lunes, 2 de julio de 2018

El fruto moral del ataque moderno contra la Iglesia, Hillarie Belloc

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  Además del fruto social del ataque moderno contra la Iglesia Católica, está el fruto moral, que abarca, por supuesto, toda la naturaleza moral del hombre. Y en este terreno, su obra ha sido hasta ahora carcomer toda forma de contención impuesta por la experiencia a través de la tradición.

        Digo "hasta ahora" porque en muchos aspectos de la moral esta rápida disolución de los vínculos tiene que llevar a una reacción: la sociedad humana no puede coexistir con la anarquía. Surgirán nuevas contenciones y costumbres nuevas. Así, pues, los que señalan la decadencia moderna de la moral sexual como efecto principal del ataque moderno contra la Iglesia Católica, están probablemente en un error, pues esa decadencia no tendrá resultados muy duraderos. Según la naturaleza de las cosas, tiene que surgir algún código, algún conjunto de normas morales, aun cuando el viejo código sea destruido a este respecto. Pero hay otros efectos malignos que podrán ser más duraderos.

       Ahora bien, para descubrir cuáles pueden ser estos efectos, tenemos una guía. Podemos considerar cómo los hombres de nuestra sangre se comportaban antes de que la Iglesia creara la Cristiandad. Lo que principalmente descubrimos es lo siguiente.

      Que en el terreno de la moral una cosa se destaca: el indiscutido dominio de la crueldad en el mundo no bautizado. La crueldad será el fruto principal en el terreno moral del ataque moderno, como la resurrección de la esclavitud será el fruto en el terreno social.


      El crítico podrá preguntar aquí si la crueldad no sería más característica de los cristianos del pasado que de los de hoy. ¿No es acaso que toda la historia de nuestros dos mil años una historia de conflictos armados, de masacres, de torturas judiciales y horrible ejecuciones, de saqueo de ciudades y otras cosas más?

      La respuesta a esta objeción es que hay una diferencia capital entre la crueldad excepcional y la crueldad sistemática. Si los hombres aplican castigos crueles, se basan en el poder físico para lograr resultados, y desencadenan la violencia en las pasiones de la guerra. Si todo esto lo hacen en violación de su moral aceptada, es una cosa; si lo hacen como parte de una actitud mental completa y aceptada, es otra.

        Aquí está la diferencia radical entre esta nueva y moderna crueldad y la esporádica de las anteriores épocas cristianas. Ni la venganza cruel ni la crueldad en el acaloramiento, ni la crueldad en el castigo de un mal reconocido, ni la crueldad en la represión de lo que admitidamente debe ser reprimido, es el fruto de una mala filosofía, pues aunque esas cosas sean excesos o pecados, no provienen de una doctrina falsa. Pero la crueldad que acompaña el abandono moderno de nuestra religión ancestral es una crueldad congénita con el ataque moderno, es parte de su filosofía.

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      Prueba de ello es lo siguiente: que los hombres no se indignan ante una crueldad, sino que permanecen indiferentes. Las abominaciones de la revolución Rusa, extendidas a la de España, son un excelente ejemplo. No sólo el pueblo afectado presencia los horrores con indiferencia, sino también los observadores distantes. ( Nota de Beatrice: ¿qué mejor ejemplo de la moderna indiferencia frente a la crueldad que el mutismo de la mayoría frente al crimen del aborto, quizás la mayor crueldad de la que hoy somos testigos?) No hay grito universal de indignación, no hay protestas bastantes, porque no rige ya el concepto de que un hombre, como hombre, es algo sagrado. Esa misma  fuerza que ignora la dignidad humana ignora también el sufrimiento humano.

        Digo nuevamente que el ataque moderno contra la Fe tendrá en el terreno moral mil frutos malos y, de éstos, muchos aparecen hoy, pero el característico, el que presumiblemente  será el más duradero, será la institución de la crueldad junto con un desprecio de la justicia.

         La última categoría de efectos por los cuales podemos juzgar el carácter de ataque moderno consiste en los que produce en el terreno de la inteligencia: cómo trata a la razón humana. Cuando el ataque moderno estaba en formación, hace un par de siglos, mientras se reducía aún a unos pocos académicos, comenzó el primer asalto contra la razón. Parecía adelantar muy poco fuera de un círculo restringido. El hombre común y su sentido común, que son los baluartes de la razón, no fueron afectados. Hoy sí.

