lunes, 26 de marzo de 2018

La agonía de Getsemaní, por John Henry cardinal Newman


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          Allí se encontraba el Salvador del mundo, arrodillado en aquella hora terrible - después de renunciar a la defensa de su Divinidad y a los ángeles que, a millones, estaban dispuestos a escuchar su llamada -, abiertos sus brazos y descubierto su pecho, puro como era, ante el asalto de su enemigo, cuyo aliento engendraba pestilencia y cuyo abrazo significaba agonía. Allí estaba de rodillas, inerte y quieto, mientras el repugnante y vil espíritu cubría su alma con un vestido saturado de todo lo que es odioso y horrible en la conducta humana, un vestido que llegaba a su corazón y llenaba su conciencia, que se extendía hasta cada sentido y rincón de su mente, y le infectaba con una lepra moral, hasta hacerle sentir que era lo que nunca podía ser: el pecador que su enemigo pensaba haberle hecho.

          ¡Qué angustia sentiría cuando se contemplara a Sí mismo y no se reconociera al verse como un abyecto y miserable pecador, con la percepción intensa de una masa de corrupción que venía sobre su cabeza y alcanzaba los bordes de su túnica! ¡Qué desconcierto, cuando encontrara que sus ojos, manos, pies, labios y corazón eran como miembros del maligno, y no de Dios!

       ¿Son éstas las manos del inmaculado Cordero de Dios, antes inocentes pero ahora enrojecidas con mil bárbaros hechos de sangre? ¿Son éstos sus labios, que no dicen oraciones ni alabanzas y parecen mancillados con juramentos y blasfemias? ¿Son éstos sus ojos, profanados por feas visiones y espejismos de idolatría, con los que los hombres han  abandonado a su Creador? Sus oídos  estallan con un griterío/de rebeldía y tumulto. Su corazón se hiela con la avaricia y la crueldad. Su memoria está cargada con todos los pecados que se han cometido desde la caída original en todas las regiones de la tierra, con el orgullo de los antiguos gigantes, la concupiscencia de las cinco ciudades, la obstinación de Egipto, la ambición de Babel y la ingratitud del pueblo elegido.

      ¿Quién no conoce la angustia de un pensamiento turbador que, a pesar de ser rechazado, vuelve una y otra vez, para confundir si es que no puede dominar?¿Quién no sabe de alguna odiosa y enfermiza imaginación, extraña a la persona, pero impuesta a la mente desde fuera, o de perversos conocimientos que se pagaría un gran precio por olvidar?

       Adversarios como éstos te rodean, bendito Señor, a millones. Te asaltan en grupos más numerosos aún que las langostas y las plagas de animales que un día invadieron Egipto. Se acumulan aquí todos los pecados de vivos y muertos, de hombres que todavía no han nacido, de salvados y réprobos, de tu pueblo y de pueblos lejanos, de pecadores y de santos. Los que más amas, tus Apóstoles y elegidos - Pedro, Santiago y Juan _, se encuentran junto a Ti, pero no como consoladores, sino para acusarte, como los amigos de Job, "arrojando polvo hacia el cielo" y apilando maldiciones sobre tu cabeza.

         Sólo falta una persona: la Virgen María. Porque ella, que no tenía pecado, era la única que podía consolarte, y por eso no se encontraba allí. Aparecerá más tarde junto a tu Cruz, pero no está en Getsemaní. Ha sido tu asociada y confidente durante toda la vida; ha intercambiado contigo limpios pensamientos a lo largo de treinta años. Pero sus oídos y corazón virginales no pueden ahora escuchar ni concebir lo que Tú ves. Sólo Dios es capaz de llevar este peso.

        Alguna vez has llevado delante de tus santos la imagen de un pecado, quizás solamente un pecado venial, tal como se muestra a tus ojos, y ellos nos han manifestado que la visión les habría aniquilado si no hubiera sido retirada inmediatamente. La Madre de Dios, en razón de su santidad, no habría  tolerado ni siquiera una parte de esa innumerable progenie maligna que te oprime.

