jueves, 12 de septiembre de 2019

La Colonia Católica de R.H.Benson



Quiero, y quiero decir, si esto me es permitido, vivir en una pequeña casa de campo, decir la Misa, rezar el Oficio y escribir libros. Honestamente creo que este es mi más alto ideal. Detesto el alboroto, la burocracia y la murmuración y deseo estar en paz con Dios y con el hombre.
                                                                                                                                                  R.H.Benson, 1905


Buscando por internet más textos de monseñor Benson para el archivo y la lectura, me encontré con este artículo publicado en 1910 y que lleva por título “Una colonia católica (una sugerencia)”.  Es, más o menos, como el proyecto de armar un pueblo católico en torno a un monasterio, como San Ireneo de Arnois, el pueblo de la Srta. Prudencia Prim, y que estuvo también presente en la mente de Hugh Benson por muchísimos años y aunque quizás sus motivos eran levemente diferentes sin duda apuntaban a lo mismo.
Siempre estuvo en la mente de Benson este sueño de vivir en un apartado mundo rural, lo más independiente y relativamente alejado de la ciudad en cuanto fuera posible, tratando de ser autosustentable y en una permanente presencia de Dios a través de la oración y de la contemplación. De hecho, cuando llegaron las primeras ganancias fruto de sus libros logró comprar la casa de Hare Street y luego, poco a poco, se fue haciendo de los terrenos aledaños con la idea de instalar su colonia de almas congeniales en estos bellos cottages rodeados del hermoso paisaje de Buntingford, Hertfordshire. El padre Martindale nos cuenta sobre esto en los siguientes párrafos:
“Es totalmente cierto que Benson consideraba su casa como una especie de núcleo de esta colonia que él seguía soñando. Ciertamente reunió alrededor suyo un número de asociados, algunos de los cuales permanecieron ahí por un considerable tiempo. Mientras, cerca de su casa, tal como veremos, viviendas y casas de campo fueron dejadas para sus amigos.” C.C.Martindale, The Life of Monsignor Robert Hugh Benson, pág. 138.

Un poco antes de su muerte pasó unos días en un retiro en la Isla de Caldey junto con los benedictinos y fue aquí, en Caldey, donde imaginó que podía concretar su sueño:

               “(…) fue aquí en Caldey que él imaginó una nueva posibilidad para su Little Gidding – aquella comunidad que soñó en Llandaff y Kemsing, realizada a medias en Hare Street y preconizada en la forma de una mística Ciudad Jardín, en el Dublin Review de abril de 1910. (n.d.trad: es decir, el texto que hemos traducido más abajo) Incluso ahí, tal como lo recordarán, los benedictinos iban a ser el corazón espiritual y social de esta comunidad de artistas, artesanos, estudiantes y de gente común y corriente. Sobre seiscientos o setecientos acres de la Isla de Caldey, de las cuales unas quinientas son buenas tierras agrícolas, él esperaba ver concretada su Nueva República. Ciertamente, bajo su actual sabio y emprendedor gobierno, creo que la isla tiene más probabilidades que Hare Street para realizar la Utopía de Hugh.” Ibidem pág 427.
Algo de este sueño en parte había logrado en su casa, pero en una escala muy reducida y con invitados que iban y venían, permaneciendo algunos de ellos por más o menos tiempo:
“Durante mucho tiempo él había tenido en su mente un proyecto el cual pretendía llevar a cabo tan pronto como tuviera más tiempo libre, porque debe recordarse que muchas de sus conferencias y escritos ocasionales se hicieron simplemente para ganar el dinero para permitirle alcanzar sus propósitos. Este era encontrar una comunidad de personas con ideas afines, que deseaban más oportunidades para una devoción y meditación en tranquilidad, para el trabajo solitario y la contemplación que la vida en el mundo podía ofrecerles. A veces diseñaba una instalación común, o casitas separadas, pero la esencia de esto era la soledad, animada por la simpatía y con la suficiente amistosa compañía como para evitar caer en la morbilidad.” A.C. Benson, Hugh, Memories of a brother, pág.170.

Para R.H. Benson la colonia debía ser una muestra patente de una verdadera vida católica que sirviera de ejemplo para los protestantes ingleses, llenos de prejuicios anticatólicos. Es como si Hugh les dijera: “Así somos los católicos, esta es nuestra vida, así es como trabajos la tierra y como rezamos, esta es nuestra vida familiar, entren y mírenla con sus propios ojos antes de juzgarnos y demonizarmos”. La denomina “Lección objetiva”, siguiendo el método de enseñanza de moda por aquellos años de ilustrar con imágenes, por ejemplo, pasajes de las Sagradas Escrituras. La colonia debe ser un ejemplo no solo de la vida espiritual que ahí se vive, sino también de la vida ordinaria que allí se lleva conforme a las virtudes cristianas.

En este artículo Benson se encarga hasta de hacer presupuestos de los gastos y de cómo se debiera formar la empresa que llevaría a cabo esta obra. Nos sugiere a qué congregaciones u órdenes religiosas debieran traerse para que se hicieran cargo de la vida espiritual de la colonia y de la educación de los niños. Y un dato curioso es como muestra la mantención de las sanas diferencias sociales de la época, y de las reglas que deben de existir para buen provecho de todos.

Todo eso que soñó Benson no deja de ser una Utopía. Quizás cuando la persecución del Anticristo se vuelva peor que la que ahora vemos, hará que finalmente nos unamos y formemos estas pequeñas comunidades donde cada cual aporte según sea lo que mejor sabe hacer y donde podamos contar con la ayuda espiritual, con la Santa Misa, que nos dará la fortaleza para poder resistir. Vivir apartados del mundo para poder seguir siendo católicos es un sueño para mí, tal como lo fue para R.H. Benson.

Una colonia católica (una sugerencia)

(La presente traducción corresponde a un artículo de monseñor Robert Hugh Benson publicado en The Dublin Review, revista editada por Wilfrid Ward, en el volumen CXLVI de enero – abril de 1910)

Las lecciones objetivas (o método de enseñanza visual. N. de. Tr) y las exhibiciones públicas están de moda en este momento. Como comunidad estamos aprendiendo cada vez más el principio de que Iglesia Católica siempre ha practicado en su culto, si se me permite observar, que los hombres son capaces de aprender y de apreciar por la vista cosas que permanecen casi sin sentido para ellos después de la más elocuente disquisición verbal. Desde el kinderganten hasta el Club Aéreo lo fáctico es bueno. Si es más o menos cierto para los objetos materiales, tal como el logro de un vocabulario para un niño, o el mejor método de vuelo, es mucho más cierto para los principios abstractos si aquellos principios no pueden sino ser puestos en términos visibles. Un niño, por ejemplo, encuentra una considerable dificultad en comprender la idea de pecado o virtud en abstracto, pero no al apreciar lo que significa ser un niño travieso o un tío amable. Y si se pueden hacer pasar una variedad cosas de este tipo frente a sus ojos, asemejándose unas a otras con sus respectivos pecados o virtudes, por fin aprende algo, en todo caso, de estas cosas casi indefinibles. Esta lección es de amplia aplicación. Vamos a considerarla con un ejemplo.

Creemos que la Iglesia Católica es la madre de la verdadera civilización y del progreso. El señor Charles Devas, en su admirable libro[1] sobre esta materia muestra cómo bajo su auspicio, y solo bajo este, el mundo ha ido avanzando en las líneas en las que todos están de acuerdo conducen a la perfección, a excepción de los Anarquistas.  Es en la familia donde se han establecido las bases. La única institución social que obviamente es divina es la familia, y solo la familia puede ser la unidad de crecimiento saludable. Los reinos, estados, ciudades y pueblos en el lado secular; parroquias, diócesis, órdenes religiosas y la Iglesia Católica en el lado sacro, todos estos son estables o inseguros proporcionalmente en la medida en que uno u otro reproducen o no a la constitución familiar en sí mismos y mantienen a la real familia doméstica en su verdadera pureza dentro de sus fronteras.

Ahora, de estos hechos – y de otros como ellos – los católicos están muy seguros de que no temen desafiar a la historia en su nombre ya que las virtudes que hacen a un buen católico y a un buen ciudadano del Reino de los Cielos son idénticas a aquellas virtudes requeridas para ser un buen ciudadano terrenal.  El libro del señor Devas abunda en ejemplos de esta tesis. Ceteris paribus, los católicos sostienen que “la Madre lactante de Reyes” es también la Madre lactante de los reinos, y que la mayor felicidad, salud y progreso de la vida terrenal es la que se vive a la luz del catolicismo. Pero lo difícil es persuadir a las demás personas que esto es así. Los ingleses, como clase, debido a las persistentes tergiversaciones de las historias escolares están persuadidos precisamente de lo contrario. Para ellos el catolicismo representa los principios de oscuridad, esclavitud y retroceso; el protestantismo la luz, la libertad y el saber. Es cierto que un asombroso número de autoridades imparciales están trabajando duro en este momento en un esfuerzo por enseñarles los hechos. El Dr. Gairdner a través de las pautas de la historia; el señor Chesterton a través de su propia pauta; el señor Belloc en política e incluso el señor H.G. Wells en una especie de indirecta y reacia manera, pero todo esto no es suficiente. Las personas no leen historia; ellos sonríen amablemente a lo que piensan de las muecas del señor Chesterton; rechazan al señor Wells como un socialista poco práctico y al señor Belloc como a un francés. Lo que se requiere es una especie de kindergarten, donde nuestros compatriotas puedan aprender a través de la vista. “Este es un católico, no puede sino tener pólvora en su bolsillo…esta es una católica, no es sino un jesuita femenino disfrazado…hay un sacerdote, pero habitualmente no dice mentiras.”

Imagine, entonces, el buen efecto que podría seguirse si poco a poco fuera posible establecer en Inglaterra una colonia de tamaño moderado exclusivamente católica, donde los reales católicos pudieran ser vistos cultivando los campos, escribiendo libros, cuidando de las ovejas, y haciendo sus deberes bajo la luz del sol. Las casas religiosas en nuestro medio son inútiles para este propósito, y entonces son, también en gran medida, como las familias privadas aisladas, porque ambos tipos de instituciones se resienten al husmear del extraño. Los individuos, familias y órdenes religiosas estamos demasiado a la defensiva, demasiado insistentes acerca de nuestra necesaria privacidad, y, por, sobre todo, demasiado aislados para proporcionar las necesarias lecciones objetivas. Lo que realmente se necesita, si fuera posible, es alguna ciudad o un pueblo – preferiblemente este último – ubicado justo en el centro de Inglaterra, asequible a todos - donde se pueda ver que los católicos pueden ser devotos y sensatos, que pueden principalmente ocuparse del cuidado de sus almas y, sin embargo, ser excelentes ciudadanos e ingleses decentes.

Puedo esbozar un cuadro imaginativo de este efecto, tal como recientemente me fue esbozado (porque la idea no es mía):

Veo una gran propiedad, situada a no más de cuarenta millas de Londres, digamos en Kent o en Sussex. Una propiedad quizás de mil acres en total. Un campo sinuoso, con una parte de bosque, pero arable y con pastura en la mayor parte de su extensión. En el centro, a una milla de la estación de ferrocarriles, se levanta el nuevo pueblo agrupado alrededor de la pradera.

Las casas están todas excelentemente bien construidas ya que la propiedad pertenece a una empresa, cuyo visto bueno del arquitecto es necesario para la aprobación de todos los planos. Hay de variados tamaños y escalas, cada una tiene un jardín atrás proporcionado a su dignidad. Construidas con un costo que va de las que cuestan £ 300 para las cabañas más pequeñas que estén colindantes al prado, hasta las que valen £ 1000 o 1500 para las construcciones más majestuosas que están instaladas cada una en un dominio privado de dos o tres acres. Estas casas están en manos de sus propietarios en diversos términos: algunas son de propiedad de sus mismos habitantes; aquí hay un par construidas por hombres de negocios que van a la ciudad todos los días durante la semana. Algunas están dadas en arriendo por siete o catorce años con una renta de entre 20 a 40 libras por año y aquí viven hombres de negocios y artistas que tienen más ocio y menos medios. Otras están en manos de obreros con un arriendo semanal o mensual. Pero el pleno dominio en todo caso pertenece a la empresa dueña de la propiedad.