          Hoy se desacredita en todas partes a la razón. El antiguo procedimiento de convicción por argumento y prueba ha sido sustituido por la afirmación reiterada, y casi todos los términos que eran la gloria de la razón llevan ahora a su alrededor una atmósfera de desprecio.

         Véase, por ejemplo, lo que ha ocurrido con la palabra "lógica", o la palabra "controversia". Obsérvense frases populares como: "Nadie hasta ahora ha sido convencido por argumentos", "Todo puede probarse" o "Esto podrá estar muy bien en la lógica, pero en la práctica es diferente". El lenguaje de los hombres está saturándose de expresiones que denotan en todas partes un desprecio por el uso de la inteligencia.

        Pero la Fe y el uso de la inteligencia están inextricablemente ligados. El uso de la razón es una parte principal - o más bien fundamente - de toda la investigación en las más altas especulaciones. Fue precisamente porque la razón recibió esta autoridad divina que la Iglesia ha proclamado el misterio: esto es, que la razón tiene sus límites. Tenía que ser así, para que los poderes absolutos atribuidos a la razón no excluyeran verdades que la razón puede aceptar pero no demostrar. La razón está limitada por el misterio solamente para enaltecer la soberanía de la razón en su propia esfera.

         Cuando la razón se ve destronada, no sólo se destrona a la Fe (ambas subversiones se producen juntas) sino que toda moral y actividad legítima del alma humana se ve destronada al mismo tiempo. No hay Dios. Así las palabras "Dios es la Verdad", que el espíritu de la Europa cristiana usó como postulado en todo cuanto hizo, dejan de tener sentido. Nadie puede analizar la legítima autoridad del gobierno ni ponerle límites. En ausencia de la razón, la autoridad política reposa sólo en la fuerza y no tiene límites. Y la razón se vuelve así víctima, porque es la humanidad misma lo que el ataque moderno está destruyendo con su falsa religión de la humanidad. Por ser la razón la corona del hombre y, al mismo tiempo, su marca distintiva, los anarquistas marchan contra la razón como su principal enemigo.


         Así se desarrolla y obra el ataque moderno. ¿Qué presagia para el futuro? Es la pregunta práctica, inmediata, que todos tenemos el deber de considerar.


        El ataque está actualmente lo bastante desarrollado para que hagamos algún cálculo sobre el cuál podrá ser la próxima fase. ¿Qué perdición caerá sobre nosotros? o bien ¿por qué buena reacción nos veremos beneficiados? Concluiré con esta duda.

       El ataque moderno está mucho más adelantado de lo que generalmente se cree. Siempre ocurre así con los grandes movimientos en la historia de la humanidad. Es otro caso de error en la apreciación del tiempo. Una potencia en vísperas de la victoria parece estar a mitad de camino de su objetivo y hasta parece haber sido detenida. Una potencia en pleno desarrollo de su energía primera parece, a los contemporáneos, un pequeño y precario experimento.

        El ataque moderno contra la Fe ( el más reciente y formidable de todos ) ha avanzado tan lejos, que podemos afirmar ya con bastante claridad un punto muy importante: de dos cosas, una debe ocurrir; uno de dos resultados tiene que definirse en el mundo moderno. O la Iglesia Católica ( que ahora se está transformando rápidamente en el único lugar en que las tradiciones de la civilización son comprendidas y defendidas) será reducida por sus enemigos modernos a la impotencia política, a la insignificancia numérica y, en cuanto abarca la apreciación pública, al silencio, o la Iglesia Católica reaccionará, como en el pasado, más fuertemente contra sus enemigos que lo que sus enemigos has sido capaces de reaccionar contra ella. Recobrará y extenderá su autoridad y surgirá una vez más a la cabeza de la civilización que hizo, y recobrará y restaurará así al mundo.

         En una palabra, o nosotros, los de la Fe católica, seremos una pequeña isla despreciada, en la humanidad, o seremos capaces de lanzar al final de la lucha el viejo grito de guerra: ¡Christus imperat!.



