miércoles, 16 de diciembre de 2015

El águila de sangre, por Mgr. Robert Hugh Benson





              El águila de sangre

Cuando volví una noche a mi pieza encontré, en la pequeña estantería cerca de la ventana, un libro cuyo título ahora he olvidado, pero que describía aquellos lejanos días en los que la religión de Cristo y los dioses del norte coexistían en Inglaterra. Lo leí durante una o dos horas antes de dormirme, y de nuevo cuando me estaba vistiendo a la mañana siguiente. Durante el desayuno hablé sobre él.

- “Sí” – dijo el viejo – “este era uno de los libros de mi padre. Recuerdo haberlo leído cuando era niño. Creo que se refería a lo poco informado y lo poco científico de esos días. Mis padres pensaban que todas las religiones, a excepción del cristianismo, eran obra del demonio. Yo creo, sin embargo, que San Pablo nos da un poco más de esperanza acerca de esto.”

Durante un rato no dijo nada más, pero en el transcurso de la mañana, mientras yo caminaba de un lado a otro en el terraplén que corre bajo los pinos junto al camino de la entrada, vi al sacerdote acercándose a mí con un libro en su mano. Él estaba un poco empolvado y su rostro sonrojado.

-“Fui a buscar algo que pienso puede interesarte después de lo que hablamos en el desayuno” – comenzó – “finalmente lo encontré en el altillo”.

Comenzamos a caminar juntos de arriba abajo.

-“Me ocurrió una cosa curiosa” – dijo – “Cuando era niño recuerdo habérselo contado a mi padre cuando volví a casa y el recuerdo permaneció en mi mente. Unos años antes un viejo profesor estaba alojando en casa junto a nosotros, y una noche después de la cena en la que habíamos estado hablando acerca de lo mismo que tú me contabas durante el desayuno, mi padre me lo hizo contar de nuevo. Cuando terminé el profesor me preguntó por qué no lo escribía para él. Entonces yo lo escribí en este libro primero y posteriormente hice una copia para él y se la envié. El libro en sí es una especie de diario irregular que algunas veces usé para escribir. ¿Te importaría escucharlo?”.

Cuando le dije que me gustaría oír la historia, él retomó la palabra una vez más.

- “En primer término debo explicarte las circunstancias.  Yo tenía alrededor de dieciséis años. Mis padres se habían ido de vacaciones al extranjero, y yo me fui a quedar con un amigo del colegio a su casa, no muy lejos de Ascot. Solíamos tomar nuestro almuerzo y luego ir a pasar el día, cuando estaba despejado pues era época de Navidad, junto a los brezales. Debes tener presente que por aquella época yo solamente era un chico de colegio y por tanto me atrevo a decir, que exageré o sobrevaloré un poco los detalles, pero en el hecho principal de la historia puedes confiar. ¿Sentémonos mientras lo leo?”

Así pues nos sentamos nuevamente en un escaño que estaba al final del terraplén, con una vieja casa disfrutando del sol frente a nosotros. Él comenzó a leer:

-“Cerca de las seis de la tarde, en uno de esos días de fines de Enero, Jack y yo estábamos todavía caminando por los altos brezales cerca de Ascot. Habíamos estado caminando todo el día y nos habíamos perdido. Sin embargo, nos mantuvimos caminando en línea recta lo más que pudimos, sabiendo que en cualquier momento nos cruzaríamos con el camino principal. Estábamos muy cansados y silenciosos, hasta que de pronto Jack exclamó y señaló una luz que venía a través del brezal. Permanecimos sin movernos por unos momentos para ver si la luz se movía, pero se mantuvo estática.

-¿Qué es eso? – Pregunté – no puede haber una casa por aquí cerca.

- Supongo que será la casa de los escoberos – dijo Jack.

Le pregunté qué quería decir.

- No lo sé exactamente – dijo Jack – creo que son una especie de gitanos.

Tropezamos con los brezos mientras la luz se fue intensificando de manera constante. La luna comenzó a asomarse. Era una noche clara, una de esas noches frescas, sin ese viento que viene después de un otoño húmedo. Jack se sumergió en una zanja oculta y yo escuché el hielo agrietarse. Él salió a toda prisa.

-¡Por Júpiter! Mañana patinaje – dijo.

