martes, 29 de septiembre de 2026

Mi lugar en la FSSPX: ¿por qué voy?


"Procura, al menos, salvar tu alma; lo demás importa poco"

San Juan Bosco

 «Hacemos esto no por espíritu de rebelión ni por orgullo, sino para responder a las llamadas de los fieles que nos piden el pan de la Verdad y los Sacramentos para salvar sus almas."

Monseñor Marcel Lefebvre

          Han pasado años desde la última vez que escribí una entrada. Diversas razones —prácticas, médicas y un poco de desidia—, sumadas a la sensación de no tener nada nuevo que aportar al mundo bloguero católico, me mantuvieron alejada de la escritura. Además, existe un «mogollón» (como dirían mis amigos españoles) de sitios que abordan los mismos temas que yo trataba; por no mencionar a los creadores en YouTube, de quienes me he vuelto seguidora y he aprendido muchísimo. 

          Puede que esta publicación marque mi regreso; al menos ese es mi propósito y ojalá logre ser constante. Deseo reavivar las ganas de sentarme frente al teclado, dejar que las ideas fluyan en la página y continuar publicando las traducciones de Monseñor Benson —a quien tanto le debo y que fue la razón de ser de este blog— y, por supuesto, los relatos de Mateo.

          Entrando en materia, tal como adelanta el título, asisto a la Santa Misa tradicional en la Fraternidad Sacerdotal San Pío X desde hace casi diez años. No pertenezco a la Tercera Orden; soy una simple fiel que va en familia. Tenía muchas dudas sobre si escribir acerca de esto, tras las excomuniones y la controversia en torno a la Fraternidad. No me gusta la polémica y andar discutiendo y enfrentando a comentarios alterados de personas que se cierran a razones —razones que, a mi juicio, trascienden el derecho canónico—. Ese tipo de discusiones me hacen perder la paz y, aunque uno no lo quiera, la paciencia a veces se agota.  «No hay que andar peleando», nos dijo desde el ambón de la capilla a la que asisto un padre de la frater, y mucho menos con nuestros hermanos en la fe, de quienes a veces viene el ataque más desconcertante: un incomprensible «fuego amigo» que descalifica e insiste en remarcar un «nosotros somos obedientes, ustedes no».

          Ahora que han pasado algunos meses y las aguas están más calmas, quiero compartir mi vivencia sobre cómo, a pesar del temor a las sanciones y demás reparos, sigo recibiendo en la Fraternidad los sacramentos y asisto a la Santa Misa. No pretendo hacer un análisis canónico ni profundizar en la disciplina de la Iglesia; sobre esos temas ya abundan contenidos en la red y no soy experta. Mi enfoque es puramente práctico: responde a la necesidad básica para la vida espiritual de recibir los sacramentos y, con ellos, la gracia santificante, tal como los recibieron nuestros antepasados antes del Concilio Vaticano II. 

 

Capilla San José de los Ángeles, FSSPX, Viña del Mar
         No espero que entiendan mis puntos aquellos que andan comentando en redes sociales cosas como: “ustedes no han obedecido al Papa, están excomulgados, son cismáticos, no hay razones que lo justifique, están fuera de la Iglesia y no tienen derecho a nada”. Hay una intransigencia que vuelve imposible cualquier explicación. Sin embargo, espero que las personas de buena voluntad al menos logren captar un poco mis motivaciones.

Entonces la pregunta que cabe hacerse es: ¿por qué usted, señora Beatrice, sigue yendo a misa a la Fraternidad San Pío X a pesar de las excomuniones? No es por un simple gustito estético ni por una «preferencia personal» hacia un rito, sino porque mi alma y la de mi familia lo necesitan para su vida espiritual; por la tranquilidad que da el saber que asisto a un rito digno y agradable a Dios, porque está centrado en Él y no en el hombre. Una misa en la que no hay abusos litúrgicos como en el Novus Ordo Missae, donde muchas veces los sacerdotes hacen uso de su «genialidad creativa» agregando actos o palabras que no están en las rúbricas o, por el contrario, quitando o cercenando lo que se les antoja (como han quitado en muchas parroquias el Yo pecador, por ejemplo).

