jueves, 8 de octubre de 2026

De, "Los Papeles de un paria" de R.H. Benson: "Muerte"

 

                                                 Muerte

                                                                                                                        Enero de 1905

          Esta mañana mi casero entró en mi habitación muy alterado, diciéndome que su primo, que vivía a unos cien metros, había sufrido unas convulsiones y yacía moribundo. Llamaron al médico, y al sacerdote—porque el hombre era católico; pero ninguno había llegado aún y las mujeres estaban aterrorizadas.

          Agarré mi sombrero y salí corriendo con él, y en el mismo umbral de la puerta nos topamos con el médico, y subimos juntos las escaleras. Al enfermo ya lo habían acostado y yacía con una palidez de muerte, con los ojos abiertos, mirando sin sentido por la ventana de enfrente, que nadie había pensado en tapar.  Tenía las manos ocultas, los labios entreabiertos y su rostro experimentaba de vez en cuando unos espasmos. A su lado permanecía una mujer, indefensa y ansiosa, casi tan pálida como él, la cual dio un gran suspiro de alivio cuando entramos.

           Mientras el doctor trabajaba, fui y me quedé parado junto a la ventana mirando hacia fuera, maravillado de la rapidez con la que la tragedia había caído repentinamente sobre esta sórdida casa. También me pregunté sobre un montón de otras cosas: sobre lo que pasa por la mente del hombre mientras miraba la eternidad; sobre el horror de todo este asunto; de la Mente Suprema que, aparentemente, planea tal salida de esta vida y que nos da a todos una hora de terror que debemos esperar con ilusión.

The illustration depicts a quaint, old-fashioned bedroom with three individuals, two in formal attire and one in casual wear, arranged around a bed, with a large window showcasing a verdant, rural landscape outside.

El contenido generado por IA puede ser incorrecto.

          Me pregunté a mí mismo, ¿por qué todo es tan complicado?; ¿por qué hacemos todo lo posible por prolongar una vida como esta, que había estado padeciendo un dolor interno, según sabía, durante más de diez años? Y mi respuesta fue que lo que nos motiva a hacerlo es algo instintivo, no racional. La muerte era tan impactante que no había duda, salvo que debía resistirse con todas sus fuerzas como por una especie de acción refleja. Nuestros esfuerzos eran apenas defendibles, pero totalmente necesarios y naturales. Esto y muchas cosas más pensé mientras contemplaba los bosques en el valle de abajo.

           Era una mañana sin viento, suave y dulce. Abajo el terreno descendía abruptamente, y la pradera se mezclaba luego con una ladera de maleza que ascendía entre árboles jóvenes y abedules, dando paso más allá a un bosque más profundo. Esa mañana el aire era como un vino cálido, suave y revitalizante. Sobre las ramas sin hojas reposaba una suavidad aterciopelada como la primavera que se acercaba, y por encima de todo se alzaba la tierna bóveda azul cubierta de nubes.

          Debo confesar que lo que prevalecía en mi mente en ese momento era principalmente un horror irónico. Era terrible pensar en que un Señor del Amor debía trascender más allá de aquel cielo y ser inmanente en este aire y esta vida inferiores; un Señor del Amor que era también Todopoderoso, y que pudo tan fácilmente haberlo dispuesto todo de otra manera; o habérnoslo explicado un poco para asegurarnos que había algún plan detrás de esta aparente negligencia y brutalidad. Aquí había un tablero de ajedrez, blanco y negro, sufrimiento y dulzura, un hombre moribundo y leña para encender el fuego; ¿y qué derecho tengo yo para decir que el tablero es esencialmente blanco y solo accidentalmente negro? Si hubiera sido yo el que estaba muriendo, ¿no sentiría acaso que la agonía es la verdad de todo y la paz no más que un incidente ocasional? Por lo que recuerdo del dolor, me parece que es así.