Vamos a examinar una de estas casas, construida a un costo menos de £1000. Es un lugar encantador, con un techo de tejas rojas, paredes rugosas, de construcción fuerte, de dos pisos de altura. Se entra a través de un espacioso porche, con sillas a cada lado y un largo guardarropa para abrigos y sombreros. El porche lleva a un bello living, radiante con vigas pintadas de casi treinta pies de longitud y catorce de ancho. Abierto a esto está el confortable estudio para el amo de la casa y más allá, abriéndose hacia el salón interior, donde la escalera sube a la primera planta, está un amplio comedor suficiente para ocho sentados confortablemente comunicados por un pasaplatos con la cocina más allá. Detrás de la cocina, ingresando por un pasillo desde el salón interior, hay una excelente despensa con una bodega de carbón más allá. Arriba hay cinco buenos dormitorios, dos de ellos lo suficientemente grande para una pareja de casados, un baño y un ático. No hay nada mal construido en esto: el suministro de agua es excelente, viene desde el pueblo. Los detalles están bien terminados, incluyendo chimeneas de piedra y azulejos con campanas de cobre y amplios ventanales hechos con pequeños paneles cuadrados. Todo el lugar está alumbrado con luz eléctrica y calefaccionado con radiadores. La renta, dicho todo, incluyendo tarifas, impuestos y agua asciende a la suma de £50 al año. En el centro del prado, a ambos lados, están los clubs y las cafeterías. Estas también son de propiedad de la empresa, pero su administración está en manos de comités elegidos por los habitantes del pueblo. Las posadas no necesitan descripción más allá de decir que están bien ordenadas ya que los taberneros son empleados de la empresa. Los clubs son de diferentes escalas, amueblados y provistos con libros para la lectura, salas de recreación y comedores proporcionados a las suscripciones exigidas a sus miembros. Una especie de ayuntamiento colinda con ellos, y en el cual ocasionalmente se realizan las reuniones de los directores de la empresa y se tramitan los negocios públicos.
Detrás del ayuntamiento y protegido de la vista del pueblo está la estación de electricidad y la casa de bombas, desde donde el pueblo completo es abastecido con luz y agua. Hay un matadero construido en base a los más modernos principios alemanes y que está cuidadosamente protegido por altos muros de los curiosos ojos de los niños. También existe una pequeña fábrica de gas para suministrar de energía a los motores y un garage para provecho de los que viven en las casas de £1500. Desde aquí también circula a diario un ómnibus a motor para transportar pasajeros al tren de las 9:15 a Londres y traerlos de vuelta a las 6:40 en la tarde. El valor es de 2 peniques por persona por los dos viajes. La parte superior del prado tiene una vista inusual. Se levanta ahí una gran puerta, con un refugio para el portero a ambos lados y que está coronado con una figura de piedra en una hornacina. El que está parado ahí observa sobre el pueblo abajo, con su cara afeitada, su vivo y humorístico rostro. Él está vestido con un traje de piel y lleva una gorra cuadrada sobre su cabeza, su mano izquierda descansa sobre el mango del hacha de un verdugo…Alguna vez fue el Canciller de Inglaterra, así como el autor de una obra llamada Utopía…

Mientras paso a través de la puerta de entrada soy recibido por un joven vestido con el negro traje de un hermano lego, y aparecen a la vista una gran variedad de edificios de piedra, rodeados por un muro. A la izquierda están las escuelas, altas y hermosas elevaciones, construidas y arregladas de acuerdo con los últimos y finales requerimientos del Ministerio de Educación. Aquí los niños de los diversos cursos pueden recibir una excelente educación, según los medios de sus padres, desde la enseñanza ordinaria elemental instada por el Estado e impartida por entrenados profesores laicos y certificados por monjas, hasta el estándar dado por aquellas instituciones escolares conocidas como “privadas” o de “excelencia”. La enseñanza de los niños es llevada a cabo en su totalidad por los monjes Benedictinos y la de las niñas por las monjas. No hay acomodaciones para internado. Todos los niños provienen de esta aldea y duermen en las casas de sus padres.

 A mano izquierda de este espacio gravillado hay una puerta en el muro, coronado por una imagen en piedra de nuestra Señora, y esta da la entrada al convento y un camino cubierto conduce ahí, pasado el pórtico del monasterio, en la entrada opuesta a través de la cual veníamos, está la puerta del colegio de las niñas. Las monjas aquí son de una orden de educadoras bien conocida y tienen su propia capilla bajo su propio techo. Ellas construyeron su casa con un avance de dinero de la empresa, y poco a poco están pagando la hipoteca, la que van pagando en parte con sus propias donaciones y por los honorarios que cobran por la enseñanza, honorarios que están garantizados a ellas en base a la misma existencia de la aldea y al hecho de que todos los que viven ahí son católicos. Tienen su propio jardín y huerto, sostenido gracias a un contrato de arrendamiento a largo plazo con la empresa y con condiciones especiales.

Inmediatamente en frente a la primera puerta de entrada hay una segunda, la propia puerta del monasterio. Mientras paso a través de ella me encuentro en una plaza cuadrada, rodeada por el claustro. En un lado está el refectorio con las cocinas, al otro lado las bibliotecas y las habitaciones comunes con filas de celdas arriba; en la tercera está el aposento del prior y la casa de huéspedes. La casa de huéspedes necesita un tratamiento especial. Se ha encontrado recientemente que muchos de los más ocupados laicos católicos reciben con marcado entusiasmo cualquier intento de darles especiales oportunidades para participar en retiros cortos. Si estas oportunidades les son dadas, ellos las aprovecharán con entusiasmo o, por último, como para pasar un ocasional fin de semana lejos del mundo. Así es como las Casas de Retiros han sido abiertas en varias partes del mundo, más especialmente en Bélgica, además por los Jesuitas en Inglaterra en las que se pueden realizar estos retiros para todas las clases. Estamos considerando que este monasterio está especialmente hecho para este tipo de trabajo espiritual y que de los dieciocho o veinte padres residentes, tres o cuatro se dedican devotamente casi en su totalidad a esto. Los retiros que se llevan a cabo son de varios tipos. Algunos son únicamente para la clase trabajadora, comenzando en la tarde del sábado y terminando a tiempo para que los que han ido al retiro alcancen el último tren de vuelta a Londres el domingo en noche; otros, que duran el mismo periodo de tiempo, están diseñados para clérigos y hombres de negocios jóvenes; otros, que duran de cuatro a ocho días están dirigidos a la clase ociosa. La Casa de Huéspedes es grande y está cuidadosamente arreglada en vistas a este especial objetivo, porque no solamente ha de servir para retiros, sino que además provee también de una serie de habitaciones para aquellos que simplemente desean pasar un poco de tiempo ocasionalmente a solas. También la acomodación es de varios grados. Hay dormitorios para los que tienen menos medios, dividido en cubículos, y hay un completo set de encantadoras habitaciones con salas de estar para los más ricos. Existe un gran comedor, salas de lectura y una biblioteca. Toda esta acomodación es necesaria porque la Casa de Huéspedes nunca está vacía. Ciertos días del año el pueblo también está atiborrado de visitantes y cada habitación está ocupada ya que la iglesia posee una colección única de reliquias de mártires ingleses y está en posesión, digamos, de los huesos de Santo Tomás. La cabeza del beato Tomás Moro, rescatada al fin de la tumba en la cual estaba reposando, y una gran joya del este, la han convertido en un santuario de peregrinación popular tal como lo fue Glastonbury o Canterbury hace cuatrocientos años atrás. En una escala más pequeña el convento da las mismas oportunidades a las mujeres.

Finalmente, está la iglesia misma. Este es realmente un magnífico edificio construido en honor de los mártires ingleses y diseñada por un eminente arquitecto al estilo inglés, tal como son todos los edificios monásticos.  Porque uno de los objetivos secundarios de todo el establecimiento es tranquilizar a los ingleses, y un tipo de arquitectura que le recuerde a San Pedro o a la Chiesa Nouva es poco probable que le impresione con la compatibilidad de Gran Bretaña con la religión católica como lo haría una más en concordancia con las catedrales e iglesias parroquiales a las que ha llegado a considerar peculiarmente como de su propiedad. Por tanto, la dedicación de la iglesia y su estilo de arquitectura son lo que son por esta específica razón. Es entonces una gran iglesia monástica al estilo de Durham, Gloucester o Downside. El coro de los monjes está completamente enclaustrado; la rejilla está coronada por el Crucifijo y a sus pies está la nave y el altar mayor de la Santa Cruz. La nave norte está ocupada principalmente por la capilla de las reliquias, con su propia custodia y en este lado los respectivos altares de San Albano y Santo Tomás. La nave sur está ocupada enteramente con una serie de altares erigidos en honor de los recientemente canonizados sacerdotes del seminario y fieles laicos martirizados bajo Enrique e Isabel. Hacia el este del coro de los monjes se extiende la larga capilla de la Señora, sobre el altar que preside Nuestra Señora de Aberdeen, que finalmente se recuperó de la ciudad continental que le había dado hospitalidad por tanto tiempo. Y en la entrada una imagen de madera venerada hasta la Reforma en la Iglesia Dominica de Cambrigde, donde ahora está el Emmanuel College. El ingreso de los monjes a la iglesia es directamente desde el corredor uniendo sus celdas arriba y desde la clausura abajo. Las puertas públicas se abren una a la cancha delantera de las escuelas y la otra más allá de las escuelas al camino público. La misa, vísperas y completas son cantadas solemnemente cada día, pero se espera que cuando la fundación llegue a la dignidad de una abadía y la familia religiosa crezca, el Oficio Divino completo pueda ser efectuado de la misma manera. Sin embargo, una característica notable de esta casa es la gran predominancia de hermanos legos. Existen al menos catorce de ellos, además de unos pocos sirvientes seculares. La razón es la siguiente:

Uno de los objetivos de este pueblo es que sirva de ejemplo alrededor del país, no solo de piedad sino de la vida ordinaria. Entonces es absolutamente esencial establecerse en un distrito rural y que la labranza, la agricultura, apicultura y actividades similares estén en las condiciones más prósperas. Es cierto que hay dos o tres granjas de tamaño tolerable donde trabajan la mayoría de los trabajadores, pero también el trabajo puede hacerse, hasta cierto punto, en los terrenos del monasterio y del convento. Pero sumado a todo esto, el sistema de pequeños arrendamientos está cuidadosamente nutrido y se entregan dos tercios de la propiedad, no obstante, “los pequeños arrendamientos” necesitan más que el nombre para hacer de ellos algo exitoso y por encima de todas las cosas es necesario que los católicos no sean los primeros en fallar. En consecuencia, los directores de la empresa han sido lo suficientemente hábiles como para invitar a cooperar a una fundación benedictina, cuyos miembros están dedicados a la agricultura y en la cual la proporción de hermanos legos ya sea de Alemania o de algunas partes de Inglaterra, están ya lo suficientemente capacitados en las habilidades rurales como para hacer práctica de su agricultura. Las ventajas de esto se ven de inmediato en el pueblo. No solo está en forma continua frente a los ojos de los habitantes una admirable granja monástica brillantemente trabajada, que suple todas las necesidades de vegetales y de frutas al monasterio, sino que también hace entrega de huevos a Londres. Pero hay, además, un cuerpo de expertos asesores siempre a su disposición, en el lugar y en forma gratuita.

Es agradable observar en las tardes de primavera al hermano lego, como en un oráculo, disertar largamente en el sitio de un posible lecho de espárragos, rodeado por un pequeño grupo de hombres. Les da cientos de recomendaciones y cuando encuentra un descuido, reprende. Hace sugerencias acerca del estiércol y predice sobre el precio de los cerdos de aquí a ochos meses. Además, es tan capaz de manejar una espada como cualquiera de ellos. Le han visto otras veces escupiendo sobre sus manos para que ellas se agarren con frescura a las manijas del arado y recuerdan en más de una ocasión cuando su consejo no fue tomado cómo el desastre en miniatura cayó sobre su complaciente y obstinado investigador.

