignorantes de los hombres, que hablan vagamente de "iglesias", están empleando ahora un lenguaje que suena hueco. La última generación al menos podía hablar, en los países protestantes, de "iglesias". La actual generación no puede hacerlo. No hay muchas iglesias:hay una sola. Está por una parte la Iglesia Católica y por la otra su mortal enemigo. La liza está cercada.

         Estamos así ante el problema más trascendental que se haya presentado hasta ahora ante el espíritu del hombre. Estamos, pues, en la bifurcación de caminos por donde pasará todo el futuro de nuestra raza.


                                                                       Hilaire Belloc, Las Grandes Herejías, Ed. Vórtice.





       
   
         

lunes, 23 de abril de 2018

De los relatos de Mateo: La caridad de los más se enfriará.


           Hace algo más de un mes que comenzamos un nuevo año lectivo aquí en la universidad. Se ven caras nuevas en el campus y me da la impresión que, en general, hay más alumnos nuevos que el año pasado no así en mi instituto. En fin, a pesar de la baja en la cantidad de alumnos de primer año mi trabajo como jefe de docencia este primer mes ha sido, como todos los años, muy intenso con el papeleo, los horarios y las dudas de los alumnos nuevos que entran y salen de mi oficina a cada rato. Estuve esta mañana con tanto ajetreo que se me pasó la hora del almuerzo y a eso de las tres de la tarde recién pude ir a engañar a mi pobre estómago que rugía con lamentos de hambre desde el mediodía. Me dirigí entonces, bajo el abrazador sol de estos días, al sucucho de amasandería a donde voy a merendar - para no llamarle almuerzo -  al menos una vez a la semana, y el cual está ubicado a una cuadra de la universidad. A mi mujer no le hace gracia que yo concurra a este local porque lo encuentra poco higiénico y de mal aspecto. Le doy la razón en ambos puntos, pero a pesar de su apariencia el lugar me gusta porque las empanadas son riquísimas, el rincón donde hay un par de mesas tiene una vista espectacular y el dueño es un tipo muy simpático que me deja llevar mi propio bebestible y no tengo que comprarlo ahí. Siempre está lleno de estudiantes hambrientos que se gastan sus monedas en algún pan amasado con jamón y queso o en una empanada frita o de horno.

          Me instalé en la mesita que ocupo siempre, junto a la ventana, esperando a que el dueño del local me llevara mi pedido mientras me tomaba mi bebestible. La amasandería tiene solo unas pocas mesas, unas tres o cuatro, de modo que es el mismo dueño el que las atiende. Finalmente, al cabo de unos minutos me trae mi fragante empanada y mientras la dejaba en la mesa, me metí la mano al bolsillo de mi pantalón para darle una propina. Grande fue mi sorpresa cuando al hacerlo me encontré con una carta, una carta que me había pasado mi ayudante en la mañana y que por trajín de la jornada había olvidado por completo.  Al panadero le entregué una buena propina que agradeció dejando a mi lado un pocillo con pebre.

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 Me quedé pensando en el momento en que Rafael, mi ayudante, me había entregado la carta, y lo había hecho tal como se entrega el testimonio en una carrera de posta en atletismo cuando ya iba él con bastante retraso corriendo a una clase.

- Hola profesor, chao profesor...un hombre, que dijo ser un conocido suyo, le dejó esta carta.

 Olvidada por completo había estado escondida en el fondo del bolsillo de mi pantalón y ahora la tenía en mis manos. El sobre, un tanto arrugado, iba dirigido a mi muy solemnemente: Sr. Ph.Dr. Mateo Mansfield, presente, pero no tenía remitente y a esa altura estaba yo intrigado por completo. ¿Quién podía haberme dejado una carta y no me había esperado sabiendo que mi oficina está siempre abierta y dispuesta para una buena conversación con un café recién molido?  Abrí el sobre y leí lo siguiente:

"Me han comentado de su forma de pensar y de enseñar, por lo que quisiera comentar lo que he visto en la sociedad que vivimos. La plena descortesía, humillaciones, profanaciones e insultos de unos a otros. Ya la gente no se preocupa del otro, de sentir por el prójimo. Prefiere pisotearlo y reírse de él.
Esto es producto de que la mayoría de nuestros pastores se han dedicado a no preocuparse de su rebaño y de la enseñanza de sus Padres. Las jóvenes que usan la sexualidad para obtener cosas o logros (casa, auto, ascensos, dinero, etc) pisoteando al resto. Jefes que abusan de su posición contra sus subordinados. Ladrones que violentan la seguridad de los moradores en sus casas y no temen matar a una persona.

