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lunes, 15 de abril de 2019

La Semana Santa, por Mgr. R.H. Benson, en Los papeles de un paria

                                                                                                                                                                                                                                                                                          Imagen relacionada                                          

        Es muy difícil escribir sobre la misa del Jueves Santo, del Sepulcro, y del sacrificio incruento del Viernes Santo. Pues en lugar de haber una profunda emoción, hay miles, y es imposible seguirlas. Fueron como trazos sobre una jubilosa arpa y un incoherente murmullo que puede tener cientos de significados. ¿Es una sombría melancolía, o son suaves medias notas, o un agudo éxtasis donde recae el secreto?

           Primero, entonces, la misa del Jueves Santo. El altar está iluminado con luces, oro y flores, y desde un costado de la capilla viene el resplandor desde la expectante tumba. Hay tres sacerdotes, vistosos y brillantes, y la misa comienza como es usual apaciblemente espléndida. En la entonación del Gloria hay un evento para mí  inesperado que inunda toda el alma con tal pasión que puede levantar tanto tormenta como felicidad. Porque cuando finaliza la voz del sacerdote hay un acorde estridente desde el gran órgano y un tumulto de campanas, y es como si el cielo se hubiera partido, y un loco disturbio se vierte uno tras otro. El coro se funde, cambia,  encera el volumen. El aire está lleno con el vibrato del bajo, con el bramido del viento de la torre, y el estridente sonido argento de las campanitas reunidas en el altar de la iglesia para saludar a la recién nacida Eucaristía. Incesantemente el corazón  se torna y vibra, y el cerebro está exaltado con la música. Los tres sacerdotes se signan a sí mismos con la Cruz, y hay silencio.

          
Cuando la misa termina, cantando sin acompañamiento con una especie de tranquila alegría, se forma una procesión y el Cuerpo del Señor es transportado en procesión, durante el Pange Lingua, hacia el sepulcro que lo espera y donde yacerá por un día y por una noche. Las paredes están decoradas con flores y los candeleros con velas permanecen a cada lado. Ahí queda incensado reposando con solemne alegría.


          Pero todo el asunto no es lo que parece. Tiene un aire de dolor debajo de la belleza, como el inevitable perfume de la muerte que surge de un ataúd repleto de flores y rodeado de luces. ¡Oh sí! Las vestiduras son blancas y doradas, el órgano repica, las velas flamean, pero no es bueno. Es desesperadamente difícil mantener arriba la exultación. La mente consiente, como siempre, al instinto litúrgico se regocija con la inauguración de la cena-matrimonial del Cordero, pero el corazón recuerda que la Carne y el Vino sobre la tabla solamente ha sido posible a través de la muerte del Cordero  a quien nosotros amamos.  “Comed y bebed” – clama La Sabiduría – “mirad el vino que yo he mezclado y el pan que partí para vos. Levanten sus corazones y canten”. Pero, aunque nosotros la observamos, sus ojos están llenos de un dolor secreto y sobre sus labios una palidez dolorosa.


         De hecho es así la Última Cena de la cual nos hablan los Evangelios. “Ahora el Hijo del Hombre es glorificado” – exclama Jesús, con sus ojos brillosos y con el Corazón roto, “y Dios es glorificado con Él…” “Y cantando los himnos, salieron camino del Monte de los Olivos”.  Salieron cantando y orando, disimulando desesperadamente que todo estaba bien. Ellos miraron hacia la Vid de Oro en la gloria de una luna pascual…y luego siguió la agonía y el sudor de sangre.


        Volví nuevamente mi mirada a la iglesia esa tarde a la puesta del sol, y supe que yo estaba en lo correcto. La capilla ardiente estaba ante mí. Una avenida de flores blancas y llamas amarillas, pesadas y fragantes y en el medio entronado yace Jesucristo. No como cuando a través de la puerta del tabernáculo brilla con instinto de vida, sino con un aspecto de una muerte terrible. Sus guardias eran dos niños que venían de la escuela cercana, con velos blancos sobre sus cabezas, y mientras me arrodillé y miré, ellos inmediatamente se pararon y extendieron sus brazos en cruz para recordarle a Él mejor. Entonces ellos se mantuvieron de pie minuto tras minuto hasta que los delgados brazos cayeron y temblaron, y nuevamente se levantaron con resolución, intentando explicar con gestos su piedad y su amor. “Venid, pues, a Vuestra Sabiduría” – exclamó Ricardo, el ermitaño hace seis siglos atrás – “enciende mi corazón con amor y compasión, para avivar la chispa de Vuestra Pasión”.


