sábado, 13 de agosto de 2016

Con las prendas teñidas, por Mgr. Robert Hugh Benson




                      Con las prendas teñidas
Jesús, bien debiera amaros
Porque me habéis mostrado vuestro árbol-cruz
Vuestra corona de espinas, los tres clavos,
Y la puntiaguda lanza que os atravesó.

Swete Jhesu now wil I

Cuando una mañana arribó el segundo correo del día observé  que una carta enviada al sacerdote, con la temblorosa y gran letra imprenta de la anciana mano de un hombre, descansaba sobre una tabla en el hall. Después cuando llegué a almorzar encontré al viejo clérigo con una carta abierta en sus manos y en su rostro había una alegría infantil.

- “He oído a mi más antiguo amigo” – dijo haciendo un pequeño movimiento con la carta – “desde hace meses que ha estado escribiendo. Lo conozco desde que éramos niños”.

Nos sentamos abajo para almorzar, y él seguía haciendo referencia a su amigo y al placer que le causaba recibir una carta suya.

- “Siempre planeamos un encuentro” – me dijo luego – “pero nunca lo podemos concretar. Ambos estamos muy viejos, aunque él es mucho más activo que yo. Sigue haciendo muchas buenas obras, mientras que yo, tal como tú lo sabes, llevo una vida ociosa. Ya no puedo hacerme cargo de una iglesia, y todo lo que ahora puedo hacer es servir en mi capillita de arriba.”

- ¿Dónde está él trabajando? – pregunté.

- “Imaginé que pensarías que él pertenece al Orden Sagrado, pero no. Él estuvo en el negocio de la Bolsa hasta hace pocos años y ahora vive en el campo, preparándose para morir, tal como él mismo me lo contó. Pero sigue haciendo un montón de buenas obras. La carta que tengo aquí tiene noticias acerca del pueblo y de un hombre con el que ha hecho amistad en la sala de lectura de ahí, la cual él mismo construyó hace un año atrás. Él está lleno de planes por hacer y pide mi consejo.”

- “No te encuentras muy a menudo con un hombre de negocios así” – le dije.
-“No, él es sorprenderte, pero lo ha sido por años. Durante su vida ha hecho una gran labor entre la gente pobre de Londres. Por años nunca se ha perdido una o dos noches en algún club o en algún comité, o visitando a los enfermos”

Comencé a pensar que debía ser por la amistad de aquel hombre con el sacerdote que él había sido tan diligente, pero en seguida retomó la palabra:

-“Tal vez la cosa más maravillosa fue la forma en la que comenzó por primera vez su trabajo. Déjame ver, ¿te he mencionado su nombre? ¿No? Puedo decírtelo, de lo contrario no sería indiscreto. Él es _________”  - y luego agregó – “Si no te importa escuchar” - Le señalé que estaría muy interesado.

- “Después de almuerzo nos tomaremos nuestro café en el jardín y te lo contaré”.

  Cuando nos hubimos sentado bajo la sombra del muro opuesto a una alta avenida de pinos que producía un oscuro friso enmarañado contra el primoroso cielo, él comenzó con el relato:

-“Lo que te voy a contar ahora ha sido recogido, en parte, en las conversaciones con mi amigo, y por otra,   en las cartas que él me ha escrito. Años atrás yo lo anoté según un orden de eventos, con nombres y fechas, pero me temo que ni a ti puedo mostrártelo. Sin embargo, conozco bien la historia y puedo confiarte los hechos principales.

Primero decirte que hace muchos años atrás mi amigo, que tenía alrededor de cuarenta años, se había convertido hacía poco tiempo en socio de la firma de su padre y por supuesto, estaba tremendamente ocupado con todos los detalles del negocio. Era una firma de corredores de bolsa muy bien colocada y era un negocio estable. En esa época mi amigo no sabía hacer otro trabajo fuera de su ocupación. De hecho, le escuché decir, por aquellos años, que su trabajo parecía absorber completamente sus energías y sus capacidades.

Entonces tuvo lugar el primero de una serie de eventos.

