domingo, 28 de marzo de 2021

Sermones de Cuaresma Cardenal Newman, 3

 LA CRUZ DE CRISTO, MEDIDA DEL MUNDO, meditación para el Domingo de Ramos, por John Henry cardinal Newman


Cuando Yo sea levantado de la tierra,

atraeré a todos hacia Mí» (Jn 12, 32)

Gran número de hombres viven y mueren sin reflexionar apenas sobre la situación en que se encuentran. Toman las cosas como vienen, y siguen sus inclinaciones siempre que tienen oportunidad de hacerlo. Se guían principalmente por el placer y el dolor, no por la razón, los principios o la conciencia; y no tratan de interpretar el sentido de este mundo, determinar lo que significa, o apreciar como un todo coherente lo que ven y sienten. Pero cuando una persona, por reflexión de su mente o por actividad intelectual, comienza a contemplar el estado visible de las cosas entre las que ha nacido, lo percibe enseguida como un laberinto y una fuente de perplejidad. Es un enigma que no acierta a resolver. Parece lleno de contradicciones y sin rumbo fijo. El porqué de ese estado de cosas, adónde irá parar, por qué es como es, cómo nos hemos visto implicados en él, y cuál es nuestro destino, todo son misterios.

Envueltos en esta dificultad, algunos han concebido una determinada filosofía de la vida, y otros han elaborado otra diferente. Muchos han creído haber encontrado la clave para leer cosas tan oscuras. Mil cosas se presentan ante nosotros una tras otra en el curso de la vida. ¿Qué hemos de pensar de ellas? ¿Qué color hemos de darles? ¿Debemos ver todo de un modo alegre y risueño? ¿O más bien con aire melancólico? ¿Hemos de ver las cosas de manera pesimista o esperanzada? ¿Hemos de vivir con despreocupación o tratar la vida con seriedad? ¿Hay que conceder poca importancia a lo que parece más grande, o ver las menores cosas como de gran repercusión? ¿Hemos de mantener en la memoria lo que ya ha pasado, mirar al futuro, o concentrarnos en el presente? ¿Cómo hemos de ver las cosas?

He aquí las cuestiones que todos los hombres reflexivos se plantean, y que cada uno responde a su modo. Desean pensar con arreglo a algún principio, a algo dentro de ellos que pueda armonizar y hacer coherente lo que fuera. Esta es la necesidad sentida por la gente que piensa. Permitidme ahora preguntar cuál es la auténtica clave, la interpretación cristiana de este mundo. ¿Qué se nos da en la Revelación para valorar y medir este mundo? Se nos da el evento de esta estación litúrgica, que es la Crucifixión del Hijo de Dios.

Se trata de la muerte de la Palabra eterna de Dios hecha carne, que es nuestra gran pauta sobre cómo pensar y hablar de este mundo. Su Cruz ha señalado su debido valor a cada cosa de las que vemos, a todos los destinos y fortunas, ventajas, rangos, dignidades, goces, a la concupiscencia de la carne, de los ojos y a la soberbia de la vida. Ha establecido un precio para todos los anhelos, rivalidades, esperanzas, temores, deseos, esfuerzos y triunfos del hombre mortal. Ha dado un sentido al variado y movido curso de la condición terrena, a sus pruebas, tentaciones y sufrimientos. Ha agrupado y hecho coherente todo lo que parecía discordante y sin rumbo. Nos ha enseñado cómo vivir, cómo usar este mundo, qué cosas esperar y desear. Es la melodía en la que todos los motivos de la música de este mundo han de ser integrados en último término.

Mirad en torno vuestro y ved lo que el mundo os presenta, lo alto y lo bajo. Id a la corte de los príncipes. Observad la riqueza y la habilidad de todas las naciones, reunidas para honrar a un ser humano. Ved cómo los muchos se postran ante los pocos. Considerad las formalidades y el ceremonial, la pompa y la circunstancia, la etiqueta y la vanagloria. ¿Queréis saber el valor de todo eso? Mirad a la Cruz de Cristo.

Id al mundo de la política: ved a unas naciones celosas de otras, al comercio que compite con el comercio, a ejércitos y flotas enfrentados unos a otros. Examinad los diversos estamentos de la comunidad, sus partidos y sus disputas, los esfuerzos de los ambiciosos, y los manejos de los intrigantes. ¿Cuál es el destino de toda esta agitación? La tumba. ¿Cuál es la medida? La Cruz.

