lunes, 27 de julio de 2015

El puente sobre el arroyo, por Mgr. R.H. Benson

                                

“¡He aquí que soy libre! Elijo el dolor que Tú soportas
Tú eres el mensajero del que espera
Tú has de revelar el rostro oculto que luces
Cuando mis pies desfallezcan ante las Puertas Eternas”

Old Foes

Estábamos en el primer té de la tarde en la pequeña plataforma de azulejos que marcan el sitio de una antigua casa de verano. Altas vallas cubiertas con arbustos de rosas en el lado más distante del sendero separan el jardín de nosotros. El sol justo se había sumergido bajo el nivel de la casa, arrojándonos a nosotros mismos y al jardín una fría sombra. El sirviente había traído afuera las cosas del té, pero en breve retornó con el rostro horrorizado. El viejo vio hacia atrás y lo miró.
-¿Qué ocurre Parker? – preguntó.
- Ha habido un accidente, señor. En la granja de la casa Tom Awcock ha sido arrastrado por alguna máquina y dicen que puede perder ambos brazos, y puede que hasta su propia vida.
El viejo se puso blanco y sus ojos se agrandaron y se pusieron brillosos.
-¿El doctor está con él? – preguntó con la voz en perfecta calma.
-Sí, señor, y enviaron un mensaje preguntando si usted estaría lo suficientemente bien como para bajar. El rector se fue y la madre de Tom tiene un ataque de llanto. Pero no todavía, señor. Dijeron que fuera cerca de las siete. No se habrá terminado hasta entonces y no hay un peligro inminente.
- Dígales que estaré ahí a las siete – dijo el clérigo.
Parker volvió a la casa y de pronto escuchamos los pies de un niño corriendo por el camino hacia la granja.
-¡Qué chocante es esto! – dije en un par de ocasiones.
-¡Ah! – dijo el viejo sonriendo – yo ya he aprendido mi lección y no es tan chocante como tú piensas. ¿Suena muy duro esto?
No le dije nada porque me pareció que todas las consolaciones de la religión no pueden suavizar el horror de tales cosas. Si tales agonías son necesarias como remedios o expiaciones, de todas formas al final de cuentas son terribles.
-Aprendí mi lección – continuó el viejo – en el camino que está fuera del seto, abajo, por el puente. ¿Te gustaría escucharla? ¿O estás cansado de las historias de un viejo soñador? – Y me sonrió – Yo sé que ustedes piensan que soy duro (yo, que estoy un poco apartado tal vez de la vida humana) y que no puedo entender el invisible misterio de aquellos que sufren en la ignorancia. Con todo,  creo que sería el primero en pensar que los consuelos de la Sra. Awcock son irreales y que cuando ella me cuenta que sabe que existe un sabio propósito detrás, ella sólo está repitiendo lo que dice apropiadamente un clérigo. Sin embargo, esto no es tan así. Esta antigua poco convincente sentencia es intensamente real para aquellas personas y  también, eso espero, para mí mismo. Porque no hay nada que yo desee más que ser un niño como ellos. Hay un aparente despropósito que te distrae, pero existe la certeza de un propósito intencional que me conforta. Bueno, ¿te cuento lo que vi?
Yo estaba un poco angustiado a causa de esta dureza, pero le dije que me gustaría escuchar la historia.
- Estaba yo una tarde, más o menos hace unos cinco años, en el campo, abajo cerca del arroyo, cerca del puente sobre el cual continúa el camino, justo afuera del seto. Me encanta el sonido del agua correr y me fui caminando lentamente de arriba hacia abajo por el lado del arroyo. Ahí había tres niños en el camino volviendo del colegio. Se detuvieron sobre el puente a mirar el agua, tal como lo hacen los niños y los viejos. Ellos no me vieron, pues el campo está un poco más abajo que el camino y sus espaldas estaban vueltas hacia mí. Pude ver uno o dos vestidos rosados y un par de fornidas piernas desnudas. Dos chicas estaban llevando a su hermano a casa. Él estaba entre ambas, dándole una mano a cada hermana. Supuse que la mayor tendría alrededor de nueve y el niño unos cinco años. Ellos estaban hablando en tono solemne y pude escuchar cada palabra:
-“¿Por qué se supone que los niños tienen que estar felices?”- No hay nada más serio en el mundo comparado con la solemnidad de un niñito o de la hermana a cargo suyo.
Una de las niñas dijo: “Mira, Johnny, hay unos pececitos ahí abajo”.
- “Cuando soy un hombre…”- comenzó Johnny muy lentamente.
-“Mira Johnny” – dijo la otra niña – “hay una flor azul”.
Hasta aquí recuerdo cada palabra, luego comencé a observar a Johnny.
Las niñas siguieron hablando, pero ellas se inclinaron más y no pude  escucharlas claramente. A hurtadillas Johnny soltó las manos de sus hermanas y comenzó a buscar una piedra, supongo que para lanzarla a los peces o a la flor azul, porque el hombre es el señor de la creación. Pude verlo luego a través del seto excavando pacientemente con sus dedos aflojando una piedra que estaba enterrada en el camino. En eso escuché a lo lejos un grito y un distante ladrido de un perro.
El atardecer estaba maravillosamente calmado. Cada rama colgaba tranquila y había unas lejanas nubes amontonándose al oeste torre sobre torre. Recuerdo que esa noche tuvimos una tormenta. El arroyo estaba tranquilo, corriendo sin hacer ruido entre pozo y pozo.
