viernes, 7 de marzo de 2014

Infalibilidad y Tradición, R.H. Benson, p. 2 de 3

Product Details

II
       Teniendo despejado el terreno, procederemos ahora a una consideración directa de nuestra cuestión, esto es, la relación entre la Infalibilidad y la Tradición. En orden a entender esta relación se hace necesario primeramente considerar lo que podemos llamar la historia de la Infalibilidad.
1.- Supongo que todos estamos de acuerdo con que la  “Infalibilidad”, más o menos en el sentido en el cual yo he descrito a la Infalibilidad y a la Tradición, viene siendo el resultado del vínculo íntimo entre el entendimiento de Cristo y el entendimiento de la Iglesia en su lado humano, y tiene su origen en las palabras exactas de Nuestro Señor, como cuando dijo que el Espíritu de la Verdad guiaría a su Iglesia hacia toda verdad, y que las puertas del infierno no prevalecerían contra ella, y que Él mismo estaría siempre con sus discípulos.
         Puede decirse que la infancia de esta doctrina reposaba en aquellas primeras edades aun cuando la Iglesia actuaba conforme a ellas antes de definirlas. Existe en los decretos de todos los primeros concilios un aseguramiento y una positividad que no pueden ser explicadas por otra hipótesis que no sea que la Iglesia era al menos subconscientemente conocedora de su propia prerrogativa. El tono de los primeros decretos, la sublime confianza de los credos, los anatemas adjuntados a ella son un indicio mucho más seguro de lo que ella sentía que podían ser meras palabras. Por ejemplo, el Concilio de Nicea declara que: “La Iglesia Católica y Apostólica anatematiza a aquellos que dicen que hubo un tiempo en el que Cristo no fue” (Sym. Nicoen.). Luego, el Concilio de Calcedonia declara que: “A nadie será lícito profesar otra fe, ni siquiera escribirla o componerla, ni sentirla, ni enseñarla a los demás” (Def. Fid. Apud Concil.Chalc.) No existe la más leve vacilación o pretexto para el agnosticismo, o ningún otro punto, en que el concilio no hable como uno que tiene la autoridad, no como los escribas. No existe una referencia de la variedad de temperamentos del Occidente y del Oriente, o alguna insinuación a “aspectos de la verdad”. Incluso la rebelión de los herejes contra la Iglesia da testimonio de su afirmación, porque ellos no protestan mucho contra la autoridad de la Iglesia como en contra de este o de otro concilio en particular que la representa.
         Además, no existe la más leve duda de que el núcleo de la Iglesia descansa, al menos en cierto grado, en Roma. “Se puede probar” – escribe Harnack – “que fue en la Iglesia romana, que hasta alrededor del año 190 se conectaba cercanamente con Asia Menor, donde primero asumieron una forma definitiva todos los elementos en los cuales se basa el catolicismo”. Nuevamente, “todas estas causas se combinaron para convertir a las comunidades cristianas en una confederación real bajo la primacía de la Iglesia Romana (y subsecuentemente bajo el liderazgo de sus obispos)” (Historia del Dogma, pp.151, 160) En su Expansión del Cristianismo (Vol.i. pp.464-465)) “Bajo la era de Constantino, e incluso,  hasta la mitad del siglo III, las fuerzas centrípetas en el cristianismo inicial fueron, como una cuestión de hecho, más poderosas que las centrífugas. Roma fue el centro de las antiguas tendencias. La Iglesia Romana fue la Iglesia Católica. Fue más que un mero símbolo representativo de la unidad cristiana, porque para ella, más que para cualquier otro, la unidad de los cristianos es  lo propio de sí.”
          Por lo tanto, conforme pasa el tiempo, vemos con creciente nitidez que este núcleo del cual habla Harnack parece consolidarse rápida y fuertemente. En consecuencia, incluso en el siglo II, Valentino fue a Roma a buscar ser reconocido en Egipto. Cerdo, Marcion, Praxeas de Asia Menor; Theodotus y Artemon de Bizancio; Sabellius de Libia; y muchos otros. Luego, también en el siglo IV, tenemos la autoridad de San Ambrosio (De Exc.Sat. i, 47) que dice que San Sátiro y su hermano siendo náufragos  “preguntó [el obispo] si estaban de acuerdo con el obispo católico, esto es, con la Iglesia Romana”. También San Jerónimo escribe a Rufino, “¿Qué es lo que él llama su fe? ¿Esto que la Iglesia Romana posee, o esto que está contenido en los volúmenes de Orígenes? Si él responde “la romana”, se sigue que él y ellos son católicos”. Y desde luego San Agustín está lleno de indicaciones en el mismo sentido (Ep.liii.p 1 &c.)

