lunes, 8 de octubre de 2018

Monseñor R.H. Benson: Pequeño acercamiento a los fundamentos de su conversión



        En  Las Confesiones de un Converso, monseñor Benson señala varios de los fundamentos que lo condujeron a Roma. Estos mismos están desarrollados de un modo más sistemático en un folleto que se titula A City set on a Hill, (Una ciudad asentada sobre un monte), el cual se publicó al poco tiempo de su conversión. De este último escrito analizaremos su primer capítulo. He querido detenerme a considerar este texto no solamente por lo llamativo de su argumentación a favor del catolicismo, sino porque además nos permite reflexionar sobre los actuales momentos que vive la Iglesia. Momentos de incertidumbre, de demasiadas dudas y muy pocas respuestas, donde pareciera que la confusión hace tambalear la barca de Pedro. Sus razones, lejos de ser algo anacrónico y pasado de moda, pueden ser de gran ayuda para redescubrir, aunque nos parezca obvio, que nuestro Señor fundó una única Iglesia que tiene determinados elementos fundamentales que están construidos para salvar nuestras almas y a través de ella llevarlas al Cielo.

Con este panfleto Benson intenta mostrar, a quienes cuestionaban su conversión, las razones de la misma. Sabe que estas razones, que a él lo convencieron, puede que algunos las consideren válidas y legítimas en su búsqueda de la verdadera Iglesia, o puede que a otros no les convenzan para nada. Benson parece decirnos: “después de un largo estudio y meditación, después de rezar y suplicar por luces, estos son los motivos que me hicieron ver que la doctrina de la Iglesia funcionaba, y que Ella constituía el camino de Dios para la salvación, de los sabios y de los ignorantes, de los santos y de los pecadores”.

Presenta, al modo científico, una hipótesis y luego da tres grandes grupos de argumentos. La hipótesis es la siguiente: para salvar al mundo se necesita una sociedad, que es el Cuerpo Místico de Cristo, que por ser un organismo vivo debe estar sujeto a algunas leyes elementales. Estas leyes solamente la Iglesia Católica las tiene, y por tanto sola Ella puede salvar al mundo.

1.   Unidad y Subordinación: Para que esta Sociedad salve al mundo, debe ser reconocida por el mismo y ser evidente para él.

La Iglesia está compuesta por hombres de todo tipo, algunos más carnales, otros más espirituales.  La Iglesia tiene que ocuparse de salvar al que tiende a lo más carnal y santificar al que tiende a lo más espiritual. “Así como las almas son llevadas por los sentidos, deben ser también devueltas por los sentidos”.[1] Benson ha tratado extensamente en Las Paradojas del Catolicismo una larga enumeración de aparentes contradicciones en las que caería la Iglesia, y que sus enemigos siempre han usado, sin fundamentos, para reprochárselas. Una de estas contradicciones es que la Iglesia es divina y humana, tiene un lado terrenal tanto como divino para poder llevar a cabo su trabajo. De ahí el sistema sacramental que lleva a los hombres, mediante las formas sensibles, a la gracia sobrenatural. Dios al aproximarse a los hombres de esta manera, no se denigra, sino por el contrario, manifiesta el triunfo de su amor. La Iglesia es Divina porque mora en el Cielo, es sobrenatural y mira constantemente el rostro de Dios; pero es también humana y habita en medio de la humanidad.  La Iglesia, “Ocupa un lugar en el mundo con el objetivo expreso de congregar para sí misma y santificar por su gracia al mismo mundo que ha caído frente a Dios”[2] . Debe ser tan humana, como divina; tan externa, natural y visible como interna, sobrenatural e invisible.

Si la Iglesia quiere atraer al mundo, ella debe tener una unidad real, como la de una familia o la de una nación. Debe estar unida a una cabeza visible, a una doctrina, a unos objetivos claros, con un lenguaje, con costumbres universales, etc. La Iglesia debe poseer un magisterio que sea el que enseñe “una doctrina clara en relación con el tesoro que se le ha encomendado, y especialmente en aquellos aspectos de los que depende la salvación de sus hijos”.[3]   Contrario a lo que él observó en la Iglesia Anglicana, “En la Iglesia Católica no hay disparidad de criterios en materia de fe, algo que los anglicanos aceptan aparentemente como “su cruz”.[4]Se necesita una autoridad que sea intolerante a interpretaciones magisteriales que se excluyen mutuamente.  Un requerimiento para esta unidad es la subordinación u obediencia, de este modo los individuos que forman parte de esta Divina Sociedad están subordinados al bien común que en última instancia será también en beneficio del individuo mismo. La Iglesia no puede tener disparidad de criterios sobre los temas que pertenecen a la economía de la salvación. 