En la misa tradicional el idioma es el mismo aquí en Chile o en cualquier lugar del mundo donde se rece. Es un rito latino universal para toda la Iglesia, e insisto: para toda la Iglesia y no para el privilegio de algunos. La Fraternidad da la lucha para que sea un bien universal de la Iglesia y no algo reservado a un grupo con los consiguientes condicionamientos para que puedan tener este privilegio. Es un mismo rito, con los mismos silencios, rúbricas y gestos ricos en significado que resaltan por un lado el misterio y, por otro, hacen que el alma se centre en Dios y en el sacrificio del altar.

          Razones estéticas también las hay, desde luego: la belleza de los ornamentos, del canto y del altar donde está el sagrario como parte del mismo y no a un lado separado. El sagrario al centro donde está Nuestro Señor esperando ser adorado como el Rey de nuestras almas y la causa de nuestra salvación.

          ¿Se ha pensado en los fieles de entendimiento tradicional cuando se les coarta para que ya no vayan más y que tienen que ir al Novus Ordo? ¿Han pensado en por qué los fieles de la Fraternidad nos apegamos y amamos tanto la Santa Misa de siempre? Yo creo que no le han tomado el peso a lo que eso significa para una persona que lleva años buscando adorar a Dios en un rito tan santo como este dejar de hacerlo por un decreto injusto e inválido. Lo siento, pero me violenta, no puedo, violenta mi alma, me quita la paz, va contra mi conciencia y no voy a quedar a la deriva por falta de vida espiritual y de alimento para mi alma, que es mi único bien, lo único a lo cual puedo llamar propiamente «mío»: mi alma.

          He buscado a Dios y aquí lo he encontrado: en lo que la Iglesia siempre ha enseñado, en la liturgia que siempre ha rezado. No puedo volver atrás, porque quien ha encontrado la Misa de siempre es como aquel que compra un campo porque ha encontrado un tesoro (Mateo 13, 44), porque la Santa Misa tradicional es como un pedazo del Cielo en la tierra. He encontrado este tesoro en esta Misa y en aquella congregación que se resiste a ser inoculada con los errores del modernismo y a caer en concesiones con la Verdad, como han terminado muchos grupos que, antes que perder la Misa para ellos, prefieren callar y mantener sus «privilegios». Resistir al error tiene su costo, pero tarde o temprano esta resistencia va a dar muchos y buenos frutos.

          En cada misa a la que voy en la FSSPX encuentro que se me predica la fe de siempre, hay celo por la salvación de las almas. Se nos predica la necesidad de la confesión, de estar preparados para dar cuentas a Dios; se nos predica para que no perdamos la fe en estos tiempos de confusión; se nos forma en la doctrina infalible de la Iglesia, en el amor precisamente a la Iglesia y al Papado. Nadie ha querido separarse. En cambio: «Habíamos pedido ser instruidos y confirmados en la fe de siempre; en vez de eso, fuimos declarados cismáticos por segunda vez». No tengo espíritu cismático, y creo que nadie en la Fraternidad lo tiene. Rezo cada día por el Santo Padre esta bella oración tomada del misal romano tradicional:

«Oh Dios, pastor y guía de todos los fieles, mira con ojos de bondad a tu siervo León, a quien has colocado al frente de tu Iglesia como su pastor; concédele, te suplicamos, el ser útil por su palabra y doctrina a cuantos están a él sujetos, para que juntamente con su rebaño llegue a la vida eterna. Por nuestro Señor Jesucristo».

          A lo largo de los años fuimos con mi familia buscando aquella liturgia donde pudiéramos adorar a Dios de la manera más santa; donde mis hijos no perdieran la fe a causa de una escandalosa liturgia de un colegio católico donde se piensa hacer de la Santa Misa algo entretenido, transformándola en una «fiesta con Jesús» ¡Cuántos compañeros de mis hijos se alejaron o simplemente perdieron la fe por culpa de una nula enseñanza de la doctrina y de una liturgia que les inculcó que el amor a Dios es sentir en el corazón que Él nos ama, más que amarle cumpliendo lo que manda y deseando lo que promete! («Da populis tuis id amare quod præcipis, id desiderare quod promittis», Oración del cuarto domingo después de Pascua).

                 Buscando y buscando dónde nos pudiéramos encontrar con una liturgia digna para dar a Dios la mayor gloria y reverencia, centrada en el sacrificio del altar, pasamos por los benedictinos; luego, a raíz del Motu Proprio Summorum Pontificum, fuimos donde se rezaba la misa tradicional (ya fuera en Valparaíso, Casablanca o Santiago), al mismo tiempo que asistíamos a la Fraternidad cuando se podía. Y, finalmente, llegamos a este puerto y aquí nos quedamos En la Fraternidad nos hemos enriquecido espiritualmente y  ella nos otorga los medios para agradar a Dios a través del culto y de la Tradición.