          Además, este Señor del Amor, ¿qué estaba haciendo en ese momento?, ¿Y Su Madre, los santos y las hordas de espíritus impasibles? ¿Eran conscientes de lo que estaba ocurriendo? Miran y no dan ninguna señal, y el horror continúa, despiadado e inevitable.

           Cuando me giré al oír un ruido, el padre Thorpe estaba en la puerta.

       Ahora, no puedo describir, salvo muy brevemente, lo que ocurrió después, pues soy bastante inexperto en asuntos eclesiásticos y, sin duda, metería de pata. Lo primero que hizo el sacerdote fue acercarse a la mesa que estaba cerca mío, sacó una bolsita (todo esto sin decir palabra) dejó dos velitas y las encendió. Extendió un pequeño cuadrado de lino, puso un pequeño crucifijo y luego sacó de su cuello otra bolsa con cordones. La abrió y dejó una pequeña cosa de plata como un reloj. Entonces, vi que los demás estaban arrodillados, y yo también me arrodillé. En ese momento volvió a colocarse junto a la cama, diciéndole al enfermo que había venido a darle los Últimos Sacramentos. Le dijo al enfermo que Jesucristo había muerto en la Cruz por su causa; que Dios no nos pide hacer lo que no podemos, y que Él entiende que la confesión era imposible. Por eso debía hacer un acto de contrición, diciendo en su interior con todo su corazón:  "Dios mío, me arrepiento de todos mis pecados porque te amo con todo mi corazón." Habló así por unos momentos con animosidad, pero no sin ternura y sinceridad, mirando fijamente el rostro blanco que le devolvía la mirada con apenas un atisbo de sentido. Luego se levantó y pronunció, supongo, la absolución. Después se volvió a la mesa, abriendo la plateada caja de reloj. No me apeteció observar muy de cerca, pero al poco rato me di cuenta de que el sacerdote sostenía el pequeño disco blanco y repetía algunas palabras, volviendo de nuevo a la cama, inclinándose sobre el moribundo. Hubo un pequeño forcejedo, mientras el hombre era levantado por su primo y el sacerdote se inclinaba hacia adelante.

         Entonces comenzó la unción: sus manos, sus ojos, sus oídos, sus fosas nasales y su boca. Todos, uno a uno, fueron signados por el pulgar del sacerdote. Finalmente, las sábanas, que ya estaban sueltas, se recogieron al pie de la cama, y sus pies también fueron signados y cubiertos de nuevo. Luego, tras unas cuantas oraciones y ceremonias más, a las que no presté mucha atención, el sacerdote apagó las velas y salió de la habitación murmurando con el médico.

          Ahora bien, al escribirlo así en forma tan cruda soy consciente de que todo esto suena muy poco impresionante, claramente "vanidoso" y probablemente bastante supersticioso. Sin embargo, todo lo que puedo decir es que estas ceremonias y palabras, la actitud del sacerdote, la respuesta medio inteligente del enfermo (que para entonces sujetaba y observaba un crucifijo) la repentina y gélida serenidad de quienes asistieron y el efecto de toda esta representación, produjeron en mí un cambio extraordinario.

          Mientras estoy sentado ahora por la noche escribiendo esto en mi despacho, me parece que mis primeras reflexiones sobre la tragedia y la crueldad de la muerte fueron las de un estúpido salvaje. No puedo decir exactamente qué fue lo que provocó el cambio; solo puedo decir que, cuando todo terminó, el cambio estaba ahí. La muerte ya no me parecía un horror nauseabundo, sino que se había convertido en una presencia cálida y reconfortante. Seguía siendo terrible, pero con la misteriosa horribilidad de un gran y tranquilo bosque, más que la de un matadero o una cima helada con precipicios donde aúlla el viento. Fue como si, tras un par de notas discordantes de algún instrumento, notas de contrastes brutales e irreconocibles, se les hubiera añadido otra que resultó en un solemne y dulce acorde. Ya no existía esa impactante incoherencia entre el día suave al aire libre y el sudor y los dolores mortales interiores. Ya no era verdad que un Señor del Amor se mantuviera a Sí mismo separado en algún Cielo soleado y arrojara este problema desgarrador a este mundo cruel y venenoso, sino que ahora era todo uno: sostenía ambos en el hueco de Sus Brazos contra Su sereno Corazón, en un espacio tan vasto que yo no podía abarcarlo, pero en un abrazo tan cálido que ya no sentía frío.