         La conclusión humana en tales conflictos - que uno u otro de los combatientes será vencido y desaparecerá - no puede aceptarse. La Iglesia no desaparecerá, porque la Iglesia no es mortal, es la única institución entre los hombres no sujeta a la ley universal de la mortalidad. Decimos, por lo tanto, no que la Iglesia puede ser suprimida, sino que puede ser reducida a un pequeño grupo casi olvidado entre el vasto número de sus adversarios y sometida al desprecio de éstos por ser la institución vencida.


         Tampoco es la alternativa aceptable. Porque aunque es cierto que este gran movimiento moderno ( que tan singularmente se parece al avance del Anticristo) puede ser rechazado, y hasta puede perder sus características y morir como el protestantismo ha muerto ante nuestros propios ojos, éste no será, sin embargo, el final del conflicto. Éste puede ser el conflicto final. Pueden surgir una docena más, o hasta un centenar. Pero siempre habrá ataques contra la Iglesia Católica, y nunca la disputa de los hombres conocerá la unidad completa,  la paz ni la alta nobleza por la completa victoria de la Fe. Porque si así fuera, el Mundo ni Jesucristo estaría en oposición al Mundo.

        Pero aunque no es su integridad, al menos en su parte principal tiene que producirse una de estas dos cosas: la victoria católica o la anticristiana. El ataque moderno es tan universal y opera con tal rapidez , que hombres que ahora son muy jóvenes vivirán seguramente bastante para ver algo así como una decisión de esta gran batalla.

         Algunos de los observadores modernos más agudos de la última generación y de ésta han usado su inteligencia para descubrir cuál sería el destino que nos espera. Uno de los más inteligentes entre los católicos franceses, judío convertido, ha escrito una obra para probar (o afirmar) que la primera de estas dos soluciones posibles será nuestro destino. Considera los últimos años de la Iglesia en la tierra como vividos aparte. Ve una Iglesia del futuro muy reducido en número y dejada de lado en la corriente general del nuevo paganismo. Ve una Iglesia del futuro en la cual habrá intensidad de devoción, por cierto, pero que esa devoción será practicada por un pequeño grupo, aislado y olvidado en medio de todos.

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         Robert Hugh Benson, ya fallecido, escribió dos libros, ambos notables, y en cada uno de ellos encara una de ambas posibilidades opuestas. En el primero, The Lord of the World, presenta el cuadro de la Iglesia reducida a un pequeño grupo errante, como volviendo a sus orígenes, el Papa a la cabeza de los Doce, y una conclusión sobre el Día del Juicio. En el segundo presenta la plena restauración de lo católico: nuestra civilización restablecida, revigorizada, una vez más en su trono y con sus vestiduras y en su espíritu verdadero, porque en esa nueva cultura, aunque llena de imperfección humana, la Iglesia habrá recobrado su autoridad sobre los hombres e infundirá una vez más, al espíritu de la sociedad, proporción y belleza.

          ¿Cuáles son los argumentos que se presentan por ambas partes? ¿Sobre qué base tenemos que concluir por una tendencia hacia uno u otro sentido?

         En cuanto a la primera solución ( la merma de número y el valor político al borde de la extinción) debe observarse la creciente ignorancia del mundo que nos rodea junto con la pérdida de aquellas facultades por las cuales los hombres pueden apreciar lo que el catolicismo significa y valerse de su salvación. El nivel de cultura, así como el sentido del pasado, disminuye visiblemente. Con cada década el nivel es inferior al de la anterior. En  esta declinación, la tradición está desintegrándose y derritiéndose como un ventisquero al terminar el invierno. Se le caen grandes trozos a cada momento, que se disuelven y desaparecen.

         En nuestra generación, la supremacía de los clásicos ha desaparecido. En todas partes se ven hombres con poder que han olvidado aquello de donde todos hemos venido; hombres para los que el griego y el latín, las lenguas fundamentales de nuestra civilización, son incomprensibles, o, en el mejor de los casos, curiosidades. Los hombres viejos que viven ahora pueden recordar, inquietos, la rebelión contra la tradición, pero los jóvenes sólo advierten para sí cuán poco queda contra qué rebelarse, y muchos temen que, antes de morir ellos, el conjunto de la tradición haya desaparecido.