          Aunque Jesús no muere aún, sin embargo para esta Iglesia que vive en la eternidad, que todavía saluda a María como si ella estuviera arrodillada en Nazaret; y que ve el Juicio viniendo al final del día sobre las nubes del cielo, para quien el tiempo es nada – nada más que una línea imaginaria en el globo de la eternidad – mientras ella adora al Cuerpo de Dios en un momento en diez mil lugares diferentes, para esta Iglesia todas las cosas son posibles. Ella sepulta a su Señor el jueves, lo eleva el viernes, lo crucifica diez minutos más tarde, y canta su misa de Pascua mientras Él aún yace en la tumba. Todo es uno para ella: el Calvario, Belén y el Cielo – porque ella “ve a Dios en un punto”


           El Viernes, por tanto, llega el climax, y es tan simple como la muerte de un niño.


           Entonces primero vi a tres sacerdotes en blanco y negro acercarse al altar. Ahí fue la lectura de un libro, la oración de colecta, el canto de la Pasión – un  largo lastimero canto recitado por varias voces. Una serie de súplicas. Por la paz y estabilidad de la Iglesia; la bendición para el Vicario de Cristo; por el obispo de la diócesis; por todos los sacerdotes; por los catecúmenos; por el mundo; por el alivio de los moribundos; por la conversión de los herejes; por los judíos y por los paganos – Por esto se pidió mientras estábamos en el Gólgota. Siguió entonces la adoración de la Cruz.


          ¿Cómo podría describirlo sino diciendo que fue la cosa más simple que haya visto jamás, tan clara y natural como una piscina de agua, aunque amarga como la salmuera? El crucifijo puesto con tierno amor sobre un suave cojín, es acercado a todos quienes están presentes. Yo también subí. Yo, un hereje y un marginado, porque Jesucristo vino a salvar a los pecadores. Me arrodillé ahí, temblando, entre dos niños que parecieron acercarme esta figura herida, limpiando sus pies suavemente después de cada beso. También besé el suave marfil, debajo de los clavos… ¡y Él no me golpeó!


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         También observé una cosa: una anciana se acercó de rodillas sobre las piedras gimiendo y murmurando, envuelta en un chal, y lo besó a Él como una madre lo haría, sus pies taladrados, sus rodillas lastimadas, su costado herido… ¡Dios mío qué bello fue! Y todo sucedió mientras replicaban los reproches:


          “¡Oh Pueblo mío! ¿Qué te he hecho? ¿En qué te he contristado? ¡Dímelo! ¡Dímelo! Yo te saqué de Egipto y tú has preparado una cruz a tu salvador.”


          Siguió luego un rugido griego, extraño y sonoro: 


          Agios O Theos…agios ischyros…Agios athanatos, eleison imas.

        Entonces como en un delirio un hombre habló en una lengua  largamente olvidada ahora, cuando su corazón está arrendado, la Iglesia Católica cae veinte siglos sin esfuerzo, y habla como ella habló en las catacumbas de Roma, y en la casa rentada de Pablo, en Creta, en Alejandría, y en Jerusalén.



          “Yo te planté, mi hermosa vid” gemía el coro, “y tú me has salido vid amarguísima. Pues vinagre me diste de beber en mi sed y con lanza agujereaste el costado a tu Salvador…Yo descargué el azote por ti sobre Egipto, y tú me entregaste azotado…Yo sumergí al Faraón, y tú me entregaste a los Príncipes de los sacerdotes…Yo abrí el paso en el Mar Rojo, y tú con lanza abriste mi costado…Yo te alimenté con maná en el desierto, y tú me heriste con bofetadas y azotes…yo te di a beber el agua saludable de la piedra, y tú me diste a beber hiel y vinagre…Yo te di un cetro real, y tú pusiste sobre mi cabeza una corona de espinas. ¡Oh Pueblo Mío! ¿Qué te hice o en qué te he contristado?”


          Entonces fuimos todos juntos al sepulcro, sacaron Su propio Cuerpo y clamando mientras avanzábamos con una tremenda alegría viendo cómo los estandartes del Rey salían glorificando la Cruz que hicimos para Él y de la cual Él pende alabando la fuente de salvación, lo colocamos sobre el altar, incensado en silencio, y llegamos al final con una incoherente prisa.