        Es como la larga historia del mundo, que únicamente Dios puede soportar. Esperanzas destruidas, advertencias despreciadas, votos violados, oportunidades perdidas; inocentes traicionados, penitentes relapsos y justos vencidos; la sofistería de la incredulidad, la arrogancia de la pasión, la obstinación del orgullo, la tiranía del hábito, el cáncer del remordimiento, la fiebre agotadora de la concupiscencia, la angustia de la desesperación; semblantes miserables de la víctimas de la rebeldía libre contra Dios: todo está ahora ante Él, sobre Él y dentro de Él. Ocupa el lugar de aquella paz inefable que ha habitado en su alma desde el momento de su concepción. Está sobre Él y parece pertenecerle como propio.


                            Resultado de imagen para pecados capitales

        Jesús se dirige suplicante al Padre como si fuera el criminal y no la víctima. Su agonía toma forma de culpa y de compunción. Está haciendo penitencia. Parece llevar a cabo una confesión. Ejercita la contrición con un realismo y una virtud infinitamente mayores que los de todos los santos y penitentes juntos, porque es la única víctima por todos, la única satisfacción, el verdadero penitente: es todo menos el auténtico y real pecador.

        Se levanta pesadamente de la tierra y se prepara para recibir al traidor, que se aproxima con rapidez en la oscuridad. Se vuelve, y he aquí que hay sangre en su túnica y en las huellas de sus pasos. ¿De dónde vienen estas primicias de la pasión del Cordero? Ningún latigazo ha tocado todavía sus hombros, y ningún clavo ha rozado sus manos o sus pies. Hermanos míos, ha sangrado anticipadamente. Ha vertido sangre, y fue precisamente su espíritu en agonía el que rompiendo la textura carnal ha causado este admirable derramamiento. Su pasión ha comenzado desde dentro. Aquel corazón atormentado, sede de ternura y amor, comenzó finalmente a fatigarse y a latir con una vehemencia superior a sus energías naturales. "Saltaron todas las fuentes del gran abismo"(Gen. VII, 11). Los rojos causes fluyeron tan copiosos y violentos que desbordaron las venas, y estallando a través de los poros de depositaron sobre su piel a la manera de un espeso rocío. Luego, en forma de grandes y pesadas gotas, corrieron hasta empapar el suelo.

        "Mi alma está triste hasta la muerte" (Mt. XXVI, 38), exclamó el Señor. Se ha dicho que la terrible pestilencia que padecemos empezó con la muerte, para significar que no tiene etapas o momentos críticos, que toda esperanza se esfuma cuando llega, y que lo que parece su curso es sólo agonía mortal y proceso de disolución. Igualmente, nuestro Sacrificio de Expiación comenzó con esta pasión incomparable, y no murió en ella porque su voluntad omnipotente no permitió el colapso del corazón ni la separación entre alma y cuerpo, hasta haber sufrido en la Cruz.

       No había apurado aún el entero cáliz del que inicialmente se apartaba su debilidad natural. El prendimiento, las acusaciones, los escarnios, la prisión y el juicio, el ir de un lado para otro, los azotes, la coronación de espinas, la lenta marcha hacia el Calvario, y la crucifixión le esperaban todavía. Un noche y un día, hora tras hora, han de transcurrir lentamente antes de que llegue el fin y la satisfacción se complete. Cuando llegue el momento fijado y Él lo disponga con la fuerza de su Palabra, la Pasión, que comenzó por el alma, terminará también en ella. El Señor no murió de agotamiento corporal ni de dolor físico. Su atribulado Corazón se rompió, y Él encomendó su Espíritu al Padre.

                                                                 John Henry Newman, Discourses to mixed congregations.

2 comentarios:

  1. Si Beatrice. El mundo cada vez esta peor y la maldad humana no tiene límites (al parecer). Hoy recibí a unos inspectores municipales debido a una presunta denuncia por tenencia responsable de animales. Fue una denuncia injusta y mal intencionada. Lo que me plantea, ¿para que seguir en este mundo lleno de maldad?... Saludos.

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