lunes, 10 de noviembre de 2014

Paradojas del Catolicismo: Santidad y Pecado, por Mgr. R.H. Benson





                                                        Paradojas del Catolicismo
                                                        Santidad y Pecado

Santo, Santo, Santo       Is. 4, 3
Jesucristo vino al mundo a salvar a los pecadores  I Tim. 1, 15


        Un par de acusaciones muy diferentes (por lejos más vitales que aquellas acusaciones baratas de mundanidad o de ultra mundanidad que ya hemos considerado) concernientes a las preceptos de bondad predicados por la Iglesia, y su propia presunta incapacidad para vivir de acuerdo a éstos. Pueden ser resumidas brevemente diciendo que la mitad del mundo considera a la Iglesia demasiado santa para la vida humana, y que la otra mitad no la considera suficientemente santa. Podemos denominar a estas críticas respectivamente como la pagana y la puritana.

I. Es el pagano quien la acusa de excesiva santidad:
         “Ustedes los católicos” – nos dicen – “son demasiado duros con el pecado y no lo suficientemente indulgentes con la pobre naturaleza humana. Déjenme tomar como ejemplo a los pecados de la carne. Aquí hay una serie de deseos implantados por Dios o por la Naturaleza (puedes elegir el nombre del poder detrás de la vida) con sabios y ciertamente esenciales propósitos. Estos deseos son probablemente los más feroces conocidos por el hombre y ciertamente los más atrayentes. Tal como sabemos, la naturaleza humana es la cosa más extraordinariamente  inconsistente y vacilante. Ahora bien, yo estoy consciente que el abuso de estas pasiones conduce al desastre, y que la naturaleza tiene sus inexorables leyes y castigos. Pero ustedes los católicos agregan nuevos horrores a la vida con la absurda e irracional insistencia en que los abusos causan ofensas a Dios. Porque no solamente denuncian ferozmente “los actos de pecado”, como lo llaman ustedes, sino que según parece presumen al ir más allá incluso hasta el mismo deseo. Ustedes son lo bastante poco prácticos y crueles al decir que entretenerse deliberadamente pensando en este pecado puede cortar al alma de la entrega de los favores de Dios.
         O, para ir más lejos, considera ideales imposibles de soportar con respecto al matrimonio. Estos ideales tienen cierta belleza propia para las personas que pueden aceptarlos. Tal vez ellos puedan tener, usando una frase católica, los Consejos de Perfección, pero es soberanamente ridículo insistir sobre esto como regla de conducta para toda la humanidad. La naturaleza humana es la naturaleza humana. No puedes obligar a la mayoría a seguir los sueños de unos pocos.
       O considera, para tener una mirada más amplia, las normas generales que sostienen para nosotros las vidas de los santos. Estos santos aparecen al ordinario hombre común como algo para nada admirable. No nos parece admirable que San Luis apenas pueda levantar sus ojos del suelo; o que Santa Teresa se golpeara a sí misma en una celda; o que San Francisco se flagelara a sí mismo con zarzas por temor a estar cometiendo pecado. Este tipo de actitudes son total y fantásticamente fastidiosas. Ustedes los católicos parecen apuntar hacia un precepto que es simplemente indeseable. Ambos, métodos y fines, son igualmente inhumanos e inadecuados para el mundo en el que vivimos. La verdadera religión está seguramente algo, por lejos, más sensible que esto. La verdadera religión no debiera forzar ni afanarse hasta lo imposible. No debiera buscar perfeccionar la naturaleza humana a través de un proceso de mutilación. Ustedes tienen una excelente puntería en algunos aspectos y excelentes métodos en otros, pero con las supremas exigencias ustedes van completamente más allá de los límites. Nosotros los paganos no estamos de acuerdo con su moralidad, y tampoco admiramos a aquellos que ustedes aclaman como exitosos. Si  ustedes fueran menos santos y más naturales; menos idealistas y más prácticos, serían de gran ayuda para el mundo al cual ustedes desean auxiliar. La religión debiera ser robusta, de un viril crecimiento y no el delicado invernadero en que la han convertido”.
       