 Vamos a pasar a considerar otros detalles. La vida de hogar aquí es muy agradable. Porque está ausente por completo esa fructífera fuente de recriminación de las diferencias religiosas. En prácticamente cada familia católica en Inglaterra existe una consideración frente de los ojos de los padres. ¿Le será o no a Jack permitido juntarse libremente con Tommie? Tommie es un niño agradable y sus padres son gente encantadora, pero ¿es del todo bueno para Jack pasar tanto de su tiempo en una atmósfera no-católica en el presente estado actual de su mente aún no formada? ¿Qué hay si él se enamora de aquí a dos años de la hermana de Tommie, Jane? O, por otra parte, ¿qué hace el niño sin acompañantes? Y ¿Qué compañeros son sin una libre interrelación? Debe recordarse que aquí que tales preguntas ni siquiera se insinúan. Jack puede pasar todos los días del verano con Tommie o incluso con Jane, y si él se enamora de ella, mucho mejor. Esto no es sino el símbolo de toda la situación religiosa, porque hasta donde la vista llega no hay ninguna chimenea protestante humeando. El Angelus que suena tres veces al día no cae sino sobre oídos reverentes; la procesión del Corpus Christi encuentra cada casa decorada y cada rodilla doblada. Considerar también cómo incluso la política – ese enemigo gemelo de la paz – es temperado en esta atmósfera.  La Regla del Hogar puede ocasionalmente ser discutida en la taberna, y hasta el Presupuesto sin ninguna limitación.  Pero aquí no hay lugar para el debate sobre el tema de la educación, el Juramento al Rey y el socialismo. Hasta el mismo manejo del pueblo en sí es difícil que se llene de amargura, ya que no puede haber disputas sobre donde debe estar la Capilla del Disidente, o si una cruz o un surtidor es más representativo símbolo de la verdadera vida del pueblo. Ambos, la cruz y el surtidor pueden estar al mismo tiempo, y no se levantará ninguna objeción. Existirán celos, desde luego, y acusaciones de favoritismo y hasta chismes, pero al menos estarán ausentes la mitad de las ocasiones ordinarias para aquellos pecados, ya que aquí los hermanos que habitan en la misma casa son de un solo sentir.

Consideren, por último, las posibilidades financieras de tal escenario. Una propiedad como la que hemos estado considerando puede probablemente ser comprada en una suma de aproximadamente veinte mil libras. La publicidad, la construcción, la construcción de caminos, el drenaje y el resto puede ser estimado, en total, en cerca de veinte mil libras. La mitad de todo sería lo suficiente, en todo caso, para hacer un comienzo considerable. Ahora hay al menos dos maneras en las que esta suma se podría recaudar. La primera, que no necesitamos considerar (ya que dependería únicamente de una gracia especial dada desde el Cielo) es que un capitalista católico diera por adelantada toda la suma requerida. La segunda es que debe crearse una empresa con una severa línea de negocios e invitar al público a invertir. “Con una severa línea de negocios”, porque la última cosa que este proyecto debe ser es un experimento filantrópico. Este asunto debe ser de una especulación justa, ni siquiera debe ser una apuesta. Cosas como esta han sido hecha antes, notable es el caso de Letchworth, y creo, con suficiente éxito. Después de todo, los pueblos son fundados con esperanzas mucho más temporales que esas, alrededor, por ejemplo, de alguna industria central que no puede, por la naturaleza de las cosas, no puede seguir por siempre siendo una mina de oro y sin el más pequeño mundano motivo para inspirar a la empresa. Y estas empresas han tenido éxito y han pagado su camino. La principal dificultad, a mi entender, es la cuestión de quien tiene que dar el primer paso. Una congregación benedictina naturalmente que dudaría construir un gran priorato y una iglesia, a menos que existieran alguna garantía de que hubiera vecinos que simpatizaran con ellos; y por otro lado los católicos dudarían en arriesgar su dinero y su confort en tal empresa a menos que existiera alguna garantía de que alguna institución religiosa sería fundada en medio de ellos. Porque si el objetivo es reproducir la vida católica tal como era hace cinco siglos atrás en Inglaterra debemos tener ambos, el priorato y el pueblo. Ambos, secular y sagrado deben caminar de la mano, secular y sagrado deben estar ahí para caminar. Una salida al dilema podría haber si una orden religiosa se compromete a construir este priorato en el evento de la formación de una empresa con el capital requerido; y si la empresa se formó en el entendimiento de que la orden religiosa cooperó con ellos tan pronto como el capital fue depositado en el banco.

Pero a descender a detalles aún más sórdidos:

En las siguientes líneas se sugiera la manera en la cual este esquema se inauguraría. La consulta debe hacerse primero a las órdenes contemplativas en Inglaterra (preferentemente a los benedictinos ya que la vida rural y la agricultura, al menos originalmente, forman parte de sus actividades) sobre si, en el caso de que esta empresa se forme, ellos consentirían a cooperar y en qué términos.  Si fuera recibida una respuesta alentadora, entonces se haría un número de comunicaciones privadas a los católicos de las tres o cuatro distintas clases, los ricos piadosos, los menos ricos entusiastas, los expertos rurales y las autoridades eclesiásticas acogiendo sus opiniones y críticas y presentándoles el consentimiento provisional de la orden a la cual fue hecha la solicitud. Nuevamente, si las respuestas fueran favorables, debería redactarse un esquema definitivo, nombrar una junta directiva y, finalmente, publicar un prospecto. Si la respuesta del público fuera todo lo buena que podría ser, entonces la empresa se incorporaría, la propiedad decidida y comprada, y el proyecto iniciado. Es un pensamiento serio ( si puedo por un instante hablar al modo de los llamamiento populares) que si los cálculos sugeridos son correctos, solo cien personas podría necesitarse para invertir quinientas libras y así transformar la parte financiera de este sueño en una realidad.

Finalmente, entonces, ¿no vale la pena considerar la posibilidad de todo esto? Las actividades de la Iglesia en este país son cierta y sorpresivamente extendidas y eficientes considerando los limitados recursos de los que ella dispone. Pero falta aún incluir una lección-objetiva como sería este pueblo plantado en un país en el cual alguna vez todos sus pueblos fueron católicos. Si nuestra religión es lo que sabemos que es: la madre adoptiva de toda vida saludable, la amiga de toda labor y el genio que preside todo emprendimiento, por seculares que sean, se le dará una ventajosa oportunidad de mostrar lo que podría lograr bajo condiciones como estas. Es verdad que hay comparativamente pocos católicos en Inglaterra que son completamente apartados de toda simpatía religiosa, ¿qué sería para ellos encontrarse con esta simpatía con todos los habitantes del lugar donde viven? Una fundación como tal seguramente podrá hacer mucho más por las almas que cooperen en ella que toda la educación e incluso, puedo decir, que toda la literatura y los sermones del mundo, porque ellos encontrarían aquí que no existe ninguna parte de sus vidas en las que la religión no pueda entrar natural y libremente. Sus vidas enteras vivirían bajo la sombra de la Fe sin los restrictivos efectos de estar siempre caminando con una armadura, o los amargos efectos de una interminable controversia. Aquí no existiría más la necesidad de estar confinando muros por todos lados, ni de andar guardando un lenguaje o un caminar delicado, como gatos sobre muros de cristal, sino que la luz y el aire de Dios los rodearían y, sobre todo, la gracia de Dios endulzaría sin esfuerzo cada acción que ellos hicieran. Es verdad que no se escaparía, incluso en un exclusivo pueblo católico, de los antiguos asaltos del mundo, de la carne y del demonio, porque ni hasta los carmelitas o los cartujos pueden escapar de estas cosas. No hay duda de que habría desastres, escándalos, disputas e incluso hasta traiciones, habría inclusive desalojos a escala muy dolorosa. Sin embargo, al menos la Iglesia tendría una oportunidad, bajo excepcionales favorables circunstancias, de mostrar lo que ella puede hacer tocante a ayudar a gente común que no son ni sacerdotes ni monjas, y que no tienen una especial aptitud para la controversia permanente o incluso para la filantropía, para vivir vidas perfectamente ordinarias tan bien como sea posible. Ya en Inglaterra existe más de una colonia No-conformista de este tipo, una notable en Port Sunlight, y podría ser que una empresa como esta, llevada a cabo por católicos para católicos, pudiera ser la primera de muchas. El movimiento podría extenderse casi infinitamente y dentro de cien años nuestros hijos podrían ver, dispersos por casi todos los condados de Inglaterra, pueblos donde nada más que la antigua fe de Inglaterra se había predicado o practicado; lugares que producen, bajo las modernas y si es necesario radicales condiciones, la antigua vida de hace quinientos años atrás que había dado a Inglaterra, a pesar de sí misma, una sólida civilización tal como la que hoy ella posee y cuya falta de eso está enviando a Francia de vuelta al barbarismo desde la que ella se levantó.

ROBERT HUGH BENSON




[1] La clave del progreso mundial, Longmans, 1906.

martes, 20 de agosto de 2019

Mateo, ejercitar la caridad para con los pecadores no es tarea fácil.


Ejercer la caridad-MarchandoReligion.es
Hace casi un mes que no tenía la ocasión de juntarme a ensayar con el conjunto que tengo con mi esposa Ángeles; Manuel, el marido de mi hermana; Carlos, un amigo de la infancia, y Lucas, un colega de Ángeles del conservatorio. Extrañaba tocar con ellos en nuestro cuarteto de cuerdas, así que me sentí feliz de comenzar a preparar un nuevo repertorio que se centraría en música barroca para luego dar un brusco salto hasta el presente, ya que interpretaríamos alguna pieza de un compositor contemporáneo que descubrí hace un par de años y que tiene la música perfecta para mí. Y aunque este compositor escribe música es en su mayoría coral, mi querida y talentosa esposa hace los arreglos para que quede para cuarteto.

Estaba en la sala de estar, donde tengo el piano de estudio, dejando las partituras en cada atril cuando llegó Manuel, nuestro pianista, junto con Ángeles, nuestra violista. Ella y Lucas son los únicos profesionales del ensamble, el resto de nosotros somos solo amateurs…aunque a falta de cosas por hacer y ya que me sobra tanto el tiempo (se entiende la ironía supongo) estoy estudiando mi superior de violín.

—Vaya Mateo, hasta que por fin te haces un espacio en tu “copadísima” agenda para nosotros. – dijo Manuel mientras se acomodaba en el taburete del piano.

—Sabes que si hay algo en esta vida que ame hacer es tocar con ustedes. Para mí es prioridad, pero ya sabes, viejo, no siempre se puede planear la “copadísima” agenda como uno quisiera.

—Para variar Carlos y Lucas están retrasados. Supongo que les avisaste ¿verdad? – preguntó Manu.

Carlos es nuestro cellista y Lucas es el primer violín. Yo les había llamado con antelación, pero Lucas se encontraba fuera del país y obviamente, no podría venir. Como andan escasos los violinistas en esta época, le pedí a un viejo conocido que nos acompañara. Sabía que no era del agrado de Manuel y cuando le dije él que vendría en lugar de Lucas, se puso serio y molesto. Así que mientras esperábamos a que el cellista y violinista llegaran nos fuimos al jardín para que Manuel pudiera fumar su cigarrito pre-ensayo tal como es ya tradicional en él.

El sol ya se preparaba para su despedida vespertina y los rayos iban bajando por entre las ramas de los pinos que están detrás de mi casa. Era una tarde de viernes donde a pesar del sol, éste no calentaba y la fría humedad de mi ciudad calaba hasta los huesos. Mal lugar para conversar – pensé – pero más fría era la actitud de Manuel que conservaba su gélido silencio y yo sospechaba que era la antesala que siempre venía antes de largar para fuera la molestia que llevaba dentro. Como no me decía nada, y yo estaba esperando a que lo hiciera, saqué de mi bolsillo el móvil para contestar unos mensajes. Sabía que, si hacía eso, él iba a comenzar a hablarme…y así fue.

—Podríamos haber ensayado solo los tres hoy. No había necesidad de llamarlo. Esa obsesión tuya de invitarlo cada vez que puedes sabiendo que a mí me importuna su presencia. Pensar en el modo de vida que lleva me repugna…la verdad es que no me siento cómodo. ¿por qué lo invitaste? ¿acaso no te molesta su cosmovisión, su estilo de vida, lo que hace con ella? Es un escándalo para tus propios hijos tener a este loco metido en tu casa, ¿qué más quieres que te diga? Me extraña tu actitud, es de poca prudencia, muy poca prudencia. Ese “buenismo” tuyo no le comprendo.

—Te creería si nos estuviésemos juntando para avalar su estilo de vida, para que venga acá a traernos a la causa de sus pecados. No viene a mi casa a quedarse a dormir con su “parejita” ni a hacer fiestecitas y nada de eso. Aquí nos estamos reuniendo únicamente para tocar…al que le extraña todo esto es a mí. Él no viene aquí hablarnos y a hacernos partícipes de sus graves pecados, solo viene a tocar violín. Parece que se te olvidó que eres un converso y que anduviste en los bajos mundos. Jamás se me pasó por la mente dejar de ser tu amigo por eso, y, sin embargo, fuiste tú mismo el que me echó y el que no quiso saber más de mi por un buen tiempo.