Como cada vez estábamos más cerca, comenzamos a ver que nos estábamos aproximando a un pequeño bosque de abetos y el brezal comenzó a hacerse menor. Miré a la luz y entonces vi que ahí existía una estructura, una especie de casa desde la que salía la luz. La ventana, aparentemente, era de una forma irregular y la casa parecía estar apoyada contra un alto abeto en las afueras del bosquecito. Aunque estábamos cerca nuestros pies no metían ruido en el brezal. Pude darme cuenta que la casa estaba construida alrededor del abeto, el cual servía como una especie de viga central. La casa estaba hecha de ramas de acacia y cubierta con pesada paja y brezo.

Yo estaba cada vez más ansioso porque nunca había escuchado acerca de los “escoberos” (fabricantes de escobas), y también, lo confieso, un poco temeroso porque el lugar era solitario y sólo éramos dos niños. Yo me adelanté  y alcancé la ventana y miré adentro. En las paredes de dentro estaban colgadas unas frazadas y unas ropas para mantener al viento afuera. Había un viejo y largo banco en la esquina. El suelo al parecer estaba cubierto con ramas y mantas. La pared opuesta estaba despejada, parcialmente cerrada con una valla de acacia que estaba apoyada contra ella. Medio sentada, medio tumbada sobre el banco había una anciana con su rostro cubierto. Una lámpara de aceite colgaba desde una de las ramas del abeto que ayudaba a formar el techo. Aparte de la anciana, no había señal de otro ser vivo en el lugar. Vi que Jack se aproximó por detrás y hablo sobre mi espalda.

-¿Puede usted indicarnos la ruta más próxima para llegar al camino principal? – preguntó.

La anciana se sentó súbitamente, con una mirada de terror en su rostro. Ella estaba extraordinariamente sucia y lucía decrépita. Pude observar, a través de la mortecina luz de la lámpara, que ella tenía un viejo rostro arrugado, con los oscuros ojos hundidos, mientras que las cejas y el pelo eran canos. Su boca comenzó a balbucear mientras nos miraba. De repente hizo un gesto violento hacia la ventana para saludarnos.

Jack repitió la pregunta y la anciana se puso de pie y cojeó con calma y encorvada hacia la puerta y en un momento estuvo junto a nosotros. Fue ahí cuando me di cuenta de lo pequeña que era. No podía tener más de cinco pies de altura y estaba muy torcida. Debo decir una vez más, que me sentí muy intranquilo y sobresaltado con esta terrorífica y vieja creatura cerca de mí mirándome hacia arriba. Ella me tomó del abrigo y con su mano hacía señas rápidas en cualquier dirección. Parecía estar advirtiéndonos sobre el bosquecito, pero sin decir absolutamente nada.

Jack se puso más impaciente.

-¡Sorda vieja tonta! – dijo él en voz baja y luego fuerte y lentamente - ¿Puede usted indicarnos la ruta más próxima para llegar al camino principal?

Entonces ella pareció entender y apunto con energía en dirección al camino desde donde veníamos.

-¡Esto no tiene sentido! – Dijo Jack – nosotros venimos de ahí. Vamos por este camino, no podemos pasar toda la noche aquí – Entonces se tornó hacia un lado de la casita y desapareció en el bosquecito.

La anciana soltó mi abrigo al instante y comenzó a correr tras Jack y yo me fui al otro lado de la casa y vi a Jack moviéndose frente a la casa ya que los abetos estaban dispersos en la orilla del bosque. La luz de la luna se filtraba a través de ellos. Observé que la anciana, al volverme hacia el bosque, se había detenido, sabiendo que ella no podía divisarnos y permaneció de pie con sus manos extendidas y emitiendo un curioso sonido, entre llanto y sollozo. Yo estaba un poco incómodo porque no la habíamos tratado a ella con cortesía. Me detuve, pero justo en ese instante Jack me llamó:

- Ven – dijo – seguro que encontraremos el camino al final de esto.

Entonces yo continué y al voltearme hacia atrás, vi que la pequeña anciana seguía de pie como antes. Vi, entremedio de los árboles, como ella se llevó una mano a la boca y emitió un curioso silbido que por alguna razón me asustó. Pareció demasiado fuerte para ser dicho por algo tan pequeño.
Tan pronto entramos al bosque la oscuridad se hizo mayor. Aquí y allá en un espacio abierto, la luz de la luna cubría con manchas blancas el suelo cubierto con agujas de abeto, siendo rodeados por una gran área oscura. A pesar de que el bosque se situaba sobre un terreno elevado, los árboles crecían tan densamente, que no podíamos ver el campo alrededor. De vez en cuando nos tropezábamos con alguna raíz o éramos atrapados por alguna zarza. Me pareció que estábamos siguiendo un estrecho  sendero que nos conducía más y más profundamente hacia el corazón del bosque. De pronto Jack se detuvo y levantó su mano.