¿Por qué la sociedad ha perdido los valores y principios morales que se requerían para tener una sana convivencia? Ahora solo hay gritos, en vez de conversar. Engañar en vez de ser veraz. Estafar cuando no están satisfechos con su propio dinero. Pisotear al otro, en vez de ser amable con el. Abusar del amor cuando no se debería.

¿Cómo hemos llegado a esta situación?

Nuestros pastores haciendo, algunos, oídos sordos a ciertas situaciones. Cuando deciden actuar, solo lo hacen por una sola vía: el vaticano y no por la otra vía: justicia civil. Deben darse ambas vías.  Personas que cuando van a comulgar, literalmente, arrollan a otras personas para llegar al sacerdote, y este no les reprocha que están frente al objeto más sagrado que existe en el mundo. Abuso y re-abuso de los “ministros de comunión”, que solo deben actuar cuando exista REAL necesidad. ¡Sus manos no están consagradas y tocan el objeto sagrado, y el Sacerdote lo aprueba!

¡El Sagrario apartado del centro de la parroquia o capilla del lugar de donde debería estar! Y nadie (sacerdote incluido) le llame la atención.
¿Cómo cambiaron tanto los Valores de antaño con los “nuevos”?

¿Qué me dirá, Sr. Profesor, de todo esto?"

La releí varias veces.  La carta era un bombardeo de temas salpicados por aquí y por allá. Los primeros haciendo referencia a la sociedad en general y los segundos relativos a la Iglesia.  Por el tipo de pregunta y el lenguaje que usaba de inmediato supe quién era el misterioso personaje epistolar: un atormentado amigo que vive buscando respuestas y que por más que yo me esfuerce en responder parece no quererlas entender. Acude a mí buscando consejo, pensando en que soy una gran eminencia que puede responderlo todo, y no entiende que no soy ningún sabio ni un iluminado y que mi sabiduría (si es que puedo denominarla así) únicamente radica en intentar escuchar y asimilar lo que los grandes maestros, aquellos que nos conducen a la Verdad, han enseñado, y de entre todos estos maestros el único que puede ser llamado con autoridad Maestro. Puedo formular miles de respuestas, llenar cartas y cartas con consejos que casi llegan al borde de convertirse en lugares comunes, puedo citar y citar las SS.EE, palabras de santos y filósofos, pero si su espíritu no está llano a querer que esas palabras se hagan algo concreto en su vida, no saco en limpio absolutamente nada. Palabras perdidas, palabras que se las lleva el viento. El oído, o la vista en este caso, puede estar presto a escuchar o a ver, pero si la voluntad iluminada por la inteligencia no quiere asimilarlo no es mucho lo que sirve dar respuestas.

Terminé mi colación, volví a guardar la carta en el bolsillo y me fui directo a mi oficina a responderla. Suponía que mi amigo estaba realmente interesado en que yo contestara, en la medida de los posible, a sus inquietudes, así que me senté frente a mi notebook y me puse a escribir lo que pensaba acerca de todo este aluvión de interrogantes.

Mi estimado amigo en Cristo:

Creo que son demasiadas cosas las que preguntas que me planteas. Sé que te atormentan porque las sufres a diario y comprendo tu rabia y tu angustia, pero debes – y recalco el debes – elevarte por sobre ellas y buscar paz a tu espíritu. Por el momento te diré lo que pienso acerca de tus cuestionamientos sociales, es decir, de la primera parte de tu misiva. Te quedaré debiendo mi visión acerca de la segunda parte, haré todo lo posible por responder pronto a sabiendas que por el momento estoy colapsado de trabajo.