Visitad el mundo del intelecto y de la ciencia. Considerad los estupendos descubrimientos que consigue la mente humana, la diversidad de artes que esos hallazgos originan, los efectos casi milagrosos por los que muestra su poderío.

Observad, además, el orgullo y seguridad de la razón, así como la absorbente devoción del pensamiento hacia objetos efímeros, que es la consecuencia. ¿Queréis formaros un juicio correcto de todo esto? Mirad a la Cruz.

Fijaos en la miseria, la pobreza y la indigencia más absolutas; mirad la opresión y la esclavitud; mirad los lugares en donde escasean los alimentos y las viviendas son insalubres. Considerad el dolor y el sufrimiento, la enfermedad larga o violenta, todo lo que provoca temor y repulsión. ¿Queréis saber cómo valorar estas cosas? Mirad a la Cruz.

Es así como todas las cosas convergen en la Cruz y en el que cuelga de ella. Todo se le somete, todas las cosas le necesitan. Es su centro y su interpretación. Porque Jesús fue levantado sobre ella, para que pudiera atraer hacia Él a todos los hombres y a todas las cosas.

Pero se dirá que la visión que la Cruz de Cristo nos proporciona acerca de la vida humana y del mundo no es la que adoptaríamos si se nos dejase elegir, que no es una visión obvia de la realidad, que si contemplamos las cosas en su superficie resultan ser más brillantes y atractivas de lo que aparecen a la luz que este tiempo litúrgico arroja sobre ellas. El mundo parece haber sido hecho para su disfrute por el hombre, que se encuentra colocado en él. El ser humano posee la capacidad de gozar, y el mundo le proporciona los medios. ¡Qué natural, agradable y sencilla filosofía es esta, y qué diferente, sin embargo, de la filosofía de la Cruz! La doctrina de la Cruz, podría decirse, escinde dos partes de un sistema que parecen hechas la una para la otra. Separa el fruto y la persona que ha de comerlo, el goce y quién debe gozar. ¿Acaso se soluciona así un problema? ¿No se crea, más bien, uno nuevo?

Respondo, en primer lugar, que cualquiera que sea la fuerza de esta objeción, se trata simplemente de lo que Eva sintió y Satán argumentó en el Edén. Porque la mujer percibió que el árbol prohibido era «bueno como comida» y «un árbol apetecible». ¿No es de extrañar entonces que nosotros, descendientes de la primera pareja, nos encontremos en un mundo en el que hay frutos prohibidos, y que nuestras pruebas consistan en tenerlos a mano y nuestra felicidad en abstenernos de ellos? El mundo parece, a primera vista, estar hecho para el placer, de modo que la visión de la Cruz de Cristo resulta una imagen grave y triste, que interfiere con esa apariencia. Así es. ¿Pero por qué no ha de ser deber nuestro, a pesar de todo, abstenernos a veces de disfrutar, cuando era una obligación incluso en el Paraíso?

Supone, en cualquier caso, una visión superficial de las cosas decir que esta vida está hecha para el placer y la felicidad natural. A quienes miran debajo de la superficie les dice una historia muy diferente. La doctrina de la Cruz enseña en último término, aunque con energía infinitamente mayor, la lección que este mundo enseña a quienes han vivido en él largo tiempo, a quienes tienen experiencia de él y lo conocen bien. El mundo es dulce a los labios, pero amargo al gusto. Agrada al principio, pero no al final. Parece alegre en el exterior, pero esconde maldad y miseria. Cuando alguien ha vivido un número suficiente de años tiene que exclamar con el escritor sapiencial: «Vanidad de vanidades, y toda vanidad» (Qo 1,2). Y si no tiene a la religión como guía se verá forzado a ir más lejos y decir: «Todo es vanidad y turbación de espíritu» (Qo 1,14); todo es decepción, pena y dolor.

Los severos juicios de Dios sobre el pecado se hallan escondidos dentro de este, y obligan al hombre a lamentarse, quiera o no quiera. La doctrina de la Cruz de Cristo no hace, por tanto, sino anticipar para nosotros la experiencia del mundo. Es verdad que nos invita a llorar nuestros pecados en medio de todo lo que sonríe y brilla en torno nuestro. Pero si no prestamos atención a su mensaje, nos veremos forzados, a la larga, a lamentarnos a causa de haber sufrido su terrible castigo. Si no reconocemos, por la visión de Jesús doliente, que este mundo se ha hecho miserable por el pecado, experimentaremos su condición de miseria por la repercusión de ese pecado sobre nosotros mismos.