        Todos admiten que la disposición de ánimo para la Fe ha sido en gran parte perjudicada, verdaderamente perjudicada, para la mayoría de los hombres. Tan cierto es, que una mayoría (debería afirmar que una mayoría muy grande) ya no sabe qué significa la palabra fe. Para la mayoría de los que la oyen (relacionada con la religión), significa aceptación ciega, afirmaciones irracionales, leyendas que la experiencia común rechaza, o una simple costumbre heredada de imágenes mentales que nunca han sido probadas y que ante el primer toque de la realidad se disuelven como sueños que son. Todo el inmenso cuerpo de la apologética y la ciencia de la teología (la reina de todas las demás ciencias) han dejado de existir para la gran masa de hombres modernos. Con sólo mencionar sus títulos se consigue un efecto de irrealidad e insignificancia.

        Hemos llegado ya a esta situación extraña: que mientras el cuerpo católico (que es ya en la práctica una minoría, aun en la civilización blanca) comprende a sus adversarios, sus adversarios no comprenden a la Iglesia Católica.

        El historiador puede trazar un paralelo entre el decreciente cuerpo pagano de los siglos IV y V, y el cuerpo católico de hoy. Los paganos, especialmente aquellos paganos educados y cultos, que entonces vivían en número cada vez más pequeño, conocían bien las altas tradiciones a que estaban apegados y comprendían (aunque odiaban) a esa cosa nueva, la Iglesia, que había crecido entre ellos e iba a desplazándolos. Pero los católicos que iban a suplantar a los paganos comprendían cada vez menos las modalidades paganas, despreciaban sus grandes obras de arte y tomaban a sus dioses por demonios. Así, hoy, la antigua religión es respetada pero ignorada.

         Aquellas naciones que por tradición son anticatólicas, que una vez fueron protestantes y que ahora no tienen tradiciones fijas, han tenido el predominio durante tanto tiempo, que consideran a sus adversarios católicos como definitivamente vencidos. Por otro lado, aquellos naciones que han conservado la cultura católica están ahora en su tercera generación de educación social anticatólica. Sus instituciones podrán tolerar a la Iglesia, pero nunca están en alianza activa con ella, sino a menudo en aguda hostilidad.

        A juzgar por todos los paralelos de la historia y por las leyes generales que rigen el surgimiento y decadencia de los organismos, puede concluirse que el papel activo del catolicismo en las cosas de este mundo ha concluido y que, en el futuro, tal vez en un futuro próximo, el catolicismo perecerá.

        El observador católico negará la posibilidad de la completa extinción de la Iglesia. Pero él también tiene que seguir paralelos históricos; él también tiene que aceptar las leyes generales que gobiernan el crecimiento y la decadencia de los organismos, y tiene que inclinarse, en vista de todo el cambio ocurrido en el espíritu del hombre, a aceptar la trágica conclusión de que nuestra civilización, que en gran parte ha cesado ya de ser cristiana, perderá también todo su sabor cristiano. El futuro a encararse es un futuro pagano, y un futuro pagano con una forma de paganismo nueva y repulsiva, pero no menos poderosa y omnipresente, por repulsiva que sea.

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        Ahora bien, hay por otra parte consideraciones menos obvias pero que atraen fuertemente al pensador y al erudito en cosas pasadas y en la experiencia de la naturaleza humana.


         Ante todo, está el hecho de que durante siglos, en los momentos de mayor peligro, la Iglesia ha reaccionado fuertemente hacia su resurrección.

         La lucha mahometana fue algo muy cercano, casi nos inundó: sólo la reacción armada de España, seguida por las cruzadas, impidió el completo triunfo del Islam. El ataque de los bárbaros, de lo piratas del norte, de las hordas mongolas, llevaron a la Cristiandad al borde de la destrucción. Sin embargo, los piratas del norte fueron domados, derrotados y bautizados a la fuerza. La barbarie de los nómades orientales fue eventualmente vencida, muy tardíamente, pero no demasiado tarde para salvar lo que podía salvarse. El movimiento llamado Contrarreforma hizo frente al hasta entonces triunfante avance de los herejes del siglo XVI. hasta el racionalismo del siglo XVIII fue, en su debido lugar y tiempo, detenido y rechazado. E verdad que engendró algo peor que él mismo. algo que padecemos ahora. Pero hubo reacción contra él y esa reacción fue bastante para mantener la Iglesia viva y hasta recuperar para ella elementos de poder que se habían creído perdidos siempre.