 Lo que nosotros como católicos estamos soportando es el hedor que viene de un cuerpo podrido. Este cuerpo es la sociedad que se infectó cuando sacó a Dios de su vida. Arrancó de a poco a Dios de su vida dejando la herida abierta sujeta a que en ella entren gérmenes y bacterias, (léase liberalismo entre otros) que la han enfermando aniquilándose poco a poco, yendo contra sí misma producto de su locura, tal como se enferma un cerebro humano cuando las bacterias llegan a la cabeza. Y así han pasado los años y las generaciones y el abandono de Dios y de la práctica religiosa nos tienen a nosotros, ¡pobres de nosotros!, sufriendo esta herida que supura por todos lados y que esperamos de una buena vez reviente y sea curada de cuajo. La sociedad está enferma, el hombre moderno está enfermo porque le falta Dios.  Tanto individual como colectivamente prefiere seguir en este pus, revolcándose en sobre sí mismo haciendo oídos sordos a ese grito en su ser más íntimo que no es otro que el llamado de Dios para que vuelva a Él, a darse cuenta que está mal. Desde que Dios ya no reina en la sociedad, a ésta no le importa agradarlo ni servirlo, ni cumplir con sus mandamientos. Lo que ella haga no tiene ya consecuencias para la eternidad, y sus fines son emanantista y hedonistas, y el desenfreno es total.

Observa, amigo, como el sentido común ha desaparecido y que estamos teniendo que llegar al absurdo de defender lo que antes jamás hubiéramos pensado era necesario defender. El mundo está patas para arriba, eso es obvio. Tenemos que andar cuidándonos de ofender a sensibilidad estúpida de las cabezas termocéfalas que se arrojan el ser la voz de la mayoría.  

Las almas de los hombres están confundidas y eso les trae insatisfacción e inconformismo, entonces para poder llenar ese vacío se arrojan como unos locos a abrazarse a sí mismos buscando el placer y las diversiones que ahora tienen por montones.  La vida está para pasarla bien, ¡qué va! Nos encontramos rodeados de gente que acumula en su interior muchas frustraciones y problemas, y así va acumulando y acumulando esta rabia que tiene que reventar por algún lado y revienta a la primera oportunidad desatando su rabia con el pobre mortal que se cruzó en su camino y que por casualidad le golpeó el auto o le hizo perder el tiempo con un descuido, ejemplos hay por miles. Por consiguiente, como anda alterado, el pobre tipo estresado se desquita con el que se le atravesó y vamos, lo insulta, lo denigra, lo agrede y hasta en algunos casos puede llegar a matarlo. ¡Si te matan por un móvil! ¡te matan porque los miraste feo! Porque el que te molesta es una cosa, un estorbo. No es un prójimo, no es un alter Christus, y como toda caridad viene de Dios, al enfriarse esta ya no nos estamos mirando como criaturas de Dios creadas para amar, conocer y servir a Dios, sino como un desconocido al que me está permitido ofender y humillar. La descortesía, la falta de caballerosidad, el egoísmo, la prepotencia, la falta de empatía, el resentimiento y todo lo que dices son fruto de la falta de la Caridad porque Dios ya no reina en nuestras almas, ni en las familias ni en la sociedad.

 Esa es la radiografía del mundo en el que estamos. ¿Qué podemos hacer nosotros para sobrevivir en esta selva y no pegarnos un tiro, o volvernos locos, o acriminarnos con alguien? Si sufrimos a la sociedad es porque Dios quiere que en medio de el hedor seamos luz y combatamos. No creas que voy a sentarme contigo a lamentarme por lo que te pasa con la gente, no, no voy a animar tu desconsuelo para llorar juntos, sino que voy a animarte a combatir y a ser uno de los que lleve la antorcha de la Fe. Dice el cardenal Newman que el combate es señal genuina de un cristiano. El combate no solo contra el demonio y la carne, sino contra el mundo. No somos del mundo y debemos procurar salvar nuestra alma con los medios que Dios no da. Esto es para valientes y para hombres con coraje, como aquellos pequeños hobbits que demostraron tenerlo más que nadie frente a las puertas de Mordor. Se combate al mundo con firmeza, pero con caridad, siendo lo que somos, verdaderos hijos de Dios. Donde Dios me ha colocado, contra todas las pruebas a la que a diario somos sometidos, ahí tenemos que estar de pie con nuestras armas espirituales llevando la Bandera del Rey.

