jueves, 25 de abril de 2013

Sermones y Prédicas, el método de R.H. Benson 

If priest would only take as much care about their Sunday sermons as ordinary laymen take about their everyday work, we wouldn´t have long to wait for the conversion of England”
Mgr. R.H. Benson

         Monseñor Benson fue en su época considerado  como uno de los mejores predicadores. Recorría el Reino Unido visitando las numerosas iglesias a las cuales era llamado por sus párrocos para que fuera a decir alguna prédica. También visitó los E.E.U.U para dar conferencias, y predicó para los fieles de habla inglesa en Roma. Dictó además una serie de retiros espirituales en monasterios y conventos.
         Se ha escrito bastante sobre el peculiar estilo de Benson para predicar.  Joseph Pearce en su libro Escritores Conversos, en uno de los dos capítulos dedicados a Benson, hace referencia al modo como predicaba, y sus prédicas eran verdaderas puestas en escena, bastante teatrales. Se movía de allá para acá, levantaba la voz con el fin de mantener atento al auditorio. Más allá de la anécdota, me interesa rescatar y destacar que una buena prédica puede hacer un enorme bien a las almas. Una palabra sabia y reconfortante dicha en el momento preciso puede provocar hasta una conversión. Sé que no soy nadie para criticar, porque sufro de pánico escénico y sería incapaz de dar una prédica, a no ser tal vez que la llevara escrita, pero creo que actualmente los sacerdotes dejan mucho que desear.
         Mi crítica apunta a varios tópicos entre los que destaco: algunas prédicas son demasiado largas.  Prácticamente centran la misa en ella, y hablan y hablan repitiendo una y mil veces lo mismo, como si estuviéramos escuchando variaciones sobre el mismo tema, para luego decir lo que queda de la misa incluida la consagración a la velocidad del rayo. Otras son hechas casi al borde de la improvisación, malas, malísimas. Se nota a la distancia que se está improvisando y que no se ha tenido la preocupación de preparar algo que valga la pena escuchar. Algunos por parecer simpáticos o estar “en onda” con su feligresía, llegan a decir incluso desaciertos que rayan en la herejía. Escuché una vez decir a un cura – que ya llevaba cerca de media hora predicando y nos tenía al borde del colpaso por el encierro  y el calor de la pequeña capilla  – que cuando comulgamos  también comemos el cuerpo de la Santísima Virgen por ser la Madre de Dios. Comprenderán que esta frase hizo que  me cayera de espaldas al igual que Condorito, ¡plop!. ¿ Estará pensando bien lo que está diciendo o se dejó llevar por un arrebato de amor a nuestra Madre del Cielo? Para no faltar a la caridad me quedo con esto último, pero no deja de ser sorprendente e inquieante que un sacerdote formado en una cierta fraternidad, diga este tipo de cosas. Si van a aprovechar ese instante de la misa para evangelizar,  entonces háganlo bien, aprovechen el tiempo y den frutos.
         Una buena prédica debiera ser dinámica y que mantuviera atentos a los oyentes. Ni corta ni excesivamente larga. A veces es necesario tomarse el tiempo para hablar de lo que actualmente nadie dice. La prédica debe estar referida a comentar el tema de cada una de las lecturas, desde el Introito hasta el Evangelio e incluso la Secreta y el postcomunión.  Hay tantos y tantos santos que han escrito muy buenos sermones, como San Agustín. Si el sacerdote no se siente preparado para explicar bien los Sagrados Misterios, aférrese a lo que dicen otros. Newman también tiene bellos e iluminadores sermones. ¿Por qué no estudiar bien lo que se va a decir? ¿Por qué improvisan o dicen burradas? ¿Pereza o mala formación? Creo que la mezcla de ambos, y además la idea de que los fieles no van a entender, a no ser de que se les trate como estúpidos incapaces de comprender lo que se les está diciendo. Es un círculo vicioso. Por un lado nos quejamos del bajo nivel de comprensión de la gente al leer y al escuchar un discurso o una prédica, y en vez de revertir esto elevándoles su nivel, lo achatamos predicando con un bajísimo nivel formativo. Se puede catequizar mucho con un buen sermón, sencillo, sin complicaciones, claro y distinto como diría Descartes.
        Tuve el gusto de escuchar  la prédica de un padre que vino a decirnos misa a la  capilla de nuestra casa. Habló corto, preciso y muy clarificador sobre las lecturas de ese día. Me dejó con una grata impresión y una muy buena enseñanza. Por eso creo que todo depende de la voluntad que se tenga para preparar algo bueno, que sea enriquecedor de nuestra Fe. Que nos deje huella en el alma y que nos sirva para meditarlo después.
         Quiero ahora referirme a Monseñor. Me gustaría en estas líneas traducirles algunos párrafos del libro que ya cité en un post anterior. Se trata del libro del padre  Reginald J.J Watt. Este libro si bien se encuentra gratuitamente en pdf, está en inglés solamente.  El libro en cuestión para mí como Bensoniana es una joyita y me urge compartirlo. El bien es de suyo comunicable, decía mi maestro de metafísica y es la pura verdad.  Cuando encontramos que algo vale la pena compartirlo, hacemos lo imposible por llevarlo a otros para que experimenten la misma alegría. El libro, Robert Hugh Benson, Captain in God’s Army, (Editorial Burns Oates and Washbourne, Londres, 1920) es muy ameno y nos otorga otra perspectiva acerca de  la personalidad y del trabajo de Benson en sus distintas facetas: como sacerdote, novelista, predicador, director espiritual, artista, etc. Es el testimonio de un amigo que compartió unos años con él. El padre Watt dedica un título y varios capítulos dentro de ese título, a mostrar la faceta de Benson como predicador.   
    Creo que es oportuno para el blog que mis lectores vayan captando un poco la metodología que usa Benson en sus prédicas, ya que si Dios quiere y Virgen, pretendo ir traduciendo varios de ellos y publicarlos en el blog. Entonces, no se diga más, adelante con el texto: 

