domingo, 5 de julio de 2026

La Iglesia de la publicidad y la del silencio, R.P. Julio Meinvielle

           El hombre solo puede vislumbrar generalidades sobre el curso de los acontecimientos y sobre la densidad de la historia. Esta densidad se ha de medir por un acercamiento más o menos grande a la norma de Cristo, que constituye el centro y el eje de la historia. La Historia se ha de acomodar a la tradición cabalística o a la tradición católica. No hace falta mucha sagacidad para ver que desde hace cinco siglos el mundo se está conformando a la tradición cabalística. El mundo del Anticristo se adelanta velozmente. Todo concurre a la unificación totalitaria del hijo de la perdición. De aquí también el éxito del progresismo. El cristianismo se seculariza o se ateíza.

          Como se hayan de cumplir, en esta edad cabalística, las promesas de asistencia del Divino Espíritu a la Iglesia y cómo se haya de verificar el portae infieri non prevalebunt, las puertas del infierno no ha de prevalecer, no cabe en la mente humana. Pero así como la Iglesia comenzó siendo una semilla pequeñísima, (Mt., 13, 32) y se hizo árbol y árbol frondoso, así puede reducirse en su frondosidad y tener una realidad mucha más modesta. Sabemos que el mysterium iniquitatis ya está obrando ( 2 Tes.,2,7); pero no sabemos los límites de su poder. Sin embargo, no hay dificultad en admitir que la Iglesia de la publicidad pueda ser ganada por el enemigo y convertirse de Iglesia Católica en Iglesia gnóstica. Puede haber dos Iglesias, la una la de la publicidad, Iglesia magnificada en la propaganda, con obispos, sacerdotes y teólogos publicitados, y aun con un Pontífice de actitudes ambiguas; y otra, Iglesia del silencio, con un Papa fiel a Jesucristo en su enseñanza y con algunos sacerdotes, obispos y fieles que le sean adictos, esparcidos como "pusillus grex" por toda la tierra. Esta segunda sería la Iglesia de las promesas, y no aquella primera que pudiera defeccionar, un mismo Papa presidiría ambas Iglesias, que aparece y exteriormente no sería sino una. El Papa, con sus actitudes ambiguas, daría pie para mantener el equívoco. Porque, por una parte, profesando una doctrina intachable sería cabeza de la Iglesia de las Promesas. Por otra parte, produciendo hechos equívocos y aun reprochables, aparecería como alentando la subversión y manteniendo la Iglesia gnóstica de la Publicidad.

          La eclesiología no ha estudiado suficientemente la posibilidad de una hipótesis como la que aquí proponemos. Pero si se piensa bien, la Promesa de Asistencia de la Iglesia se reduce a una Asistencia que impida al error introducirse en la Cátedra Romana y en la misma Iglesia, y además que la Iglesia no desaparezca ni sea destruida por sus enemigos. (Mt., 16, 13-20; 28. 18-20; Juan 14, 16-26).       

 Ninguno de los aspectos de esta hipótesis que aquí se propone queda invalidado por las promesas consignadas en los distintos lugares del Evangelio. Al contrario, ambas hipótesis cobran verosimilitud si se tienen en cuenta los pasajes escriturarios que se refieren a la defección de la fe. Esta defección, que será total, tendrá que coincidir con la perseverancia de la Iglesia hasta el fin. Dice el Señor en el Evangelio: "Pero cuando venga el Hijo del Hombre, ¿encontrará fe en la tierra?". (Lc., 18,8)

         San Pablo (II Tes, 2, 3) llama apostasía universal a esta defección de la fe, que ha de coincidir con la manifestación del "hombre de la iniquidad, del hijo de la perdición".

         Y esta apostasía universal es la secularización o ateización total de la vida pública y privada en la que está en camino el mundo actual.

         La única alternativa al Anticristo será Cristo, quien lo disolverá con el aliento de su boca. Cristo cumplirá entonces el acto final de liberar a la Historia. El hombre no quedará alineado bajo el inícuo. Pero no está anunciado que Cristo salvará a muchedumbre. Salvará sí a su Iglesia, "pusillus grex" (Lc., 2, 32) rebañito pequeño, a quien el Padre se ha complacido en darle el Reino


R.P. Julio Meinvielle

De la Cábala al progresismo

Editora Calchaquí, Salta, Argentina, 1970.


martes, 31 de marzo de 2026

Semana Santa

 

           He aquí entre todas las semanas del año la más célebre y sagrada, la más venerada y más celestial. Por antonomasia se la llama la Gran Semana o Semana Mayor, por haberse efectuado en ella los más grandes misterios de nuestra Redención, las más asombrosas muestras de la misericordia y amor de Dios para con los hombres y el mayor y más formidable ejemplo de justicia divina contra el pecado. Comúnmente se la llama Semana Santa, porque el Santo de los Santos, Cristo Jesús, obró en ella los  más santos hechos de su vida, y con su sacrificio en la cruz nos redimió de la muerte del pecado y de la tiranía de Lucifer.

          La Semana Santa es la plenitud de los tiempos, el centro de toda la historia que enlaza ambos Testamentos, el apogeo de la Revelación, la que vio realizada la unión de Dios con el hombre, y la explosión de la caridad represada en el corazón de Jesucristo; es el vértice del cristianismo y la unión de todas las maravillas del mundo regenerado de las almas. Por eso la Iglesia católica, al celebrar con tanto esmero y devoción esta Semana verdaderamente Santa, rememora todo esos acontecimientos sobrehumanos. Eso es lo que hace con todas sus misas, sacramentos y ceremonias; y quien atentamente considere estas razones, no se extrañará del empeño que pone la Iglesia para que sus hijos se penetren bien de la santidad de estos días.

          Para esta Semana reserva la Iglesia sus más conmovedoras ceremonias, las lecciones más patéticas, los cantos más desgarradores, las exhortaciones más vivas, las vigilias más prolongadas, los ayunos más rigurosos y los estímulos más fuertes para inducir a sus hijos a limpiar las manchas contraídas por la culpa en la sangre del Redentor. ¿Y podrá llamarse buen cristiano quien desoiga estos llamamientos maternales y se desatienda de estas reiteradas y amorosas invitaciones?

          En esta Semana más que en ninguna otra deben ser santos los pensamientos de los fieles, santas sus palabras y santas sus obras. Sus pensamientos deben recordar con asiduidad la Pasión de Jesucristo y apropiarse en cierto modo de los dolores del Redentor. Sus palabras deben recordar de continuo los padecimientos del Hombre-Dios y venerarlos diciendo muy frecuentemente estas o parecidas jaculatorias: "Oh Jesús, mi Bien amado, cuánto sufrís por mí" "Sangre preciosa de Jesús, lavad mis culpas! Llagas de mi Redentor, guardadme de mis enemigos." Sus obras deben patentizar el amor que le profesan, asistiendo con devoción a todas las funciones religiosas, rezando diariamente el Rosario de las Cinco Llagas, el Vía Crucis, observando el ayuno prescrito y comulgando el Jueves y visitando con fervor los Monumentos.

         Cristiano: en una semana en que Jesús ha hecho y padecido tanto por ti, ¿será mucho que hagas tú alguna cosa por Él? No dejes pasar la Semana Santa como si fueras un pagano. Son días de luto, de dolor y de penitencia. Son los funerales de nuestro Padre y de nuestro Dios. Mal hijo serías si se te pasara esta semana como otras cualquiera.

                                                                                       Tomado de Las Flores de la Pasión