         ¡Ah! No es posible decir cómo sucedió todo esto, ni cuán real fue para mí. Solo puedo decirme a mí mismo que fue como un acorde de música, golpeado sin un solo golpe, sonando sin vibración, brotando en la quietud como una orquesta de cuerdas y suaves trompetas que se prolongaban durante mucho tiempo en una gran armonía que reconciliaba el bien y el mal, el dolor y la alegría, la vida y la muerte, Dios y la naturaleza.

         No creo ser un tipo sin corazón ni tampoco un sentimental. Sé que en mi rostro tenía lágrimas hace un momento cuando me dijeron que el enfermo había muerto hace una hora, y no creo que ellas hubieran estado allí si hubiera muerto en mi presencia antes de la llegada del sacerdote. Eso fue lo que resolvió la discordia y me hizo entender esa serie de acciones y palabras incomprensibles; el sentido que había detrás de todo esto que me decía que Dios se preocupaba y había previsto, y que, si permitió la muerte, Él me proporcionó la fuerza para enfrentarla. Sin esta, me habría puesto insensible, resentido y agonizante; con ella pude llorar en su lugar.  ¡Qué religión es esta en la cual morir!

           Ojalá pudiera explicar todo lo que quiero decir con eso, o mejor aún, el efecto que causó en mí lo que presencié. Esas ceremonias fueron como el deslizamiento de una llave en una intrincada cerradura; no podemos captar los misterios de las palabras, sin embargo, la puerta está abierta y podemos mirar dentro durante unos minutos. Ni siquiera podemos recordar o decir qué es lo que hemos visto. Tampoco puedo decirme a mí mismo qué fue lo que vi allí, salvo que lo que vi no era una habitación negra y vacía. La Muerte no es así:  es dulce y amigable, como un salón iluminado por el fuego al que los hombres pueden ver desde la oscuridad exterior. También hay, sin duda, otras puertas por las que podemos mirar, pero estoy seguro de que esta misma visión no se ve a través de ellas. Eso es lo menos que quiero decir cuando digo que esta es la religión en la cual morir.

          Recuerdo que el primer papel de este tipo que escribí fue sobre el Réquiem en el día de Todos los Difuntos, y he aquí que estoy de nuevo en este mismo conmovedor punto: la muerte y lo que hay detrás, debajo, y, sobre todo, lo supremo de ella. Y me pregunto, mientras estoy aquí sentado escribiendo, si este no será quizás el final de mi recorrido. Si he sido guiado de una muerte a otra, cada vez más fuerte, mirando esto y aquello, y haciendo mis pobres comentarios y sacando mis conclusiones baratas, expresando mis sentimientos enfermizos o mi humor angustioso. Después de todo, no importa mucho. Ningún hombre puede hacer más de lo que está dentro de sus facultades, como dijo el padre Thorpe esta mañana, y aunque soy muy consciente de mi propia sublime insuficiencia, existe un refugio en el que puedo esconderme de la ira del Cordero, y es mi propio pesar por haberle ofendido alguna vez...

