domingo, 1 de junio de 2014

De los papeles de un Paria: de R.H.Benson


(Nota aclaratoria: "Los papeles de un Paria" es una novela escrita por monseñor Benson en 1905. Recoge una serie de impresiones de un caballero anglicano bastante sufrido,  sobre la Iglesia Católica. Es un relato imaginario en el particular estilo de Benson que refleja quizás sus propias impresiones de su época de anglicano y cómo se fue acercando cada vez más a la Iglesia. Dejo pendiente para mayor aclaración del libro, el prólogo del mismo para una futura traducción. Ruego, como siempre, disculpar las deficiencias de mis traducciones. He ido aprendiendo sobre la marcha.
Que Dios les guarde, Beatrice)

 Papeles de un Paria
                                                     La Misa Rezada
                                                                                          Septiembre de 1904
         Debo ser honesto conmigo mismo.
         Es inútil pretender negar que estoy tratando de sacar lo mejor de la Iglesia Católica. Después de todo, no quiero fingir lo contrario, puesto que la única manera de entender algo es entendiéndolo. En otras palabras, si quieres juzgar un sistema, debes abordarlo como a un amigo, no como a un enemigo.
         Ahora bien, es muy fácil encontrar defectos en la manera en la cual la misa rezada es celebrada, y lo mismo para el oficio de la Oración
Matinal. Si la una es murmurada, la otra es predicada; si la primera es sacerdotal, la segunda es clerical. Y ambas por igual pueden ser llamadas por sus enemigos como un insulto a la inteligencia humana. Sin embargo, a mí me parece, con el entusiasmo de este momento, que la primera no es un insulto a la inteligencia de Dios Todopoderoso. No se insinúa que el Creador no pueda entender los movimientos silenciosos del corazón, ni ser movido hacia una dirección formal a no ser que se entregue con una enunciación competente. En términos generales entonces, me parece que la presencia de Dios, que es Espíritu, es asumida como una rutina por el  sacerdote-celebrante de la misa, y declarada en voz alta por el ministro del Establishment.
          Hace dos días atrás llegué a la ciudad con el correo de Irlanda a la Estación de St. Pancras, y tenía una a dos horas para gastar en Victoria, antes de tomar el tren de las 9:15 para Little Brasted. Entonces, después de colocar mi equipaje y de desayunar en la cantina, me fui de paseo. No tengo una buena orientación geográfica y no tengo ni la más remota idea de cómo llegué a una pequeña iglesia a la que entré a pocos minutos de las siete en punto. Me detuve en una de las vías al norte de Victoria Street. Supongo que ahí habría media docena de personas cuando entré, y el doble o más cuando nuevamente salí media hora más tarde.
         Afuera había una densa neblina y una buena muestra de ésta en el interior, y las luces a gas de la parte posterior de la iglesia tenían una especie de halo gélido, muy agradable de ver, alrededor de la llama. El resto de la iglesia estaba totalmente a oscuras, salvo por el altar, donde ardían tren candeleros, uno a cada lado y un tercero cerca del ambón a mano derecha.
        Había una sucia figura del Redentor con ropas rojas a mi lado contra un pilar, con una o dos velas que se estaban consumiendo;  una horrible ventana roja redonda rompiendo la penumbra como una luna llena encima y una exhibición de cosas de bronce de muy mal gusto, que supuse que eran unas rosas artificiales puestas bajo el altar. Es imposible describir cómo cada nervio artístico de mi cuerpo y alma fueron violentados.  En verdad comencé a desear haber ido a la Catedral de Westminster, puesto que si quería piedad ahí las cosas al menos están lo suficientemente lejos para parecer repugnantes.  
        De pronto una criaturita emergió desde alguna parte, vestida de blanco y negro, respirando ruidosamente, y detrás un clérigo gordo con el mismo traje, pero que en este caso el negro estaba encima y el blando debajo, y usaba un poco elegante sombrero en su cabeza, parecido al de un chef. Los dos se aproximaron al altar, e hicieron una genuflexión con una rodilla. Entonces el gordo, quien se deshizo de su sombrero, subió las gradas y dejó algunas cosas sobre la mesa.