2. Notaremos a continuación que esta rápida localización toma lugar en un centro que tiene otros motivos de veneración muy por encima de cualquiera, excepto por la propia Jerusalén. Las dos figuras apostólicas que destacan a través de la primera centuria de la historia de la Iglesia como dominantes y significativas, no solamente se identifican a sí mismas con el lugar, sino que derramaron su sangre ahí. Ellos son los dos únicos dos apóstoles mencionados incluso por su nombre por los tres grandes padres apostólicos, Clemente, Ignacio y Policarpo; y aún más, una de estas dos figuras es reclamada en una fecha temprana para dar la sanción de su autoridad a aquellos que ocupaban su Sede.   Aquí nuevamente vemos al sucesor de San Pedro,  por lo que es mucho más  significativo lo que la definición expresa (esto es por una simple suposición), exigiendo su derecho a hablar en un grado extraordinario. De la Epístola de San Clemente a los Corintios, la cual fue leída en voz alta por un tiempo en las iglesias de Corinto cada domingo, el obispo Lightfoot remarca que  fue “el primer paso hacia la agresiva papal”, y en efecto, es imposible leer esta epístola sin ver en ella una notable reflexión de suprema confianza y garantía, la cual sella por una parte los escritos apostólicos del Nuevo Testamento, y por otra, a aquellos obispos de Roma en los días cuando su autoridad era incuestionable. “Pero si algunos son desobedientes a las palabras dichas por Él por medio de nosotros, que entiendan bien que se están implicando en una transgresión y en peligros serios” (Capítulo LIX). Y entonces, de vez en cuando hasta los días de León Magno, tenemos ejemplos y ejemplos, no solamente de tales acciones por parte de los obispos de Roma, sino de declaraciones y acciones de parte de santos y Concilios involucrando este “más poderoso liderazgo” del cual habla San Ireneo.
       Ahora bien, hasta el momento yo no estoy diciendo de ningún manera que para los obispos de Roma durante estos tres primeros siglos haya sido explícitamente atribuida la infalibilidad, la que solamente fue definida relativamente hace poco tiempo como una verdad revelada por Dios. Sin embargo, queda fuera de toda duda que la suprema autoridad fue creída por León como inherente a su sede.
        En consecuencia, él escribe “La primera de todas las sedes…la cabeza…a la cual el Señor determinó para regir sobre el resto” (Ep. CXXX.) “El cuidado de la Iglesia Universal debe converger en la única sede de Pedro, y ninguna parte esté en desacuerdo con la cabeza” (Ep. xiv.)
        Y que su demanda fue reconocida al menos con suficiente claridad para este argumento, aflora en las palabras del Concilio de Calcedonia en la deposición de Dioscurus:
         “Por lo que el más santo y bendito arzobispo de la gran y antigua Roma, León, por nosotros y por el presente santo sínodo, junto con el tres veces bendito y glorioso Pedro el Apóstol, quien es la roca y la base de la Iglesia Católica, y el fundamento de la fe ortodoxa, ha despojado a Dioscurus de la dignidad episcopal”.
         Sin dudas es increíble que tales palabras deban ser dichas en ambas partes con tal deliberación en semejante ocasión, no presenten a la conciencia de los interlocutores  una tradición de mucho más peso y significación que la de los primeros documentos que de hecho se han conservado.
        Considerando esta cuestión desde el punto de vista del desenvolvimiento, ¿no está este proceso con su consumación exactamente de acuerdo con el resto de la historia eclesiástica? Comenzaremos por considerar que la frase “El cuerpo de Cristo” como aplicada a la Iglesia, no tiene sentido a menos que le atribuyamos alguna real idea de desenvolvimiento. Por desenvolvimiento entendemos que fue ahí involucrada la conciencia Divina, a la que llamamos El Entendimiento de Cristo, y el entendimiento humano explicita la conciencia, cuyo trabajo es realizar y expresar el contenido de la revelación original. Además, vemos que la palabra “Infalibilidad” aplicada a la Iglesia en general, no significa nada. Debe significar que entre el entendimiento de Cristo y el entendimiento de la Iglesia debe existir tal conexión que lo último no puede falsificar al primero. Nuevamente observamos que el hecho de que una ley, en la constitución de su ser orgánico, no esté reconocida por la conciencia explícita no es argumento contra una verdad. Debe ser probada por sus resultados, por su poder para dar cuenta de los fenómenos, y por su racionalidad.