-¡Cállate! – dijo.
Me detuve y escuchamos sin respirar. Después de un instante dijo nuevamente, “Cállate, viene algo”, y saltó fuera del sendero detrás de un árbol y yo lo seguí.

Fue entonces cuando escuchamos algo arrastrarse frente a nosotros y un gruñido. Una enorme criatura se aproximó corriendo por el sendero y una vez que pasó yo la miré, aunque mi mente estaba aterrorizada. Vi que era un enorme cerdo, pero la cosa que me quitó el aliento y enfermó, fue que esta cosa corrió casi toda la distancia con una profunda herida en su espalda desde donde brotaba sangre. La criatura, que gruñía pesadamente, se derrumbó camino a la casa, y luego el sonido despareció a lo lejos.

Al apoyarme contra Jack pude sentir su brazo temblando mientras abrazaba el árbol.

-Oh, Oh – dijo en seguida – debemos salir de aquí. ¿Por cuál camino? ¿Por cuál camino?

Pero yo seguía atento escuchando e hice que se mantuviera en silencio.

- Espera – le dije - hay algo más.

Desde fuera del bosque, frente a nosotros, se sintió un jadeo y el suave sonido de unos pies que cojeaban por el sendero. Nos agachamos lo más bajo que pudimos y observamos. Enseguida la figura de un hombre encorvado se hizo visible abriéndose paso rápidamente a través del camino. Parecía estar sobresaltado y sin aliento. Su boca se estaba moviendo, hablaba consigo mismo en voz baja con un tono quejumbroso, pero sus ojos examinaban el bosque de lado a lado.

Tan pronto como llegó donde estábamos, nos recostamos en el suelo y apenas nos atrevíamos a respirar. Vi que una de sus manos, que colgaba al frente, se abría y se cerraba y que estaba manchada con algo que a la luz de la luna se vía negro. Él no nos vio ya que estábamos escondidos detrás de una gran zarza, luego continuó por el sendero y entonces todo volvió a estar en silencio.

Cuando pasaron unos minutos en una perfecta calma, nos levantamos y nos fuimos, pero ninguno de los dos se animó a caminar por el sendero desde donde habían venido estas dos terribles cosas chorreantes, y nos fuimos tropezando con el suelo quebrado, manteniendo un curso paralelo al sendero, por alrededor de unas doscientas yardas.

Jack comenzó a recobrarse e incluso a hablar y a reír del susto, del cerdo y del viejo. Después me dijo que no había visto la mano del anciano.

Más adelante el camino comenzó a hacerse cuesta arriba y en esta parte súbitamente detuve a Jack.

-¿No lo ves? – pregunté.

Actualmente apenas recuerdo lo que dije o hice, pero esto es lo que mi amigo me dijo después. Jack me contó que no había nada especial. Lo que había era una loma en el terreno, y que en esta parte los árboles se separaban.

-¿No ves nada en la cima de la loma, en el claro, donde se refleja la luz de la luna?
Jack me dijo después que él pensó que me había vuelto loco de repente y se llenó de miedo.

- ¿No ves a la mujer que está ahí? Tiene un  rubio cabello largo  tomado en dos trenzas y unos gruesos brazaletes de oro en sus brazos desnudos. Lleva una túnica que está rodeada con un cinturón que nace desde sus rodillas. En su pelo, en su cinturón y en sus brazaletes tiene una joya roja, y sus ojos brillan a la luz de la luna. Ella está a la espera de lo que se le ha escapado.

Jack me contó que cuando yo le dije eso, caí de bruces con mis manos extendidas y comencé a hablar, pero él no podía entender una palabra de lo que decía. Él mismo miró la loma ininterrumpidamente, pero ahí no había nada más que tres abetos erguidos en forma circular y un espacio vacío en el medio y desde ahí se llegaba al brezal, y eso era todo. Este montículo estaba a unas cincuenta yardas de nosotros.