        Entonces hice un gran esfuerzo y me exhorté a mí mismo de la siguiente manera: “Tú no tienes derecho a decir este tipo de cosas, porque después de todo ¿quién eres tú? Eres un actor inservible, sin fortuna, ni dones especiales. Has vivido una vida irreligiosa la mayor parte del tiempo, y únicamente ahora has comenzado a atender los asuntos de tu alma. ¿Qué sabes tú sobre religión y de la manera en la cual Dios quiere ser adorado? ¿Cómo sabes que Él no prefiere este tipo de cosas? Simplemente atiende y muérdete la lengua. Más encima estás extremadamente cansado y llegando de un viaje nocturno. Estás consciente de los puños mugrientos, del cuello arrugado y de la ausencia del baño diario. Por todo esto, trata de comportarte decentemente tanto  por dentro como por fuera. No critiques, sino que atiende y trata de concebir que es posible que exista algo más en este mundo que lo que tu vasta inteligencia siempre ha comprendido”
         Esto me hizo un gran bien, y durante el tiempo en que el hombre gordo había encontrado su posición y vuelto sobre sus pasos nuevamente, yo me encontraba de un humor más disciplinado. Incluso estaba dispuesto a admitir que él debía saber más acerca de este asunto que yo.
        Bueno, a la Misa Rezada no necesito describirla en su totalidad. Es perfectamente familiar para la mayoría de las personas. Sin embargo, puede ser necesario remarcar que no es del todo igual a la misa cantada. Aquí no hay posturas ni cantos. Todo está hecho en extremo a la manera de un negocio, lo más rápidamente posible. (Incluso me han dado a entender que algunos sacerdotes dicen lo que es llamado misa abreviada tan a menudo como les es posible, porque ocupa diez minutos menos que las otras formas de este servicio)
        El hombre se presentó para decir su parte, algunas veces completamente para sí mismo y otras veces en una gruñida y discontinuada voz. Para uno de su condición, él se movía casi enérgicamente, lavando sus manos, inclinándose, cambiando las páginas y haciendo esto y aquello lo más expeditamente posible. Una campanita sonó una y otra vez, y la creatura que resoplaba que asistía al sacerdote estornudó cuatro veces sonoramente durante el silencio absoluto, continuó con su labor sin ningún signo de desconcentración. Finalmente después de un fuerte chirrido de rodillas, a la cual la feligresía respondió tan precipitadamente como su conductor, la indigna procesión de dos desapareció arrastrando los pies. Entonces yo tomé mi sombrero y paraguas y también salí afuera.
         Debo confesar que estaba muy asombrado y decepcionado al principio como cuando anduve a tientas mi camino en la niebla. Esto no fue como la Misa de Requiem. Aquí no existe el intento de impresionar a la audiencia incluso con la más sombría emoción. Todo el asunto fue lamentable y mecánico. No hubo glamour, del cual había oído mucho. Ninguna misteriosa figura sacerdotal ejecutando funciones que hacen erizar la piel. Ninguna impresión, nada de incienso, nada de fervor. Fue exactamente como un entretenimiento, como aquel descrito en una especie de folleto, donde unos supersticiosos y ciegos laicos se inclinaban ante una serie de acciones que son tan ininteligibles para ellos como deshonrosos para Dios. Seguramente – me dije a mí mismo – mi resplandeciente iglesia en casa toda viva con unos alegres manteles de altar y flores, inspirada por mi digno rector, el cual se mueve y habla con tal seguridad; conmovido por el coro de señoras en una galería, iluminado por los brillantes bronces de las coronas que, para ojos sentimentales rememoran la gigantesca corona celestial…seguramente, los pulcros bancos de la iglesia, los pilares de piedras blancas, el rico órgano, las prédicas bien pensadas, la incomparable pronunciación inglesa con tal fuego, la atestada bien vestida congregación en las mañanas del domingo, en fin,  el asunto completo es definitivamente más acorde con lo que entendemos por cristiandad, más que esta lamentable, insensible, deslucida, y frío set de acciones que se llama Misa Rezada.