          No hay sacrificio ese día, porque todo es sacrificio. No hay necesidad de que el Espíritu Santo descienda para hacer  el Cuerpo del Hijo y toque el corazón del Padre, porque hoy todo el mundo es un Calvario. A pesar de esto, fragmentos de la misa son pronunciados por un sacerdote designado. El Padre Nuestro es cantado, son dichas las oraciones, el Espíritu es consumado, y en un instante todo se acaba. La nube negra se vuelca, el abismo está lleno, las rocas desgarradas están quietas nuevamente, y yo…yo fui como un hombre que despierta y que ve la luz del sol en su cuarto….



                                    

viernes, 31 de octubre de 2014

De "Los papeles de un Paria": En un Requiem, por Mgr. Robert Hugh Benson


                                                             Papeles de un Paria


                                                         En un Réquiem

                                                                                                          Noviembre de 1903

        Esta mañana asistí a uno de los más impresionantes dramas del mundo. Me refiero a la Solemne Misa de Réquiem celebrada con ocasión de la celebración del Día de Todos los Difuntos de la Iglesia Católica.

        Fue cantada en una hermosa iglesia, cuyo altar, gradas y retablos estaban cubiertos de negro. En el centro del coro se destacaba un gran catafalco con la forma de gigantesco ataúd, amarillo y negro, cubierto con un gran tapiz y, junto a él, seis candeleros tan altos como un hombre, sosteniendo cada uno una vela amarilla ardiendo. Había tres sacerdotes en el altar, dos de ellos pertenecientes a la iglesia y el tercero, que actuaba como diácono, me pareció que era un monje por su amito con capucha y la muceta que caía sobre sus hombros. Había un pequeño coro de niños que cantaron muy dulcemente y un hombre que cantó como solista (porque el órgano no fue usado) interminables y sombrías melodías de un gran libro que estaba sobre un atril. Fue una mañana oscura, tanto adentro como afuera, y las inmensas y delgadas columnas de la iglesia se elevaban hacia las penumbras donde bien podían haber estado atestadas de almas mirando. Abajo tal vez habría unas cien personas (modestamente vestidas con ropas negras) la mitad de las cuales eran niños, que permanecieron de pie, arrodillados y sentados en silencio por espacio de una hora.

        Soy consciente de que muchos consideran estas ceremonias como fútiles e inútiles y hasta peor aún. Sin embargo ellos lo hacen desde su dogmático punto de vista y a mí por ahora eso no me preocupa. Esta es una representación de la muerte y de lo que ésta significa, y creo que vale la pena describirlo, porque dudo seriamente que haya alguna otra religión bajo el sol que otorgue tan adecuado y movido cuadro de la única gran tragedia en la medida que ésta puede oscurecer la luz del sol para todos nosotros.

         La Iglesia no hace excepciones o concesiones  en el caso de sus hijos, ni siquiera cuando han muerto en olor de santidad. Todos los que no han cumplido, afirma ella, necesitan de la misericordia de su Dios. Porque así como en este día las almas de los difuntos son consideradas como un todo, así también por cada alma separada que muere en comunión con ella, ella prescribe la penitencia, el duelo y la súplica. No hay intentos de canonizar antes de tiempo, ni desesperados esfuerzos de brillo o de triunfo. Las flores blancas y las coronas de laurel aún se mantienen sin reconocimiento en su ritual. Es lo mismo para todos: negro, amarillo pálido y negro nuevamente atravesándolo todo. Las melancólicas melodías gimen y se elevan como si de veras las almas estuvieran llorando desde un abismo donde no hay agua. Hay esperanza, ciertamente, pero no con toques de exultación porque el tiempo para esto todavía no ha llegado.

         Con todo, su fe y  su caridad son ilimitadas. En su calendario están escritas las palabras: In die ómnium defunctorum, sin excepción o cláusulas de eliminación. En su santuario se alzó el catafalco, un ataúd material vacío, pero lleno a sus ojos místicos con una multitud de olvidados y de recordados, y que ningún hombre puede contar,  se apresuran a tomar aquí un refugio bajo un féretro tan amplio como su amor y tan pesado como la muerte. Alrededor de este emblema de la humanidad muerta se eleva un muro de fuego, significado por los seis candeleros que arden desde la cera amarilla, como para mantener fuera la oscuridad de la tumba. Y sobre éste van sus sacerdotes rociando agua bendita para limpiar la corrupción y ahogando con el triste perfume del fragante incienso, el olor que ni siquiera ella puede eliminar por completo.