—Sí está bien, soy un converso, pero nunca caí tan bajo como él. Además, se nos ha dicho en varias partes que no es conveniente juntarse con esta clase de pecadores públicos porque estamos avalando sus faltas y porque además, esta persona con su vida es enemigo de Dios y el enemigo de Dios es mi enemigo también. Yo no llevo a mi casa a quien ofende a mi Padre ni comparto con él. Su pecado, su rechazo a Dios no le hace ganar mi simpatía ni mis afectos precisamente. No puedo dejar de pensar cuando estamos juntos en todas sus conductas y eso en verdad te digo, me deja alterado.

—¿Me permites que te dé mis razones para no rechazarle a pesar de que sé lo mismo que tú?

—Por supuesto, me intriga saberlo.

—No es una cosa fácil ejercer la caridad, especialmente cuando las personas no nos son simpáticas, o piensan diametralmente a nosotros o son… bueno, un largo etc. Pero nuestro Señor nos pide amar incluso a nuestros enemigos. Nos pide ir más allá de cualquier amor natural, nos pide que amemos como Él nos ama, y eso traspasa el amor meramente humano. Fíjate que los que no creen en Dios y no tienen la Fe aman también a sus seres queridos, a sus amigos, en fin, pero así también como aman son capaces de odiar, de no tener ni una gota de compasión por el que no es de su agrado. Lo vemos a diario en las noticias. Esta gente expele odio y son capaces de tomar venganza, de hacer daño, el ojo por ojo y diente por diente es su filosofía de vida. Pero nosotros no hacemos eso, ¿por qué? Porque Cristo nos ha pedido amar a los que nos odian con el mismo amor que Él nos ama. Como dice nuestro Señor, “Si solo amáis a los que os aman, ¿en qué os diferenciáis de los paganos?” ¿Y en qué se traduce este amor? ¿Tengo que aceptar sus conductas, modos de vida, etc.? Y aquí vienen las benditas distinciones que tantas veces se nos olvidan y metemos todo en un mismo saco.

En efecto, y tal como tú lo dijiste, al que odia a Dios yo también le tengo por mi enemigo, y en este sentido, me duele su desprecio al Creador, su soberbia y su orgullo al no aceptar ni a Dios ni a su doctrina. Se pone él mismo en la condición de rechazar aquello para lo cual Dios mismo lo ha creado que es salvar su alma para contemplarle eternamente, cara a cara y gozar de la felicidad eterna. Y eso, por supuesto, da rabia ¿no? Yo no invito a mi casa a este personaje porque esté avalando lo que hace, ni porque me guste lo que hace. A mí también me causa rechazo, pero sin embargo lo hago porque Dios me pide que le ame.

—¡Uy! – dijo Manuel – vueltas sobre lo mismo, ¿podrías ser un poco más concreto y dar tus argumentos para que de una buena vez me digas porqué te gusta tanto meter en tu casa a este fulano? – Estaba impaciente, y tenía razón. Pero mi problema es que tenía mucho que explicarle y mis argumentos se me agolpaban creando una maraña que me costaba ordenar.

—Ten paciencia que intento ordenar mi mente y recordar lo que he leído en Santo Tomás al respecto. Santo Tomás lo explica muy santa y bellamente, y todo lo que te voy a decir no es sino lo que él y sus buenos comentaristas han dicho a propósito de la Caridad. No me he inventado nada y ojalá pueda citarlos tal cual ellos lo enseñan. Te repito que es necesario siempre hacer las debidas distinciones y no caer en confusiones. Al prójimo se le ama en razón de ser hombre, en razón de ser imagen y semejanza de Dios y que puede, por el arrepentimiento de sus pecados, llegar al Cielo. Es justo al revés del ejemplo que me diste. Es por el amor sobrenatural que tengo por Dios, que es mi amigo y mi padre, que amo a los que son sus hijos, a los que están bajo su servicio, y bajo su amparo, tal como lo dice Santo Tomás. Manu, yo no solo quiero tu bien, sino que también el bien de los que son los tuyos. ¿Podría quererte a ti y no a tus hijos? Porque eres mi amigo y te aprecio es que a todos lo que amas yo también los amo. Los hijos de Dios renacidos por el bautismo y aquellos que llegarán a serlo son amados por mí porque son precisamente, o serán, hijos de Dios. Digo “serán” porque siempre está la posibilidad de la conversión.

Ahí está Dios esperando a que se convierta y le ame. Para que se convierta y vuelva a Dios ha de conocerlo, y una manera de que le conozca es a través nuestro, quienes amamos a Dios y tratamos de agradarle. Es en vista de eso que le invito, para que conozca por medio de nuestras conversaciones, de nuestra acogida, el amor de Dios. Somos nosotros los que estamos llamados a predicar no solo con las palabras, sino que principalmente con el ejemplo. Cuando viene para acá nos observa, escucha lo que conversamos, comparte en ese momento nuestra sana alegría, y así se le va mostrando un ambiente católico y de este modo, conociéndolo, llegue a amar lo que nosotros amamos. Si yo le cierro la puerta en las narices, ¿como va a poder – como dice Santo Tomás – “querer lo que queremos y gozar lo que nosotros gozamos”? Es obvio que no se trata de convivir con los pecadores, ni de participar de sus pecados, no, nada de eso, y menos si tengo un alma débil que puede dejarse arrastrar por el mal ejemplo. Pero este no es el caso.

Quiero salvarle porque le amo, ya que en él veo a Dios que le ha creado para la vida eterna y porque le amo porque es que quiero salvarle. Tan solo pensar en los castigos eternos hace que, aunque no soy especialmente cercano a esta persona, tiemble al pensar en su condenación. Verse privado de la contemplación de Dios y más encima sufrir castigos eternos…entonces trato de mostrarle el amor de Dios a través de lo poco y nada bueno que puedo ofrecer. No me gustaría que al llegar al tribunal de Dios se me sacara en cuenta que no recé lo suficiente por esa alma y que me guardé la fe para mí y los que más amo. ¿Me entiendes ahora? Invitarlo, cuando no está Lucas, a tocar con nosotros es una labor de apostolado para mí.

—¿Pero tú le has dicho que su modo de vida es contrario al amor de Dios? Porque si tanto te interesa la salvación de su alma tienes que decirle que está en riesgo. Decir la verdad es un acto de caridad…

—Nosotros somos instrumentos de la Providencia para levantarnos y encausarnos mutuamente para retomar el camino hacia la salvación eterna. Sabes que él no es creyente y que a veces las conversiones son un proceso que se hace con paciencia, con tacto y tino para no escandalizar por un celo áspero que consigue exactamente lo contrario y que aleja a las almas de la religión.

—Entonces no le has dicho nada aún, nada de corrección fraterna por el momento – me dijo con sarcasmo Manuel.

—No, aún no. No se me ha dado la ocasión de hablar de este asunto. Yo sé que el conoce nuestra opinión sobre muchos de los candentes temas actuales y sabe que somos católicos tradicionales, pero falta ir un poco más lejos y planteárselo directamente, es verdad. Voy de a poco sacándole los prejuicios y mostrándole que en él veo a otro Cristo cuya alma es pobre y que necesita del amor de Dios, necesita de conversión para llegar a ser ciudadano del Cielo. Con cada pequeño gesto, con cosas nimias, se logran dar grandes pasos.

—En resumidas cuentas, entonces de trata de odiar y amar al mismo tiempo.

—Exacto, tal cual, odio su pecado, amo al pecador, San Agustín dicit. O como dice también Santo Tomás: “detestar el mal de uno y amar su bien son la misma cosa”. Flaco favor le haces al que está alejado de la fe tratándolo como a un leproso.

—Vaya indirecta, yo solo dije que me incomoda su presencia y que bueno, no entendía tu idea de traerlo cada vez que se puede.

—Son estas almas las que más necesitan de que se les muestre el Bien, ¿no te angustia pensar en que se pueden condenar? ¡Ay hombre si es tremendo! Intento que algo le haga darse cuenta de que está errado y que cambie de vida, y si lo invito a casa es para que no solo toque con nosotros, sino también para que conozca un hogar católico donde se le acoge como a un amigo, donde todo gira en torno a hacer reinar a Cristo en la familia. ¿Cómo vamos a pretender que el prójimo vea el amable rostro de Cristo si no se lo mostramos, si vivimos encerrados en una mónada por temor a ser “contaminados”, por temor a escandalizarnos por los pecados ajenos como si nosotros no fuésemos también unos miserables pecadores, teniéndolos ya prácticamente por condenados? “Nosotros somos los buenos, ustedes son los malos” Buscamos al pecador para que se convierta, deje atrás el hombre viejo y vuelva su cara a Dios, y lo hacemos desde el lugar donde Dios nos colocó, según nuestras capacidades y medios.

—Lo que propones es casi heroico y yo, que apenas tolero a quienes se supone son hermanos en la fe, imagínate los demás. No tengo tal grado de santidad, no tengo mucho amor por los que no me simpatizan para ser bien honesto. Creo que tampoco estoy obligado a que todo el mundo me caiga bien y a no tener diferencias con las otras personas y a ser “tan acogedor” con todo el mundo.

—Estamos llenos de defectos, de mañas, tenemos diferencias de temperamento, de carácter, en fin. Tampoco yo soy amigo de todo el mundo, creo que más bien causo anticuerpos que cariño, pero hay cosas que, por caridad, uno puede y debe pasarlas por alto, me refiero a aprender a sobrellevar los defectos de los demás, así como los demás nos soportan a nosotros también. Te confieso que tengo la mala costumbre de hacer un mar de cosas simples y dar más importancia a hechos o palabras que podrían haber sido hechas o dichas por alguien en un momento de debilidad o porque simplemente no se dieron cuenta que con eso me molestaban. Me ha costado una vida entera aprender a sobrellevar estas necedades…no es fácil amar como Cristo nos ama, es un ejercicio diario de humildad y de pequeñas renuncias en pos de la caridad y de la paz. Y al igual que tú, a mí me pasa lo mismo con respecto a las personas que no siendo hermanos en la fe son más amables muchas veces que nuestros mismos conocidos parroquianos. La otra vez Ángeles, a propósito de lo mismo, me decía: “me cuesta menos relacionarme con los novus que con los tradis”. Siendo que compartimos la misma fe, el mismo rito, los mismos rezos, y, sin embargo, nos encontramos con amigos que nos prejuzgan, nos condenan a priori, andan viendo pecado donde no lo hay o que se exceden en el celo con el que defienden nuestro gran tesoro que es la Tradición. Entonces yo le dije que, aunque a mí me pasaba lo mismo, trataba de ver lo bueno de cada uno, que pensaba que no siempre somos parejos y hay días en los que estamos más alterados y que no hay que darle mayor importancia algunas cosas; que evitaba entrar en peleas y que intentaba con toda mi voluntad, soportarlos. Para mi cada día plantea este desafío y te vuelvo a repetir, no es fácil, pero para eso tenemos la oración y la Gracia que de Dios que nos da en los sacramentos y que confortan y dan fortaleza. Si entendiéramos el amor de Cristo seríamos como esos santos que llegan a dar la vida por los enemigos, que devuelven bien por mal. Yo al menos estoy muy lejos y me queda mucho camino todavía. – Justo en ese momento llegaron nuestros compañeros de la orquesta y tuvimos que entrar a la casa. Manuel estaba en silencio, seguro que pensando en lo que le había dicho. Llegamos a la puerta, y él se detuvo.

—Te agradezco me hayas dado tus razones para invitarlo a tocar con nosotros. Trataré o intentaré ser más amable con él, aunque sé Mateo que ejercitar la caridad para con los pecadores, como bien dices, no es sencillo. Espero no más que no te equivoques y peques de ingenuo al pensar que puedes hacer algo en vista a la salvación de su alma. Él parece no tener una actitud de animadversión hacia la religión, pero tampoco veo que el tema le interese mucho. Es un hueso duro de roer si me permites la analogía.