         Sí, esta es una religión en la que es posible morir con propiedad. ¿Qué otra cosa sino esto le habría servido a ese hombre de mediana edad y sin imaginación que vi con vida hace ocho horas? No quería sentimentalismo o exhortaciones a una emoción de la que era incapaz; o adulaciones de amigos que quieren hacer de la muerte algo más llevadero mediante un halago poco sincero de una vida que estaba lejos de ser inmaculada. Ni siquiera quería que se concertaran citas con él en el cielo, con recordatorios de que todos se reunirían, buenos, malos e indiferentes por igual, al pie de un trono improbable. Quería mucho más que eso, y al mismo tiempo, mucho menos. Era un pecador, lo sabía, y deseaba que le trataran sobre esa base. Quería estar lo más limpio posible, y así él fue absuelto. Ser acompañado por Dios en ese misterioso viaje, y de esta manera recibió el Viaticum, para ser fortalecido y purificado una vez más; así fue ungido, para escapar, como era natural, de todos los dolores que pudieran evitarse, y de ese modo recibió la Última Bendición. Finalmente, deseó que sus desfallecientes ojos fueran animados y que sus manos agotadas recibieran apoyo, y de esta manera la imagen de su Salvador fue colocada en sus manos.

      Hemos vivido tanto tiempo guiados por nuestros sentidos, fiándonos de que lo real es lo que podemos tocar y manipular, que Dios, en su misericordia, nos permite hacerlo realmente así de esta manera hasta el final. Toma el aceite, el pan, el agua y el metal, y los convierte no solo en símbolos, sino en los mismos vehículos que necesitamos. “Mira esto”, exclama la Iglesia, mientras sostiene su crucifijo: “esta es la imagen de vuestro Señor, bésala por amor a Él”. “Mira esto”, dice mientras levanta la Hostia, "Este es Él mismo ¡Ecce Agnus Dei! Prueba y comprueba que Él es misericordioso... Voltea tus manos y siente el suave aceite... Esta es Su inmensa bondad. Entrégate a estas cosas; apóyate en ellas y te sostendrán. Aférrate a ellas, y tendrás el control de la vida eterna."

         ¡Dios por favor que ella pueda decir estas cosas a mí...!

martes, 29 de septiembre de 2026

Mi lugar en la FSSPX: ¿por qué voy?


"Procura, al menos, salvar tu alma; lo demás importa poco"

San Juan Bosco

 «Hacemos esto no por espíritu de rebelión ni por orgullo, sino para responder a las llamadas de los fieles que nos piden el pan de la Verdad y los Sacramentos para salvar sus almas."

Monseñor Marcel Lefebvre

          Han pasado años desde la última vez que escribí una entrada. Diversas razones —prácticas, médicas y un poco de desidia—, sumadas a la sensación de no tener nada nuevo que aportar al mundo bloguero católico, me mantuvieron alejada de la escritura. Además, existe un «mogollón» (como dirían mis amigos españoles) de sitios que abordan los mismos temas que yo trataba; por no mencionar a los creadores en YouTube, de quienes me he vuelto seguidora y he aprendido muchísimo. 

          Puede que esta publicación marque mi regreso; al menos ese es mi propósito y ojalá logre ser constante. Deseo reavivar las ganas de sentarme frente al teclado, dejar que las ideas fluyan en la página y continuar publicando las traducciones de Monseñor Benson —a quien tanto le debo y que fue la razón de ser de este blog— y, por supuesto, los relatos de Mateo.

          Entrando en materia, tal como adelanta el título, asisto a la Santa Misa tradicional en la Fraternidad Sacerdotal San Pío X desde hace casi diez años. No pertenezco a la Tercera Orden; soy una simple fiel que va en familia. Tenía muchas dudas sobre si escribir acerca de esto, tras las excomuniones y la controversia en torno a la Fraternidad. No me gusta la polémica y andar discutiendo y enfrentando a comentarios alterados de personas que se cierran a razones —razones que, a mi juicio, trascienden el derecho canónico—. Ese tipo de discusiones me hacen perder la paz y, aunque uno no lo quiera, la paciencia a veces se agota.  «No hay que andar peleando», nos dijo desde el ambón de la capilla a la que asisto un padre de la frater, y mucho menos con nuestros hermanos en la fe, de quienes a veces viene el ataque más desconcertante: un incomprensible «fuego amigo» que descalifica e insiste en remarcar un «nosotros somos obedientes, ustedes no».