        Ella es nuevamente la que siendo eternamente joven e inmortal se identifica con la multitud de los muertos, reuniéndolos a todos ellos bajo su propia persona. Así como ella mira hacia adelante con los ojos aterrorizados al Gran Día que proclama estar próximo, así también ella llora de miedo uniéndose a todos los que entonces necesitarán misericordia:
                                    Quid sum miser tunc dicturus?                                             
                                    Quem patronum rogaturus?
                                    Cum vix justus sit securus?

         Nuevamente  ella vuelve su mirada al lugar  desde donde brota su esperanza:
                                 
                                        Recordare, Jesu pie,
                                       Quod sum causa tuae viae;
                                       Ne me perdas illa die…
                                       Qui Mariam absolvisti,
                                       Et latronem exaudisti,
                                       Mihi quoque spem dedisti.
 
         Entonces, una vez más ella se vuelve sobre sí misma hacia el presente, y mientras todavía permanece en la tierra, reza por aquellos que ya no lo están, como una madre rezaría por sus hijos ausentes:   
                  ¡Oh! Señor, dales el descanso eterno, y que la luz perpetua brille sobre ellos…
               Luego, como si estuviera en una piadosa lucha contra su propio credo, que declara que los destinos eternos están decididos en el momento de la muerte, suplica a Dios para que libre a las almas de sus hijos fallecidos de las puertas del infierno,  y rememorando el Día que está siempre frente a sus ojos dice: “Líbrame, Señor”,  -  suplica por boca de sus sacerdotes – “de la muerte eterna en aquel Día terrible, en que se han de conmover los cielos y  la tierra, cuando vengas a juzgar al mundo por el fuego. Tiemblo y temo, mientras llega el juicio y la ira venidera…” “Puedan ellos descansar en paz. Amén”
         “Ninguna otra religión” – escribe un autor francés – “tiene la porción más caritativa y la más augusta misión que se le ha asignado al hombre, elevando, por su Santa Consagración a toda la humanidad hacia arriba, casi deificándola, a través del oficio sacerdotal. El sacerdote, mientras la tierra lamenta o se calla, puede avanzar hasta el borde de los abismos e interceder (…) Tímido y distante, dolorido y dulce, y este amén dice: “hemos hecho lo que pudimos, pero…pero…”