        La segunda acusación proviene de los Puritanos: “El catolicismo no es lo suficientemente santo para ser la Iglesia de Cristo, porque ¡cuán complaciente es ella para con aquellos que nuevamente lo ultrajan y lo crucifican a Él! Quizás no es verdad, como solemos pensar, que los sacerdotes católicos realmente dejan a sus penitentes cometer pecados. Sin embargo, la extraordinaria facilidad con la que es dada la absolución viene a ser prácticamente lo mismo. Esta Iglesia lejos de haber elevado a la especie humana ha rebajado,  de hecho, sus preceptos por su actitud para con aquellos de sus hijos que desobedecen las leyes de Dios.
       ¡Considera lo que alguno de estos hijos suyos han hecho! ¿Existe en la historia algún criminal más monumental que los criminales católicos? Posee algunos hombres que han caído tan bajo como los Borgia en la Edad Media, o como Gilles de Rais y una veintena de otros. ¿Cómo hombres y mujeres que tal vez por su fe eran considerados “buenos católicos”, sin embargo en sus vidas no eran más que una mera desgracia para la humanidad? Observa los países latinos con sus apasionados registros de crímenes, tal como la inmoralidad sexual de Francia y España, o la turbulenta y pródiga Irlanda, o la brutalidad ignorancia del católico inglés. ¿Existe otra denominación de la cristiandad que exhiba tales deplorables especímenes como las monjas desbocadas, como los sacerdotes apóstatas o como los viciosos papas del catolicismo? ¿Cómo es posible que estas historias de iniquidad sean dichas del catolicismo del mismo modo como son dichas de cualquier otra secta no cristiana? Aceptemos todas las exageraciones que quieras, todos los prejuicios de los historiadores, todos los despechos de sus enemigos, y todavía existirán seguramente vestigios suficientes de criminalidad católica para mostrar que lo mejor de la Iglesia no es mejor que alguna otra religión, es más, es peor, infinitamente peor. La Iglesia Católica por tanto, no es lo suficientemente santa para ser la Iglesia de Cristo”.

II.  Cuando dirigimos nuestra mirada a los Evangelios encontramos que estas dos acusaciones son, de hecho, precisamente aquellas que fueron interpuestas contra nuestro Divino Señor.
      En primer lugar, indudablemente, Él fue odiado por su santidad. ¿Quién puede dudar que los terribles preceptos que Él predicó (la prédica católica que también es una de las acusaciones de los paganos) fueron la principal causa de su rechazo? Porque después de todo, fue Él quien primero proclamó que las Leyes de Dios obligan no solamente a la acción, sino también al pensamiento. Pues fue Él el primero que pronunció que el hombre es un asesino o un adúltero incluso cuando en su corazón desea estos pecados. Fue Él quien elevó los preceptos de la Cristiandad a un precepto de perfección. “Sed perfectos como mi Padre Celestial es perfecto” ¿Quién ofrece a los hombres aspirar a ser buenos como Dios?
        Fue entonces Su santidad lo que primero suscitó en Él la hostilidad del mundo: la radiante candente santidad con la que Su sagrada humanidad fue revestida. “¿Quién de vosotros me argüirá de pecado?...El que de vosotros esté libre de pecado, que arroje la primera piedra.” Estas son palabras que traspasan los llanos formalismos de los Escribas y Fariseos, y que despiertan un odio imperecedero. Fue esto seguramente, lo que le condujo irresistiblemente a su rechazo final en el balcón de Pilatos y la elección en su lugar de Barrabás: “¡Este hombre no!  ¡No a esta pieza de incorruptible perfección!; ¡no a esta Santidad que devela nuestros corazones, sino a Barrabás! ¡Tan confortable pecador como nosotros mismos! ¡A este ladrón en cuya compañía nos sentimos tan a gusto!  ¡A este asesino cuya vida no es en absoluto un contraste de la propia nuestra!” Jesucristo fue encontrado demasiado santo para el mundo.
        Pero por otra parte, tampoco fue considerado lo suficientemente santo. Esta acusación fue explícitamente presentada contra Él una y otra vez. Fue horroroso para estos guardianes de la ley que este predicador de lo correcto pudiera sentarse junto a publicanos y pecadores; que este profeta permitiera que una mujer como  Magdalena lo tocara. Si de hecho este hombre fuera un profeta, él no podría soportar estar en contacto con los pecadores; si de hecho fuera celoso por el Reino de Dios, no podría tolerar la presencia de tantos que eran enemigos suyos. Sin embargo, Él se sentó a la mesa de Zaqueo, en silencio y sonriendo, en vez de suplicar para que el techo se cayera. Él llamó a Mateo desde la oficina de impuestos en vez de hacerlos volar por los aires a ambos. Él tocó al leproso, a quien la propia Ley de Dios declara inmundo.