   
Robert Hugh Benson, Capitán del Ejército de Dios., por el R. P. Reginald J.J Watt.        
“Él predicaba tres tipos de sermones: controversiales, devocionales y mixtos, y en el tercer tipo encontramos a R.H.B dando lo mejor de sí. En todos sus sermones la controversia y la devoción se superponen, pero realmente el típico sermón de Benson tiene a ambos en igual mezcla. A uno explicando, ampliando o ilustrando al otro, y consecuentemente él fue capaz de atraer a cada miembro de sus variadas feligresías y darle a cada uno algo para llevarse consigo” (pág. 139)
“Aunque indudablemente en el púlpito Hugh se encuentra en su mejor elemento, siempre lucía extremadamente nervioso. Su nerviosismo sin embargo, era más bien resultado de su temperamento nervioso más que del “terror”.  Me disculpo por la palabra, pero ésta expresa mejor el sentido que podría expresar la palabra “miedo”, que comunica una noción más intelectual, pues todos los sentimientos de Benson eran físicos, y en el púlpito este nerviosismo era más que evidente. Una vez que se ponía en acción  en un sermón, él lo disfrutaba a fondo. La conducta nerviosa se mantenía a todo lo largo del sermón y era característico, pero no de la forma en que lo afectase a él interiormente, pues su mente permanecía lo más clara posible, y él conservaba toda su genialidad. Donde el terror realmente lo afectaba era durante el tiempo dedicado a la preparación del sermón. Durante las horas que él dedicaba a la elaboración de un sermón, él estaba en un estado comúnmente conocido como “miedo visceral”. Únicamente puedo comparar este sentimiento, tan familiar para todo el mundo, como el peso en la boca del estómago, que a uno lo hace sentir incómodo mientras espera afuera de una habitación en la cual uno está pronto a someterse a una tortura desconocida, como a un examen oral. Es la misma sensación que hace necesario para algunos pacientes tener viejas revistas mensuales ilustradas a su disposición mientras esperan en la sala del dentista.  Monseñor Benson, gran predicador, sobre el que penden miles de palabras, varias horas antes de predicar era verdaderamente una figura patética. Quería estar a solas y de esta manera era mejor dejarlo. Se sentaba  inquieto, con el libro de sermones sobre sus rodillas. No podía mantenerse quieto ni por un minuto: cruzaba y volvía a cruzar las piernas; se movía de un lado a otro en su silla, se acariciaba su barbilla, se rascaba y se desordenaba el cabello. Estaba completamente inquieto y muy irritable.  Hundía su cara en sus manos, y entonces volvía a su libro, saltaba de su asiento y encendía otro cigarrillo – claro está – el fumaba todo el tiempo, y caminaba alrededor de la habitación para luego volver a sentarse. Cómo lo hacía para controlar este estado de postración nerviosa momentos antes de subir al púlpito siempre va a constituir para mí un misterio.
Esta agonía preliminar no se daba solamente con ocasión de predicar un sermón en una iglesia importante o para una ocasión especial. Él  fue muy concienzudo y exigente en la preparación de cada sermón que  predicó.  Pasaba por la misma tortura antes de una  charla no publicitada para veinte personas un miércoles por la noche en Hare Street House; como en la preparación  de un sermón para la Catedral de Westminster anunciada con semanas de anticipación y en la cual la comunidad era de miles. Nunca fue descuidado con el método y siempre consideró ante la feligresía, la Gloria de Dios para la cual predicaba. Fue el predicador ideal para una parroquia pequeña y fue incapaz de adoptar la actitud de decir: ¡0h es solamente un pueblito rural, da lo mismo qué hacer!