       Ahora bien, todo esto puede parecer un peligroso sin sentido para mucha gente, pero ya lo dije antes: yo no estoy interesado en el dogma. Esto fue como un reflejo de mis propios instintos humanos y las imágenes en este Réquiem me conmovieron profundamente. Más allá de si este sacrificio y aquellas oraciones triunfan o no, para mí el asunto fue no obstante, el más sorprendente drama, tan verdadero como la vida y como la muerte.
         La muerte es un hecho extremadamente desagradable, pero es un hecho, y yo supongo que no existe un hombre vivo que no se haya formado alguna idea al respecto. Lo primero que se viene a la mente es el horror y la oscuridad, y no es de menor importancia pretender que no estamos conscientes de estas características. El Evangelio de la Alegría predicado tan jovial y animadamente por Stevenson, y que fue acogido tan agradecidamente por muchos miles de lectores, es deficiente si no considera nuestro propio final. Por supuesto que la perfección de la filosofía está en unir todos los datos conocidos en una teoría única, pero para muchos de nosotros es necesario ir hacia el conjunto de la vida y considerar a los elementos componentes uno por uno, ya que todavía no hemos alcanzado las serenas alturas de la contemplación eterna. Mientras nosotros consideremos el fenómeno del Nacimiento no nos será posible hacerle justicia al de la Muerte – la cuna y la tumba están muy lejos de ser incluidas en una sola mirada – no más que en el matrimonio de un hombre comenzar a involucrar a su abogado para la corte de divorcio.
         Por eso sin duda es saludable para nosotros ahora y entonces, aunque no demasiado frecuentemente, mirar constantemente sobre los ataúdes y camposantos. Así como habitar siempre en el cámara nupcial o en el comedor es limitado y enervante, así también es morboso y depresivo poner nuestras tiendas de acampar permanentemente en un cementerio.  Es más, no es de la mejor de las filosofías nivelar las tumbas y sembrar pasto y plantar flores ahí, colocando un arroyo alrededor y pretender que es algo más. No es algo más, es un cementerio.
         Pues bien, este elemento de la muerte se reconoce perfectamente en una misa de Réquiem. Me agobia dejarlo claro para aquellos que no pueden ver esto por sí mismos: la indescriptible terrible combinación de los colores amarillo y negro; del mortífero contraste entre las llamas y la cera opaca desde donde suben. Ningún hombre puede salir de una misa de Réquiem, donde él se ha comportado con una compostura mental decente, sin sentirse consciente, ya sea por los signos que él ha mirado, o por los sonidos que ha escuchado – aquellos lamentos sin el acompañamiento del agradable órgano, aquellos grupos de neumas que suben y van decayendo a medida que suben – sin sentirse consciente que la muerte es una cosa terrible y repulsiva. Yo lo desafío a ser elocuente con el Evangelio de la Alegría después de diez minutos cesado el último amén.
          Esto es enfrentado, pero no se queda ahí. Otras emociones han sido representadas y entre ellas la principal emoción es la esperanza que se niega a morir resueltamente. Un hombre puede reírse del Purgatorio y proclamar en la sociedad de debates que se considera a sí mismo como una vela que habrá pronto de ser apagada. Sin embargo, cuando él esté completamente solo y haya bebido su  vaso de whisky con agua, arrojado la colilla de su cigarrillo al fuego, cerrado las últimas puertas, se levante y silbe agudamente en su dormitorio, entonces me aventuro a afirmar que él no habría bebido su vaso tan animadamente o silbado tan agudamente, si él no estuviera completamente consciente que en alguna parte debajo de su hermoso chaleco hay una débil y leve esperanza que sobre exageró el caso justo ahora en la posada de Jones.
        Esta emoción por tanto, al margen de las explícitas afirmaciones del dogma, ha sido representada en la misa de Réquiem ¿Por qué  otra razón más habría olor a incienso, las gotas de agua y las llamas de las velas? Está bien hablar de la “Confraternidad de los Infieles donde en un altar el cirio no arde; donde el sacerdote – en cuyo corazón no habita la paz – debe celebrar con una pan sin bendecir y con un cáliz sin vino”, pero después de todo  cuando tal  santuario es levantado, yo  predigo que alguno de los miembros de la Confraternidad no dudarán, con muchas disculpas y renuncias, en encontrar la ocasión para insistir en encender la cerilla. Así como los hombres no pueden vivir sin fuego y luz, así tampoco los corazones pueden continuar latiendo sin esperanza.
       Estas dos emociones, terror y esperanza, están sólidamente unidas a una trinidad por un tercero que toma parte de la naturaleza de ambas, me refiero a la penitencia.
        Todos nosotros tenemos la perfecta libertad para rechazar esta palabra. Es posible que la asociemos con la hipocresía, o a una mentalidad débil, o a lágrimas de cocodrilos, pero conocemos su significado y seguramente puede presentarse como un recibo del equipaje que todos llevamos con nosotros y que contiene en su paradójica constitución el remordimiento de un pasado irrevocable  y que, ciertamente, no es ni tan pasado ni tan irrevocable. La caridad, como lo señala Mr. Chesterton en alguna parte, es el perdón de lo imperdonable. ¿Podemos añadir a esto que es penitencia es la negación de lo innegable?
          También esta emoción está bien representada en un Réquiem. De hecho, podemos decir que nada más está representado salvo en la medida en que es un elemento de ésta. Desde el Confíteor Deo omnipotenti de las tres negras y blancas figuras inclinadas a los pies del altar hasta el inseguro Amen, la representación completa no es nada más que un corazón roto que solloza de pena. Es posible que nosotros podamos rechazar la idea teológica del pecado, pero no podemos dejar de evitar pensar que hay ciertos eventos (que viene a ser prácticamente la misma cosa)  en nuestras propias vidas y en las vidas de las otras personas, de los cuales estamos extremadamente arrepentidos, ciertos fracasos al hacer lo correcto,  ciertos triunfos que hubiéramos preferido haber fallado. 
         Y supongo también que cuando este desagradable hecho se vuelve inminente para el testigo del Requiem, experimentaremos ese arrepentimiento más vivamente, y que al fin y al cabo, no es para nada descabellado hacerlo.
        Muy bien entonces, esto es exactamente lo que en la Misa de Difuntos se levanta por sobre cualquier otra forma de devoción funeraria. La Iglesia Católica no imita al hombre ilustre que cuando se  requiere al amigo que lo llora en la hora de la muerte para que declare que fue lo que le dio tal radiante sobrenatural a su rostro, la respuesta acompañada de una paciente sonrisa es: “el recuerdo de una larga y bien gastada vida”. Por el contrario, ella no hace ninguna referencia a las virtudes del fallecido, aunque es justo decir que ha hecho esto el día anterior. Ella no reconoce victorias e incluso pide disculpas por las fallas, es más, hace lo que considera aún mejor: ella las deplora.
         La conclusión de todo este asunto es que yo me alegro de haber atravesado por aquel ejercicio en el día de Todos los Difuntos, porque siento que ellos han sido extremadamente buenos para mí.  No necesito que se me recuerde que estoy vivo, ni que la inmortalidad puede ser solamente una brillante conjetura, ni que yo soy una persona extremadamente fina, viril, exitosa y capaz. Pero no está mal que se me diga en silencio, de una manera muy impresionante y vívida   que yo ciertamente voy a morir algún día, que la esperanza es un hecho que debe tenerse en cuenta y que a pesar de mi singular probidad y extraordinarios dones, que aquí hay unos pocos incidentes  y un largo cúmulo de triunfos que debiera lamentar.