Priorato Cristo Rey, FSSPX, Santiago de Chile

Ahora se nos mira como cismáticos; hace treinta y ocho años también, y ya sabemos qué pasó después. Confiamos en que, por la intercesión de María Santísima Mediadora de todas las gracias, esto se resuelva algún día y ojalá pronto por el bien de las almas que dudan y tienen miedo de venir a la fraternidad por las supuestas sanciones, pero que desean ardientemente la Misa tradicional y los sacramentos. Mientras tanto, la sed del espíritu que busca a Dios no puede quedar a la deriva y asumo los costos que, desde el punto de vista meramente humano, esto tiene como el sufrimiento espiritual a causa del rechazo y la incomprensión de los propios, que estoy segura de que cada sacerdote y fiel de la Fraternidad sufre y ofrece a Dios por la Iglesia y por el Santo Padre.

Así como ya una vez se reconoció la injusticia de las excomuniones, no dudo que volverá a pasar lo mismo y que se reconocerá la obra de Monseñor Lefebvre y de la FSSPX.




domingo, 5 de julio de 2026

La Iglesia de la publicidad y la del silencio, R.P. Julio Meinvielle

           El hombre solo puede vislumbrar generalidades sobre el curso de los acontecimientos y sobre la densidad de la historia. Esta densidad se ha de medir por un acercamiento más o menos grande a la norma de Cristo, que constituye el centro y el eje de la historia. La Historia se ha de acomodar a la tradición cabalística o a la tradición católica. No hace falta mucha sagacidad para ver que desde hace cinco siglos el mundo se está conformando a la tradición cabalística. El mundo del Anticristo se adelanta velozmente. Todo concurre a la unificación totalitaria del hijo de la perdición. De aquí también el éxito del progresismo. El cristianismo se seculariza o se ateíza.

          Como se hayan de cumplir, en esta edad cabalística, las promesas de asistencia del Divino Espíritu a la Iglesia y cómo se haya de verificar el portae infieri non prevalebunt, las puertas del infierno no ha de prevalecer, no cabe en la mente humana. Pero así como la Iglesia comenzó siendo una semilla pequeñísima, (Mt., 13, 32) y se hizo árbol y árbol frondoso, así puede reducirse en su frondosidad y tener una realidad mucha más modesta. Sabemos que el mysterium iniquitatis ya está obrando ( 2 Tes.,2,7); pero no sabemos los límites de su poder. Sin embargo, no hay dificultad en admitir que la Iglesia de la publicidad pueda ser ganada por el enemigo y convertirse de Iglesia Católica en Iglesia gnóstica. Puede haber dos Iglesias, la una la de la publicidad, Iglesia magnificada en la propaganda, con obispos, sacerdotes y teólogos publicitados, y aun con un Pontífice de actitudes ambiguas; y otra, Iglesia del silencio, con un Papa fiel a Jesucristo en su enseñanza y con algunos sacerdotes, obispos y fieles que le sean adictos, esparcidos como "pusillus grex" por toda la tierra. Esta segunda sería la Iglesia de las promesas, y no aquella primera que pudiera defeccionar, un mismo Papa presidiría ambas Iglesias, que aparece y exteriormente no sería sino una. El Papa, con sus actitudes ambiguas, daría pie para mantener el equívoco. Porque, por una parte, profesando una doctrina intachable sería cabeza de la Iglesia de las Promesas. Por otra parte, produciendo hechos equívocos y aun reprochables, aparecería como alentando la subversión y manteniendo la Iglesia gnóstica de la Publicidad.

          La eclesiología no ha estudiado suficientemente la posibilidad de una hipótesis como la que aquí proponemos. Pero si se piensa bien, la Promesa de Asistencia de la Iglesia se reduce a una Asistencia que impida al error introducirse en la Cátedra Romana y en la misma Iglesia, y además que la Iglesia no desaparezca ni sea destruida por sus enemigos. (Mt., 16, 13-20; 28. 18-20; Juan 14, 16-26).       