No contento con el extraordinario cuidado en su  preparación, él estaba convencido de que el cuidado y de preparación convertían a cualquiera en un buen predicador.
-“Si los sacerdotes pusieran un poco más de esmero en sus sermones dominicales, tal como cualquier laico se esmera en su trabajo diario, no tendríamos que esperar por mucho tiempo la conversión de Inglaterra”. – decía.
- “Pero” – respondí – “no todos podemos ser buenos predicadores”.
- “Oh, sí, sí pueden, si lo quieren. El problema es que a muchos sacerdotes no les interesa”.
- Creo que estás equivocado.
- Bueno, si a ellos les importa, ¿cómo lo demuestran? Una y otra vez yo he conocido sacerdotes que en la noche del sábado no saben  sobre qué van a predicar en la mañana del domingo, y mientras ellos se suben al púlpito, leen el Evangelio, hacen unas observaciones des-conexas y después de seis meses de estar haciendo esto, desarrollan un sermón que predican  domingo tras domingo -  ¡y luego hablan acerca de la “fuga” de los fieles!
- Pero seguramente son algunos hombres que no han podido y nunca podrán ser capaces de predicar – argüí.
- Si hay aquí un hombre que tiene todo en su contra como predicador, ese hombre soy yo – dijo – yo tengo este bestial impedimento en mi hablar[i], y soy tan nervioso como una gallina.
- ¿Por qué no escribes un libro sobre la predicación?
- Lo haré algún día – pero he aquí que nunca lo hizo, y su sistema, a excepción de unas pocas  agradecidas personas que lo aprendieron de él, se perdió. Era un sistema maravillosamente útil, y él estaba siempre dispuesto a exponerlo a cualquiera que tuviera ansias de aprender.
Sus tres primeras sugerencias eran: ser natural, ser cuidadoso y no tomar notas en el púlpito.
“Cada hombre tiene su  propio  estilo – decía – y este es el único estilo con el cual él siempre podrá predicar bien.  No es aconsejable solicitarle a un hombre nervioso que se contenga a sí mismo; y por otra parte,  como algunos hombres son incapaces de dejar de ser ellos mismos, luego sé tú mismo.
Él mismo fue ejemplo de esto. Cada sermón le tomaba alrededor de siete u ocho horas de arduo trabajo. Se tenía que fijar el tema y entonces se formulaban las ideas. Luego se hacían las adiciones y las eliminaciones, y cuando él tenía  todo su material, tenía que ser dividido en varios puntos. En una prédica normal de veinte minutos, podía usualmente tardar entre treinta y treinta y cinco minutos, y consistía en una introducción, tres puntos, y la conclusión. “En la introducción tienes que señalar sobré qué es lo que vas a hablar. Se los dices. Entonces, les muestras que es lo que has dicho y no te olvides de finalizar con una explosión (bang)”
Cada punto era subdividido  y se le añadían ilustraciones y ejemplos. “Yo siempre trato de sacar alguna sonrisa en el sermón,” explicaba. Entonces, podía trabajar cuesta arriba en un todo conglomerado, añadiendo todos los adornos necesarios. “Cuando predicas, siempre muestra los dados, es de gran ayuda para el predicador, pero es  aún mejor para la feligresía”.