                                                       

                                        

        

 

domingo, 1 de junio de 2014

De los papeles de un Paria: de R.H.Benson


(Nota aclaratoria: "Los papeles de un Paria" es una novela escrita por monseñor Benson en 1905. Recoge una serie de impresiones de un caballero anglicano bastante sufrido,  sobre la Iglesia Católica. Es un relato imaginario en el particular estilo de Benson que refleja quizás sus propias impresiones de su época de anglicano y cómo se fue acercando cada vez más a la Iglesia. Dejo pendiente para mayor aclaración del libro, el prólogo del mismo para una futura traducción. Ruego, como siempre, disculpar las deficiencias de mis traducciones. He ido aprendiendo sobre la marcha.
Que Dios les guarde, Beatrice)

 Papeles de un Paria
                                                     La Misa Rezada
                                                                                          Septiembre de 1904
         Debo ser honesto conmigo mismo.
         Es inútil pretender negar que estoy tratando de sacar lo mejor de la Iglesia Católica. Después de todo, no quiero fingir lo contrario, puesto que la única manera de entender algo es entendiéndolo. En otras palabras, si quieres juzgar un sistema, debes abordarlo como a un amigo, no como a un enemigo.
         Ahora bien, es muy fácil encontrar defectos en la manera en la cual la misa rezada es celebrada, y lo mismo para el oficio de la Oración
Matinal. Si la una es murmurada, la otra es predicada; si la primera es sacerdotal, la segunda es clerical. Y ambas por igual pueden ser llamadas por sus enemigos como un insulto a la inteligencia humana. Sin embargo, a mí me parece, con el entusiasmo de este momento, que la primera no es un insulto a la inteligencia de Dios Todopoderoso. No se insinúa que el Creador no pueda entender los movimientos silenciosos del corazón, ni ser movido hacia una dirección formal a no ser que se entregue con una enunciación competente. En términos generales entonces, me parece que la presencia de Dios, que es Espíritu, es asumida como una rutina por el  sacerdote-celebrante de la misa, y declarada en voz alta por el ministro del Establishment.
          Hace dos días atrás llegué a la ciudad con el correo de Irlanda a la Estación de St. Pancras, y tenía una a dos horas para gastar en Victoria, antes de tomar el tren de las 9:15 para Little Brasted. Entonces, después de colocar mi equipaje y de desayunar en la cantina, me fui de paseo. No tengo una buena orientación geográfica y no tengo ni la más remota idea de cómo llegué a una pequeña iglesia a la que entré a pocos minutos de las siete en punto. Me detuve en una de las vías al norte de Victoria Street. Supongo que ahí habría media docena de personas cuando entré, y el doble o más cuando nuevamente salí media hora más tarde.
         Afuera había una densa neblina y una buena muestra de ésta en el interior, y las luces a gas de la parte posterior de la iglesia tenían una especie de halo gélido, muy agradable de ver, alrededor de la llama. El resto de la iglesia estaba totalmente a oscuras, salvo por el altar, donde ardían tren candeleros, uno a cada lado y un tercero cerca del ambón a mano derecha.
        Había una sucia figura del Redentor con ropas rojas a mi lado contra un pilar, con una o dos velas que se estaban consumiendo;  una horrible ventana roja redonda rompiendo la penumbra como una luna llena encima y una exhibición de cosas de bronce de muy mal gusto, que supuse que eran unas rosas artificiales puestas bajo el altar. Es imposible describir cómo cada nervio artístico de mi cuerpo y alma fueron violentados.  En verdad comencé a desear haber ido a la Catedral de Westminster, puesto que si quería piedad ahí las cosas al menos están lo suficientemente lejos para parecer repugnantes.  
        De pronto una criaturita emergió desde alguna parte, vestida de blanco y negro, respirando ruidosamente, y detrás un clérigo gordo con el mismo traje, pero que en este caso el negro estaba encima y el blando debajo, y usaba un poco elegante sombrero en su cabeza, parecido al de un chef. Los dos se aproximaron al altar, e hicieron una genuflexión con una rodilla. Entonces el gordo, quien se deshizo de su sombrero, subió las gradas y dejó algunas cosas sobre la mesa.
