lunes, 30 de septiembre de 2013

Mgn..Robert Hugh Benson, de R.P. Allan Ross, parte 2.


2.- Su vida:
             Robert Hugh Benson nació en Wellington College el 19 de Noviembre de 1871. Su padre  que finalmente se convirtió en el Arzobispo de Canterbury, fue durante ese tiempo rector ahí. Fue el menor de seis hijos, dos de los cuales, Arthur y Fredrick, alcanzaron posteriormente tal como él, distinción literaria.

             Algunos detalles interesantes sobre su infancia nos han sido otorgados por su hermano mayor en un libro biográfico, Hugh. Ciertamente él no parece haber sido una gran promesa en ningún ámbito durante esos primeros años. “Hablando en general – escribe su hermano – yo solía considerarlo como un niño rápido, inventivo, y con una mente muy activa, completamente poco sentimental.  Se encontraba probando hacer varias cosas a la vez, pero era impaciente y volátil. Nunca se hizo problema y en consecuencia, nunca hizo nada bien.”

             En 1885 ganó una beca para Eton, e ingresó al colegio en septiembre. Su hermano mayor Arthur era en esa época profesor ahí. Después de tres o cuatro años decidió que deseaba competir para ingresar al Servicio Civil de la India, y en vista a darle una mejor oportunidad de éxito, fue retirado de Eton  al centro de entrenamiento en Wren, ubicado en Londres. No está del todo claro si Hugh tomó su trabajo de preparación para el Servicio Civil de la India en serio. De todas formas cuando llegó el verano de 1890, él no lo aprobó, y decidió que entraría en el Trinity College de Cambridge a estudiar para los Classical Honours ( Classical Tripos, actuales en Cambridge. n. del trad.) Parece no haber trabajado muy duro y no se mostraba como ninguna promesa intelectual. Teniendo eventualmente decidido tomar las Órdenes, hacia 1892 se fue a estudiar con el dean Vaughan  (Charles John, n. de trad.) de Llandaff y fue ordenado diácono por su padre en la iglesia parroquial de Craydon en 1894. Comenzó su trabajo clerical en la misión de Eton, y completó su ordenación en 1895, sin embargo a finales de 1896 su salud sufrió un quiebre y fue a Egipto en el invierno junto a su madre y su hermana.

             Fue ahí donde Hugh comenzó a tener dudas acerca de la Iglesia Anglicana. Cayó en la cuenta en lo pequeña que era su iglesia. Era tenida por extranjera y parecía ser algo llevado por los ingleses donde quiera que ellos iban, tal como el baño de goma hindú – para usar su propio símil, un tanto irreverente. Lucía como extranjera en el país donde era plantada.

           Entrando a una iglesia católica en un pueblo en Egipto fue impresionado por el contraste. Era un pobre y pequeño edificio de adobe, pero parecía  ser tan visiblemente parte del lugar, que por primera vez se le ocurrió  pensar seriamente que Roma podía estar en lo correcto después de todo. Estos inconfortables sentimientos se profundizaron cuando regresó a casa a través de Palestina, sin embargo un año en Kemsing como cura, calmó en algo su ansiedad. Fue entonces que concibió el deseo de llevar una la vida religiosa y fue aceptado como novicio en la Comunidad de la Resurrección en Mirfield.  Los dos primeros años fueron dedicados al estudio y finalmente en Julio de 1901 hizo los votos.

          Hugh fue destinado a pasar dos años más en Mirfield, el primero de los cuales fue lo suficientemente feliz, pero entonces volvieron las antiguas  dificultades y éstas se intensificaron a tal punto que hubo de dejar la comunidad alrededor del verano de 1903, y fue recibido en la Iglesia Católica en Septiembre del mismo año.