 Estás lleno de cuestionamientos, está bien, no somos unos seres irracionales incapaces de reflexionar sobre nuestra existencia. Pero todo tiene un límite y el límite es no quedarse exclusivamente con las preguntas. El “Por qué” y el “para qué” a veces terminan por enloquecernos. Las preguntas están ahí, desde que el hombre eligió ponerse en el lugar de Dios y darle la espalda y lamentable (o afortunadamente porque nuestra salvación está más cerca) el misterio de la iniquidad opera con más fuerza hoy, perdemos cada día más, la poca inocencia que nos quedaba. Que no te extrañe que las cosas sean así, desde el momento en que los hombres asesinan a sus propios hijos dentro del vientre de sus madres, cualquier cosa se puede esperar.

 Si algo puedo aconsejarte es a ignorar el mal que viene de nuestros coetáneos. Ya, te doy el punto, los demás nos humillan, nos pisotean, nos maltratan, nos deprecian, somos incomprendidos, perseguidos, tratados injustamente. ¿Y? ¿voy a quedarme dándome pena a mí mismo o levantaré la cabeza, tomaré mi arma y seguiré luchando por ser un ejemplo, tratando de, en medio de los demonios, ser santo? ¿acaso nuestro Señor no sufrió lo mismo? ¿Qué somos nosotros para pedir menos? El sufrimiento espiritual es incluso muchas veces mayor que el físico y es insoportable, pero tiene que ser por algo: nos debe conducir al Cielo. No somos unos resentidos. porque nosotros no podemos serlo si tenemos fe. Nosotros ofrecemos a Dios nuestro dolor y esperamos que sea Él el haga justicia. " No os tengáis por sabios ni volváis a nadie mal por mal; antes procurad obrar bien no sólo ante Dios, sino también ante todos los hombres. Si es posible, cuando esté de vuestra parte, vivid en paz con todos los hombres; no os venguéis, amados míos, mas dad lugar a que pase la ira, porque escrito está: A mí me pertenece la venganza; Yo haré justicia, dice el Señor".  " No te dejes vencer del mal, sino vence el mal con el bien" ( Rom. 12, 16 -21)  No podemos anidar en nuestro corazón odio hacia estas personas que nos hacen sufrir. No los odiamos, los superamos, vamos más allá, seguimos nuestro peregrinaje. Nos apartamos, dentro de lo posible, con nuestro silencioso padecimiento, que debiera ser un alegre padecimiento, y vamos por la vida siendo luz, no dejando de ser lo que somos: amables, educados, pacientes. Estamos siendo ayudados misteriosamente a través de la oración de nuestros hermanos en la fe. Nos asisten los sacramentos y en la Santa Misa encontramos la fuente de salud que sana nuestros corazones heridos.  "Como maltratados, aunque no muertos; como tristes, estando siempre alegres; como necesitados, aunque hemos enriquecido a muchos; como que nada tenemos, y todo lo poseemos...", dice San Pablo.

Por último, y te lo repito: no estés dándole vueltas en tu cabeza a las acciones que se hacen en tu contra. Es el demonio que quiere torturar tu alma y hace que te revuelques una y otra vez pensando en todo lo que la gente te hace sufrir, en lo mala que está la sociedad, eso ya lo sabemos, ¿voy a lamentarme eternamente por eso? No, no se puede vivir así, es una tortura. Cada uno tiene su propia cruz y por Dios que hay gente que lo está pasando mucho peor que nosotros.

Nunca está de más recordar el evangelio del apóstol del cual llevo mi nombre, para que sirva de consuelo y nos prepare el ánimo cuando observemos que lo que ahora sucede se pondrá cada vez peor: “Después os entregarán a la tribulación y os matarán y seréis odiados de todos los pueblos por causa de mi nombre. Entonces se escandalizarán muchos, y mutuamente se traicionarán y se odiarán. Surgirán números falsos profetas, que arrastrarán a muchos al error; y por efecto de los excesos de la iniquidad, la caridad de los más se enfriará. Mas el que perseverare hasta el fin, ése será salvo”. (Mt. 24, 9-13)

Tuyo con afecto,
Mateo Mansfield B.

p.d: Te cuento lo siguiente para que te sirva de consuelo: están a punto de echarme de la universidad, ja,ja,ja ¿no te parece gracioso?. Soy un inadaptado a los nuevos tiempos y creo que, así como voy, pronto tendré que irme a vivir con mi familia como un desterrado a algún pueblo lejano en el sur o en el norte. ¿quizás formar una colonia católica autosustentable? Lo estoy pensando…lo estamos pensando.
p.d. 2: queda pendiente la segunda parte de tus preguntas.