        Ahora, si aplicamos estas consideraciones a cualquiera de las doctrinas abrazadas por todos los que claman ser llamados católicos- e.g. la Presencia Real de nuestro Señor en el Santísimo Sacramento, la doctrina de la Santísima Trinidad, y la Inmaculada Concepción de Nuestra Señora – vemos precisamente los mismos fenómenos a los cuales yo he intentado trazar con respecto a la Infalibilidad. Primero, actúa sobre la Iglesia en general—el Santísimo Sacramento queda reservado; el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo son adorados; Nuestra Señora es representada como una virgen pura. Posteriormente estas verdades son definidas. Así con los otros dogmas. Durante este periodo que yo he denominado la Infancia de la Infalibilidad, la misma Iglesia primero en sus concilios asume un tono de completa y final autoridad, afirmando hablar con el poder de Dios. Luego, el núcleo de la vida de la Iglesia yace en Roma, y finalmente el Obispo de la Iglesia en este lugar utiliza en grado notable y singular el tono de certeza que también utilizaron los concilios. Pienso que podemos decir que la Infalibilidad de la Iglesia y la autoridad del romano pontífice deben ser asumidas que han estado presentes al menos en el subconsciente del entendimiento de la cristiandad. Personalmente pienso que mucho más podría decirse acerca de ésto y hacer más hincapié sobre  la posición del romano pontífice en las dos o tres primeras centurias. Sin embargo, esta subestimación incluso me parece a mí contiene todo lo necesario para el argumento.
3. No es necesario trazar el crecimiento de estas dos ideas a través de los siglos que se han sucedido, puesto que son admitidas en todos los lados donde tomó lugar,  y que hasta  más tardar en el siglo V, el Obispo de Roma habló con al menos esa consideración silenciosa de Infalibilidad, la cual fue característica de los concilios en los primeros siglos de la cristiandad. Él afirmó repetidamente y sin ningún tipo de protesta, excepto por el Este, el rol de la Iglesia con la autoridad de Pedro. (Sobre la protesta del Este luego diré algunas palabras). Negar por completo la doctrina de la Infalibilidad, la que sin lugar a dudas, en el único cuerpo de cristianos donde se ha desarrollado y llegado a la madurez en la forma de los decretos vaticanos…negarle a esta doctrina el lugar en el Evangelio porque no fue siempre explícito, porque no siempre se apeló a ella, porque santos y  doctores han aparentemente usado frases y cometido actos en contradicción con ella…descartarla por estas razones tan abiertamente absurdas, debe significar descartar también la Inmaculada Concepción de Nuestra Señora, la Sucesión Apostólica, la doctrina atanasiana de la Santísima Trinidad, y la doctrina medieval del Sacramento del Altar. Porque después de todo, los grandes santos pueden ser citados como siendo al menos, oscuros en algunos puntos. San Cirilo compara la consagración del Pan y del Vino con la consagración de los Santos Óleos, un paralelo del cual ningún teólogo de nuestros días podría aventurarse; San Basilio en un tratado se abstiene de llamar divino al Espíritu Santo, y Lactancio es notoriamente ambiguo en la misma materia. San Crisóstomo acusa a María de orgullo y autoafirmación. Ellos dicen estas cosas y no están excomulgados. Lentamente el crecimiento avanza hacia la definición.
        ¿No es este un paralelo exacto a la materia que estamos considerando? San Cipriano desafía al papa Esteban, y aún cuando él es aclamado como santo, ciertamente es condenado por su acción por San Agustín, San Jerónimo y San Vicente de Lérins. San Gregorio repudiaba el título de Obispo Ecuménico, aunque en otro sentido se podría utilizar como una síntesis de las reclamaciones de Pio X.
         Yo supongo que no es necesario hablar en esta ocasión de la revuelta del siglo XVI porque es aceptado por todos quienes en cualquier sentido pretenden ser católicos, que las controversias de este siglo no son terreno esperanzador para la discusión de verdades vitales. ¡Ahí existen muchas más cosas que son negadas además de la autoridad del Romano Pontífice! Pasaremos directamente, como una cuestión histórica innegable, al hecho que hacia el final del siglo XIX la Infalibilidad del Romano Pontífice fue aclamada y aceptada como una verdad por la mayor parte de aquellos que se llaman cristianos.