         Nos ha dejado un recuerdo de los pasos que lo condujeron a su conversión (Confesiones de un converso), y nos parece conveniente resumirlos entonces brevemente. Gradualmente había visto la “necesidad de una Iglesia Docente para preservar e interpretar las verdades del cristianismo a cada generación sucesivamente”, y observó también que esta misma Iglesia Docente debía estar consciente del tesoro que se le había encomendado a su cargo. Cuando consideró a la iglesia anglicana, se dio cuenta que no correspondía a sus expectativas. Diversos puntos de vista eran permitidos en ciertos aspectos vitales, tal como el sacramento de la Penitencia. Él mismo estaba convencido de que era esencial para el perdón de los pecados mortales y que además formaba parte integral del sistema sacramental instituido por Jesucristo. Pero aunque este punto de vista era tolerado, “prácticamente todos los obispos lo negaban, y algunos negaban incluso el poder de la absolución”. En otras palabras, él simplemente estaba enseñando su propia y privada opinión en esta materia, la cual en definitiva estaba muy lejos de lo que a la iglesia anglicana concernía. Observó la falacia de confiar en las fórmulas escritas, las cuales pueden ser interpretadas en muchos sentidos, sin que se encuentre una voz viva que declare su real significado y una iglesia que “apelara meramente a las palabras antiguas no sería más que una sociedad anticuada”. En este caso en particular, estaba el asunto del Sacramento de la Penitencia. Él deseaba saber si debía o no enseñar a los penitentes si ellos debían confesar sus pecados mortales antes de la comunión, pero no obtuvo una respuesta satisfactoria. Pero éste fue un ejemplo de muchos, pues fueron muchas otras las cuestiones que lo preocuparon y sobre las cuales no obtuvo una enseñanza definitiva de parte de la iglesia anglicana. Dicho en sus propias palabras: “En torno a mí veía una Iglesia que, aunque aceptable en teoría, era inaceptable en la práctica”. Y por otro lado, miraba a la Iglesia Católica, a la cual ciertamente conocía por cuenta propia, enseñar con la más refrescante claridad las materias que a él le aproblemaban. Sin embargo, ahí existían dificultades en la manera de aceptar sus afirmaciones, tal como la definición de la Inmaculada Concepción en el siglo XIX y las demandas papales.

          Para Hugh no hubo más remedio que lanzarse a ciegas en este desconcertante laberinto de controversia y leer qué era lo que decían los partidarios de la Iglesia Católica y sus oponentes sobre estas materias. Gradualmente comenzó a realizar cosas que nunca antes había hecho. Una de estas cosas fue encontrar que la verdadera Iglesia Católica podía no era solamente un asunto de erudición, pues no podía ser que los ignorantes y cortos de ingenio estuvieran en una manifiesta desventaja en materias de salvación: “Ahora sabía que la sencillez y la humildad eran mucho más importantes que los conocimientos patrísticos”. Las palabras de Nuestro Señor adquirían un profundo significado bajo esta nueva e insospechada luz: “En verdad os digo, si no os volviereis y os hiciereis como niños, no entrareis en el Reino de los Cielos.” (Mt. 18, 3) Comenzó a orar más ardientemente que nunca por luz, y en esta etapa de su viaje encontró libros que lo ayudaron especialmente “a romper con las dificultades que aún se me planteaban con relación a Roma y con los últimos remanentes  de teoría que todavía me mantenían unido a la iglesia de Inglaterra.” Estos libros fueron: Doctrine and Doctrinal Disruption de Mallock, England and the Holy See, de Spencer Jones y The Development of Doctrine, de Newman; el último de los cuales fue: “el que como arte de magia disipó la niebla flotante, dejando ante mi vista la Ciudad de Dios con toda su fuerza y su belleza”. Contempló a la Iglesia Católica como la verdadera Iglesia que por siglos ha permanecido “sobre el fundamento inconmovible del Evangelio”.