Se puede conceder, es verdad, que la doctrina de la Cruz no se halla en la superficie del mundo. La superficie de las cosas es solo brillante, mientras que la Cruz es doliente. Se trata de una doctrina escondida, que se oculta bajo un velo. Nos turba a primera vista y nos vemos tentados a huir de ella. Como san Pedro, decimos: «¡Lejos de ti, Señor! ¡De ningún modo te sucederá eso!» (Mt 16,22) Y sin embargo es doctrina verdadera, porque la verdad no se encuentra en la superficie de las cosas, sino en el fondo.

Y así como la doctrina de la Cruz, aunque es la verdadera interpretación de este mundo, no se manifiesta ostentosamente en la superficie de este, sino que permanece oculta, así también, al ser recibida en un corazón fiel, arraiga en él como un principio vivo, pero profundo y escondido a la observación. Los hombres religiosos, en palabras de la Escritura, «viven en la fe del Hijo de Dios, que los amó y se entregó a sí mismo por ellos» (Ga 2,20). Pero no lo dicen a todos los hombres, y dejan que ellos lo averigüen, si es el caso. El mandato del Señor a sus discípulos fue que, al ayunar, debían «perfumar su cabeza y lavar su cara» (Mt 6,17).

Están así obligados a no hacer ostentación, y a sentir contento por parecer, en lo externo, diferentemente a como son por dentro. Han de mantener un semblante alegre, y controlar y moderar sus sentimientos, para que estos sentimientos, no malgastados en la superficie, puedan retirarse al interior del corazón y vivir allí.

Así, «¡Jesucristo, y este crucificado» es —como nos dice el Apóstol— una «sabiduría escondida»: escondida del mundo, que parece a primera vista hablar una doctrina harto diferente, y escondida en el corazón fiel, que a otros parece vivir una vida corriente, mientras que, en realidad, mantiene una comunión íntima con Aquel que «se manifestó en la carne», «fue crucificado en debilidad», «justificado en el espíritu», «visto por ángeles en la gloria» (1 Tm 3,16).

Así las cosas, la grande e impresionante doctrina de la Cruz de Cristo puede ser llamada con toda razón, en lenguaje figurado, el corazón de la religión. El corazón es considerado asiento de la vida. Es principio del movimiento, del calor y de la acción. Desde él va la sangre hasta las partes más extremas del cuerpo. Mantiene al hombre en sus potencias y facultades, y a la mente le permite pensar. Cuando el corazón es herido, el hombre muere.

De igual manera, la sagrada doctrina del Sacrificio expiatorio de Jesús es el principio vital del que se nutre el cristiano, y sin el cual sería impensable el cristianismo. Ninguna otra doctrina puede confesarse con provecho si aquella no se acepta. Creer en la divinidad de Cristo, o en su humanidad, o en la Santa Trinidad, en el juicio y la resurrección de los nuestros, no sería exactamente la fe cristiana, a menos que confesemos también la doctrina del Sacrificio de Cristo. De otro lado, aceptarla presupone la recepción de otras altas verdades del Evangelio; pues implica creer en la verdadera divinidad de Jesús, en su verdadera encarnación, y en el estado pecador de la naturaleza humana. Prepara el camino para creer en la Sagrada Cena eucarística, en la que El que ha sido crucificado se da a nuestros cuerpos y almas de modo completamente verdadero en Su Cuerpo y Su Sangre.

Pero el corazón se esconde de la vista, se mantiene cuidadosamente guardado, no es el ojo situado en el rostro, que ve todo y es visto de todos. Así la sagrada doctrina del Sacrificio expiatorio no es tanto una verdad sobre la que hablar, como una verdad de la que vivir; no es para ser investigada irreverentemente, sino interiormente adorada; no es para usarla como instrumento necesario en la conversión del incrédulo, o para satisfacer a razonadores de este mundo, sino para ser comunicada a los sencillos y obedientes; a los jóvenes no corrompidos por el mundo; a quienes sufren y merecen consuelo; a los sinceros que buscan la verdad en serio, y necesitan una norma de vida; a los inocentes que requieren consejo y advertencia; a los maduros y experimentados que se han ganado el conocimiento del misterio. Añado, para terminar, una observación más. No debe suponerse que, porque la doctrina de la Cruz nos provoque alguna tristeza, el Evangelio sea una religión triste. Dice el salmista: «Los que siembran con lágrimas recogerán con alegría» (125,5); y nuestro Señor exclama: «Los que lloran serán consolados» (Mt 5,5). Que nadie piense que el Evangelio nos obliga a adoptar una visión melancólica del mundo y de la vida. Nos impide, desde luego, conformarnos con una visión superficial y encontrar una alegría transitoria y vana en lo que vemos. Pero nos prohíbe un goce inmediato solo para darnos más tarde el goce verdadero y en plenitud.