Ahora hay que destacar que esta teoría:
1. Es sostenida en su explicitación solamente por esta comunión de cristianos, la cual en los primeros siglos de la Iglesia fue identificada con el núcleo de la cristiandad. Ambos hechos son innegables. Fue a Roma que los hombres miraron desde el siglo I en adelante. Fue desde Roma que el decreto de la Infalibilidad fue emitido en el siglo XIX.
2. Es igualmente notable que Roma no cede en parte alguna en cuanto al respeto por la Tradición. De hecho, ella es acusada por muchos de sus oponentes, de estar de acuerdo con ella en la mayor parte de su doctrina y de tomar de ella demasiado.
      Hemos visto a la Tradición ser un cuerpo fijo de verdad, no meramente una opinión flotando en el aire, menos aún como un secreto no escrito en posesión de las autoridades. Es una cosa verificable, dispersa en los escritos de los santos, focalizada en los decretos ecuménicos, y además conservada continuamente en la conciencia de la Iglesia. Seguramente entonces es injusto ver en ella a una cómplice en la acumulación de falsedades. Está, por lo tanto, muy lejos de ser una cómplice. Es una verificación no poseía por aquellos que profesan que la Escritura es la única fuente de verdad. Es como si un rey le entregara al virrey no solamente las leyes inglesas, sino que también una serie de instrucciones verbales que fueron incorporadas a un segundo libro y en el cual se dejaron amplios márgenes para las anotaciones. Este segundo libro tendería más bien a reducir en lugar de ampliar las posibles interpretaciones del código legal. Tendería a hacer imposible cualquier fantástico desarrollo o deducción desde las leyes escritas. Si la Tradición de las primeras cuatro centurias se asemejara del todo a la doctrina, que todos los obispos son sustancialmente iguales, ¿cómo es creíble que León pudiera haber escrito tales cosas que escribió, y más aún que Calcedonia debiera haberlas recibido como lo relata la historia?
        Nos enfrentamos aquí con el hecho de que la Iglesia, por encima de todo, reverencia a la Tradición tanto como a las Escrituras. Una Iglesia, también, con un peculiar acceso a semejante Tradición que ha avanzado, como un simple proceso histórico, a través de veinte siglos desde un tono de infalibilidad en sus primeras declaraciones, hacia un tono de autoridad en aquellos que la encabezan para una declaración explícita de la Infalibilidad tanto para sí misma como para su cabeza.
         ¿Es posible para aquellos de nosotros que asociamos algún significado a la imagen que se aplica a la Iglesia de Cristo, para quienes aceptamos como revelación tales doctrinas como la Presencia Real y la Inmaculada Concepción de María, o incluso la misma Santísima Trinidad, negar la doctrina de la Infalibilidad Papal, o al menos una muy reverente consideración?

          

1 comentario:

  1. Estimada Beatrice:
    La autoridad de Pedro y la infalibilidad que este posee, está delegada por Cristo para ordenar la casa, y no para desordenarla. La autoridad está hecha para el bien, en este caso particular, para el Bien Común de la Iglesia.
    Como los enemigos de la Iglesia conocían muy bien los peligros que pudieran darse producto de un mal uso de esa autoridad. Tomaron la decisión de infiltrar a la Iglesia desde finales de mil ochocientos hasta nuestra época. Las consecuencias no se hicieron esperar ante tan perverso plan, ellos ocupan los más altos cargos de la Iglesia. Y su gobierno eclesiástico expele la pestilencia del neomodernismo y liberalismo por todo el orbe católico.
    No obstante lo anterior, la misma infalibilidad ejercida de manera responsable según las disposiciones de Cristo Nuestro Señor, los acusa y condena en sus novedades impuestas a la fe. La voz de Dios clama desde el Magisterio Tradicional de la Iglesia, pese al ambiente actual donde reina adrede la confusión y el desvío.
    Un abrazo.

    ResponderEliminar

Comentarios anónimos solo se publicarán sin son un aporte al blog