—Se lo dejo a Dios. Nos falta rezar mucho por nuestros conocidos que están alejados de Dios. Gente talentosa, humanamente amable, honesta y empeñosa, pero que de nada les sirve si no lo ponen al servicio de Dios y de su propia salvación. No pasa día en que no rece por su conversión y por la salvación de su alma. Si no puedo convencerlos ni con la palabra ni con el ejemplo, espero que Dios en su gran misericordia escuche mis rezos y conmueva a estos corazones endurecidos. Como decía el otro domingo en la oración de colecta: “y para que les concedas lo que desean, haz que pidan lo que te es grato conceder” ¿Cómo no va a ser agradable a Dios que nosotros pidamos por la salvación de nuestros amigos y conocidos? ¿Se va a negar a estos bienes espirituales? Y si se lo pedimos por intermedio de nuestra Madre del Cielo ¡con mayor razón! Pido entonces con toda confianza a Dios y le digo: “Señor del cual todo bien procede y has querido dotar a mis colegas de grandes talentos; Tú, Señor que todo lo puedes, has que en sus corazones reine tu amor y salva a mis amigos músicos para que muertos al pecado puedan glorificarte eternamente. Así sea”.

Nota de Beatrice: para el presente relato he considerado principalmente dos textos. Santo Tomás de Aquino, Suma Teológica, II-II q. 25 a.6; II-II q.23 a.1; R. GARRIGOU-LAGRANGE, O. P., Las tres edades de la vida interior.

La presente historia se ha escrito originalmente para Marchando Religión


jueves, 18 de julio de 2019

El amor como principio de comunicación en el bien, por Peter A. Kwasniewski



Nota de Bensonians: el siguiente artículo ha sido publicado en el sitio https://thejosias.com/2019/07/18/el-amor-como-principio-de-comunicacion-en-el-bien/, su autor ha querido compartirlo también con los lectores de Bensonians. Muy agradecido de él por querer compartirlo en mi blog

El amor como principio de comunicación en el bien
Peter A. Kwasniewski[1]

1. Introducción

En los años de mis estudios superiores de filosofía y teología, recuerdo con claridad el placer con el que cursé varios semestres junto a Father Dewan. Sus clases se convirtieron, para mí, en el destino más avanzado de un itinerario metafísico hacia la Causa Primera, el Motor Inmóvil, el Ejemplar de todas las cosas—el summum bonum y telos del universo como un todo, de cada criatura, y, sobre todo, de cada persona. En esos momentos yo estaba también estudiando la cuestión del bien común político y fue Father Dewan, entre otros, quien me ayudó a caer en la cuenta de que cualquier tratamiento adecuado de esta cuestión debe profundizar sus raíces metafísicas y teológicas. Como resulde esto, puedo decir con toda verdad que el presente artículo toma una gran parte de su inspiración de ese gran Maestro Dominico de Sagrada Teología, a quien me siento privilegiado de poder llamar mi maestro.[2]

2. La antinomia contemporánea

Es un muy conocido axioma de la ética tomista que cualquier bien que una persona ama lo ama como su propio bien (bonum suum). ¿Cómo puede, entonces, haber un verdadero éxtasis, un verdadero salir fuera de sí mismo por amor a otro?[3] ¿Cómo puede haber un auténtico amor por otro en razón de ese otro? ¿No se transforma ese amor en egoísmo? ¿Y no sería toda alternativa práctica o teórica simplemente altruismo—una suerte de un espontáneo regalar algo a los otros sin la menor referencia a uno mismo o al propio bien?

El estado democrático liberal y el estado colectivista o comunista son gigantescas corporizaciones de la aparentemente ineludible antinomia de egoísmo y altruismo. Uno de esos sistemas reduce la motivación humana al interés propio o egoísmo, obstruyendo de ese modo una comunión interpersonal, que requiere el don de sí mismo; el otro sistema socava la felicidad humana ignorando la dignidad de la persona como tal, al permitir que el individuo se sacrifique por un “bien social” que le es ajeno. El clima político entero de la modernidad casi nos obliga a visualizar la realidad como un conflicto insoluble entre egoísmo y altruismo.

Puesto que la sociedad moderna ha desestimado las virtudes tradicionales en favor de un consumismo y un hedonismo materialistas, el hombre moderno, habituado a pensar, sentir y actuar como un consumidor en busca del placer, está, por lo tanto, habituado a los errores del egoísmo y está atrapado en él. Dado que hay tanta gente necesitada de la que no se preocupa, el egoísta debe ser “obligado” a ayudar a los otros. En relación con esto estoy pensando en el socialismo desenfrenado, en los programas gubernamentales de bienestar y de atención obligatoria de la salud que han ocupado el lugar de una subsidiariedad guiada por la justicia social y la caridad. Este “estado de bienestar” engendra cinismo, y luego, resentimiento y, finalmente, violencia, porque no emerge de una virtud poseída en forma genuina ni apela a ella; representa un asalto al monstruoso ego que la sociedad moderna ha producido. Dicho en otra forma, la sociedad moderna inculca el egoísmo en lugar de la justicia y la caridad, pero, reconociendo los resultados como desastrosos, trata de aplicar el altruismo, que refuerza al egoísmo y a la vez se irrita contra él. El resultado es la tensión social, las antipatías, los disturbios civiles.

En un filósofo político seminal como Hobbes, encontramos los presupuestos de esta expandida visión: todo es instrumental para mi propio bien, que se entiende como un bien meramente sensible; porque el yo = el cuerpo (en efecto, la realidad = el cuerpo), y no puede existir ninguna extensión del amor más allá del yo, más allá del cuerpo.[4] Para Hobbes, cualquier cosa fuera de uno mismo es, en el peor de los casos, una amenaza para el yo y, en el mejor de los casos, un medio para el fin de la auto-preservación. El contrato social es un mecanismo que me permite conseguir más de aquello que deseo mientras que le permite al otro conseguir lo que desea. No podemos desear algo que sea común, porque no hay nada que realmente sea común. Todo bien es un bien privado. Es así que yo no puedo “querer un bien para otro”; yo no puedo desear que otro esté bien en razón de sí mismo. Todo lo que yo deseo para otro (potencial o actualmente) me quita algo a mí.

Hobbes expone las raíces de la moderna antinomia de egoísmo y altruismo, cuyo estrecho parentesco puede describirse del modo siguiente. Si soy egoísta, yo subordino el bien de todos los demás a mi propio bien privado. Si soy altruista, yo subordino mi bien a lo que termina siendo el bien privado de algún otro. (Irónicamente, el altruismo, tanto en la teoría como en la práctica, depende de una básica presuposición de egoísmo—a saber, que mi bien y el bien de otro son simplemente ajenos a ambos y que yo puedo ayudar a otro solo a expensas de mi propio bien). Las dos iniciativas son iguales y, por cierto, anticristianas: el indiscriminado ordenamiento de los otros al yo o del yo a los otros.

La oposición entre egoísmo y altruismo es enteramente ajena a la doctrina de Sto. Tomás sobre el amor. En su sutil realismo, Tomás percibe bien la relación entre mi bien, el bien de las otras personas y la fuente trascendente de todo bien, el Dios tripersonal. La perfección humana no consiste en la realización de un yo separado impenetrablemente de los demás, ni en una negación radical de la dignidad e individualidad de la persona. La perfección del hombre consiste en el darse de uno mismo a Dios y al prójimo, saliendo de uno mismo hacia el otro en una oblación de auto-olvido que es también lo más alto de la auto-perfección, porque implica la comunicación en el bien común. Esta doctrina ofrece una alternativa genuina a tediosos debates sobre egoísmo y altruismo, auto-interés y beneficencia espontánea.[5]

3. El yo humano no está impenetrablemente separado de los otros

3.1. La generosidad extática como regla de la creación

Comenzamos con la observación de que el yo humano no está impenetrablemente separado de los otros en su realización, sino que, antes bien, se inclina naturalmente a lo que voy a llamar “generosidad extática”. Implantado en la naturaleza del hombre—o más precisamente, en su voluntas ut natura—está el amor del bien en cuanto tal. Como un ser que es y es bueno por participación, el hombre depende del Bien simple y está naturalmente ordenado a él; está inclinado, ya antes de una elección, a vivir más verdaderamente en Dios y para Dios que en sí mismo y para sí mismo. Las muchas manifestaciones conscientes de éxtasis siguen a este éxtasis innato del ser creado hacia el ser increado, del bien finito hacia el Bien infinito, de la semejanza al ejemplar, de la imagen imperfecta a la imagen perfecta. El éxtasis ontológico precede y sostiene al éxtasis psicológico como la naturaleza precede a la potencia y la potencia precede a la actividad.

El hombre, como todas las criaturas, tiene una potencia extática (Dionisio se refiere a ella como éros), porque está hecho a imagen del Dios todopoderoso cuyo amor generoso crea, conserva y gobierna el mundo. El Dios que no sale de sí mismo porque está en todas partes, no es contenido por nada, es el Amante cuyos efectos son sumamente extáticos, pues Él crea por amor esas mismas cosas de las que luego atrae el éxtasis de un amor que corresponde. En su bondad superabundante, mediante la cual permanece en sí mismo, crea un mundo de seres que, en mayor o menor medida, salen de sí mismos, imitándolo.[6]

Dios ha hecho a las criaturas para que sean no meros recipientes del bien, sino también fuentes del bien. Ens creatum, el ente creado, no solo tiene el componente negativo de pobreza, que provoca un apetito por el bien ausente, sino el componente positivo de riqueza, que promueve la difusión del bien hacia otros. Como explica Norris Clarke:

“Los seres reales de nuestro universo salen de sí mismos para actuar por dos razones: una, porque son pobres, y siendo limitados e imperfectos buscan una compleción de sí mismos desde otros seres; y la otra, porque son ricos, y como realmente existen poseen así un cierto grado de perfección en acto y tienen una tendencia intrínseca a compartirla de alguna manera con otros”.[7]

Como expresa el axioma: bonum est diffusivum sui. El bien tiene la ratio de ser difusivo de sí mismo.[8] Cuanto más noble es un bien, más posee el ser, y más puede ser amado no solamente en sí mismo sino como algo que se puede compartir y es difusible y participable. El bien divino infinito es infinitamente participable y, por lo tanto, es muy apropiado que el amor divino, que es idéntico a este bien, sea libremente compartido siendo ofrecido a los seres que sean recipientes de ese mismo bien. Como el recipiente creado es un espejo de su fuente increada e imita su actividad—como, en una palabra, el ser creado es un éxtasis mimético orientado hacia Dios—es naturalmente apto para comunicarse a sí mismo a otros en la manera en que sea posible, a saber, causando eficientemente en otro una semejanza de su propia actualidad, compartiendo así su bien. A este respecto es natural que todas las cosas no sólo obtengan y preserven su propio bien, sino que además lo compartan con otros. Todas las cosas, de acuerdo con sus posibilidades, aman naturalmente a algunas otras[9] y trabajan para su bien. El gorrión alimentando a sus crías recién nacidas está haciendo en su nido algo análogo a lo que está haciendo Dios en el universo: dando algún bien a alguien que es dependiente, no para beneficio del dador, sino del dependiente. Tal vez la mejor expresión de esta verdad se encuentra en la Summa contra gentiles:

“Cuanto más perfecta es la potencia de una cosa, tanto más elevado es su grado de bondad, tanto más universal es su deseo del bien, tanto mayor es el alcance de la bondad a la que se extienden su apetito y su operación. Pues las cosas imperfectas no se extienden más allá de su propio bien individual; pero las cosas perfectas se extienden al bien de la especie; las cosas aún más perfectas se extienden al bien del género; y Dios, que es lo más perfecto en bondad, se extiende al bien de todo ser. Por lo cual alguien dijo, no sin razón, que el bien, en cuanto tal, es difusivo de sí mismo, porque cuanto mejor es una cosa, más lejos llega el derrame de su bondad. Y puesto que, en cada género, lo que es más perfecto es el ejemplar y la medida de todo lo que pertenece a dicho género, se sigue que Dios, que es lo más perfecto en bondad, y lo que derrama su bondad más universalmente, es en esta efusión, el ejemplar de todas las cosas que difunden su bondad. Ahora bien, una cosa se convierte en causa de otra al difundir en ella su bondad. Y de este modo es nuevamente evidente que todo lo que tiende a ser la causa de otra cosa, tiende a una semejanza divina, y tiende, además, a su propio bien”.[10]

Cuanto más elevada es una criatura, tanto más da de sí misma, porque tiene más de su propia identidad en el origen de su dación. “La palabra ‘amistad’—dice Sto. Tomás—se aplica propiamente a un amor que se derrama a sí mismo hacia otros”.[11]