Solo nos prohíbe comenzar por el goce. Parece decirnos: si comenzáis por lo placentero terminaréis en el dolor. Nos invita a comenzar con la Cruz de Cristo, en la que encontraremos al principio alguna pesadumbre, de la que nacerán, sin embargo, paz y consuelo.

La Cruz nos conducirá a dolernos, nos llevará al arrepentimiento, a la humillación, la oración y el ayuno. Lloraremos nuestros pecados, lloraremos junto a los sufrimientos de Cristo. Pero todo este dolor desembocará y será sobrellevado en una alegría mucho mayor que los goces proporcionados por el mundo, a pesar de que mentes descuidadas y mundanas no lo crean y ridiculicen este pensamiento, porque nunca lo han experimentado y lo consideran un asunto de meras palabras sin sentido, que la gente religiosa considera oportuno usar y trata de creer para que otros también lo crean.

 Esto es lo que piensan, pero nuestro Salvador dijo a sus discípulos: «También vosotros estaréis tristes ahora, pero volveré a veros y se alegrará vuestro corazón, y nadie os podrá arrebatar vuestra alegría» (Jn 16,22); «Os dejo la paz, os doy mi paz, no os la doy como la da el mundo» (Jn 14,27). Y san Pablo escribe: «El hombre natural no capta las cosas del Espíritu de Dios, son necedad para él, y no las puede entender, porque solo el espíritu puede juzgarlas» (1 Cor 2,14); «Anunciamos lo que ni el ojo vio, ni el oído oyó, ni llegó al corazón del hombre, lo que Dios preparó para quienes le aman» (1 Cor 2,9). Y así la Cruz de Cristo, al hablarnos de nuestra redención y de sus sufrimientos, nos hiere, pero lo hace de modo que seamos curados.

Todo lo que es bello y brillante en la superficie de este mundo, a pesar de no tener sustancia en sí mismo ni ser apto para ser disfrutado por sí mismo, es sin embargo figura y promesa de la verdadera alegría que deriva de la expiación. Es una promesa que llega anticipada respecto a lo que vendrá. Es una sombra que alimenta la esperanza, porque el cumplimiento se acerca, pero no debe ser tomada ella misma por la realidad prometida. Así es como Dios actúa usualmente con nosotros: nos envía misericordiosamente la apariencia antes que la realidad, para que nos consolemos con lo que va a venir antes de que venga.

Así entró el Señor en triunfo en Jerusalén antes de Su Pasión, rodeado de multitudes que gritaban Hosanna y alfombraban Su camino con palmas y vestidos. No fue sino un homenaje vano y vacío, que no agradó al Señor. Fue una sombra que pasó rápidamente, sin permanecer. Solo podía ser una sombra, porque Jesús no había padecido aún la pasión por la que habría de forjarse su verdadero triunfo. No podía entrar en Su gloria antes de padecer. No podía complacerse en una apariencia, sabiendo que era irreal. Pero ese primer frágil triunfo fue el presagio de la verdadera victoria por venir, una vez que hubo vencido el zarpazo de la muerte.

Conmemoraremos este triunfo figurativo en el último domingo de Cuaresma, para animarnos en el dolor del tiempo que sigue a continuación y para recordarnos que la alegría verdadera llega con el Día de Pascua.

Por lo que respecta a este mundo con todos sus goces y desencantos, no nos fiemos de él, no le demos nuestros corazones, ni comencemos con él. Comencemos con la fe, comencemos con Cristo, comencemos con Su Cruz y la humillación a la que conduce. Seamos primero atraídos hacia Aquel que ha sido levantado en alto, para que pueda darnos, con Él, todas las cosas. Busquemos primero «el Reino de Dios y Su justicia» (Mt 6,33), y todas las demás cosas de este mundo «se nos darán por añadidura».

Solo son realmente capaces de disfrutar este mundo quienes comienzan con el mundo invisible. Solo gozan de este mundo los que primero se han abstenido de él. Solo pueden disfrutar del banquete quienes primero han ayunado. Solo son capaces de usar de este mundo quienes primero han aprendido a no abusar de él. Solo lo heredan quienes lo ven como una sombra del mundo futuro, y por este mundo futuro, renuncian a él.

Traducción de Víctor García Ruiz


Créditos de las imágenes: imagen 1, imagen 2, imagen 3

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