martes, 3 de abril de 2018

Día de Pascua, por Mgr. R. H. Benson


                                                      Día de Pascua

No me toques, porque aún no he subido al Padre.
(Jn. 20, 17)

A lo largo de la Semana Santa hemos asistido a la tragedia suprema en la historia del mundo, presentada con toda la magnificencia posible del arte litúrgico y simbólico. En el transcurso de los días hemos visto a nuestro amigo como protagonista del drama, rodeado de un coro de profetas, soldados, sacerdotes, mujeres, niños, enemigos y amigos, representantes del conjunto de la familia humana de la que Él mismo fuera un miembro. Cada uno de ellos interpreta su papel y prepara su propio camino hacia el oscuro y reducido grupo que rodea la cruz; y luego; hacia esas escenas de ensueño con las que la Iglesia católica nos presenta los eternos efectos espirituales de la Pasión y muerte de Cristo.

Desde el punto de vista divino es la historia de un triunfo; desde el punto de vista humano, la de un fracaso, como lo es, ciertamente, la historia del mundo a lo largo de su transcurso.

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Uno tras otro, los poderes seculares se han unido en contra de Él y, uno tras otro, se han unido entre sí en intereses inicialmente antagónicos y finalmente comunes: el nacionalismo, que niega la unidad de la familia humana, el imperialismo, que niega la unidad de la familia divina, y, por último, una religión mundana que niega lo sobrenatural y la trascendencia de Dios. Herodes, Pilatos y Caifás se alían por fin contra Jesús, su enemigo. “Vino a los suyos y los suyos no le recibieron”. Lo hemos visto todo, incluso el detalle final de sellar el sepulcro y poner guardianes. Y no por temor a que Cristo apareciera de nuevo (“los milagros no existen”), sino por el miedo a que sus deshonestos seguidores fingieran que había sido así, ya ante el riesgo de que un nuevo fraude religioso turbara la paz de su mundo. Bien: dejémoslos tranquilos. Hoy no nos ocuparemos de ellos y así podrán elaborar sus teorías cuidadosamente- Hoy no nos ocuparemos de poner a los pies de Cristo a sus enemigos, sino de devolver a Cristo a los brazos de sus amigos; de reivindicar a Cristo como a nuestro amigo divino en el que hemos confiado y que no nos ha defraudado, y no de su contundente manifestación última al mundo…

Contemplemos el proceso, pues, a través de los ojos del más humilde de sus amigos, alguien que carecía de la serena clarividencia de la Virgen o de la heroica confianza del discípulo amado, alguien que, a pesar de su comportamiento en contra de la voz interior y de la decencia del mundo, tenía a su favor que “había amado mucho” y que “había hecho lo que había podido”. Dos sencillas virtudes a las que puede aspirar incluso el más humilde de los enamorados de Cristo.

A raíz de su primer encuentro con Jesús, hubo en la vida de María Magdalena tres momentos cruciales, tres ocasiones en las que su relación con el Señor, su esperanza, la hizo subir hasta los cielos para luego arrojarla al borde del infierno.

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 I. En la primera ocasión Cristo fue su salvador. El arte y la literatura han reproducido la escena una y otra vez. Los invitados ocupan puestos en las largas mesas dispuestas en la estancia del primer piso. Allá, en el último lugar, con los pies aún cubiertos del polvo de los caminos, con el cabello seco y enredado por el viento, vemos al amigo de todos en su diván, al joven carpintero del norte. La invitación no tiene por objeto agasajarle, sino observarle y examinarle a causa de la notoriedad que ha alcanzado entre cierta clase de gente…Ahí están los importantes doctores de la ley, hombres prudentes de aspecto venerable, grave y sereno, charlando sosegadamente con unos y otros. Los sirvientes van y vienen ofreciendo las viandas y escanciando el vino. Y entonces, entra una extraña, arrepentida pero no perdonada, con el largo cabello extendido sobre los hombros, el vestido azafranado en desorden y un pomo de perfume en las manos. Piensa, quizá, que es su última oportunidad y viene exclusivamente a ver a Jesús, a mirar al que una vez la miró amablemente, para percibir un destello de compasión en los ojos penetrantes del Maestro. Los acontecimientos se suceden rápidamente: antes de que lo impidan los criados, se postra a los pies del Señor y, conmovida por la mirada divina, solloza silenciosamente. Se hace el silencio, mientras, ajena a todo lo que no sean ellos, la mujer se inclina hasta que sus lágrimas caen sobre los pies de Cristo. Entonces, asustada por haber humedecido aquellos pies sagrados, los seca frenéticamente con sus largos cabellos. Después, como si tratara de compensar el contacto con sus lágrimas, rompe el frasco y vuelca el perfume de nardo. Allí, en los puestos de honor, surgen los comentarios.