3.2. La naturaleza no es inherentemente egoísta

Aquí está la raíz del vigoroso desacuerdo de Sto. Tomás con un axioma que puede rastrearse hasta los primeros escolásticos y aún más allá, hasta San Bernardo: natura semper in se curva est, o natura est recurva in seipsa.[12] Una dramática afirmación de esto se encuentra en San Alberto:

“El amor de concupiscencia pertenece a la naturaleza, que siempre está curvada sobre sí misma, y todo lo que ama lo regresa hacia sí misma, curvándose sobre ella misma, es decir, sobre su propio bien privado; y a no ser que sea libremente elevada por encima de sí misma por la gracia, todo lo que ama se vuelve hacia su propio bien y lo ama en razón de sí misma”.[13]

Lo que perturba a Sto. Tomás no es la idea de que algún amor pueda ser auto-referencial sino de que el amor natural en cuanto tal merezca ser definido así. Pues si el amor natural es necesariamente direccionado hacia sí mismo, entonces cualquier clase de amor por otros, cualquier éxtasis, no es sólo un resultado exclusivo de la gracia sino que es también contrario a la naturaleza, destructivo del orden del apetito. Ya hemos visto que para Tomás el apetito se construye según líneas extáticas y hasta en los casos más claros de apetito auto-referencial, tales como el salto de un electrón en busca de un lugar más estable, del apetito de alimento por parte de un animal, o de la inclinación de una planta hacia la luz solar, la criatura está, sin saberlo ni entenderlo, esforzándose por asimilarse a Dios, consolidando su semejanza divina. Este proceso, sin embargo, no es aislado e introspectivo; es comunitario y extrovertido. Espontánea y naturalmente una criatura no está menos inclinada a compartir su bien que a preservarlo y mejorarlo. En palabras de Tomás: “Las cosas naturales tienen una inclinación no solamente con respecto a un bien apropiado—adquirirlo cuando no se lo posee y descansar en él cuando se lo posee—sino también a difundir el bien hacia otros en cuanto eso sea posible”.[14]

El amor siempre implica una trascendencia extática, sea que consista en la oblación total de la criatura al creador, en la reverencia jerárquicamente proporcionada de cualquier inferior a su superior, en el afecto y ayuda mutua de iguales unidos por amistad, o en la generosa condescendencia de un superior hacia el inferior dependiente de él para su sero su bienestar. El amor y el éxtasis no son, por lo tanto, compañeros por azar, sino que éste último es la marca infalible de la especie, la cualidad y la intensidad del primero. Si un hombre puede conocerse por la compañía que mantiene, el amor puede conocerse por el éxtasis que provoca. La participación del amor en la realidad personal y espiritual está determinada por la presencia de un compromiso y un don extáticos. El amor de las cosas como instrumentos de perfecciones accidentales genera un amor cuasi-extático que se mueve hacia afuera sólo para retornar hacia adentro portando dones para el sujeto que es el dueño de ellos. El amor de las personas en razón de sí mismas genera un verdadero amor extático, portando el yo como don para otro sujeto, en la forma de compartir una vida en común que aspira principalmente a bienes comunes. En un sólo amor está el éxtasis hacia el otro, que todo lo abarca y todo lo consume; el amor incondicional del hombre o el ángel por su Señor divino, en quien se encuentra todo bien, y a quien se debe toda adoración. Como explica David Gallagher:

“De acuerdo con esta doctrina de la participación, Tomás sostiene que la perfección de todas las criaturas, incluyendo los seres racionales, se encuentra más perfectamente en la fuente no participada que en los sujetos participantes. Es precisamente este punto el que sirve para explicar el amor de Dios por sí mismo (amor amicitiae) aun más que el del yo. El auténtico bien que se ama en uno mismo se encuentra más perfectamente en la fuente increada de ese bien… Es así que nos complacemos más (es decir, tenemos más complacentia) por el bien en cuanto existe en Dios que en cuanto existe en nosotros mismos, y, por consiguiente, amamos a Dios más aún que lo que nos amamos a nosotros mismos. Esto se podría expresar así: el bien completo de todo, que es Dios, es más mi bien que el bien parcial y particular que yo poseo en cuanto soy un ser particular. Dios, como fuente pura de todo bien, es más digno de amor que cualquier bien particular, incluido uno mismo”.[15]

Hemos comenzado diciendo que el yo humano no está cerrado en sí mismo y separado de los demás en su propia realización, y aquí tenemos la manera más directa de establecer por qué: la criatura está inclinada a amar el bien común que es más semejante a Dios que es naturalmente amado, que su bien privado que lo imita menos y es, por lo tanto, menos el bien de la criatura y es menos amado. Si el amor natural no fuera ya en cierta medida extático, amor amicitiae, amor de amistad, sería imposible, con la gracia o sin ella. Se podría expresarlo así: el egoísmo, la exaltación de lo privado sobre lo común, es solamente una corrupción y nunca es natural.[16]

Toda la vida moral—posiblemente la totalidad del ser creado—está bañada en una nueva luz: exceptuando la relación meramente lógica del yo con el yo, todas las relaciones están gobernadas por la ley de una comunicación extática, que varían en la potencia en cuanto los que se relacionan varían en el peso del ser, en la dignidad de la sustancia.

4. El yo humano se realiza en el bien común

4.1. Bienes comunes y bienes privados

Hasta este momento en nuestras reflexiones hemos visto que la manera en la que es tratado “el problema del amor”—que la lealtad debe atribuirse al altruismo o al egoísmo—implica, desde el punto de partida, una oposición falsa, construida sobre una metafísica superficial. Porque ninguna de esas posturas reconoce la generosidad extática como la regla de la creación, ninguna de ellas reconoce la distinción fundamental entre bienes privados, que no pueden ser compartidos por muchos, y bienes comunes, que sí pueden ser compartidos por muchos. Ahora vamos a considerar esta distinción.

Como vimos en el caso de Hobbes, el fundamento de la antinomia moderna egoísmo/altruismo es la visión de que realidad = cuerpo. Pero, según parece, Hobbes estaba equivocado: él dejaba de lado el dominio de la racionalidad. Porque los humanos somos animales racionales, que nos reunimos por medio de bienes espirituales a través de sus manifestaciones sensibles. No podemos comer el mismo trozo de carne, pero podemos compartir una misma mesa. No podemos usar la misma cuchara, pero podemos vivir bajo un mismo techo como hermanos. No podemos pronunciar la misma palabra, pero podemos participar en una conversación que nos una en una búsqueda de la verdad o en el disfrute de su alegre posesión. No podemos mirar con los mismos ojos o escuchar con los mismos oídos, pero la belleza inteligible que subyace en la belleza visible o audible puede penetrar enteramente nuestras almas de tal manera que seamos arrastrados hacia ella con una admiración y un deleite compartidos. No podemos pensar exactamente el mismo pensamiento, pero nuestras mentes pueden estar conformándose exactamente al mismo objeto y de este modo estar unidas en la verdad.

De todas estas maneras, aunque seamos muchos, nos convertimos en uno. Ser racional significa ser capaz de tener parte en bienes que trascienden el orden material, el hic et nunc. Quiere decir que podemos ser un “uno-muchos”: no una simple unidad, como es Dios, ni una multiplicidad siempre cambiante, como son las cosas materiales, sino una pluralidad unificada en una adherencia y por medio de ella a un bien superior. La amistad es “dos-como-uno”, “muchos-como uno”. Los animales del campo pueden estar juntos en un lugar, pero no pueden ser verdaderamente uno. Solamente las personas creadas a imagen del Dios Trinitario tienen el poder divino para constituir una realidad interpersonal, una communio o koinonía, que abarca y le da un significado último a su distintividad, a sus yoes separados. Esta communio será inherentemente espiritual, fundada en bienes espirituales y ordenada a ellos.

Este último punto merece una atenta consideración. Sto. Tomás observa que “los bienes espirituales son más comunicables que lo bienes corpóreos”.[17] Lo opuesto a esta postura es formulado por Garrigou-Lagrange como “una verdad a menudo expuesta por San Agustín y Sto. Tomás”, a saber: “Contrariamente a los bienes espirituales, los bienes materiales dividen a los hombres, porque no pueden pertenecer simultánea e íntegramente a más de uno”. Garrigou-Lagrange explica:

“Un número de personas no puede poseer integral y simultáneamente la misma casa, el mismo campo, el mismo territorio; surgirían disensiones, peleas, juicios, guerras. Por el contrario, los bienes espirituales como la verdad, la virtud, Dios mismo, pueden pertenecer simultánea e integralmente a un número de personas; muchos pueden poseer simultáneamente la misma virtud, la misma verdad, el mismo Dios que se da totalmente a sí mismo para cada uno de nosotros en la [Santa] Comunión. Por lo tanto, mientras la desenfrenada búsqueda de bienes materiales divide profundamente a los hombres, la búsqueda de bienes espirituales los une. Y nos une tanto más estrechamente cuanto más busquemos estos bienes superiores. Y es así que cuanto más poseemos a Dios, más lo damos a otros. Cuando derrochamos dinero, ya lo dejamos de poseer; cuando, por el contrario, damos a Dios a otras almas, no lo perdemos a Él; antes bien, lo poseemos más. Pero si nos negáramos a dárselo a una persona que nos lo pide, lo perderíamos”.[18]

La mención de San Agustín que hace Garrigou-Lagrange trae a la mente un famoso pasaje del Libro XII de las Confesiones donde Agustín contrasta a los que interpretan la Escritura movidos por el orgullo y los que lo hacen movidos por la caridad. Los orgullosos, dice él:

“Aman su propia opinión, no porque sea verdadera, sino porque es la suya propia. De otra manera tendrían el mismo amor por la verdad enunciada por otro: así como yo amo lo que ellos dicen cuando dicen la verdad, no porque sea de ellos sino porque es verdad. Por cierto, por el mero hecho de que es una verdad, deja de ser propia (sólo) de ellos. Pero si ellos la aman por ser verdad entonces ella es ya de ellos y mía; es la propiedad común de todos los amantes de la verdad… Pues Tu verdad no es mía ni de éste ni de aquel; nos pertenece a todos nosotros porque Tú nos llamas a participarla en común, advirtiéndonos amenazadoramente que no la poseamos como nuestra propiedad privada, para que no nos veamos privados de ella. El que reclama para sí solo lo que Tú has dado para que todos lo disfruten, y desea tener como propio lo que pertenece a todos, es arrastrado desde la riqueza de todos a su propia pobre riqueza, es decir, desde la verdad a una mentira. Porque ‘el que habla mentira, por sí mismo habla’ ( Juan 8:44)”.[19]

La verdad es la especie de bien que uno puede poseer solamente si uno no lo tiene como suyo propio, como poseído por uno mismo. En el momento en que es atrapada como algo privado, deja de ser verdadera; se convierte en una verdad falsificada o distorsionada, una media verdad o absolutamente una no verdad. Ésta es la razón por la que el credo cristiano, o hasta el acto de un sacrificio heroico equivalen a nada sin la caridad, como enseña San Pablo (1 Cor. 13). Aunque tales cosas sean verdaderas y buenas abstractamente, sólo son buenas y verdaderas concretamente para el sujeto, cuando las abraza con una voluntad buena, es decir, con un amor correcto del yo, que necesita el amor de Dios y del prójimo.

Es en este contexto donde la relación fundamental del bonumprivatum y el bonum commune resulta evidente: el bien común, entendido propiamente, no es algo que, por encima de todo, sea personalmente “bueno para mí”; es precisamente lo que es mejor y lo más perfectivo para mí, simplemente hablando. Lo que es participable más en común es, al ser participado, lo más beneficioso para todos los que participan de él.[20]

“El bien propio de alguien” no sólo permite sino que necesita que su propio yo se extienda amando a otros en razón de sí mismos, lo que implica amar bienes verdaderamente comunes a muchos. Respecto de mi bien como persona hay más que los bienes privados o las perfecciones que poseo. Mi identidad crece, mi bondad se amplifica, cuando me uno afectivamente con otra persona o comunidad en un amor que busca el bien de este otro en razón de sí mismo.

