domingo, 28 de febrero de 2021

Sermón 2 de Cuaresma de San Agustín de Hipona: La oración, el ayuno y la limosna

                  La oración, el ayuno y la limosna



Las tentaciones del mundo, las asechanzas del diablo, la fatiga de esta vida, los placeres de la carne, el oleaje de estos tiempos tumultuosos, y todo tipo de adversidad, corporal o espiritual, han de ser superados, contando con la ayuda misericordiosa de Dios nuestro Señor, mediante la limosna, el ayuno y la oración. Estas tres cosas han de enfervorizar la vida entera del cristiano, pero sobre todo cuando se acerca la solemnidad de Pascua, que, al repetirse todos los años, estimula nuestras mentes, renovando en ellas el saludable recuerdo de que nuestro Señor, el hijo único de Dios, nos otorgó su misericordia, ayunó y oró por nosotros. En efecto, limosna es un término griego que significa “misericordia”. ¿Qué misericordia pudo descender sobre los desdichados mayor que aquella que hizo bajar del cielo al creador del cielo y revistió de un cuerpo terreno al creador de la tierra? Al que desde la eternidad permanece igual al Padre, le hizo igual a nosotros por la mortalidad, otorgó forma de siervo al señor del mundo, de forma que el pan sintió hambre, la saciedad sed, la fortaleza se hizo débil, la salud fue herida y la vida murió. Y todo ello para saciar nuestra hambre, regar nuestra sequedad, consolar nuestra debilidad, extinguir la iniquidad, e inflamar la caridad. El creador es creado, el señor sirve, el redentor es vendido, quien exalta es humillado, quien resucita muere: ¿hay mayor misericordia? Con la referencia a la limosna, se nos ordena que demos el pan al necesitado; él, para darse a nosotros, que estábamos hambrientos, se entregó antes por nosotros a gente desalmada. Se nos manda que recibamos al peregrino; él vino por nosotros a su propia casa, y los suyos no lo recibieron. Bendígalo nuestra alma a él, que se muestra misericordioso con todas las iniquidades de ellos; a él, que sana todas sus dolencias, que libra su vida de la corrupción, que la corona en su compasión y misericordia; él, que sacia de bienes sus deseos. Ejercitemos, pues, el deber de la limosna, tanto más generosa y frecuentemente cuanto más se acerca el día en que celebramos la limosna que se nos hizo a nosotros. El ayuno, sin misericordia, de nada sirve a quien lo hace.

Ayunemos también con la humildad de nuestras almas al acercarse el día en que el maestro de la humildad se humilló a sí mismo haciéndose obediente hasta la muerte de cruz. Imitemos su crucifixión traspasando las pasiones indómitas con los clavos de la continencia. Castiguemos nuestro cuerpo y reduzcámoslo a servidumbre; y para que la carne indómita no nos conduzca a lo ilícito, quitémosle algo de lo lícito para domarla. Siempre ha de evitarse la crápula y la embriaguez; pero en estos días ha de prescindirse de los banquetes lícitos. En todo tiempo se ha de execrar y huir del adulterio y la fornicación, pero en estos días ha de usarse con moderación del matrimonio. La carne te obedecerá dócilmente en no irse tras lo ajeno si está acostumbrada a dominarse en lo suyo. Estate atento a no cambiar en vez de disminuir tus placeres. Hay quienes, en lugar del vino acostumbrado, buscan licores raros, y, privándose del de la uva, se sienten compensados con los jugos más deliciosos de otras frutas; con tal que no sean carnes, se procuran con diligencia los más variados y suculentos manjares, y se entregan en este tiempo, como si fuera el más adecuado, a exquisiteces que en otra ocasión sería vergonzoso buscar. De esta forma, la observancia de la cuaresma, en lugar de ser freno a las antiguas pasiones, sirve de ocasión para nuevos deleites. Vigilad, cuanto podáis, hermanos, para que estas cosas no se introduzcan, sin daros cuenta, en nuestra vida. Que el ayuno vaya unido a la economía. Como hay que evitar la hartura del vientre, hay que estar alerta ante los incentivos de la gula. No se trata de detestar ninguna clase de alimentos, sino de refrenar el placer carnal. Esaú no fue reprobado por comer carne de toro o aves cebadas, sino que apetecer, de forma inmoderada, lentejas. El santo David se arrepintió de haber deseado el agua más de lo que era justo. Por tanto, no ha de repararse, o más bien sostenerse, nuestro cuerpo en los días de ayuno con alimentos costosos y difíciles de encontrar, sino con los comunes y más baratos.

En estos días, nuestra oración sube al cielo con la ayuda de las piadosas limosnas y los parcos ayunos, pues no es ningún descaro que un hombre pida a Dios misericordia si él no la ha negado a otro hombre y si la serena mirada del corazón de quien pide no se encuentra turbada por las confusas imágenes de los deleites carnales. Sea, pues, casta nuestra oración, no sea que deseemos no lo que busca la caridad, sino lo que ambiciona la pasión; evitemos pedir cualquier mal para los enemigos, no sea que, pudiendo dañarles o vengarnos de ellos, mostramos nuestra crueldad en la oración. Del mismo modo que nosotros alcanzamos la buena disposición para orar mediante la limosna y el ayuno, así también la misma oración se convierte en limosnera cuando se eleva no solo por los amigos, sino hasta por los enemigos, y se abstiene de la ira, del odio y de otros vicios perniciosos. Si nosotros nos abstenemos de los alimentos, ¡Cuánto más debe abstenerse de ella de los venenos! Además, aunque nosotros reponemos fuerzas tomando a su debido tiempo algunos alimentos, nunca hemos de ofrecerle a ella los alimentos antes mencionados. Sea el suyo un ayuno perpetuo, porque ella tiene un alimento propio que se le ordena tomar incesantemente. Absténgase, pues, siempre del odio y aliméntese siempre del amor.

                                            San Agustín de Hipona, Sermón 207



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