Cuando el sermón había alcanzado cierto grado de preparación, estaba listo para entrar en su libro, donde se le asignada una página. Estaba escrito muy claramente y con gran cuidado, como una especie de semi-texto, a mano semi-imprenta, con los puntos principales en mayúsculas; los secundarios subrayados. Para el subrayado recomendaba tintas de color, especialmente a los principiantes, aunque él siempre usaba tinta negra corriente. Cuando tenía todo el sermón escrito, lo dejaba afuera  (del libro, n. del tr.) para visualizar la página. Yo creo que en la necesidad de su visualización está el punto débil de su sistema. Algunas personas no pueden visualizar y no es bueno esperar que lo hagan. Si tú se lo hubieras dicho a R.H.B  hubiera respondido: “Por supuesto que pueden, si lo desean”.  Entonces la última cosa que  hacía era elegir el texto. “Hace que el texto se adapte a tu sermón, nunca prediques desde el texto”, esta fue una de las mejores lecciones que  él enseñó.         (págs. 146 – 150)
Cualquier observación sobre R.H.B como predicador estará fatídicamente incompleta si no se hace referencia a su generosidad de ideas. Una de las cosas más atractivas de sus prédicas radica en su originalidad. No hay nada relativo a él o a sus sermones, su estilo o cualquier materia que no sea original. Los temas más antiguos, parecían como nuevos; los más aburridos adquirían  un interés tan inesperado como bienvenido. Fue un predicador con ideas y nunca necesitó “plagiar” nada a nadie. Algunas veces lo hacía, pero abiertamente. Un día le pregunté acerca de esto y él respondió:
- “Como regla no es muy bueno tomar los sermones de otras personas, no suenan como auténticos. Únicamente puedes ser convincente con tu propio material”
-¿Acaso tú nunca sacaste ideas de otras personas? – le pregunté.
- ¿Ideas?  ¡Oh sí, bastantes! Si son buenas y sirven para mi tema, las uso sin ningún escrúpulo. Por ejemplo, uso a menudo la analogía que hace Newman entre nuestra Señora y Eva.
- ¿Les confiesas la autoría de las ideas a tus fieles?
- Por supuesto que no, esto echaría a perder todo el sermón. Yo lo incorporo en el conjunto de mi propio trabajo. Se pondría terriblemente aburrido si me pusiera a dar referencias por cada idea que tomo.
- Puedo imaginar a la gente molestarse por alguien más que usa sus ideas sin reconocimiento.
- Bueno, ellos no tienen razón para estarlo. Si un hombre piensa en algo bueno que va servir para ayudar, él debería únicamente estar feliz si otros lo usan para mejor”
Y sin duda R.H.B fue tan bueno como sus palabras con respecto a esto. Una vez regresó encantado a Hare Street House porque en la tarde anterior él había escuchado a un sacerdote predicar, casi palabra por palabra, uno de sus sermones de La Amistad de Cristo.
- ¿Él sabía que estabas en la iglesia? – le pregunté.
- No, pero pienso escribirle y contarle, ¿debería?
- Lo vas a hacer sentir incómodo.
- Nunca lo haría, además, tal vez él lo esté predicando mucho, y si yo le escribo podría dejar de hacerlo.
 Como ya lo he dicho, era extraordinariamente generoso con las ideas. Si se encontraba escribiendo un nuevo curso de sermones, él me contaba acerca de ellos y me ofrecía sus nuevas ideas con una timidez casi cómica. Mientras se encontraba compilando sus “Paradojas”, me preguntó si podía ayudarlo a encontrar textos que fueran contradictorios cuando tuviera todo el material listo. Pasé a decirle que pensaba que era una gran idea. Inmediatamente después de un momento de indecisión me dijo:
- ¿Por qué nos los predicas tú también?
- No es una buena idea. – Dije – Cuatro sermones fácilmente podrían agotar todo lo que podría decir en términos contradictorios.
- Oh, basura – respondió – Yo te ayudaría con los puntos y ese tipo de cosas. Te diré lo que haremos. Yo voy a predicar cualquiera de este montón, y si tomas  aquí el mismo texto que yo estoy tomando, en cualquier parte que sea, ambos estaremos trabajando en el mismo texto al mismo tiempo y seremos capaces de ayudarnos formidablemente el uno al otro.
