jueves, 17 de abril de 2014

De Papeles de un Paria: La Semana Santa, por Mgr. R.H. Benson

                                                                                                                                         

                                                                                                                                     1904                                                          
        Sobre la misa del Jueves Santo, del Sepulcro, y del sacrificio incruento del Viernes Santo, es muy difícil escribir. Pues en lugar de haber una profunda emoción, hay miles, y es imposible seguirlas. Fueron como trazos sobre una jubilosa arpa y un incoherente murmullo que puede tener cientos de significados. ¿Es una sombría melancolía, o son suaves medias notas, o un agudo éxtasis donde recae el secreto?

           Primero entonces, la misa del Jueves Santo. El altar está iluminado con luces, oro y flores, y desde un costado de la capilla viene el resplandor de la expectante tumba. Hay tres sacerdotes, vistosos y brillantes; la misa comienza como es usual, apaciblemente espléndida. Y en la entonación del Gloria hay un evento, para mí, y en cualquier caso, inesperado que inunda toda el alma con tal pasión que puede levantar tanto tormenta como felicidad. Porque cuando finaliza la voz del sacerdote, hay un acorde estridente desde el gran órgano, y un tumulto de campanas, y es como si el cielo se hubiera partido, un loco disturbio se vierte uno tras otro. El coro se funde, cambia,  encera el volumen. El aire está lleno con el vibrato del bajo, con el bramido del viento de la torre, y el estridente sonido argento de las campanitas reunidas en el altar de la iglesia para saludar a la recién nacida Eucaristía. Incesantemente el corazón  se torna y vibra, y el cerebro está exaltado con la música. Los tres sacerdotes se signan a sí mismos con la Cruz, y hay silencio.

          Cuando la misa termina, cantando sin acompañamiento, con una especie de tranquila alegría, se forma una procesión y el Cuerpo del Señor es transportado en procesión durante el Pange Lingua, hacia el sepulcro que lo espera y donde yacerá por un día y por una noche. Las paredes están decoradas con flores y los candeleros con velas que permanecen a cada lado. Ahí queda incensado reposando con solemne alegría.

          Pero todo el asunto no es lo que parece. Tiene un aire de dolor debajo de la belleza, como el inevitable perfume de la muerte que surge de un ataúd repleto de flores y rodeado de luces. ¡Oh sí! Las vestiduras son blancas y doradas, el órgano repica, las velas flamean, pero no es bueno. Es desesperadamente difícil mantener arriba la exultación. La mente consiente, como siempre, al instinto litúrgico y se regocija con la inauguración de la cena-matrimonial del Cordero, pero el corazón recuerda que la Carne y el Vino sobre la tabla solamente ha sido posible a través de la muerte del Cordero  a quien nosotros amamos.  “Comed y bebed” – clama La Sabiduría – “mirad el vino que yo he mezclado y el pan que partí para vos. Levanten sus corazones y canten”. Pero aunque nosotros la observamos, sus ojos están llenos de un dolor secreto, y sobre sus labios una palidez dolorosa.

         De hecho es así la Última Cena de la cual nos hablan los Evangelios. “Ahora el Hijo del Hombre es glorificado” – exclama Jesús, con sus ojos brillosos y con el Corazón roto, “y Dios es glorificado con Él…” “Y cantando los himnos, salieron camino del Monte de los Olivos”.  Salieron cantando y orando, disimulando desesperadamente que todo estaba bien. Ellos miraron hacia la Vid de Oro en la gloria de una luna pascual…y luego siguió la agonía y el sudor de sangre.

        Volví nuevamente mi mirada a la iglesia esa tarde a la puesta del sol, y supe que yo estaba en lo correcto. La capilla ardiente estaba ante mí. Una avenida de flores blancas y llamas amarillas, pesadas y fragantes, y en el medio entronado yace Jesucristo. No como cuando a través de la puerta del tabernáculo brilla con instinto de vida, sino con un aspecto de una muerte terrible. Sus guardias eran dos niños que venían de la escuela cercana, con velos blancos sobre sus cabezas, y mientras me arrodillé y miré, ellos inmediatamente se pararon y extendieron sus brazos en cruz para recordarle a Él mejor. Entonces ellos se mantuvieron de pie minuto tras minuto hasta que los delgados brazos cayeron y temblaron, y nuevamente se levantaron con resolución, intentando explicar con gestos su piedad y su amor. “Venid, pues, a Vuestra Sabiduría” – exclamó Ricardo, el ermitaño hace seis siglos atrás – “enciende mi corazón con amor y compasión, para avivar la chispa de Vuestra Pasión”.