          Ahora que han pasado algunos meses y las aguas están más calmas, quiero compartir mi vivencia sobre cómo, a pesar del temor a las sanciones y demás reparos, sigo recibiendo en la Fraternidad los sacramentos y asisto a la Santa Misa. No pretendo hacer un análisis canónico ni profundizar en la disciplina de la Iglesia; sobre esos temas ya abundan contenidos en la red y no soy experta. Mi enfoque es puramente práctico: responde a la necesidad básica para la vida espiritual de recibir los sacramentos y, con ellos, la gracia santificante, tal como los recibieron nuestros antepasados antes del Concilio Vaticano II. 

 

Capilla San José de los Ángeles, FSSPX, Viña del Mar
         No espero que entiendan mis puntos aquellos que andan comentando en redes sociales cosas como: “ustedes no han obedecido al Papa, están excomulgados, son cismáticos, no hay razones que lo justifique, están fuera de la Iglesia y no tienen derecho a nada”. Hay una intransigencia que vuelve imposible cualquier explicación. Sin embargo, espero que las personas de buena voluntad al menos logren captar un poco mis motivaciones.

Entonces la pregunta que cabe hacerse es: ¿por qué usted, señora Beatrice, sigue yendo a misa a la Fraternidad San Pío X a pesar de las excomuniones? No es por un simple gustito estético ni por una «preferencia personal» hacia un rito, sino porque mi alma y la de mi familia lo necesitan para su vida espiritual; por la tranquilidad que da el saber que asisto a un rito digno y agradable a Dios, porque está centrado en Él y no en el hombre. Una misa en la que no hay abusos litúrgicos como en el Novus Ordo Missae, donde muchas veces los sacerdotes hacen uso de su «genialidad creativa» agregando actos o palabras que no están en las rúbricas o, por el contrario, quitando o cercenando lo que se les antoja (como han quitado en muchas parroquias el Yo pecador, por ejemplo).

En la misa tradicional el idioma es el mismo aquí en Chile o en cualquier lugar del mundo donde se rece. Es un rito latino universal para toda la Iglesia, e insisto: para toda la Iglesia y no para el privilegio de algunos. La Fraternidad da la lucha para que sea un bien universal de la Iglesia y no algo reservado a un grupo con los consiguientes condicionamientos para que puedan tener este privilegio. Es un mismo rito, con los mismos silencios, rúbricas y gestos ricos en significado que resaltan por un lado el misterio y, por otro, hacen que el alma se centre en Dios y en el sacrificio del altar.

          Razones estéticas también las hay, desde luego: la belleza de los ornamentos, del canto y del altar donde está el sagrario como parte del mismo y no a un lado separado. El sagrario al centro donde está Nuestro Señor esperando ser adorado como el Rey de nuestras almas y la causa de nuestra salvación.

          ¿Se ha pensado en los fieles de entendimiento tradicional cuando se les coarta para que ya no vayan más y que tienen que ir al Novus Ordo? ¿Han pensado en por qué los fieles de la Fraternidad nos apegamos y amamos tanto la Santa Misa de siempre? Yo creo que no le han tomado el peso a lo que eso significa para una persona que lleva años buscando adorar a Dios en un rito tan santo como este dejar de hacerlo por un decreto injusto e inválido. Lo siento, pero me violenta, no puedo, violenta mi alma, me quita la paz, va contra mi conciencia y no voy a quedar a la deriva por falta de vida espiritual y de alimento para mi alma, que es mi único bien, lo único a lo cual puedo llamar propiamente «mío»: mi alma.