Nota de Beatrice: aunque Mateo es un personaje ficticio recibió de veras esta carta de parte de uno de sus fieles lectores. Agradezco la colaboración de este sincero lector.


martes, 3 de abril de 2018

Día de Pascua, por Mgr. R. H. Benson


                                                      Día de Pascua

No me toques, porque aún no he subido al Padre.
(Jn. 20, 17)

A lo largo de la Semana Santa hemos asistido a la tragedia suprema en la historia del mundo, presentada con toda la magnificencia posible del arte litúrgico y simbólico. En el transcurso de los días hemos visto a nuestro amigo como protagonista del drama, rodeado de un coro de profetas, soldados, sacerdotes, mujeres, niños, enemigos y amigos, representantes del conjunto de la familia humana de la que Él mismo fuera un miembro. Cada uno de ellos interpreta su papel y prepara su propio camino hacia el oscuro y reducido grupo que rodea la cruz; y luego; hacia esas escenas de ensueño con las que la Iglesia católica nos presenta los eternos efectos espirituales de la Pasión y muerte de Cristo.

Desde el punto de vista divino es la historia de un triunfo; desde el punto de vista humano, la de un fracaso, como lo es, ciertamente, la historia del mundo a lo largo de su transcurso.

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Uno tras otro, los poderes seculares se han unido en contra de Él y, uno tras otro, se han unido entre sí en intereses inicialmente antagónicos y finalmente comunes: el nacionalismo, que niega la unidad de la familia humana, el imperialismo, que niega la unidad de la familia divina, y, por último, una religión mundana que niega lo sobrenatural y la trascendencia de Dios. Herodes, Pilatos y Caifás se alían por fin contra Jesús, su enemigo. “Vino a los suyos y los suyos no le recibieron”. Lo hemos visto todo, incluso el detalle final de sellar el sepulcro y poner guardianes. Y no por temor a que Cristo apareciera de nuevo (“los milagros no existen”), sino por el miedo a que sus deshonestos seguidores fingieran que había sido así, ya ante el riesgo de que un nuevo fraude religioso turbara la paz de su mundo. Bien: dejémoslos tranquilos. Hoy no nos ocuparemos de ellos y así podrán elaborar sus teorías cuidadosamente- Hoy no nos ocuparemos de poner a los pies de Cristo a sus enemigos, sino de devolver a Cristo a los brazos de sus amigos; de reivindicar a Cristo como a nuestro amigo divino en el que hemos confiado y que no nos ha defraudado, y no de su contundente manifestación última al mundo…

Contemplemos el proceso, pues, a través de los ojos del más humilde de sus amigos, alguien que carecía de la serena clarividencia de la Virgen o de la heroica confianza del discípulo amado, alguien que, a pesar de su comportamiento en contra de la voz interior y de la decencia del mundo, tenía a su favor que “había amado mucho” y que “había hecho lo que había podido”. Dos sencillas virtudes a las que puede aspirar incluso el más humilde de los enamorados de Cristo.

A raíz de su primer encuentro con Jesús, hubo en la vida de María Magdalena tres momentos cruciales, tres ocasiones en las que su relación con el Señor, su esperanza, la hizo subir hasta los cielos para luego arrojarla al borde del infierno.