         Tales fueron mis reflexiones. No puedo decirles cuando vino el cambio. Supongo que fue gradual. Comencé a concebir otra interpretación mientras dormitaba en mi carruaje de camino a Victoria. Y casi la había delineado cuando llegué a casa, y ahora que he tenido un par de noches de descanso y estoy sentado en mi mesa, pienso que entiendo un poco mejor lo que fue todo.
         Primero, me parece que el objeto de la Misa Rezada, si se le puede decir así, es Dios, no el hombre. No digo que Dios Todopoderoso no esté complacido con la música, la belleza y la pulcritud. No hay duda de que lo está, pero estos accesorios no son esenciales. Yo prefiero a mi amigo con una camisa limpia, pero no deja de ser mi amigo cuando él llega a mi casa después de una noche de viaje. “Su camisa está cerca, pero más cerca está su piel”, y supongo que más cerca aún está su alma inmortal.  Entonces, algo  hay en la Misa Rezada que está hecho para Dios - confieso que propiamente hablando no sé lo que es - sin embargo al menos se cree que es el objeto. Ciertamente nada que pueda ser percibido por los sentidos es hecho al hombre, excepto lo que tiende a repelerle. El clérigo gordo estaba de espaldas hacia la gente la mayor parte del tiempo. Estoy seguro que ellos no podían decir lo que él estaba haciendo ahí, excepto a partir de sus libros. Ninguna palabra podía ser escuchada por ellos, excepto alguna vez cuando creo que decía Doscum. Presumo por tanto, que él no estaba buscando dirigirse a ellos particularmente: él usó sus horrorosos vestidos, las velas no eran del todo hermosas, y el entorno no estaba calculado para impresionar al ojo excepto con sentimientos de disgusto.
        Sin embargo, me parece que el punto que he mencionado anteriormente es muy importante. Si Dios Todopoderoso está realmente presente ahí y desea ser servido por hombres, seguramente no es vital – aunque puede ser más decente – usar una ceremonia majestuosa y magnífica. El hecho de que la Misa Cantada forme parte de las ofrendas de la Iglesia, tal como he intentado señalar en otro de los Papeles, muestra que los Papistas no desprecian la buena educación para acercarse a la Divina Majestad. Mientras que la Misa Rezada muestra que ellos no consideran como esencial la etiqueta. (Es como un niño que llama a su padre “Señor” y se pone de pie en su presencia, y luego se encarama en su rodilla y coloca su barbilla o dormita con su cabeza en los hombros paternales. Yo no tengo hijos, pero si Dios me los ha de dar, debo confesar que yo desearía que él usara ambas suertes de cortesía para conmigo.)
         Entonces, indudablemente en la Oración Matinal Dios está presente, porque Él está en todas partes. Pero es extremadamente difícil imaginarle como un mero espectador, gratamente difuso a través de la iglesia iluminada por el sol, tal como es el ligero olor de las pieles, flores y muebles de madera a ser percibidos ahí en la mañana del domingo. Él es un espectador interesado y satisfecho tal vez, pero no más que eso. Él no es el objeto de la adoración en el mismo sentido a como lo es en este sombrío y pequeño servicio que he descrito. Más bien, a mi juicio, Él se asemeja a un Rey ante el cual sus súbditos, tan absortos en la marcha del séquito, en el acarreo de sus espadas y sombreros, en la correcta pronunciación de su manifestación de lealtad y olvida el objeto para el cual ellos han venido, y el susurro y la reverencia es como en un salón de baile con un trono vacío.