2- Inteligibilidad y autoridad: La Iglesia debe ser inteligible tanto para los simples como para los listos.

                       Para las personas comunes y corrientes el mejor método de orden social es aquel que se parece más a una monarquía o a una democracia con un presidente a la cabeza. Para que una sociedad funcione debe estar regida por un sistema piramidal de gobierno, lo que le otorga estabilidad, acceso y le confiere un sentido de finalidad. La Iglesia necesita (…) “de una autoridad viviente que interprete de un modo actual las palabras originales afirmadas por el Magisterio. Una Iglesia que apelara sólo a palabras antiguas no sería más que una sociedad anticuada.”[5] El sistema jerárquico que esta Divina Sociedad posee lo ha establecido nuestro Señor.  Él le da a los distintos grados de jerarquía, diferentes y variadas comisiones donde Él es el Rey Supremo y Soberano, y “repudió y prohibió a sus seguidores el espíritu tiránico”[6].

                       Nuestro Señor ha dejado representantes para cada una de Sus oficios: los sacerdotes en virtud de Su sacerdocio; a los predicadores, que representan su función profética. En razón de esta misma representación es que ha dejado a uno para que le represente en su reinado terrenal, alguien que ocupa Su sitio en el reino terrenal. Es en los Santos Evangelios donde Monseñor Benson encuentra la doctrina del primado de Pedro, en la cual Pedro es el Maestro y Señor de todos los cristianos. “En total encontré veintinueve pasajes de la Escritura – desde entonces he encontrado algunos más – en los que la primacía de Pedro está claramente implícita, y ninguno contrario o incompatible con esta misión”[7]

                 3.-  Desenvolvimiento y desarrollo del organismo: La Iglesia debe seguir un mismo desarrollo tal como los otros organismos vivos.

Todos los organismos están compuestos por unidades que forman parte de un todo que se desarrolla conforme a las circunstancias externas que lo afectan y lo asisten. La diferencia entre un organismo vivo y una organización radica en la asimilación. Benson lo explica del siguiente modo: un organismo vivo, como un ave, al tomar agua, la asimila y la hace parte suya. Toma lo que le sirve de ésta y desecha lo que no necesita. En cambio, una organización, como un montón de arena en una caja, al echarle agua ella escurre, no pasa a formar parte de ella. La absorbe, pero no la asimila. Una vez seca, la arena seguirá tal como antes, y el agua no la habrá hecho crecer ni habrá cambiado sur propiedades internas. La Iglesia como un organismo vivo debe tener la capacidad de asimilar, como principio de su desarrollo.

Ahora bien, la mera asimilación no es suficiente, porque si lo hace desproporcionadamente, tal como en cualquier organismo vivo, tarde o temprano se envenenaría. Por esto es que debe tener el poder de discernir entre el veneno y el alimento. “Puesto que hay falsedad en el mundo, será sólo una cuestión de tiempo cuanto absorbe y cuando finalmente morirá. Este discernimiento debe ser garantizado por Dios mismo”.[8] Si Cristo no hubiera prometido que las puertas del infierno no prevalecerían contra ella (Mateo 16, 18), la Iglesia moriría o de hambre, por temor a envenenarse, o sería envenenada por sus propios errores. “Entonces, si creemos que la Iglesia es inmortal, esto parecería implicar necesariamente que ella está garantizada a no tomar en su sistema cualquier cosa que sea mortal para su existencia. En otras palabras, ella debe ser infalible en materias de vida o muerte, es decir, en la fe y en la moral”.[9]

Cuando la Iglesia toma o asimila para sí en su sistema doctrinal alguna verdad que sea del mundo secular – como un método filosófico para expresar el dogma – debe saber descartar todo aquel contenido que la pueda envenenar. Para mantener sana de los errores y de las herejías, “debe tener el poder de rechazar de su sistema de teología todos aquellos elementos que, al ser absorbidos, lo vuelcan a la corrupción y la ponen en peligro en vez de alimentar su vida. En otras palabras, ella debe tener el poder de definición diciendo: “Esto es verdad, y yo lo incorporo. Esto no es verdad, lo desecho”.” [10]