Estaba yendo a casa una helada tarde de Diciembre, entre las tres y cuatro de la tarde. Iba en la parte alta de un ómnibus. Estaba sentado  adelante mirando a su alrededor y notó  a un hombre pobremente vestido parado en el pavimento a mano derecha, como si deseara cruzar. Entonces comenzó a cruzar y se dirigió hacia el final del ómnibus, donde iba sentado mi amigo, e hizo una pausa para dejarlo pasar. Como permanecía ahí de pie mi amigo lo observaba con el apático interés con el que un hombre cansado mirará los detalles. Un coche de caballos se dirigía muy rápido en dirección opuesta. Pareció como si el caballo fuera a arrastrar al hombre y era demasiado repentino como para advertirle. Sin embargo, el hombre lo advirtió y evitó el caballo brincando con  gran rapidez hacia adelante. Giró la cabeza y sus pies quedaron entre las ruedas delanteras y traseras del ómnibus. Luego hubo una sacudida y un terrible grito, y mi amigo horrorizado giró hacia un lado para poder ver. Cuando el ómnibus hubo pasado, el hombre permaneció de parado por un instante sobre sus pies quebrados, y entonces se balanceó hacia delante y calló sobre su propio rostro. Mi amigo se levantó e hizo el ademán de ir hacia él, pero una gran cantidad de personas había visto el accidente y se abalanzó hacia el hombre. También un policía estaba atravesando velozmente desde el otro lado y entonces se sentó nuevamente y el ómnibus lo llevó.

En la mente de mi amigo daba vueltas este asunto tan terrible, obsesionándolo y choqueándolo profundamente. No podía olvidar el terrorífico rostro de dolor que él había visto cuando se volvió hacia atrás por un instante, y su imaginación lo llamada, a pesar suyo, a recorrer cada detalle de aquellos pies quebrados.

Una o dos semanas después me escribió una larga carta describiendo minuciosamente todo lo que te he contado.

Al verano siguiente estaba yendo al Kennigton Oval una tarde de sábado para ver la final de un famoso partido de cricket. Viajó en el metro hasta Westminster, determinado a caminar hasta al menos el otro lado del Puente de Londres. Caminó por el lado derecho y llegó a los pies del Hospital Santo Tomás. Ahí esperó por un momento, indeciso si caminar o conducir, y mientras esperaba se volvió a medias y vio a un mendigo sentado en el ángulo entre los peldaños y el muro. Había un perro blanco a su lado. El rostro del mendigo estaba parcialmente cubierto con un vendaje, pero lo que más captó la atención de mi amigo fueron sus manos. Las palmas estaban vueltas hacia abajo sobre las rodillas del mendigo y estaban vendadas como su rostro, y en el centro de cada una había una mancha oscura que sobresalía a través de la venda, como si hubiera una herida ulcerosa supurante que causaba tal humedad debajo. Por un instante mi amigo lo miró con desagrado, aunque tremendamente fascinado por aquellas tranquilas manos sufrientes, y entonces él continuó. Mas, durante toda la tarde él no pudo olvidar aquellas manos. Me atrevo a decir que estaba sobrexcitado y nervioso. Su memoria también volvía a recordar el accidente de Marble Arch. Tal como me lo contó tiempo después en una conversación, esa noche mientras dejaba abierta su ventana para poder tomar el aire fresco, unas visiones seguían moviéndose frente a sus ojos: la del hombre de los pies quebrados y el de las manos vendadas, que gemía y levantaba el rostro contraído hacia el cielo.

A principio del otoño él se encontraba solo, exceptuando a los sirvientes, en la casa de su padre en Londres. Una de las sirvientas estaba enferma, pero olvidé la naturaleza de su enfermedad. Tal vez tú seas capaz de identificarla cuando yo haya finalizado. De todas maneras, la chica empeoró rápidamente y una mañana justo antes de partir a la City, el doctor – que había sido llamado esa mañana – solicitó hablar unas palabras con él. Le dijo que debía operarla inmediatamente y le consultó por su aprobación.

- “Bueno, desde luego. Pero debo hablar con la chica acerca de esto. ¿Habló ya usted con ella?”