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 I. En la primera ocasión Cristo fue su salvador. El arte y la literatura han reproducido la escena una y otra vez. Los invitados ocupan puestos en las largas mesas dispuestas en la estancia del primer piso. Allá, en el último lugar, con los pies aún cubiertos del polvo de los caminos, con el cabello seco y enredado por el viento, vemos al amigo de todos en su diván, al joven carpintero del norte. La invitación no tiene por objeto agasajarle, sino observarle y examinarle a causa de la notoriedad que ha alcanzado entre cierta clase de gente…Ahí están los importantes doctores de la ley, hombres prudentes de aspecto venerable, grave y sereno, charlando sosegadamente con unos y otros. Los sirvientes van y vienen ofreciendo las viandas y escanciando el vino. Y entonces, entra una extraña, arrepentida pero no perdonada, con el largo cabello extendido sobre los hombros, el vestido azafranado en desorden y un pomo de perfume en las manos. Piensa, quizá, que es su última oportunidad y viene exclusivamente a ver a Jesús, a mirar al que una vez la miró amablemente, para percibir un destello de compasión en los ojos penetrantes del Maestro. Los acontecimientos se suceden rápidamente: antes de que lo impidan los criados, se postra a los pies del Señor y, conmovida por la mirada divina, solloza silenciosamente. Se hace el silencio, mientras, ajena a todo lo que no sean ellos, la mujer se inclina hasta que sus lágrimas caen sobre los pies de Cristo. Entonces, asustada por haber humedecido aquellos pies sagrados, los seca frenéticamente con sus largos cabellos. Después, como si tratara de compensar el contacto con sus lágrimas, rompe el frasco y vuelca el perfume de nardo. Allí, en los puestos de honor, surgen los comentarios.

Jesús alza la cabeza y luego, con un par de frases, da por terminado el asunto.

“Veis a esta mujer… Ella, por lo menos, ha hecho lo que tú, mi anfitrión, dejaste de hacer…Ha amado mucho…Y por eso, sus pecados le son perdonados. Ve, hermana mía, amiga mía, y no peques más”.

II. Pocos meses después – meses de una vida diferente, limpia y tranquila por fin -, María Magdalena recuerda aquellos tumultuosos pensamientos, su angustia y su esperanza, mientras sigue paso a paso el tormento y la deshonra del que la perdonó y le infundió esperanza. Ha sido testigo, desde el alba, de cada detalle del drama. Ha seguido hasta las afueras a la enfurecida multitud; ha escuchado sus comentarios y oído sus carcajadas, mientras Él, su amigo, sale al atrio cubierto con el raído manto de un soldado, con el cetro en las manos heridas y, en la cabeza, el escarnio de la corona de espinas. Ha escuchado en silencio el chasquido de los latigazos…Luego, le ha seguido de nuevo a través de las calles, fuera de las puertas y por la suave pendiente. Y por último, cuando todo ha terminado y Jesús cuelga de la cruz, desnudo, escarnecido y martirizado, y los soldados se retiran acompañados por la muchedumbre, María se abre camino hasta el pie del árbol tembloroso y, de nuevo, “hace lo que puede”. Lava con sus lágrimas los pies del Maestro. Y unidas, fluyen por el suelo – en un raudal más dulce que todas las aguas del paraíso – las lágrimas de la pecadora perdonada y la sangre de su salvador.
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No obstante, conserva la esperanza – contra toda esperanza – de que la tragedia no termine trágicamente- Le ha visto en otras ocasiones en manos de sus enemigos, y siempre consiguió librarse. Incluso ahora, mientras ella se abraza a la cruz, no cree que sea tarde. ¡Aún no ha muerto! ¿Dónde están aquellas legiones de ángeles que nombró alguna vez? Y sobre todo, ¿dónde está aquel poder divino que la había confortado, un poder tan evidentemente sobrenatural que carecía de límites? Mientras crecía el clamor de la muchedumbre, “Si eres el hijo de Dios, baja de la cruz y te creeremos”, contemplaría el silencioso rostro atormentado que dirigía los ojos cerrados hacia el cielo. Y por encima de todo, cuando cesara el griterío, y desde las cruces situadas a los lados llegara la misma burlona llamada con su terrible añadido, “si eres el Cristo, sálvate a ti mismo y a nosotros”, probablemente la veríamos levantarse de un salto, acuciada por la intensa esperanza de que quizá, por lo menos ahora, Él contestaría. El poder divino acudiría a vengarle, incluso en la hora undécima, y los clavos estallarían en piedras preciosas y la cruz en flores. Y Él, su amigo, radiante otra vez, descendería de su trono para recibir el tributo de adoración del mundo. Nos la imaginamos en pie, mirando a María y a Juan para hacer acopio de fuerza y, volviéndose de nuevo hacia Él, musitar en su angustia: “Puesto que eres el Cristo, sálvate y sálvame”.