          He buscado a Dios y aquí lo he encontrado: en lo que la Iglesia siempre ha enseñado, en la liturgia que siempre ha rezado. No puedo volver atrás, porque quien ha encontrado la Misa de siempre es como aquel que compra un campo porque ha encontrado un tesoro (Mateo 13, 44), porque la Santa Misa tradicional es como un pedazo del Cielo en la tierra. He encontrado este tesoro en esta Misa y en aquella congregación que se resiste a ser inoculada con los errores del modernismo y a caer en concesiones con la Verdad, como han terminado muchos grupos que, antes que perder la Misa para ellos, prefieren callar y mantener sus «privilegios». Resistir al error tiene su costo, pero tarde o temprano esta resistencia va a dar muchos y buenos frutos.

          En cada misa a la que voy en la FSSPX encuentro que se me predica la fe de siempre, hay celo por la salvación de las almas. Se nos predica la necesidad de la confesión, de estar preparados para dar cuentas a Dios; se nos predica para que no perdamos la fe en estos tiempos de confusión; se nos forma en la doctrina infalible de la Iglesia, en el amor precisamente a la Iglesia y al Papado. Nadie ha querido separarse. En cambio: «Habíamos pedido ser instruidos y confirmados en la fe de siempre; en vez de eso, fuimos declarados cismáticos por segunda vez». No tengo espíritu cismático, y creo que nadie en la Fraternidad lo tiene. Rezo cada día por el Santo Padre esta bella oración tomada del misal romano tradicional:

«Oh Dios, pastor y guía de todos los fieles, mira con ojos de bondad a tu siervo León, a quien has colocado al frente de tu Iglesia como su pastor; concédele, te suplicamos, el ser útil por su palabra y doctrina a cuantos están a él sujetos, para que juntamente con su rebaño llegue a la vida eterna. Por nuestro Señor Jesucristo».

          A lo largo de los años fuimos con mi familia buscando aquella liturgia donde pudiéramos adorar a Dios de la manera más santa; donde mis hijos no perdieran la fe a causa de una escandalosa liturgia de un colegio católico donde se piensa hacer de la Santa Misa algo entretenido, transformándola en una «fiesta con Jesús» ¡Cuántos compañeros de mis hijos se alejaron o simplemente perdieron la fe por culpa de una nula enseñanza de la doctrina y de una liturgia que les inculcó que el amor a Dios es sentir en el corazón que Él nos ama, más que amarle cumpliendo lo que manda y deseando lo que promete! («Da populis tuis id amare quod præcipis, id desiderare quod promittis», Oración del cuarto domingo después de Pascua).

                 Buscando y buscando dónde nos pudiéramos encontrar con una liturgia digna para dar a Dios la mayor gloria y reverencia, centrada en el sacrificio del altar, pasamos por los benedictinos; luego, a raíz del Motu Proprio Summorum Pontificum, fuimos donde se rezaba la misa tradicional (ya fuera en Valparaíso, Casablanca o Santiago), al mismo tiempo que asistíamos a la Fraternidad cuando se podía. Y, finalmente, llegamos a este puerto y aquí nos quedamos En la Fraternidad nos hemos enriquecido espiritualmente y  ella nos otorga los medios para agradar a Dios a través del culto y de la Tradición.

Priorato Cristo Rey, FSSPX, Santiago de Chile

Ahora se nos mira como cismáticos; hace treinta y ocho años también, y ya sabemos qué pasó después. Confiamos en que, por la intercesión de María Santísima Mediadora de todas las gracias, esto se resuelva algún día y ojalá pronto por el bien de las almas que dudan y tienen miedo de venir a la fraternidad por las supuestas sanciones, pero que desean ardientemente la Misa tradicional y los sacramentos. Mientras tanto, la sed del espíritu que busca a Dios no puede quedar a la deriva y asumo los costos que, desde el punto de vista meramente humano, esto tiene como el sufrimiento espiritual a causa del rechazo y la incomprensión de los propios, que estoy segura de que cada sacerdote y fiel de la Fraternidad sufre y ofrece a Dios por la Iglesia y por el Santo Padre.