        Pero en la Misa Rezada existe en conjunto otro espíritu. Es como el ingreso temprano por la mañana de una pequeña comitiva, quizás un poco desaliñada y descuidada, directamente a la cámara de la habitación del Rey para ayudarlo a levantarse. Sus emociones no se agitan como cuando con golpes de bronces, truenos de tambores y los gritos de la multitud en una vehemente arenga se presentan a él en la Cathedral Square. Pero por una gran razón existe menos peligro en su olvido que en el propósito con el cual hacen su servicio. Ellos están ahí para ayudar al Rey a levantarse, para derramar agua con los dedos fríos, para pasar los calcetines, para encender el fuego, para correr las cortinas. No existe ningún temor de que se haga por diversión, pues ellos solamente lo hacen porque Él es el Rey y ellos son sus sirvientes.
         Ahora bien, yo no he dicho que comprendo completamente qué era el servicio que el hombre de negro y blanco con su asistente, creía estar haciendo a Dios Todopoderoso, pero estoy verdaderamente seguro que el Señor aprecia sus esfuerzos, y más todavía porque es hecho tan valientemente y con el simple sentido del deber.  
         También aquellas personas que se arrodillan detrás de mí y se mantienen mortalmente quietas, seguramente ellas no lo estaban haciendo tampoco ¡por su propio disfrute! Ellas estaban ahí porque a su Rey le gusta que ellas estén ahí y ellas van incluso aunque no estén obligados o atraídos por la belleza sensible y la dignidad de su servicio.
        ¿Estaba entonces el espíritu devoto totalmente ausente? No lo creo, aunque en mí mismo no lo sentí. Y esto me brinda una segunda lección que he aprendido de la Misa Rezada.
          De acuerdo con la teoría Papista (y esto me parece totalmente razonable) existen dos elementos en la acción espiritual a ser considerados: el primero es que la Iglesia en su capacidad oficial, lo hace a nombre suyo y en representación del individuo. Y en segundo lugar está que el individuo lo hace en representación de sí mismo y de la Iglesia a la cual él pertenece. Podemos nombrar a estos dos elementos, para ser breves, el oficial y el personal.
         Pues bien, el elemento oficial encuentra su explicación en miles de asuntos, comenzando por el Sacrificio del Calvario. Este fue hecho por todos los hombres y un vasto depósito de gracias se liberan para su beneficio. La Iglesia añade a esto sus actos oficiales, que ella denomina Sus méritos con sus sacrificios, oraciones, penitencias y buenas acciones. Cada orden contemplativa, de acuerdo con esta mirada, lleva adelante, en unión con la Vida de Dios en la tierra, el trabajo comenzado por esta Vida y Muerte. Podemos imaginarnos todo esto como una gran fábrica de gracia.
        Pero el elemento personal consiste particularmente en esforzarse no solamente en el trabajo, sino también en destinar los beneficios a todos los trabajadores. Por ejemplo, si yo fuera  católico y por un motivo personal diera media corona a un mendigo, o dijera algunas sinceras oraciones,  sería una acción beneficia para el mendigo, para la Iglesia, para mí mismo, en tanto agrada a Dios.
          Supongo entonces que estos dos elementos deben siempre ser tomados en cuenta cuando consideramos el sistema Papista, porque está fundado en gran parte sobre ellos.
        Ahora bien, yo nunca antes había realizado en toda mi vida esta simple ilustración de la teoría que es presentada en la Misa Rezada. Y se describe tan simple  es por la ausencia en su presentación de todo accesorio emocional que de otro modo podría oscurecerla.
         En el altar se encuentra la Iglesia con vestiduras propias para el momento, y ella concurre a su labor de una manera formal. Ella no está exhortando a los hombres, ella está tratando con su Hacedor. Ella apenas lanza una mirada hacia atrás, porque es algo completamente innecesario para el efecto de este particular asunto, si en ese instante ellos están atendiendo o no. Es un asunto mucho más grande que esto.