Según cuenta Jack, yo yací ahí por unos minutos y luego me levanté y miré a mi alrededor. Recuerdo que vi al cerdo y al viejo, pero nada más. Yo estaba aterrorizado ante el recuerdo e insistí en abordar un nuevo rumbo a través del bosque y dejar la loma detrás nuestro. No supe porqué el montículo este me asustaba, pero no quería ir cerca de él. Jack sabiamente no dijo nada más hasta más tarde.

Prontamente encontramos nuestra ruta fuera del bosquecito. Dimos contra el brezal a una media milla o algo, y  fue así como llegamos al camino que Jack conocía y volvimos a casa.

Cuando le relatamos nuestra historia  - y Jack para mi asombro había agregado la parte que ni yo mismo recordaba – al padre de Jack, él no dijo nada, sin embargo al día siguiente nos llevó a identificar el lugar. Para nuestra mayor sorpresa la casa de los escoberos se había esfumado. Había unas ramas pisoteadas alrededor del árbol, la rama ahumada desde donde colgaba la lámpara de aceite y las cenizas de la leña estaban esparcidas fuera de lo que fue la casa. Pero no había señal del anciano ni de su esposa.

Nos fuimos caminando por el sendero, ahora iluminados por un alegre sol escarchado y encontramos oscuras salpicaduras por aquí y por allá en las ramas. Estaban secas y descoloridas. Finalmente llegamos al montículo, pero a medida que nos acercábamos mi desosiego fue creciendo, pero era vergonzante mostrar mi temor a plena luz del día.

En la cima encontramos una cosa curiosa y el padre de Jack nos dijo que era una vieja costumbre de los escobemos que nadie había sido capaz de explicar. El suelo había sido excavado con una pala, para darle una forma de corredor inclinado bajo la tierra. El corredor no tenía más de cinco yardas de largo y al final, donde estaba recubierto con tierra, tenía una especie de altar hecho con tierra y piedras planas que tenían pegadas con yeso pedazos de porcelana china y vidrio. Aunque lo que más nos sorprendió fue encontrar una oscura mancha de algo que empapaba en profundidad la tierra frente al altar y que todavía estaba húmeda.”

El viejo leyó hasta aquí y luego dejó reposar el libro.

“Cuando yo le conté toda esta historia al profesor” – dijo – “él parecía estar profundamente interesado. Según recuerdo nos dijo que la herida del cerdo se identificaba con la naturaleza del sacrificio que el anciano había comenzado a ofrecer. Él lo llamó “el águila de sangre”, y agregó algunos detalles que no voy a discutir contigo. Dijo también que los escoberos han confundido dos ritos y que solamente un sacrificio humano es el que se ofrece como águila de sangre. De hecho, para él todo le parecía muy familiar, y agregó otras cosas más que no he podido recordar ni verificar.”

- ¿Y la mujer en el montículo?

- “Bueno”– dijo el viejo sonriendo – “el profesor no quiso escuchar mi evidencia acerca de esto. Él aceptó la primera parte de la historia y simplemente declinó poner atención a lo de la mujer. Dijo que yo había  estado leyendo los cuentos de Norse y que estaba alucinando. Incluso dio a entender que yo era un romántico. Bajo otras circunstancias creo que a este método de tratamiento de las evidencias podría ser llamada “crítica de nivel superior”.

- Pero todo esto es un bestial y repugnante culto – le dije.

- “Sí, sí” – dijo el viejo – “muy brutal y repugnante, pero no mucho mayor ni mejor que la fe del profesor, porque al fin y al cabo, ya ves,  él era solamente un experto ritualista”.


                                                                      R.H. Benson, The Light Invisible



2 comentarios:

  1. Gracias por subir este cuento, Beatrice.
    A los que frecuentamos páginas de grupos europeos cercanos en ciertos puntos a la visión católica tradicional pero que se distancian en lo religioso (identitarios, Nueva Derecha, etc.), textos como el de Benson nos resultan de gran interés. Es que la tentación de cierto paganismo en aquellos grupos parece siempre latente, aún en pleno siglo XXI.

    El marinero de la balada de Coleridge

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  2. Marinero, muchas gracias por su fidelidad y por sus palabras. Aún me quedan diez cuentos de La Luz Invisible por traducir y Dios mediante trataré de al menos sacar uno por semana, aunque lo veo difícil.
    Un abrazo y Feliz Navidad

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