Así como ya una vez se reconoció la injusticia de las excomuniones, no dudo que volverá a pasar lo mismo y que se reconocerá la obra de Monseñor Lefebvre y de la FSSPX.




domingo, 5 de julio de 2026

La Iglesia de la publicidad y la del silencio, R.P. Julio Meinvielle

           El hombre solo puede vislumbrar generalidades sobre el curso de los acontecimientos y sobre la densidad de la historia. Esta densidad se ha de medir por un acercamiento más o menos grande a la norma de Cristo, que constituye el centro y el eje de la historia. La Historia se ha de acomodar a la tradición cabalística o a la tradición católica. No hace falta mucha sagacidad para ver que desde hace cinco siglos el mundo se está conformando a la tradición cabalística. El mundo del Anticristo se adelanta velozmente. Todo concurre a la unificación totalitaria del hijo de la perdición. De aquí también el éxito del progresismo. El cristianismo se seculariza o se ateíza.

          Como se hayan de cumplir, en esta edad cabalística, las promesas de asistencia del Divino Espíritu a la Iglesia y cómo se haya de verificar el portae infieri non prevalebunt, las puertas del infierno no ha de prevalecer, no cabe en la mente humana. Pero así como la Iglesia comenzó siendo una semilla pequeñísima, (Mt., 13, 32) y se hizo árbol y árbol frondoso, así puede reducirse en su frondosidad y tener una realidad mucha más modesta. Sabemos que el mysterium iniquitatis ya está obrando ( 2 Tes.,2,7); pero no sabemos los límites de su poder. Sin embargo, no hay dificultad en admitir que la Iglesia de la publicidad pueda ser ganada por el enemigo y convertirse de Iglesia Católica en Iglesia gnóstica. Puede haber dos Iglesias, la una la de la publicidad, Iglesia magnificada en la propaganda, con obispos, sacerdotes y teólogos publicitados, y aun con un Pontífice de actitudes ambiguas; y otra, Iglesia del silencio, con un Papa fiel a Jesucristo en su enseñanza y con algunos sacerdotes, obispos y fieles que le sean adictos, esparcidos como "pusillus grex" por toda la tierra. Esta segunda sería la Iglesia de las promesas, y no aquella primera que pudiera defeccionar, un mismo Papa presidiría ambas Iglesias, que aparece y exteriormente no sería sino una. El Papa, con sus actitudes ambiguas, daría pie para mantener el equívoco. Porque, por una parte, profesando una doctrina intachable sería cabeza de la Iglesia de las Promesas. Por otra parte, produciendo hechos equívocos y aun reprochables, aparecería como alentando la subversión y manteniendo la Iglesia gnóstica de la Publicidad.

          La eclesiología no ha estudiado suficientemente la posibilidad de una hipótesis como la que aquí proponemos. Pero si se piensa bien, la Promesa de Asistencia de la Iglesia se reduce a una Asistencia que impida al error introducirse en la Cátedra Romana y en la misma Iglesia, y además que la Iglesia no desaparezca ni sea destruida por sus enemigos. (Mt., 16, 13-20; 28. 18-20; Juan 14, 16-26).       

 Ninguno de los aspectos de esta hipótesis que aquí se propone queda invalidado por las promesas consignadas en los distintos lugares del Evangelio. Al contrario, ambas hipótesis cobran verosimilitud si se tienen en cuenta los pasajes escriturarios que se refieren a la defección de la fe. Esta defección, que será total, tendrá que coincidir con la perseverancia de la Iglesia hasta el fin. Dice el Señor en el Evangelio: "Pero cuando venga el Hijo del Hombre, ¿encontrará fe en la tierra?". (Lc., 18,8)

         San Pablo (II Tes, 2, 3) llama apostasía universal a esta defección de la fe, que ha de coincidir con la manifestación del "hombre de la iniquidad, del hijo de la perdición".