        Reconoció en Ella a la Esposa Mística de Cristo, y dificultad tras dificultad se fundieron  mientras observaba su rostro. Entonces, se volteó y contempló nuevamente a la iglesia de Inglaterra y advirtió un extraordinario cambio, “…no es que ya me fuera imposible amarla…Ella poseía ciento de virtudes, un lenguaje delicado, un pensamiento romántico; una aroma placentero a su alrededor. Ella era infinitamente agradable y conmovedora; tenía la ventaja de vivir en la penumbra de su propia indefinición dentro de casas espléndidas que no había edificado; su estilo era gracioso y sus expresiones refinadas; su música y su lenguaje siguen pareciéndome extraordinariamente hermosos. Y por encima de todo, a la madre nutricia de muchos de mis amigos y durante treinta años también a mí me educó y me cuidó con indulgente cariño. (…) Ahí pues, se erguía mi antigua señora, amante y apasionada, reclamándome como a su servidor por vínculos humanos. Del otro lado, en medio de una llamarada de intensa luz, se erguía la Esposa de Cristo, dominante e imperiosa, pero con una mirada en sus ojos y una sonrisa en sus labios que sólo podían proceder de una visión celestial, reclamándome, no porque aún hubiera hecho algo por mí, no porque yo era un inglés que amaba los caminos ingleses o incluso el italiano si fuese el caso, sino que simple y llanamente yo era un hijo de Dios, y porque a ella Él le había dicho: llévate a este hijo por mí y yo te pagaré lo que gastes. Porque en definitiva, Ella era Su Esposa y yo era Su hijo”. En otras palabras, ahora él se había convencido de la verdad de las demandas de la Iglesia Católica, pero sintió que era su deber seguir  en conexión con la Comunidad de Mirfield.

         Los meses que transcurrieron después de que Hugh abandonó Mirfield, y antes de ser recibido en la Iglesia Católica, los pasó en Tremans, la retirada casa de su madre en Horsted Keynes en Sussex. Se había formado en su mente que era su deber convertirse en católico, y esto se lo dejó en claro a su madre, con la cual no tenía secretos, pero a pedido de ella, había esperado con el fin de darse tiempo para reaccionar si tal cosa sucedía. Pasó el tiempo escribiendo una novela histórica: “¿Con qué autoridad?”, una ocupación que no solamente le dotó de seguridad y valor para su espíritu sometido a una dura prueba, sino que también le permitió observar más claramente que nunca que la comunión anglicana no poseía una identidad de vida con la antigua Iglesia de Inglaterra. Desde el comienzo de Septiembre, la novela se encuentra avanzada en sus tres cuartas partes y el 11 de Septiembre de 1903 su autor fue recibido en la Iglesia católica en Woodchester por el padre Reginald Buckler,o.p.

        Hugh Benson abandonó Inglaterra por Roma en la festividad de Todos los Santos de 1903, y antes de atravesar el canal, tuvo la satisfacción de darle sus últimos toques a su primera novela, ¿Con qué autoridad?. Un año después volvió a Inglaterra debidamente ordenado como sacerdote de la Iglesia Católica, estableciéndose pronto en Cambridge, donde instaló su  residencia junto a monseñor Barnes en Llandaff House. Pasó dos o tres años en Cambrigde, hasta que comenzó a caer en la cuenta de que su trabajo tendía más en dirección  a la escritura y a la predicación que en la mera labor pastoral. Por otra parte, ahora estaba comenzando a tener ingresos por sus libros y por tanto, era capaz de poner en práctica un proyecto que ya tenía forma en su mente. Se propuso hacer para sí mismo un hogar en algún lugar apartado, donde podría estar libre de interrupciones y donde podría escribir y leer, y de vez en cuando salir a predicar  cuando se presentara la ocasión. “Una pequeña capilla perpendicular y una casa blanqueada de cal al lado, es precisamente lo que ahora deseo”, escribió por aquel tiempo: “debe estar en un dulce y secreto lugar preferentemente en Cornwall (Hugh, pág 14). El resultado fue que adquirió una casa en el caserío de Hare Street cerca de Butingford, donde pasó los últimos siete años de su vida.
                                                                      (continuará....)

 

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