…Y Jesús, dando una gran voz, entregó su espíritu.

III. Sólo le queda una cosa. Se ha ido el que la perdonó, ha muerto su rey. Pero su amigo le ha dejado algo que le permite llorar, pues nadie puede llorar si no conserva todavía en su interior cierta capacidad para la alegría.

Y de nuevo, la que había amado mucho hizo lo que pudo. Después de lavar el cuerpo con sus lágrimas y cubrirlo de ungüentos, recorre paso a paso el silencioso huerto, y contempla la piedra que sella la oscuridad que, desde ahora y para siempre, hará de este huerto el santuario de la amistad…Después, tras un día y una noche y un día, regresa al amanecer para visitar el relicario.

El mundo le ha arrebatado todo lo que podía hacer su felicidad. No sólo los placeres – ahora imposibles para ella -, sino la fe recién descubierta; la esperanza y el amor también se han oscurecido, puesto que quien los había despertado se mostró incapaz de salvarse a sí mismo. Sin embargo, el mundo no podría arrebatarle nunca el recuerdo de una amistad siempre viva y, tan profunda, que resultaba un tormento. Mientras exista el huerto donde yace el cuerpo, estará contenta de vivir. Podrá venir una semana tras otra como el que acude al mausoleo de un dios; podrá esperar el curso de las estaciones viendo crecer la hierba alrededor del sepulcro. Es la dueña de algo mucho más querido que todo lo que el mundo pudiera darle.

Esta mañana lo verá por última vez. Camina rápida y sigilosamente, llevando en las manos nuevos perfumes para ungirle.

Y entonces, recibe una última y más amarga sorpresa; la piedra está corrida y, a la pálida luz del alba, comprueba que el sepulcro excavado en la roca está vacío.

¿Quiénes son esos ángeles que en ese momento ve a través de sus cegadoras lágrimas de desesperación? No serán ángeles quienes la consuelen de la pérdida del cuerpo de un amigo humano.
“Se han llevado a mi Señor, solloza, y no sé dónde lo han puesto”. De pie, tras ella, ve a un hombre y “pensando que es el hortelano”, se dirige desesperadamente hacia él.

“Señor, si te lo has llevado tú, dime sónde lo has puesto y yo lo recogeré”.

“¡María!”

“¡Rabboni!”

Todavía le queda una lección por aprender.

Cuando, muda de asombro y de deseo, se lanza a los pies del Maestro para, tocándolos, asegurarse de que son los mismos que besara en casa del fariseo y en la cruz del Calvario, de que es Él y no un fantasma, el Señor retrocede:

“No me toques porque aún no he subido al Padre”.

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“No me toques…”. Esta amistad no es ya la que era: es infinitamente más elevada. No es la que era, puesto que de su sagrada humanidad han desaparecido las limitaciones que le obligaban a estar aquí y no allí; limitaciones que le hicieron sufrir, cansarse, sentirse hambriento y llorar; limitaciones que le granjearon el cariño de los suyos, pues les permitieron ayudarle, consolarle y apoyarle. Aún no se había producido su entrada en la gloria – “aun no he subido al Padre”-, la explosión de la ascensión y el recorrido por las jerarquías angélicas hasta el momento de la coronación a la derecha de la majestad del Altísimo, y que culminará con el envío del Espíritu Santo y tendrá como resultado la presencia de la sagrada humanidad en cientos de altares.

Entonces, el que conociste confinado en el tiempo y en el espacio volverá para que puedas tocarle de nuevo. Y será tu amigo otra vez. El creador de la naturaleza se presentará con esa misma naturaleza ahora ilimitada. El que asumió la naturaleza humana se presentará con una naturaleza humana. El que habló en la tierra “como quien tiene autoridad” hablará otra vez del mismo modo. El que curó al enfermo lo curará de nuevo en la puerta llamada Hermosa. El que venció a la muerte, vencerá la de Dorcas en Jope. El que llamó a Pedro en Galilea llamará a Pablo en Damasco.