         Y esta apostasía universal es la secularización o ateización total de la vida pública y privada en la que está en camino el mundo actual.

         La única alternativa al Anticristo será Cristo, quien lo disolverá con el aliento de su boca. Cristo cumplirá entonces el acto final de liberar a la Historia. El hombre no quedará alineado bajo el inícuo. Pero no está anunciado que Cristo salvará a muchedumbre. Salvará sí a su Iglesia, "pusillus grex" (Lc., 2, 32) rebañito pequeño, a quien el Padre se ha complacido en darle el Reino


R.P. Julio Meinvielle

De la Cábala al progresismo

Editora Calchaquí, Salta, Argentina, 1970.


martes, 31 de marzo de 2026

Semana Santa

 

           He aquí entre todas las semanas del año la más célebre y sagrada, la más venerada y más celestial. Por antonomasia se la llama la Gran Semana o Semana Mayor, por haberse efectuado en ella los más grandes misterios de nuestra Redención, las más asombrosas muestras de la misericordia y amor de Dios para con los hombres y el mayor y más formidable ejemplo de justicia divina contra el pecado. Comúnmente se la llama Semana Santa, porque el Santo de los Santos, Cristo Jesús, obró en ella los  más santos hechos de su vida, y con su sacrificio en la cruz nos redimió de la muerte del pecado y de la tiranía de Lucifer.

          La Semana Santa es la plenitud de los tiempos, el centro de toda la historia que enlaza ambos Testamentos, el apogeo de la Revelación, la que vio realizada la unión de Dios con el hombre, y la explosión de la caridad represada en el corazón de Jesucristo; es el vértice del cristianismo y la unión de todas las maravillas del mundo regenerado de las almas. Por eso la Iglesia católica, al celebrar con tanto esmero y devoción esta Semana verdaderamente Santa, rememora todo esos acontecimientos sobrehumanos. Eso es lo que hace con todas sus misas, sacramentos y ceremonias; y quien atentamente considere estas razones, no se extrañará del empeño que pone la Iglesia para que sus hijos se penetren bien de la santidad de estos días.

          Para esta Semana reserva la Iglesia sus más conmovedoras ceremonias, las lecciones más patéticas, los cantos más desgarradores, las exhortaciones más vivas, las vigilias más prolongadas, los ayunos más rigurosos y los estímulos más fuertes para inducir a sus hijos a limpiar las manchas contraídas por la culpa en la sangre del Redentor. ¿Y podrá llamarse buen cristiano quien desoiga estos llamamientos maternales y se desatienda de estas reiteradas y amorosas invitaciones?

          En esta Semana más que en ninguna otra deben ser santos los pensamientos de los fieles, santas sus palabras y santas sus obras. Sus pensamientos deben recordar con asiduidad la Pasión de Jesucristo y apropiarse en cierto modo de los dolores del Redentor. Sus palabras deben recordar de continuo los padecimientos del Hombre-Dios y venerarlos diciendo muy frecuentemente estas o parecidas jaculatorias: "Oh Jesús, mi Bien amado, cuánto sufrís por mí" "Sangre preciosa de Jesús, lavad mis culpas! Llagas de mi Redentor, guardadme de mis enemigos." Sus obras deben patentizar el amor que le profesan, asistiendo con devoción a todas las funciones religiosas, rezando diariamente el Rosario de las Cinco Llagas, el Vía Crucis, observando el ayuno prescrito y comulgando el Jueves y visitando con fervor los Monumentos.

         Cristiano: en una semana en que Jesús ha hecho y padecido tanto por ti, ¿será mucho que hagas tú alguna cosa por Él? No dejes pasar la Semana Santa como si fueras un pagano. Son días de luto, de dolor y de penitencia. Son los funerales de nuestro Padre y de nuestro Dios. Mal hijo serías si se te pasara esta semana como otras cualquiera.

                                                                                       Tomado de Las Flores de la Pasión