Esto suena paradójico, como tantas otras verdades básicas. Mi bien no es simplemente mi bien, sino que incluye tu bien; ciertamente, nuestro bien es más verdaderamente lo que es bueno para mí que cualquier otro bien que sea solo mío. La base de una amistad que sea verdaderamente humana es la unión de las mentes o espíritus a través de los bienes que son comunes, comunicables, e inagotables; esta relación tiene el potencial para un crecimiento y una fruición continuos. Los bienes materiales, que son inherentemente privados (es decir, compatibles sólo por predicación), agotables y sólo potencialmente divisibles, no pueden ser una base estable para una amistad.[21]

El amor genuino no sólo construye una unión personal, sino que destruye todo lo que sea incompatible con ella. El amor no solamente tiende a que los amigos compartan sus raíces en el bien común, sino que desarraiga todo lo que de los bienes privados pudiera interferir en esa comunión. Para poder unir, el amor también divide; lo obliga a un hombre a dejar de estar apegado a sí mismo, para poder apegarse a otro—de modo que pueda derramar su tiempo, su energía, sus acciones, sus posesiones a favor de otros. Aunque los amigos nunca lleguen a mezclarse en una identidad numérica, entran en una comunión genuina entre sí por medio de un poder del amor unificante y transformador. Cuando una persona ama a otra como se ama a sí misma, llega a estar fuera de sí misma para amar y promover el bien de la otra como hace con el suyo propio. Su identidad toma colorido y hasta puede transfigurarse por medio de una operación extática.

4.2. Egoísmo bueno y egoísmo malo: La verdad detrás de la antinomia moderna

En un simple bosquejo, hemos expuesto y refutado la supuesta antinomia de egoísmo y altruismo, pero ahora tenemos que admitir que su atractivo para el hombre moderno tiene, al menos en parte, sus raíces en su semejanza con la verdad sobre nuestra condición tras la caída. Según nuestra experiencia, hay—o puede haber—un conflicto real entre el egoísmo y el amor por el otro. Una respuesta plena a la oposición entre egoísmo y altruismo debe explicar nuestra experiencia. De este modo, ¿cuál es la oposición real entre egoísmo y amor por el otro?

Comenzamos por recordar algo que ya hemos dicho: el bien que es de mayor manera mi bien—el bien divino, que es per se infinitamente común—es ontológicamente distinto de mí, y sólo puede beneficiarme cuando es amado en razón de sí mismo y en cuanto participable por todos. Lo que es más profundo en la causa de la perfección, presente íntimamente en todas las cosas al comunicarles el ser y la bondad, es lo que más trasciende el yo y lo que más demanda el homenaje de la auto-trascendencia. El “yo” del que habla Tomás está siempre y más fundamentalmente ordenado a Dios, en el que existe más perfectamente su propio bien. Por naturaleza y por gracia, yo estoy extáticamente ordenado a Dios. El amor de sí mismo, por lo tanto, es considerado bueno o bien ordenado cuando (y sólo cuando) realmente ordena al hombre hacia Dios, su bien verdadero y final, fuera de sí mismo.

Aquí se halla la diferencia esencial entre cómo el hombre bueno se ama a sí mismo y cómo el hombre malo se ama a sí mismo. De acuerdo con Sto. Tomás, el hombre bueno ama lo que es más verdaderamente él mismo—su mente, en la que está inscripta la imago Dei[22]—sometiendo los poderes inferiores a los superiores y, si es necesario, sacrificando algo de los inferiores para una más plena perfección de los superiores.[23] Contrariamente, ordenándolo todo a sus poderes inferiores, el hombre malo hace un sacrificio auto-contradictorio de lo que es más verdaderamente él mismo a cosas que son menos verdaderamente él mismo. Como destaca Sto. Tomás:

“El amor de Dios es unitivo (congregativus), en tanto que mueve los afectos del hombre desde lo mucho a lo uno; y de este modo las virtudes que son causadas por el amor de Dios son conectadas entre sí. Pero el amor de sí mismo disgrega (amor sui disgregat) los afectos del hombre entre cosas diferentes, porque así el hombre se ama a sí mismo deseando para sí bienes temporales, que son variados y de muchas clases”.[24]

En casos extremos, los dos tipos de amor de sí mismo agotan las posibilidades totales de la naturaleza humana. El santo se alza hasta bienes más grandes, más comunes, más permanentes, que su mente abraza con amor espiritual; el pecador cae por debajo de sí mismo en bienes más estrechos, privados y pasajeros en los que él mismo se disipa. El que perdió lo que era menos que él mismo encuentra lo que es más él mismo, a saber, la imagen de Dios, y, a través de ella, la unión con Dios; el que encontró lo que es menos que él mismo pierde su alma y, con esta pérdida, pierde a Dios.[25]

Parte de la dificultad en este tema es la noción elusiva y ambigua del “yo”. ¿Quién o qué es el “yo”? Si lo tomamos con la significación de una instancia de personalidad, mi identidad humana en cuanto distintivamente mía, mi interioridad única como expresada en mi cuerpo y a través de mi cuerpo, entonces es obvio que el yo no es anterior, hablando absolutamente, a todo lo demás, especialmente a otros “yoes”. Existe, en primer lugar, el misterio de mi origen: yo no llego al ser “por mí mismo” sino a partir de otros, a un mundo que me rodea, con una naturaleza que me es dada. Luego está el misterio de mi socialidad. Desde el comienzo y a lo largo de toda la vida, el yo de uno está enredado en relaciones con otras personas, relaciones por medio de las cuales el yo alcanza (o no consigue alcanzar) su madurez y su condición más excelente. El agente virtuoso se somete a sí mismo y está preparado para sacrificar su vida en aras del bien común, en el que encuentra superlativamente su propio bien, su propia identidad. La perfección implica una dedicación o consagración a lo que, absolutamente hablando, es bueno; por eso efectúa demandas absolutas, y el hombre bueno es precisamente el que escucha estas demandas en razón de la bondad misma, y no en razón de beneficios privados. Viviendo así, él “asigna para sí mismo los bienes más nobles y mejores” (como dice Aristóteles),[26] dado que se participa de un bien común subordinándose uno mismo a él. Como hemos visto en el texto de San Agustín, un bien común solamente puede ser poseído como común, no “como mío” con exclusión de otro. Si el hombre bueno ha de asignar el bien más noble a sí mismo, entonces debe referirse y subordinarse a sí mismo a ese bien nobilísimo que lo ubica en la relación de una parte al todo.

La distinción existencial entre la criaturas racionales fue querida por Dios con vistas a su asociación, formación de una sociedad, una amistad y una mutua inherencia (mutua inhaesio).[27] Lo mejor de ser un individuo de una naturaleza racional es que puede entrar en comunión—con Dios, en primer lugar y principalmente; en segundo lugar, con otras criaturas racionales y para adherir más plenamente a Dios y deleitarse en él. El otro se convierte en “otro yo”; en otras palabras, mi “yo” es expandido y ampliado para incluir otros “yoes”. Tomo al amigo como una parte de lo que soy yo, de modo que su bien deviene mi bien y, de este modo, cundo trabajo por su bien no estoy haciendo algo que no tenga relación con mi bien. Las personas siguen siendo ontológicamente distintas, pero en cuanto participan cada vez más en lo que es verdaderamente común a los seres racionales, estos desarrollan una unidad o comunión espiritual que trasciende sus limitaciones individuales, en cuanto encuentra la imagen de Dios en sus almas. Para las criaturas, ser una parte es la única manera de convertirse en el todo.

5. Conclusión: Una sociedad de caridad

La doctrina del amor de Sto. Tomás honra en cada detalle la paradoja del amor mismo: el amante llega a la perfección sólo cuando ama a Dios más que a sí mismo y sólo en la medida en que lo hace—es decir, cuando se ordena a sí mismo y todas sus cosas a Dios porque Él es Dios—y busca el bien de otras personas sin subordinar el bien de ellas al suyo propio. La virtud consiste en ver el bien humano como primariamente espiritual y común a muchos: el hombre virtuoso se ve a sí mismo como “uno-muchos”, una parte con roles que debe desempeñar, deberes y derechos para sobrevivir. El vicio consiste en reducir el bien a los bienes materiales o corporales que no pueden ser compartidos: el hombre vicioso se comporta como un cíclope moral, una isla autosuficiente sin necesidades o responsabilidades para con los otros. Si un hombre es virtuoso, lo es porque es capaz de actuar por el bien en cuanto tal, el bien que puede y debe pertenecer a muchos; si es vicioso, lo es porque en forma coherente elige actuar por bienes que puedan ser exclusivamente suyos o, frecuentemente, a expensas de otros. (Basta pensar en la mentalidad del aborto dentro de la cultura de la muerte). Como ha sostenido siempre la enseñanza social católica, la única manera de superar la falsa oposición entre “mío” y “tuyo” es adquirir virtudes tales que vean a los mayores bienes como “nuestros”.

Las alternativas mutuamente excluyentes de egoísmo y altruismo, como sus contrapartes éros y agápe en la fantasía de Anders Nygren, son desde el principio desesperadamente inadecuadas para la función de explicar, forzándonos a conclusiones que contradicen tanto a una reflexión razonable sobre la experiencia como a la palabra de Dios revelada.

Para concluir mis reflexiones, me agradaría compartir con ustedes un texto magnífico de Jacques Maritain. Maritain identifica tres posibilidades teóricas, que podrían ser parafraseadas como: (1) auto-absorción, muerte por contracción, subjetividad pura—en una palabra, egoísmo; (2) auto-disolución, muerte por expansión, objetividad pura—en una palabra, altruismo; (3) auto-rendición, una vida superior muriendo para los extremos, encerrando la subjetividad dentro del Sujeto divino—en una palabra, caridad.

“Si me abandono a mí mismo a la perspectiva de la subjetividad, lo absorbo todo en mí mismo, y lo sacrifico todo a mi unicidad, me encuentro remachado a lo absoluto del egoísmo y del orgullo

[pensemos: un egoísmo osificado]

. Si me abandono a mí mismo a la perspectiva de la objetividad, quedo absorbido en cada cosa, y, disolviéndome en el mundo, resulto falso para mi unicidad y renuncio a mi destino [pensemos: altruismo embriagado]. Es sólo desde lo alto [pensemos: infusión de la caridad divina] que puede resolverse la antinomia. Si Dios existe, entonces el centro es Él y no yo; y esta vez no en relación a una cierta perspectiva particular, como aquella en la que cada subjetividad creada es el centro del universo que conoce, sino hablando absolutamente, y como subjetividad trascendente a la que se refieren todas las subjetividades. Esta vez yo puedo saber tanto que no soy importante como que mi destino es de la mayor importancia. Puedo saber esto sin caer en el orgullo, saberlo sin ser falso para mi propia unicidad. Porque amando al Sujeto divino más que a mí mismo, es por Él que yo me amo a mí mismo, es obrar como Él desea que yo deseo cumplir mi destino por encima de todas las cosas; y porque, insignificante como soy en el mundo, soy importante para Él; no sólo yo, sino todas las otras subjetividades cuya posibilidad de ser amadas se revela en Él y para Él y que están por eso mismo, juntamente conmigo, un nosotros,llamados a regocijarnos en Su vida”.[28]

En último término, nuestra perfección consiste en estar ordenados a algo, o más bien, a Alguien, que es interior intimo meo et superior summo meo,[29] más interior que lo que es más íntimo en mí, y más elevado que lo que es más alto en mí—la fuente de mi ser, de mi bondad, de mi personalidad, de mi destino. Lo que me perfecciona siempre está más allá de mí y sin embargo se hace mío por la caridad. Este Bien no entra dentro de mí y es asimilado como un alimento, sino que yo soy tomado por él, juntamente con todos los otros que aceptan ser tomados dentro de ese abrazo. Esta es la base para una sociedad de caridad—una sociedad en la que los miembros actualizan su dignidad como hijos de Dios por medio de la adoración divina, el reposo contemplativo, la amistad y el servicio activo hacia los inferiores; una sociedad que busca los bienes verdaderamente comunes y se regocija en ellos: la verdad natural y sobrenatural, las virtudes morales e intelectuales, la belleza inteligible de las bellas artes, la alegría de comunidades en paz: una sociedad que hasta comienza a conformarse, desde lejos, al ejemplar luminoso de la Bienaventurada Trinidad, que nos conduce ex umbris et imaginibus in veritatem.