                 ¿Cómo puede la Iglesia evitar la corrupción interna? Porque eventualmente algún individuo dentro suyo se infecta con la falsedad, corriéndose el riesgo de contagio hacia los otros miembros y en definitiva hacia todo el cuerpo. Para evitar el contagio, y si no ha podido este individuo ser purificado y regenerado, este miembro corrupto debe ser dejado fuera, lo cual se lleva a cabo a través de la excomunión. “Si la Iglesia no tuviera este poder en funcionamiento activo, significaría que ella ha comenzado a corromperse a sí misma”. [11] ¿Será que el progresivo abandono de esta sana medida nos ha llevado a la crisis de la que ahora somos testigos dentro de la Iglesia? Porque pareciera que ahora cualquiera puede decir lo que se le antoje con respecto a la doctrina innmutable, puede hacer el experimento litúrgico que se le venga en gana y nadie es sancionado, ni amonestado. 

                   La Iglesia como Cuerpo Místico de Cristo tiene entonces estos cuatro elementos que son esenciales: la asimilación, el discernimiento, la definición y la excomunión. Toma del mundo aquellos elementos que la ayudan a desarrollarse. Descarta lo que no le sirve, define con la ayuda de estos elementos y aparta a aquellos miembros que la corrompen.

                   Para terminar estos fundamentos, recapitularemos haciendo un pequeño resumen de estos tres grandes grupos de argumentos en favor del catolicismo.  (…) “vi a la mística Esposa de Cristo crecer a lo largo de los siglos, desde la infancia a la adolescencia, crecer en estatura y sabiduría; no porque sumara conocimientos sino porque los desarrollaba; la vi fortalecer sus miembros, abrir sus manos; cambiar, ciertamente, su aspecto y su lenguaje, y comenzar a pronunciar palabras humanas para expresar cada vez con mayor claridad; la vi sacar de su tesoro cosas nuevas y antiguas que, por otra parte, eran suyas desde el principio; y habitaba por el Espíritu del Esposo e incluso sufriendo como Él.”[12]

Para convertir al mundo esta Sociedad, que es la Iglesia, debe poseer algunas características que lo atraigan. La más obvia es la unidad, que nuestro Señor estableció. Luego, debe tener una organización que sea natural para el mundo, una especie de monarquía. Y ya que es un organismo – aunque el más elevado de todos – sigue las mismas condiciones de otros organismos, y en particular, el crecimiento, que no es otra cosa que el despliegue de las capacidades interiores mediante la asimilación de sustancias externas. Para que este proceso de asimilación no termine en desaparición, debe ser salvaguardada por un criterio infalible contra el veneno letal, infalibilidad asegurada por Dios mismo; y también por el poder de la expulsión del sistema de ciertos elementos insalubres que han sido absorbidos.

A modo de reflexión personal quisiera para terminar observar que lamentablemente vivimos tiempos en que la Santa Iglesia no ha sido capaz de expulsar a tiempos aquellos elementos que están envenenándola desde dentro, creando una gran confusión y un gran padecimiento a una buena parte de sus miembros. Sin embargo, no debemos olvidar que nuestro Señor nos ha prometido que estará con nosotros hasta el fin de los tiempos. Desde la posición en que cada uno se encuentra, desde su propio estado de vida debemos seguir combatiendo el buen combate, siendo luz para el mundo “para que viendo vuestras buenas obras, glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos” (Mateo, 5, 16), tal como lo hizo hace un siglo Robert Hugh Benson, sacerdote, predicador, escritor, director de almas, y apologeta.


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[1] ROBERT HUGH BENSON, A city set on a hill, edición electrónica del texto publicado por Catholic Thuth Society, 1905, pág. 20.
[2] ROBERT HUGH BENSON, Paradoxes of Catholicism, Project Gutenberg E-Book, www.gutenberg.net, 2005, pág. 19.
[3] ROBERT HUGH BENSON, Las confesiones de un converso, o.c. pág.74.
[4] Ibidem pág. 114.
[5] Ibidem pág. 76
[6] ROBERT HUGH BENSON, A city set on a hill, o.c. pág.29.
[7] ROBERT HUGH BENSON, Confesiones de un converso, o.c. pág 86.
[8] Ibidem, pág. 35.
[9] Ibidem pág. 35.
[10] Ibidem pág. 38.
[11] Ibidem pág. 39.
[12] ROBERT HUGH BENSON, Confesiones de un converso, pág. 86-87.

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