Johnny todavía estaba escarbando y las niñas conversando. Entonces desde las afueras de la villa, abajo nuestro, nuevamente llegó un ruido. Pude oír un ladrillo y un ruido de cascos, luego uno o dos gritos y más cerca, un terrible aullido de un perro. Sin embargo las niñas seguían atentas al arroyo y Johnny a la piedra.
Incluso ahora no entiendo lo que sucedió, pero aumentó mi incomodidad y, son gran dificultad porque entonces ya era un hombre viejo, traté de trepar un banco alto junto al puente. Cuando llegué a lo alto vi que una de las niñas se había ido. Supongo que había corrido fuera del puente por el lado del camino. La otra niña estaba aún de pie, pero mirando de manera asustada la colina. Por ahí llegó, terriblemente cerca, un fuerte ruido de un carro y el traqueteo de los cascos.
La niña del lado del camino comenzó a gritar a su hermana quien salió corriendo y entonces recordó a Johnny y volvió. Johnny saltó también y corrió al parapeto, permaneciendo apoyado contra él.
Yo también estaba gritando a través del seto, pero no pude hacer nada más…nada más, porque el seto era alto y grueso y yo era un hombre viejo. Entonces en un momento recordé que este grito podría más bien distraerlos y me detuve. Eso fue inútil. No pude hacer absolutamente nada y fue muy duro.
Vi el cuerpo galopante de un caballo a través de las ramas, con un carrito de carnicero que se sacudía tras él. Nadie conducía el carro. Había espacio para que el carro pasara al niño con seguridad. Por las marcas de las ruedas, las cuales observé después, había tres pies de ancho si el niño permanecía ahí.
Las niñas permanecían de pie petrificadas. Una, lista para correr, y la otra agazapada y escondiendo su rostro contra el seto. El carro, como pude observar, estaba a unas diez yardas. Yo me quedé mirando a Johnny esto fue lo que vi:
En alguna parte detrás de él, sobre el parapeto del puente, había una figura. No recuerdo nada más al respecto excepto el rosto y las manos. Creo que era el rostro más tierno que haya visto antes. Los ojos alicaídos, mirando sobre la cabeza del niño con indescriptible amor, y los labios estaban sonriendo. Una mano estaba sobre los ojos del niño y la otra estaba apoyada contra su espalda. El recuerdo de otras historias que yo había escuchado llegó a mi mente, y di un suspiro de alivio ya que el chico estaba a salvo con tal cuidado.
Mientras tanto, los cascos de hierro y las ruedas oscilantes llegaron y la mano en la espalda del niño sorpresivamente lo empujó a su encuentro y aún entonces aquellos tiernos ojos y boca nunca vacilaron. El niño dio un par de pasos hacia adelante frente al caballo, y fue golpeado sin emitir un grito. El carro se tambaleó pesadamente enderezándose fuera del alcance de la vista. Cuando la nube de polvo hubo pasado, el cuerpecito yacía quieto sobre el camino y las dos niñas estaban aferradas una a la otra, gritando y sollozando, nada más.
Al principio estaba tan enojado como puede estarlo un hombre viejo. Yo  (puede que Él me perdone por eso ahora) casi maldecí a Dios y morí, pero el recuerdo de este tierno rostro hizo su trabajo. Fue el rostro de una madre que amamanta a su primer hijo recién nacido; como el rostro de un niño que besa a una creatura herida, y pienso que debió haber sido como el rostro del Padre, al cual siempre contemplan los ángeles, mirando hacia abajo el sacrificio de Su único Hijo.
¿Me perdonas ahora por haber parecido duro hace unos minutos atrás? Quizás tú todavía pienses que fue el rigor el que me condujo a hablar como lo hice. Sin embargo, por mí ,espero que pueda llamarlo por un nombre mejor que ese.

                                                                            R.H.Benson, The Light Invisible





2 comentarios:

  1. Excelente relato, pero confieso que me quedé conmocionado con el final. Por un momento, cuando el narrador se refiere por primera vez a la aparición de la figura, pensé que era para salvarle la vida al niño. Pero entonces no hubiese sido un buen relato, porque si así fuera no daría la respuesta a ese argumento tan viejo (ya lo había usado Lucrecio en el inicio de la era cristiana) contra la existencia de Dios, que pregunta cómo puede existir el mal y el sufrimiento si Aquel es todopoderoso y bueno. Cuando dije que "confieso" mi shock, es en el sentido pleno, cristiano, de la palabra, justamente porque esta conmoción surge por mi debilidad: la compasión de Dios está muy por encima de la sentimentalidad humana, y vista desde nuestro horizonte muy limitado, a veces parece ser terrible.

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    1. Así es Carlo, es un final que uno no se espera. Cuando estaba traduciendo este texto no podía creer el giro que le da Benson, pero está dentro del orden sobrenatural que muchas veces no entendemos. Muchas gracias por el aporte.
      Saludos,
      Beatrice

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