Esa era su manera de disponer. Y fue así como yo comencé a tener lecciones de sermones y prédicas con él, y nunca en mi vida encontré lecciones más interesantes y valiosas.” (pág 150 – 154)
El padre Martindale en su biografía sobre Mgr. Benson hace referencia también su método para predicar. Desconozco si el padre Watt conoció la cita que hace Martindale, pero al parecer no, puesto que asume – como se leyó arriba – que el método de Benson se había perdido casi completamente. Al menos tenemos los lineamientos generales de éste, pero no dudo que hubiera sido muy de provecho para las futuras generaciones contar con un “manual” de predicación. Son consejos absolutamente deliciosos y llenos de un asombroso sentido común, demostrando una vez más la  generosidad de Benson al compartir con otro sacerdote su propio sistema.  He aquí unas líneas que corresponden a una carta que Monseñor le envió a un sacerdote de nombre J. Bradley:
    (¿hará esto?) Este es mi propio sistema. Pero hay otros…con gran prisa. R.H.B
1.- Predique y dé conferencias  sobre temas, no sobre textos. Elija los textos al final y tenga los contenidos en la mente tan claros como sean posibles como para poder ser dichos en una sola frase.
                    Por ejemplo: para producir contrición.
                                             Para explicar tal o cual dogma.
                                             Para refutar tal o cual cargo.
2.- Construya el sermón como un sistema orgánico: cabeza – tronco y cola de esta forma:
            Introducción….
           Punto: 1.-……
                        2.-……
                        3.-……
                        4.-……
          Conclusión
   Los puntos son la parte importante y deben ser preparados primero (no menos de dos y no más de cuatro), ellos son la columna vertebral. Cada uno debe ser capaz de ser enunciando en una sentencia.
3.- Construya notas deliberada y lentamente, de modo que la vista pueda tomarlas con una sola mirada (con letra clara y pequeña) Usar el subrayado es una buena idea; la letra mayúscula al principio, tintas o lápices de colores. Yo creo que la memoria trabaja más fácilmente, visualmente que intelectual o lógicamente. Use otros símbolos  o herramientas para llamar la atención, y cuando los elija, use siempre los mismos en todos los sermones. V.gr. paréntesis cuadrados [   ] para las ilustraciones.
4.- Escriba la última frase en su totalidad, o casi [nunca al predicar intente desarrollar el último enunciado, aunque sea mucha la tentación].
5.- Hago todo esto uno o dos días antes de predicar; y entonces, justo antes de predicar, siéntese cómodo con las notas delante de usted, agarrándolas como imágenes fotográficas en su cabeza. Si fuera posible, dormite o tenga una pequeña siesta. Esto mantendrá y aclarará su memoria extraordinariamente. Yo lo hago invariablemente.      [Nunca caminar antes de predicar]
6.- Deje que la introducción sea interesante y aparentemente algo desconectada del asunto principal. Esto toma y fija su atención.
7.- No se haga problema por las palabras de antemano, a menos que sea un punto muy espinoso o difícil de definir. Esto significará que al principio será lento y vacilante (uno no debe preocuparse por eso), pero será absolutamente seguro en unos pocos meses.
8.- Nunca se aprenda un sermón de memoria. Sepa qué es lo espera transmitir, absoluta y  claramente, no las palabras. (A no ser que uno sea un actor nato,  aprender de memoria significa mecanicidad  y torpeza)
9.- Al hablar, tenga cuidado con las consonantes, y las vocales se cuidarán por sí mismas.