[1] Published in La FASCINACIÓN de SER METAFÍSICO: Tributo al Magisterio de Lawrence Dewan, O.P., edición dirigida y revisada por Liliana B. Irizar y Tamara Saeteros (Fondo de Publicaciones, Universidad Sergio Arboleda, 2015). Este artículo está basado en una conferencia presentada en el XI Colloquium of the International Group of Research in Moral Theolog y of the John Paul II Institute for the Study of Marriage and Family, sobre el tema “Caritas Aedificat: Love as a Principle of Social Life”, Pontificia Universidad Lateranense. Roma, 19–20 Noviembre de 2010. Una versión en italiano fue publicada con el título de “L’amore come principio di communicazione nel bene”, in L’amore principio di vita sociale, Juan José Pérez–Soba and Marija Magdič, eds., Studi sulla Persona e la Famiglia 12. Siena: Edizioni Cantagalli, 2011, pp. 73–87. Estoy profundamente agradecido con Father Lawrence Dewanpor la dirección recibida de él en los temas metafísicos, a David Gallagher por sus exposiciones sobre la doctrina del amor en Sto. Tomás y sus rivales modernos, a mi colega Jeremy Holmes por su esmerada crítica a una primera versión de esteartículo, y a Stephan Kampowski por plantear una objeción que he intentado responder más abajo en la nota 19. La traducción es de Carlos R. Domínguez. Revisión de la traducción: Liliana B. Irizar.

El Dr. Peter Kwasniewski nació en Chicago y creció en New Jersey. Después de estudiar en el Thomas Aquinas College y en The Catholic University of America, dictó cursos de filosofía y de teología en el International Theological Institute en Gaming, Austria, desde 1998 a 2006. Durante este período enseñó filosofía medieval en el Austrian Program of Ave Maria University, sobre derechos humanos para el Phoenix Institute Europe Foundation, y sobre música e historia para el Austrian Program of the Franciscan University of Steubenville. Es también compositor y editor de música sacra, y ha dirigido escuelas de canto gregoriano y corales mixtas desde 1990 hasta el presente, y en la actualidad es director del Wyoming Catholic College Choir. Sus artículos sobre filosofía, teología, y música han aparecido en muchas prestigiosas revistas especializadas (en una como editor, y en otra como traductor y comentador) con The Catholic University of America Press: Wisdom’s Apprentice: Essays in Honor of Fr. Lawrence Dewan, O.P., y On Love and Charity: Readings from the Sentences Commentary of St. Thomas Aquinas.

[2] Father Dewan mismo ha publicado varios artículos que tratan directa o indirectamente sobre el bonum commune, entre los que pueden mencionarse: Concerning the Person and the Common Good. In: Maritain Studies/Études maritainiennes. Nº 5 (1989): 7–21; St. Thomas, John Finnis, and the Political Good. In: The Thomist. Nº 64 (2000): 337–74; Maritain on Religion in a Democratic Society: Man and the State Revisited. En: Maritain Studies/Études maritainiennes. Nº 21 (2005):32–60.

[3] La doctrina del extasis amoris es desarrollada por Sto. Tomás en un número de textos extraordinariamente interesantes a lo largo de toda su carrera. Con referencia a dichos textos y el análisis de los mismos, ver KWASNIEWSKI, Peter. St. Thomas, Extasis, and Union with the Beloved. In: The Thomist. Nº 61, 4(1997): 587–603; idem, The Ecstasy of Love in Aquinas’s Commentary on the Sentences. In: Angelicum. Nº 83 (2006): 51–93.

[4] Relacionado con esto está el contemporáneo “culto del cuerpo” que adopta muchas y variadas formas que van desde las relativamente inofensivas a las espiritualmente ponzoñosas, por ejemplo, la preocupación por la imagen en la televisión y las revistas, la obsesión por la salud y el estado físico, los productos capitalistas para el cuidado del cuerpo, una tecnología médica crecientemente costosa e invasiva, tatuajes y piercings, pornografía. Lo que todo esto tiene en común es el error de tomar el cuerpo o lo sensible como si fueran el yo –el punto de atención, cultivo y finalidad.

[5] Ver GALLAGHER, David. Gewirth, Sterba, and the Justification of Morality. In Gewirth: Critical Essays on Action, Rationality, and Community. Ed. Michel Boylan. New York: Rowman & Littlefield, 1999, pp. 183–89.

[6] Sólo en Dios la carencia de extasis es pura positividad, porque no hay finitud que El deba trascender a fin de ser El mismo, así como nosotros debemos trascender nuestros límites si queremos entrar de lleno en lo que debemos ser.

[7] NORRIS CLARKE, William. The One and the Many: A Contemporary Thomistic Metaphysics. Notre Dame: University of Notre Dame Press, 2001, p. 33.

[8] Textos en los que Sto. Tomás invoca este axioma: Scriptum super libros Sententiarum magistri Petri Lombardi episcopi Parisiensis, I.34.2.1 ad 4. Ed. P. Mandonnet. Paris: Lethielleux, 1929, 1159 pp. [En adelante: In Sent.]; Liber de veritate catholicae Fidei contra errores infidelium seu Summa contra Gentiles, I.37 y III.24. Ed. P. Marc, C. Pera y P. Caramello. Taurini-Romae: Marietti, 1961 [En adelante: SCG]; Summa Theologiae, I.5.4 y 27.5 ad 2. In Opera omnia iussu impensaque Leonis XIII P. M. edita, t. 4-12. Romae: Ex Typographia Polyglotta S. C. de Propaganda Fide, 1888-1906 [En adelante: ST]; ST I–II.1.4 ad 1; ST II–II.117.6 obj. 2 et ad 2; Quaestiones disputatae de veritate in Opera omnia iussu Leonis XIII P. M. edita, t. 22, q.21.1 ad 4. Roma: Ad Sanctae Sabinae/Editori di San Tommaso, 1975-1970-1972-1973-1976, 3 vol. 5 fascicula. [En adelante: De verit.]. Sobre el principio afín, bonum se communicat, ver In Sent. I.2.1.4 sc; In Sent. I.10.1.5 obj. 3 et ad 3; ST I.19.2 y 106.4; ST III.1.1; Compendium theologiae seu Brevis compilatio theologiae ad fratrem Raynaldum, I.124. In Opera omnia iussu Leonis XIII P. M. edita, t. 42. Roma: Editori di San Tommaso, 1979, pp. 5-205.

[9] El principio de semejanza será importante, porque “todo animal ama a su igual, y todo hombre a su prójimo” (Sir. 13:15).

[10] SCG III.24, (Leon.14:63, Ex quo).

[11] In Sent. lib. I, III.28.6 (913, §57).

[12] SANCTI THOMAE AQUINATIS. Opera omnia jussu Leonis XIII P. M. edita, t. 25/1: Quaestiones de quolibet, Quodlibet II, q.2, a.1.. Roma-Paris: Commissio Leonina-Éditions du Cerf, 1996. [En adelante: Quaestiones quodlibetales]. Quaestiones quodlibetales 1.4.3; ST I.60.5; I–II.109.3; II–II.26.3; In Sent. III.29.1.3; cf. GARRIGOU–LAGRANGE, Réginald. The Love of God and the Cross of Jesus. Trad. Jeanne Marie. St. Louis: Herder, 1947, 1:89 et seq.

[13] ALBERTUS MAGNUS. Summae theologiae 2.4.14.4.2, corp. In Opera omnia, vol. 32, Paris: Vivès, 1895.

[14] ST I.19.2.

[15] GALLAGHER, David. Desire for Beatitude and Love of Friendship in Thomas Aquinas. In: Medieval Studies. Nº 58 1996; 1–47; aquí, 37.

[16] El pecado no solo es un rechazo de la gracia; en su nivel más profundo es una negación de la naturaleza. El pecado es la privación o disminución del modo, la especie y el orden (ver ST I–II.85.4). El amor de Dios por encima del yo es natural para una naturaleza integral; y ya no es natural para una naturaleza caída (ST I–II.109.3). En el orden caído, un amor extático, generosamente auto–difusivo solo es posible por la infusión de la gracia, actual o habitual, que capacita a una persona para amar a Dios sobre todas las cosas y en todas las cosas y amar a su prójimo como a sí misma.

[17] ST, Suppl., 56.4, corp; cf. III.23.1 ad 3; I–II.28.4 ad 2. Para una aplicación más extensa de este principio, ver KWASNIEWSKI, Peter. On the Ideal Basis and Fruition of Marriage. In: Second Spring: N° 12 (2010): 43–53.

[18] GARRIGOU–LAGRANGE, Réginald. The Three Ages of the Interior Life: Prelude of Eternal Life. Trans. M. Timothea Doyle. Rockford: TAN, 1989, 2:141; ver también del mismo autor, The Fecundity of Goodness. In: The Thomist. N° 2 (1940): 226–36.

[19] AUGUSTINE. Confessions, 12.25. Trad. F. J. Sheed. Indianapolis/Cambridge: Hackett, 1993, 251 (ligeramente modificado).

[20] Cualquier criatura, en cuanto es parte de un todo mayor, está naturalmente inclinada (y debe ser un agente libre, moralmente obligado) a amar el bien del todo –tanto el bien común intrínseco que es el orden del universo como el bien común extrínseco, que es Dios– más que su propio bien en cuanto es una parte de él. Siendo por su misma naturaleza una parte del todo, o, más precisamente, parte de muchos todos concéntricos, la criatura está ordenada al todo no meramente como a algo superior y constitutivo de ella, sino como aquello que, en su misma universalidad, es lo más causativo e integral con relación a su propia perfección. El tratamiento definitivo de este tema es el de DE KONINCK, Charles. The Primacy of the Common Good, que, juntamente con otras obras relacionadas, puede encontrarse en DE KONINCK. Charles. The Writings of Charles De Koninck, Volume 2. Ed. Ralph McInerny. South Bend: University of Notre Dame Press, 2009. Ver también WALDSTEIN, Michael. The Common Good in St. Thomas and John Paul II. In: Nova et Vetera [English ed.]. N° 3.3 (2005): 569–78; BLANCHETTE, Oliva. The Perfection of the Universe According to Aquinas. University Park: The Pennsylvania State University Press, 1992.

[21] Ciertamente, los bienes materiales pueden y deben usarse virtuosamente como base de la manifestación de la amistad de caridad, y de esta manera pueden llegar a ser instrumentos incluso para amar a Dios amando al prójimo en razón de Él. Uno podría referirse al “principio sacramental” subyacente en los órdenes de la creación y la redención: las realidades espirituales nos son comunicadas a través de cosas materiales que sirven como instrumentos y símbolos de esas realidades. En ausencia de virtudes genuinas, sin embargo, los bienes materiales se convierten en una piedra de tropiezo para el hombre en su progreso hacia la felicidad, un poderoso incentivo y un mecanismo de opresión sea por su abuso o sea por su planificada ausencia. Como sostiene acertadamente Garrigou-Lagrange, en sí mismos y por sí mismos, los bienes materiales sirven más bien para dividir a los hombres que para unirlos; efectivamente, a causa de la concupiscencia desordenada del hombre caído, ellos ponen al hombre contra sí mismo, sus pasiones y apetitos inferiores en contra de su bien racional y su destino intelectual y, como sabemos, “una casa dividida en contra de sí misma no puede sostenerse”.

[22] Ver ST I.93; cf. Cathecism of the Catholic Church, n.°s 356–368, Rome: Libreria Editrice Vaticana/Washington, DC: United States Catholic Conference, 1997, Second edition.

[23] De acuerdo con Tomás de Aquino, ST II–II.25.7, los hombres buenos deciden ser primariamente en ellos mismos, mens rationalis, rationalem naturam, mientras que el hombre malo elige primariamente naturam sensitivam et corporalem.

[24] ST I–II.73.1 ad 3; ver GARRIGOU–LAGRANGE. Three Ages, 2:399.

[25] Ver Lc 9, 24–25; Jn 12, 25 y paralelos; Mt 13, 12; 25, 29, y paralelos; y la parábola del hijo pródigo (Lc 15, 11–32), que “malgastó su hacienda viviendo perdidamente”, dissipavit substantiam suam vivendo luxuriose (15, 13).

[26] Ver ARISTOTLE. Nicomachean Ethics, IX.9. Transl. by W. D. Ross, revised by J.O. Urmson. In J. Barnes Ed. New Jersey: Princeton University Press, 1984.

[27] Ver ST I–II.28.2.

[28] MARITAIN, Jacques. Existence and the Existent. Trad. Lewis Galantiere and Gerald B. Phelan. Garden City, New York: Doubleday, 1957, pp. 82–83.

[29] AUGUSTINE. Confessions, 3.6.11.