        Entonces hice un gran esfuerzo y me exhorté a mí mismo de la siguiente manera: “Tú no tienes derecho a decir este tipo de cosas, porque después de todo ¿quién eres tú? Eres un actor inservible, sin fortuna, ni dones especiales. Has vivido una vida irreligiosa la mayor parte del tiempo, y únicamente ahora has comenzado a atender los asuntos de tu alma. ¿Qué sabes tú sobre religión y de la manera en la cual Dios quiere ser adorado? ¿Cómo sabes que Él no prefiere este tipo de cosas? Simplemente atiende y muérdete la lengua. Más encima estás extremadamente cansado y llegando de un viaje nocturno. Estás consciente de los puños mugrientos, del cuello arrugado y de la ausencia del baño diario. Por todo esto, trata de comportarte decentemente tanto  por dentro como por fuera. No critiques, sino que atiende y trata de concebir que es posible que exista algo más en este mundo que lo que tu vasta inteligencia siempre ha comprendido”
         Esto me hizo un gran bien, y durante el tiempo en que el hombre gordo había encontrado su posición y vuelto sobre sus pasos nuevamente, yo me encontraba de un humor más disciplinado. Incluso estaba dispuesto a admitir que él debía saber más acerca de este asunto que yo.
        Bueno, a la Misa Rezada no necesito describirla en su totalidad. Es perfectamente familiar para la mayoría de las personas. Sin embargo, puede ser necesario remarcar que no es del todo igual a la misa cantada. Aquí no hay posturas ni cantos. Todo está hecho en extremo a la manera de un negocio, lo más rápidamente posible. (Incluso me han dado a entender que algunos sacerdotes dicen lo que es llamado misa abreviada tan a menudo como les es posible, porque ocupa diez minutos menos que las otras formas de este servicio)
        El hombre se presentó para decir su parte, algunas veces completamente para sí mismo y otras veces en una gruñida y discontinuada voz. Para uno de su condición, él se movía casi enérgicamente, lavando sus manos, inclinándose, cambiando las páginas y haciendo esto y aquello lo más expeditamente posible. Una campanita sonó una y otra vez, y la creatura que resoplaba que asistía al sacerdote estornudó cuatro veces sonoramente durante el silencio absoluto, continuó con su labor sin ningún signo de desconcentración. Finalmente después de un fuerte chirrido de rodillas, a la cual la feligresía respondió tan precipitadamente como su conductor, la indigna procesión de dos desapareció arrastrando los pies. Entonces yo tomé mi sombrero y paraguas y también salí afuera.
         Debo confesar que estaba muy asombrado y decepcionado al principio como cuando anduve a tientas mi camino en la niebla. Esto no fue como la Misa de Requiem. Aquí no existe el intento de impresionar a la audiencia incluso con la más sombría emoción. Todo el asunto fue lamentable y mecánico. No hubo glamour, del cual había oído mucho. Ninguna misteriosa figura sacerdotal ejecutando funciones que hacen erizar la piel. Ninguna impresión, nada de incienso, nada de fervor. Fue exactamente como un entretenimiento, como aquel descrito en una especie de folleto, donde unos supersticiosos y ciegos laicos se inclinaban ante una serie de acciones que son tan ininteligibles para ellos como deshonrosos para Dios. Seguramente – me dije a mí mismo – mi resplandeciente iglesia en casa toda viva con unos alegres manteles de altar y flores, inspirada por mi digno rector, el cual se mueve y habla con tal seguridad; conmovido por el coro de señoras en una galería, iluminado por los brillantes bronces de las coronas que, para ojos sentimentales rememoran la gigantesca corona celestial…seguramente, los pulcros bancos de la iglesia, los pilares de piedras blancas, el rico órgano, las prédicas bien pensadas, la incomparable pronunciación inglesa con tal fuego, la atestada bien vestida congregación en las mañanas del domingo, en fin,  el asunto completo es definitivamente más acorde con lo que entendemos por cristiandad, más que esta lamentable, insensible, deslucida, y frío set de acciones que se llama Misa Rezada.