- “No” – dijo el doctor – “Pensé que debía mencionarlo a usted primero. Entiendo que la chica no tiene parientes en el mundo.”

- “¿Puede usted decirme algo acerca de la naturaleza de la operación?” – preguntó mi amigo.

- “No es tan serio en realidad. Es una incisión en el lado derecho” – y agregó unos pocos detalles explicando el caso.

- “Bueno” – dijo mi amigo – “Será mejor que subamos juntos”

Subieron las escaleras y encontraron a la chica perfectamente consciente y razonable. Ella consintió en la operación, la cual fue arreglada para esa misma tarde.

Sin embargo, durante todo el día flotó la imagen antes sus ojos: la del tranquilo dormitorio en lo alto de la casa y la chica acostada ahí esperando. Entonces la escena cambiaría un poco, pues vio a la chica después que todo hubo concluido, con su vendaje en el costado y manifestándose por debajo la huella de una pequeña herida.

Cuando más tarde llegó a casa, el doctor lo estaba esperando.

- “Todo ha resultado con éxito” – dijo – “y pienso que ella se va a recuperar”.

Aquella atardecer mientras mi amigo estaba sentado solo en la mesa del comedor fumando y pensando, sus pasadas experiencias llegaron de nuevo a su mente. En menos de un año él había visto tres cosas, ninguna de las cuales parecía tener alguna relación cercana con él, pero cada una de ellas lo había afectado profundamente. Con posterioridad me contó que había comenzado a sospechar algún designio entre líneas, pero no tenía mayor claridad.  A nosotros nos puede parecer extraño este designio.   Al mes recibí una carta suya desde un lugar del país donde se estaba quedando, describiendo el siguiente incidente.


Había ido a quedarse a la casa de un amigo en Surrey desde un sábado hasta un lunes. A media tarde del domingo él y su amigo fueron a caminar por el bosque. El otoño estaba en su plenitud, y los árboles estaban con un rojo y un dorado ardientes. Las ramas de las zarzas  estaban sobrecargadas con las frutas moradas. Mientras caminaban juntos sobre el césped escucharon gritos y risas de niños entre los árboles a un lado, y pudieron escuchar el ruido de los pasos sobre las hojas secas, el rasgado y  el pisoteo de la broza. En un momento, un niño salió corriendo desde un delgado seto y se tropezó con una zarza, rodando hacia el camino de pasto. Se levantó en un dos por tres, riendo y sonrojado. Mi amigo notó que en su frente había un delgado y pequeño punto rojo donde una espina lo había rasguñado, y mientras el niño reía frente a sus caras, éste levantó su mano y la puso sobre su frente.

- “¿Por qué está mojado?” – dijo, y luego mirando sus dedos – “¿Por qué? ¡Hay sangre! ¡Me he rasmiñado!

Se sintieron otras pisadas corriendo entre la vegetación y el niño partió corriendo hacia el camino. Las pisadas en el bosque se detuvieron, volviéndose sobre sí y desapareciendo lejos en tenues susurros arriba hacia la colina. Pero mientras mi amigo observaba, él había visto en sus recuerdos aquellas otras experiencias del año anterior, y todas parecían concentrarse en una sola Figura: con los pies, las manos y el costado heridos, y una frente arañada.

Mi amigo permaneció de pie inmóvil por tanto rato, que su compañero le habló y le tomó del brazo.

- “Sí, estoy listo” – dijo – “vayámonos a casa.”

El final de la carta no puedo contártelo. Es muy íntimo y personal, pero termina encargándome que le presente a algún conocido que podría darle un trabajo para hacer en algún distrito pobre. Y este tipo de trabajo lo viene llevando a cabo desde entonces.”

Por un instante la voz del anciano sacerdote cesó y después de un momento agregó:

-“Hay una cosa que mi amigo no sabe. Cuando esta particular operación del costado fue ejecutada y de la cual ya te he hablado, salió sangre y agua. Un doctor podrá decírtelo.” – Y luego:

-“Esta es la historia de mi amigo. ¿No crees que es notable?”.

                                                                          R.H. Benson, The Light Invisible





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