III.  Estas son las dos acusaciones presentadas en contra de los discípulos de Cristo,  y en contra  del Maestro, y es innegable que en ambas hay verdad.
        Es verdad que la Iglesia Católica predica una moralidad que está totalmente más allá del alcance de la naturaleza humana abandonada a sí misma; que sus preceptos son preceptos de perfección y que ella incluso prefiere el peldaño más bajo de la escalera sobrenatural al más alto peldaño de la natural.
        Y sin duda también es verdad que el caído o el católico infiel es infinitamente el miembro más degradado de la humanidad, más que un pagano o un protestante caído; que los monumentales criminales de la historia son criminales católicos y que estos monstruos del mundo (Enrique VIII, por ejemplo, sacrílego, asesino y adúltero; Martín Lutero cuyo libro impreso de conversaciones alrededor de la mesa son  indignas de cualquier casa respetable; o la Reina Isabel, perjura, tiránica e impúdica) fueron personas que tuvieron todo lo que la Iglesia Católica puede darles: los preceptos de su enseñanza, la guía de su disciplina y la gracia de sus sacramentos. ¿Cómo reconciliar esta paradoja?

(1) Primero, la Iglesia Católica es Divina. Es decir, ella mora en los Cielos. Ella mira siempre el rostro de Dios. Ella tiene consagrado en su corazón la Sagrada Humanidad de Jesucristo y la impecable perfección de la Inmaculada Madre, desde donde la Su humanidad fue extraída. ¿Cómo es entonces posible que ella deba contentarse con cualquier pequeño precepto de perfección? Si ella fuese una sociedad que se desarrolla desde abajo, es decir, una mera sociedad humana, ella nunca podría avanzar más allá de aquellos preceptos que han sido escalados en el pasado por sus hijos más nobles. Pero mientras en ella mora lo sobrenatural; mientras María fue dotada desde lo alto con un don al cual ningún otro ser humano podía aspirar; mientras el Sol de Justicia desciende desde los Cielos para conducir  a la vida humana bajo términos humanos, ¿cómo puede ella contentarse con cualquiera cosa menor a la altura desde donde estos provienen?

(2) Pero ella también es humana y habita en medio de la humanidad. Ocupa un lugar en el mundo con el objetivo expreso congregar para sí misma y santificar por su gracia al mismo mundo que ha caído frente a Dios. Estos marginados y estos pecadores son el gran material para el cual ella trabaja. Estos desechados productos de la vida humana, estos desfigurados tipos y especímenes de la humanidad que no tienen esperanza en nada excepto en ella.
          Primeramente porque de hecho ella desea poder levantarlos, y  frecuentemente ha sido capaz de hacerlo,  primero para la santidad y luego para sus propios altares. Porque ella y por ella solamente levanta a los pobres estercoleros para ponerlos junto al Príncipe. Ella coloca frente a la Magdalena y al ladrón nada menos que sus propios preceptos de perfección.
         Aunque en un sentido ella no se satisface con nada menos que esto, en otro sentido ella está satisfecha con infinitamente casi nada. Si ella puede traer al pecador hasta el borde mismo de la Gracia; si ella puede sacar del asesino agonizante un llanto de contrición; si ella puede volver los ojos  de éste hasta el crucifijo con una mirada de amor, sus labores estarán recompensadas por mil. Porque si bien no lo ha conducido a la cabeza de la santidad, al menos lo ha conducido a sus pies y lo ha colocado bajo la escalera de lo sobrenatural que va del infierno hasta el Cielo.
         Porque solo ella tiene este poder. Solo ella es completamente confidente en la presencia del pecador, porque solo ella tiene el secreto de la cura. En su confesionario está la Sangre que puede hacer al alma limpia, y en su Tabernáculo está el Cuerpo que será su alimento de vida eterna. Solo ella se atreve a ser su amiga porque solo ella puede ser su salvadora. Entonces, si sus santos son un signo de su identidad, no menos lo son sus pecadores.
        Porque ella no solamente es la Majestad de Dios habitando en la tierra, ella también es Su amor, y por tanto, sus limitaciones son únicamente de ella. Este Sol de Misericordia que brilla y esta Lluvia de Caridad que escurre, sobre buenos y malos, son el gran Sol y la gran Lluvia que da la vida de ella. Si yo subo a los Cielos ella está ahí, entronizada con Cristo, a la mano derecha de Dios; si yo desciendo a los infiernos también ella está ahí, haciendo retroceder a las almas del abismo desde donde ella puede rescatarlos. Porque ella es esta gran escalera que ya hace tanto tiempo vio Jacob. La escalera plantada aquí en la sangre y en el limo de la tierra, elevándose hacia la inmaculada Luz del Cordero. La santidad y la no santidad son ambas suyas por igual, y ella no se avergüenza de ninguna de las dos: la santidad de su propia Divinidad, la cual pertenece a Cristo, y la no santidad de aquellos marginados miembros de su humanidad a los cuales ella sirve.
         Por su poder, que es de Cristo, la Magdalena se convierte en penitente, y el ladrón fue el primero de los redimidos, y a Pedro, la débil arena de la humanidad, en la Roca sobre la cual ella está construida.


      

        

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