Jesús alza la cabeza y luego, con un par de frases, da por terminado el asunto.

“Veis a esta mujer… Ella, por lo menos, ha hecho lo que tú, mi anfitrión, dejaste de hacer…Ha amado mucho…Y por eso, sus pecados le son perdonados. Ve, hermana mía, amiga mía, y no peques más”.

II. Pocos meses después – meses de una vida diferente, limpia y tranquila por fin -, María Magdalena recuerda aquellos tumultuosos pensamientos, su angustia y su esperanza, mientras sigue paso a paso el tormento y la deshonra del que la perdonó y le infundió esperanza. Ha sido testigo, desde el alba, de cada detalle del drama. Ha seguido hasta las afueras a la enfurecida multitud; ha escuchado sus comentarios y oído sus carcajadas, mientras Él, su amigo, sale al atrio cubierto con el raído manto de un soldado, con el cetro en las manos heridas y, en la cabeza, el escarnio de la corona de espinas. Ha escuchado en silencio el chasquido de los latigazos…Luego, le ha seguido de nuevo a través de las calles, fuera de las puertas y por la suave pendiente. Y por último, cuando todo ha terminado y Jesús cuelga de la cruz, desnudo, escarnecido y martirizado, y los soldados se retiran acompañados por la muchedumbre, María se abre camino hasta el pie del árbol tembloroso y, de nuevo, “hace lo que puede”. Lava con sus lágrimas los pies del Maestro. Y unidas, fluyen por el suelo – en un raudal más dulce que todas las aguas del paraíso – las lágrimas de la pecadora perdonada y la sangre de su salvador.
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No obstante, conserva la esperanza – contra toda esperanza – de que la tragedia no termine trágicamente- Le ha visto en otras ocasiones en manos de sus enemigos, y siempre consiguió librarse. Incluso ahora, mientras ella se abraza a la cruz, no cree que sea tarde. ¡Aún no ha muerto! ¿Dónde están aquellas legiones de ángeles que nombró alguna vez? Y sobre todo, ¿dónde está aquel poder divino que la había confortado, un poder tan evidentemente sobrenatural que carecía de límites? Mientras crecía el clamor de la muchedumbre, “Si eres el hijo de Dios, baja de la cruz y te creeremos”, contemplaría el silencioso rostro atormentado que dirigía los ojos cerrados hacia el cielo. Y por encima de todo, cuando cesara el griterío, y desde las cruces situadas a los lados llegara la misma burlona llamada con su terrible añadido, “si eres el Cristo, sálvate a ti mismo y a nosotros”, probablemente la veríamos levantarse de un salto, acuciada por la intensa esperanza de que quizá, por lo menos ahora, Él contestaría. El poder divino acudiría a vengarle, incluso en la hora undécima, y los clavos estallarían en piedras preciosas y la cruz en flores. Y Él, su amigo, radiante otra vez, descendería de su trono para recibir el tributo de adoración del mundo. Nos la imaginamos en pie, mirando a María y a Juan para hacer acopio de fuerza y, volviéndose de nuevo hacia Él, musitar en su angustia: “Puesto que eres el Cristo, sálvate y sálvame”.