 Ninguno de los aspectos de esta hipótesis que aquí se propone queda invalidado por las promesas consignadas en los distintos lugares del Evangelio. Al contrario, ambas hipótesis cobran verosimilitud si se tienen en cuenta los pasajes escriturarios que se refieren a la defección de la fe. Esta defección, que será total, tendrá que coincidir con la perseverancia de la Iglesia hasta el fin. Dice el Señor en el Evangelio: "Pero cuando venga el Hijo del Hombre, ¿encontrará fe en la tierra?". (Lc., 18,8)

         San Pablo (II Tes, 2, 3) llama apostasía universal a esta defección de la fe, que ha de coincidir con la manifestación del "hombre de la iniquidad, del hijo de la perdición".

         Y esta apostasía universal es la secularización o ateización total de la vida pública y privada en la que está en camino el mundo actual.

         La única alternativa al Anticristo será Cristo, quien lo disolverá con el aliento de su boca. Cristo cumplirá entonces el acto final de liberar a la Historia. El hombre no quedará alineado bajo el inícuo. Pero no está anunciado que Cristo salvará a muchedumbre. Salvará sí a su Iglesia, "pusillus grex" (Lc., 2, 32) rebañito pequeño, a quien el Padre se ha complacido en darle el Reino


R.P. Julio Meinvielle

De la Cábala al progresismo

Editora Calchaquí, Salta, Argentina, 1970.


martes, 31 de marzo de 2026

Semana Santa

 

           He aquí entre todas las semanas del año la más célebre y sagrada, la más venerada y más celestial. Por antonomasia se la llama la Gran Semana o Semana Mayor, por haberse efectuado en ella los más grandes misterios de nuestra Redención, las más asombrosas muestras de la misericordia y amor de Dios para con los hombres y el mayor y más formidable ejemplo de justicia divina contra el pecado. Comúnmente se la llama Semana Santa, porque el Santo de los Santos, Cristo Jesús, obró en ella los  más santos hechos de su vida, y con su sacrificio en la cruz nos redimió de la muerte del pecado y de la tiranía de Lucifer.

          La Semana Santa es la plenitud de los tiempos, el centro de toda la historia que enlaza ambos Testamentos, el apogeo de la Revelación, la que vio realizada la unión de Dios con el hombre, y la explosión de la caridad represada en el corazón de Jesucristo; es el vértice del cristianismo y la unión de todas las maravillas del mundo regenerado de las almas. Por eso la Iglesia católica, al celebrar con tanto esmero y devoción esta Semana verdaderamente Santa, rememora todo esos acontecimientos sobrehumanos. Eso es lo que hace con todas sus misas, sacramentos y ceremonias; y quien atentamente considere estas razones, no se extrañará del empeño que pone la Iglesia para que sus hijos se penetren bien de la santidad de estos días.

          Para esta Semana reserva la Iglesia sus más conmovedoras ceremonias, las lecciones más patéticas, los cantos más desgarradores, las exhortaciones más vivas, las vigilias más prolongadas, los ayunos más rigurosos y los estímulos más fuertes para inducir a sus hijos a limpiar las manchas contraídas por la culpa en la sangre del Redentor. ¿Y podrá llamarse buen cristiano quien desoiga estos llamamientos maternales y se desatienda de estas reiteradas y amorosas invitaciones?

          En esta Semana más que en ninguna otra deben ser santos los pensamientos de los fieles, santas sus palabras y santas sus obras. Sus pensamientos deben recordar con asiduidad la Pasión de Jesucristo y apropiarse en cierto modo de los dolores del Redentor. Sus palabras deben recordar de continuo los padecimientos del Hombre-Dios y venerarlos diciendo muy frecuentemente estas o parecidas jaculatorias: "Oh Jesús, mi Bien amado, cuánto sufrís por mí" "Sangre preciosa de Jesús, lavad mis culpas! Llagas de mi Redentor, guardadme de mis enemigos." Sus obras deben patentizar el amor que le profesan, asistiendo con devoción a todas las funciones religiosas, rezando diariamente el Rosario de las Cinco Llagas, el Vía Crucis, observando el ayuno prescrito y comulgando el Jueves y visitando con fervor los Monumentos.

         Cristiano: en una semana en que Jesús ha hecho y padecido tanto por ti, ¿será mucho que hagas tú alguna cosa por Él? No dejes pasar la Semana Santa como si fueras un pagano. Son días de luto, de dolor y de penitencia. Son los funerales de nuestro Padre y de nuestro Dios. Mal hijo serías si se te pasara esta semana como otras cualquiera.

                                                                                       Tomado de Las Flores de la Pasión