         Ahí atrás se arrodillan los individuos – ( y yo aquí puedo hacer un paréntesis para darles un consejo a otros protestantes que, tal como yo mismo, pueden algunas veces asistir a ceremonias papistas, y decirles que cuando estén en duda sobre arrodillarse o no, permanezcan de rodillas)-  ahí entonces, se arrodilla él, una personalidad con sus particulares tendencias, con gustos, con repulsas, con metas, ambiciones, penas, y él está animado a retenerlas a todas ellas tan lejos hasta que pase la prueba de fuego de Dios. Él no está en ese momento siendo sometido a sus ceremonias, o compelirlo a decir esas palabras y aquellas, a tomar posturas o a generar emociones proscritas. Él es dejado completamente solo. Su ministro es cuidadoso de no perturbarlo con la conversación, movimientos o exhortaciones. Él no está particularmente alentado a prestar atención a lo que el clérigo está diciendo. Puede hacer precisamente lo que quiera, rezar el rosario, leer una meditación, u ocuparse, si él es capaz, de la oración mental. De hecho, él puede seguir cualquier camino que crea ser el mejor para la preservación de una actitud adecuada para el alma en la presencia de Dios.
         ¿Acaso entonces esto no es una excelente medida? Contrasta con cualquier otro sistema que te guste. La Iglesia de Inglaterra en sus oficios es una ácida institutriz al lado de esta Madre: sus pupilos deben arrodillarse, orar, anhelar, arrepentirse, atender, esperar, interceder, todo en orden. Ellos deben regocijarse en el Venite; meditar en los salmos; orar en los himnos; santificarse en otros; escuchar las historias de los reyes con mente sangrienta que murieron hace treinta siglos; luchar contra la lógica de San Pablo, o estar con los ojos atentos con Juan. Ahí no existe apelación, ni desahogo ni concesión. Los Disidentes son aún más severos porque éstos permiten a un hombre no inspirado conducir las ceremonias de acuerdo al estado mental en el que se encuentre, y conduce a un sombrío grupo con su arbitrario baton con cargas que ellos nunca han practicado. Los Quáqueros, en efecto, atraen a más que los otros porque aquellos al final dejan al hombre solo la mayor parte del tiempo según su propio humor, sin embargo, carecen de la fuerza objetiva de la Misa representada frente a sus ojos para recordarnos que las puertas del cielo están abiertas, que el ojo de Dios está observando y que Su Corazón está desbordante incluso- si la teoría es verdad – para abrir Su Corazón aún más ampliamente y alcanzar el Reinos de los Cielos por la única fuerza que la Omnipotencia no puede resistir.
        Si yo tengo los ojos puestos para ver, ahí entonces estaba la totalidad de la Iglesia de Dios con sus orantes oficiales: los Cartujos blancos estaban ahí, y los negros Benedictinos, las pobres Clarisas ofreciendo sus lágrimas y su sangre; y los Frates Cruciferi su libertad. Los clamores suben desde el silencio de la India, Francia y Greenland porque cada altar está en el centro de la tierra. Ellos nos lo cuentan. María estaba ahí, con sus ojos virginales y su amor de madre. Los negros Jesuitas, que se debatieron en la soga de Isabel, fueron libres para recordar a Dios su dolor. No faltó ninguno de los que alguna vez lloraron junto con Él en el gozo, en la expectación o en la oscuridad de este mundo. Porque Jesucristo su Príncipe estaba ahí, con su cuerpo partido y con su sangre derramada, en la que cada canción es perfeccionada y cada vida es aceptada.
        Y ahí yo me arrodillé, libre para interpretar esta nota, como dictará mi voluntad, en esta orquesta de gloria…o para escuchar o para arrepentirse o para anhelar cuando yo era capaz.  ¡Todo lo que yo pensé que era el hombre gordo que vi; y la demacrada criatura que yo escuchaba resoplar y tocar su campañilla; y los pobres candeleros; y la luna hinchada de la ventana; y las flores artificiales!
          Pero entonces, ¿todo es verdad?....
        
 
        




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