…Y Jesús, dando una gran voz, entregó su espíritu.

III. Sólo le queda una cosa. Se ha ido el que la perdonó, ha muerto su rey. Pero su amigo le ha dejado algo que le permite llorar, pues nadie puede llorar si no conserva todavía en su interior cierta capacidad para la alegría.

Y de nuevo, la que había amado mucho hizo lo que pudo. Después de lavar el cuerpo con sus lágrimas y cubrirlo de ungüentos, recorre paso a paso el silencioso huerto, y contempla la piedra que sella la oscuridad que, desde ahora y para siempre, hará de este huerto el santuario de la amistad…Después, tras un día y una noche y un día, regresa al amanecer para visitar el relicario.

El mundo le ha arrebatado todo lo que podía hacer su felicidad. No sólo los placeres – ahora imposibles para ella -, sino la fe recién descubierta; la esperanza y el amor también se han oscurecido, puesto que quien los había despertado se mostró incapaz de salvarse a sí mismo. Sin embargo, el mundo no podría arrebatarle nunca el recuerdo de una amistad siempre viva y, tan profunda, que resultaba un tormento. Mientras exista el huerto donde yace el cuerpo, estará contenta de vivir. Podrá venir una semana tras otra como el que acude al mausoleo de un dios; podrá esperar el curso de las estaciones viendo crecer la hierba alrededor del sepulcro. Es la dueña de algo mucho más querido que todo lo que el mundo pudiera darle.

Esta mañana lo verá por última vez. Camina rápida y sigilosamente, llevando en las manos nuevos perfumes para ungirle.

Y entonces, recibe una última y más amarga sorpresa; la piedra está corrida y, a la pálida luz del alba, comprueba que el sepulcro excavado en la roca está vacío.

¿Quiénes son esos ángeles que en ese momento ve a través de sus cegadoras lágrimas de desesperación? No serán ángeles quienes la consuelen de la pérdida del cuerpo de un amigo humano.
“Se han llevado a mi Señor, solloza, y no sé dónde lo han puesto”. De pie, tras ella, ve a un hombre y “pensando que es el hortelano”, se dirige desesperadamente hacia él.

“Señor, si te lo has llevado tú, dime sónde lo has puesto y yo lo recogeré”.

“¡María!”

“¡Rabboni!”

Todavía le queda una lección por aprender.

Cuando, muda de asombro y de deseo, se lanza a los pies del Maestro para, tocándolos, asegurarse de que son los mismos que besara en casa del fariseo y en la cruz del Calvario, de que es Él y no un fantasma, el Señor retrocede:

“No me toques porque aún no he subido al Padre”.

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“No me toques…”. Esta amistad no es ya la que era: es infinitamente más elevada. No es la que era, puesto que de su sagrada humanidad han desaparecido las limitaciones que le obligaban a estar aquí y no allí; limitaciones que le hicieron sufrir, cansarse, sentirse hambriento y llorar; limitaciones que le granjearon el cariño de los suyos, pues les permitieron ayudarle, consolarle y apoyarle. Aún no se había producido su entrada en la gloria – “aun no he subido al Padre”-, la explosión de la ascensión y el recorrido por las jerarquías angélicas hasta el momento de la coronación a la derecha de la majestad del Altísimo, y que culminará con el envío del Espíritu Santo y tendrá como resultado la presencia de la sagrada humanidad en cientos de altares.

Entonces, el que conociste confinado en el tiempo y en el espacio volverá para que puedas tocarle de nuevo. Y será tu amigo otra vez. El creador de la naturaleza se presentará con esa misma naturaleza ahora ilimitada. El que asumió la naturaleza humana se presentará con una naturaleza humana. El que habló en la tierra “como quien tiene autoridad” hablará otra vez del mismo modo. El que curó al enfermo lo curará de nuevo en la puerta llamada Hermosa. El que venció a la muerte, vencerá la de Dorcas en Jope. El que llamó a Pedro en Galilea llamará a Pablo en Damasco.

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