        Siempre habrá reacción, y hay en la reacción católica cierta vitalidad, cierta forma de aparecer con fuerza inesperada por medio de hombre y organizaciones nuevos. La historia y la ley general del surgimiento y de la decadencia orgánica llevan en sus líneas más generales a la primera conclusión, esto es, el rápido debilitamiento del catolicismo en el mundo; pero la observación, aplicada al caso particular de la Iglesia Católica, no lleva  a tal conclusión. La Iglesia parece tener una vida orgánica bastante inusitada desde su nacimiento, un modo de ser único, y facultades de surgimiento que le son peculiares.

        Además, obsérvese este punto, muy interesante: las mentes más poderosas, las más agudas y las más sensibles de nuestro tiempo, están inclinándose claramente hacia el lado católico.

  ( Nota de Beatrice: en este punto yo discrepo en cierta medida con Belloc, y discrepo porque ya han pasado ochenta años desde que él escribió este libro y mucha agua ha corrido bajo el puente. Vemos actualmente algo exactamente contrario a esta última opción planteada por Belloc y aunque es indudable que, por las promesas de Cristo la Iglesia no perecerá, la veo disminuida a su expresión mínima, infectada desde dentro y perseguida desde fuera. Me quedo con la primera tesis ya que así como se ve el panorama sólo nuestro Señor podrá restaurarla cuando ya todo parezca perdido)

          Son, por supuesto, por su naturaleza, una pequeña minoría, pero una minoría de una clase muy poderosa en los asuntos humanos. El futuro no se resuelve por los hombres mediante una votación pública: se decide por el desarrollo de ideas. Cuando los pocos hombres que puedan pensar y sentir más fuertemente, y que tienen el dominio de la expresión, comienzan a mostrar una nueva tendencia hacia esto o aquello, entonces esto o aquello tiene grandes probabilidades de dominar el futuro.

         De esta nueva tendencia a simpatizar con el catolicismo - y en el caso de caracteres fuertes, de correr el riesgo, aceptar la Fe y proclamarse sus defensores - no puede haber duda. Hasta en Inglaterra, donde el sentimiento tradicional contra el catolicismo es tan universal y tan fuerte, donde la vida entera de la nación está ligada a la hostilidad hacia la Fe, las conversiones que impresionan a los ojos del público son continuamente que se destacan en el orden intelectual, y obsérvese que por cada uno que admite abiertamente su conversión, hay por lo menos diez que dirigen la vista hacia lo católico, que prefieren la filosofía católica y sus frutos a todos los demás, pero que no se atreven a aceptar los pesados sacrificios que implica una conversión pública.

          Por último, esta muy interesante y tal vez decisiva consideración: aunque la fuerza social del catolicismo, ciertamente en número, y en la mayoría de los demás factores también, esté declinando en todo el mundo, la división futura entre el catolicismo y aquello que es completamente nuevo y pagano (la destrucción de toda tradición, el rompimiento con nuestra herencia), está ahora claramente marcada.

          No hay, como había hasta hace bastante poco tiempo, un margen o penumbra confuso y  heterogéneo, que podía hablar con confianza en sí mismo bajo el vago título de "cristiano" y discursear confiadamente sobre alguna imaginaria religión llamada "cristiana". No. Hoy están, ya bastante diferenciados y cada uno en su terreno, como para ser destacados pronto sobre negro y blanco, la Iglesia Católica por una parte, y por otra, los adversarios de lo que hasta ahora ha sido nuestra civilización. Las filas se han formado como para la batalla, y aunque tan clara división no signifique que uno u otro antagonista vaya a vencer, significa que por último habrá un resultado final y simple. Y en un resultado simple, tanto una causa buena como una mala tienen mejores posibilidades que en la confusión.

          Hasta los más equivocados y los más ignorantes de los hombres, que hablan vagamente de "iglesias", están empleando ahora un lenguaje que suena hueco. La última generación al menos podía hablar, en los países protestantes, de "iglesias". La actual generación no puede hacerlo. No hay muchas iglesias:hay una sola. Está por una parte la Iglesia Católica y por la otra su mortal enemigo. La liza está cercada.

         Estamos así ante el problema más trascendental que se haya presentado hasta ahora ante el espíritu del hombre. Estamos, pues, en la bifurcación de caminos por donde pasará todo el futuro de nuestra raza.


                                                                       Hilaire Belloc, Las Grandes Herejías, Ed. Vórtice.





       
   
         

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