lunes, 5 de octubre de 2015

Militancia cristiana, por John Henry cardinal Newman

                                                             

          "¿Contiene vuestra práctica religiosa alguna dificultad, u os resulta fácil en todos los aspectos? ¿Buscáis simplemente la comodidad en vuestro modo de vivir, o encontráis además alegría en someteros al querer de Dios? En una palabra, ¿es vuestra religión un trabajo? Porque si no lo es, no es religión en absoluto. Aquí tenemos ya, antes de examinar vuestro razonamiento, la prueba de su incorrección, porque os lleva a concluir que mientras Cristo desarrolló una tarea, y los santos - los pecadores incluso - la cumplen igualmente, vosotros, por el contrario, que no sois santos ni pecadores, nada tenéis que hacer. Y si alguna vez tuvisteis una misión, la consideráis ya cumplida.

          Se diría que habéis alcanzado vuestra salvación antes del tiempo fijado y que, al permanecer en la tierra más de lo previsto, nada os queda en qué ocuparos. Los días de trabajo han terminado vosotros, y ha comenzado una perenne vacación.

¿Pero acaso os envió Dios al mundo, a diferencia de otros hombres, para estar ociosos en lo espiritual? ¿Es vuestra única misión buscar satisfacciones en una tierra donde sois peregrinos y viajeros de paso? ¿Sois más que los hijos de Adán, destinados a obtener el pan con el sudor de la frente antes de volver a la morada de donde salieron? A menos que trabajéis, os esforcéis y luchéis contra vosotros mismos no podéis llamaros seguidores de aquellos que "a través de muchos afanes entraron en el reino de Dios".

          El combate es señal genuina de un cristiano. El cristiano es soldado de Cristo, no otra cosa. Si habéis vencido al pecado mortal, como decís, entonces debéis combatir vuestras faltas veniales: no hay más remedio, si sois soldados de Cristo. Pero tratad de no ser ingenuos. No penséis haber  conseguido un triunfo definitivo. No podéis vivir en paz con enemigos de Dios, ni siquiera los más insignificantes. Si condescendéis con vuestros pecados veniales, sabed que junto a ellos y bajo su sombra acecha el pecado mortal. Los pecados mortales son criatura de los veniales, que a pesar de no ser letales por sí mismos, tienden a la muerte. Imagináis haber aniquilado a los gigantes que dominaban vuestro corazón, y que nada debéis ya temer. Pero los gigantes amenazan aún, pueden surgir todavía del polvo y esclavizaros de nuevo antes de que reaccionéis.

La consumación de un propósito es la única prueba de haberlo cumplido. Así fue el gozo del Señor en su solemne última hora al haber hecho la obra para la que fue enviado. "Te he glorificado en la tierra  - dice en su oración al Padre -; he terminado la misión que me confiaste; he manifestado Tu nombre a cuantos me diste..." (Jn. 17, 4-6). Fue asimismo la consolación de San Pablo: "He librado la buena batalla - exclama -; he llegado a la meta en la carrera, he conservado la fe. Ahora me aguarda la corona de justicia que el Señor, justo juez, me entregará en aquel día". (II Tim. 4, 7)

                            

         ¡Qué diferente será nuestra imagen de las cosas cuando muramos y pasemos a la eternidad, respecto a los sueños e imaginaciones que nos engañan ahora!¿Qué hará el mundo entonces por nosotros? ¿Rescatará nuestras almas del Purgatorio o quizás del infierno? Hemos sido creados para servir a Dios; hemos recibido talentos para glorificarle; tenemos una conciencia para obedecerle; se nos ofrece la perspectiva del cielo para que la mantengamos siempre ante nuestra mirada; se nos han concedido la luz y la gracia para seguirlas y salvarnos mediante su auxilio.

         ¡Desgraciados los que han muerto sin cumplir su misión, los que llamados a la gracia han vivido en pecado, los que invitados a adorar a Cristo han preferido el mundo incrédulo y loco, los que convocados a luchar han permanecido ociosos, los que invitados a ser católicos se han detenido en la religión de sus padres!

          ¡Triste destino el de quienes recibieron dones y no los han usado o los han usado mal; alcanzaron riquezas y las gastaron sólo en sí mismos; tuvieron talento, y defendieron lo pecaminoso, ridiculizaron lo verdadero o sembraron dudas contra lo sagrado; dispusieron de tiempo, y lo dilapidaron con malas compañías, libros perversos o diversiones frívolas! ¡Pobres aquellos que, siendo alabados por su vida anodina o naturalmente bondadosa, nunca intentaron purificar sus corazones y vivir en la presencia de Dios!

          El mundo pasa de una edad a otra, pero los santos ángeles y los elegidos de Dios no cesan de dolerse ante la pérdida de vocaciones, la destrucción de esperanzas, el desprecio del amor de Dios y la ruina de las almas. Una generación se añade a otra en el cielo, y cuando dirige su mirada hacia la tierra apenas divisa otra cosa que un ejército de espíritus guardianes, melancólicos y pensativos, que siguen con ansiedad los pasos del hombre encomendado a su custodia y tratan, muchas veces en vano, de protegerle de sus enemigos. Los tiempos discurren, y el hombre no acaba de creer que lo que es ahora, dentro de poco no será, y que otras cosas, no presentes aún, serán durante toda  la eternidad.

          Al final espera el juicio; el mundo pasa; es como un artificio y un escenario; orgullosos palacios se derrumban, la atareada ciudad ha enmudecido y las naves de Tarsis no se ven ya. La muerte sorprende a todo corazón y a toda carne; el velo se ha rasgado. Alma que te diriges hacia la eternidad, ¿cómo has empleado tus talentos, tus oportunidades, la luz que se te dio, las advertencias recibidas, la gracia que Dios infundió en ti?

         ¡Oh Señor y Salvador nuestro, ayúdanos en aquella hora con la fuerza de tus Sacramentos y la suavidad de tus consuelos! Que las palabras de absolución desciendan sobre mí, y el santo óleo me unja, y tu Cuerpo sea mi comida, y tu Sangre que rocíe. Que mi dulce Madre María respire sobre mí, y mi ángel me susurre paz, y mi querido padre San Felipe (Neri) me sonría, de modo que yo obtenga el don de la perseverancia y muera, como deseo vivir, en Tu fe, Tu Iglesia, Tu servicio y Tu amor."

                                                                                     John Henry Newman, Discursos sobre la fe


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