          Aunque  Jesús no muere aún. Sin embargo para esta Iglesia que vive en la eternidad, que todavía saluda a María como si ella estuviera arrodillada en Nazaret; y que ve el Juicio viniendo al final del día sobre las nubes del cielo, para quien el tiempo es nada – nada más que una línea imaginaria en el globo de la eternidad – mientras ella adora al Cuerpo de Dios en un momento en diez mil lugares diferentes, para esta Iglesia todas las cosas son posibles. Ella sepulta a su Señor el jueves, lo eleva el viernes, lo crucifica diez minutos más tarde, y canta su misa de Pascua mientras Él aún yace en la tumba. Todo es uno para ella: el Calvario, Belén y el Cielo – porque ella “ve a Dios en un punto”

           El Viernes, por tanto, llega el climax, y es tan simple como la muerte de un niño.

           Entonces primero vi a tres sacerdotes en blanco y negro acercarse al altar. Ahí fue la lectura de un libro, la oración de colecta, el canto de la Pasión – un  largo lastimero canto recitado por varias voces. Una serie de súplicas. Por la paz y estabilidad de la Iglesia; la bendición para el Vicario de Cristo; por el obispo de la diócesis; por todos los sacerdotes; por los catecúmenos; por el mundo; por el alivio de los moribundos; por la conversión de los herejes; por los judíos y por los paganos – Por esto se pidió mientras estábamos en el Gólgota. Siguió entonces la adoración de la Cruz.

          ¿Cómo podría describirlo, excepto diciendo que fue la cosa más simple que haya visto jamás, tan clara y natural como una piscina de agua, aunque amarga como la salmuera? El crucifijo puesto con tierno amor sobre un suave cojín, es acercado a todos quienes están presentes. Yo también subí. Yo, un hereje y un marginado, porque Jesucristo vino a salvar a los pecadores. Me arrodillé ahí, temblando, entre dos niños que parecieron acercarme  esta figura herida, limpiando sus pies suavemente después de cada beso. También besé el suave marfil, debajo de los clavos… ¡y Él no me golpeó!
         También observé una cosa: una anciana se acercó de rodillas sobre las piedras gimiendo y murmurando, envuelta en un chal, y lo besó a Él como una madre lo haría, sus pies taladrados, sus rodillas lastimadas, su costado herido… ¡Dios mío qué bello fue! Y todo sucedió mientras replicaban los reproches.

          “¡Oh Pueblo mío! ¿Qué te he hecho? ¿En qué te he contristado? ¡Dímelo! ¡Dímelo! Yo te saqué de Egipto y tú has preparado una cruz a tu salvador.”

          Siguió luego un rugido griego, extraño y sonoro: 

          Agios O Theos…agios ischyros…Agios athanatos, eleison imas.
        Entonces como en un delirio un hombre habló en una lengua  largamente olvidada ahora, cuando su corazón está arrendado, la Iglesia Católica cae veinte siglos sin esfuerzo, y habla como ella habló en las catacumbas de Roma, y en la casa rentada de Pablo, en Creta, en Alejandría, y en Jerusalén.

          “Yo te planté, mi hermosa vid” gemía el coro, “y tú me has salido vid amarguísima. Pues vinagre me diste de beber en mi sed y con lanza agujereaste el costado a tu Salvador…Yo descargué el azote por ti sobre Egipto, y tú me entregaste azotado…Yo sumergí al Faraón, y tú me entregaste a los Príncipes de los sacerdotes…Yo abrí el paso en el Mar Rojo, y tú con lanza abriste mi costado…Yo te alimenté con maná en el desierto, y tú me heriste con bofetadas y azotes…yo te di a beber el agua saludable de la piedra, y tú me diste a beber hiel y vinagre…Yo te di un cetro real, y tú pusiste sobre mi cabeza una corona de espinas. ¡Oh Pueblo Mío! ¿Qué te hice o en qué te he contristado?”

          Entonces fuimos todos juntos al sepulcro, sacaron Su propio Cuerpo y clamando mientras avanzábamos con una tremenda alegría viendo cómo los estandartes del Rey salían glorificando la Cruz que hicimos para Él y de la cual Él pende alabando la fuente de salvación, lo colocamos sobre el altar, incensado en silencio, y llegamos al final con una incoherente prisa.

          No hay sacrificio ese día, porque todo es sacrificio. No hay necesidad de que el Espíritu Santo descienda para hacer  el Cuerpo del Hijo y toque el corazón del Padre, porque hoy todo el mundo es un Calvario. A pesar de esto, fragmentos de la misa son pronunciados por un sacerdote designado. El Padre Nuestro es cantado, son dichas las oraciones, el Espíritu es consumado, y en un instante todo se acaba. La nube negra se vuelca, el abismo está lleno, las rocas desgarradas están quietas nuevamente, y yo…yo fui como un hombre que despierta y que ve la luz del sol en su cuarto….



                                    

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