[i] Nota de la traducción: Monseñor Benson se refiere a su problema con la tartamudez que lo afectaba y molestaba especialmente en sus conversaciones privadas y no así en el púlpito.
                                                                     


 





 
 
 
 
 
 
 
 
 








 

4 comentarios:

  1. Querida Beatrice, esta entrada suya (no más ni menos que las anteriores) está cubierta de hallazgos y cosas simpatiquísimas de Benson. Y de una enseñanza grande y sencilla. Algo parecido a lo de Benson pretendió el padre Bojorge, sacerdote uruguayo, con un libro suyo, "Éstas son aquellas palabras mías": consejos para el predicador. Ud. pide sermones "ni cortos ni excesivamente largos". Por las dudas, empecemos por los cortos, hasta que los sacerdotes vuelvan a la buena lectura y a la meditación. Concretamente, a la preparación de sus sermones. Si la oratoria no es fuerte, ¡que los escriban y los lean! ¿Qué mal hay en eso? En fin, prepararlos a conciencia, como hacía Benson. Para que no tengamos que hacer ¡plop! misa de por medio, como Condorito (o Patoruzú). Muy bueno, lo disfruté.

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  2. Querido Lupus: Qué bueno que disfrutó el post. Esta es la faceta de Benson que se conoce poco y que en este blog pretendo dar a conocer. Espero que mi traducción no sea tan mala, la verdad es que hago mi mejor empeño, pero como conozco mis limitaciones, sé que me falta pulirme un poco. Al menos creo que se entienden. Al padre Borjorge no lo he leído nunca, aunque me lo han recomendado bastante. Encontrar buenos predicadores, es tan difícil como encontrar buenos confesores, indudablemente la formación en los seminarios deja mucho que desear y no hay intención de mejorarla, hasta donde yo sé.
    Muchas gracias por sus palabras, un gran abrazo,
    Beatrice

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  3. Bearice,

    Estoy de acuerdo con su observación sobre los sermones, y su aporte con el método de Benson.
    De todas formas,el mejor consejo sobre un buen sermón que he encontrado, es el que da Monseñor Ronald Knox ( y usted que es una dama lo entenderá perfectamente): "A good sermon should be like a woman's skirt: short enough to arouse interest but long enough to cover the essentials" Brillante!!!! Como hombre que soy, me gusta mas esta definición. Mis saludos.

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  4. Querido Anónimo:
    Estoy plenamente de acuerdo con el queridísimo monseñor Knox, y va por la línea de lo que yo, humildemente pienso. Muchas gracias por su aporte.
    Un abrazo,
    Beatrice

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