         Tales fueron mis reflexiones. No puedo decirles cuando vino el cambio. Supongo que fue gradual. Comencé a concebir otra interpretación mientras dormitaba en mi carruaje de camino a Victoria. Y casi la había delineado cuando llegué a casa, y ahora que he tenido un par de noches de descanso y estoy sentado en mi mesa, pienso que entiendo un poco mejor lo que fue todo.
         Primero, me parece que el objeto de la Misa Rezada, si se le puede decir así, es Dios, no el hombre. No digo que Dios Todopoderoso no esté complacido con la música, la belleza y la pulcritud. No hay duda de que lo está, pero estos accesorios no son esenciales. Yo prefiero a mi amigo con una camisa limpia, pero no deja de ser mi amigo cuando él llega a mi casa después de una noche de viaje. “Su camisa está cerca, pero más cerca está su piel”, y supongo que más cerca aún está su alma inmortal.  Entonces, algo  hay en la Misa Rezada que está hecho para Dios - confieso que propiamente hablando no sé lo que es - sin embargo al menos se cree que es el objeto. Ciertamente nada que pueda ser percibido por los sentidos es hecho al hombre, excepto lo que tiende a repelerle. El clérigo gordo estaba de espaldas hacia la gente la mayor parte del tiempo. Estoy seguro que ellos no podían decir lo que él estaba haciendo ahí, excepto a partir de sus libros. Ninguna palabra podía ser escuchada por ellos, excepto alguna vez cuando creo que decía Doscum. Presumo por tanto, que él no estaba buscando dirigirse a ellos particularmente: él usó sus horrorosos vestidos, las velas no eran del todo hermosas, y el entorno no estaba calculado para impresionar al ojo excepto con sentimientos de disgusto.
        Sin embargo, me parece que el punto que he mencionado anteriormente es muy importante. Si Dios Todopoderoso está realmente presente ahí y desea ser servido por hombres, seguramente no es vital – aunque puede ser más decente – usar una ceremonia majestuosa y magnífica. El hecho de que la Misa Cantada forme parte de las ofrendas de la Iglesia, tal como he intentado señalar en otro de los Papeles, muestra que los Papistas no desprecian la buena educación para acercarse a la Divina Majestad. Mientras que la Misa Rezada muestra que ellos no consideran como esencial la etiqueta. (Es como un niño que llama a su padre “Señor” y se pone de pie en su presencia, y luego se encarama en su rodilla y coloca su barbilla o dormita con su cabeza en los hombros paternales. Yo no tengo hijos, pero si Dios me los ha de dar, debo confesar que yo desearía que él usara ambas suertes de cortesía para conmigo.)
         Entonces, indudablemente en la Oración Matinal Dios está presente, porque Él está en todas partes. Pero es extremadamente difícil imaginarle como un mero espectador, gratamente difuso a través de la iglesia iluminada por el sol, tal como es el ligero olor de las pieles, flores y muebles de madera a ser percibidos ahí en la mañana del domingo. Él es un espectador interesado y satisfecho tal vez, pero no más que eso. Él no es el objeto de la adoración en el mismo sentido a como lo es en este sombrío y pequeño servicio que he descrito. Más bien, a mi juicio, Él se asemeja a un Rey ante el cual sus súbditos, tan absortos en la marcha del séquito, en el acarreo de sus espadas y sombreros, en la correcta pronunciación de su manifestación de lealtad y olvida el objeto para el cual ellos han venido, y el susurro y la reverencia es como en un salón de baile con un trono vacío.
        Pero en la Misa Rezada existe en conjunto otro espíritu. Es como el ingreso temprano por la mañana de una pequeña comitiva, quizás un poco desaliñada y descuidada, directamente a la cámara de la habitación del Rey para ayudarlo a levantarse. Sus emociones no se agitan como cuando con golpes de bronces, truenos de tambores y los gritos de la multitud en una vehemente arenga se presentan a él en la Cathedral Square. Pero por una gran razón existe menos peligro en su olvido que en el propósito con el cual hacen su servicio. Ellos están ahí para ayudar al Rey a levantarse, para derramar agua con los dedos fríos, para pasar los calcetines, para encender el fuego, para correr las cortinas. No existe ningún temor de que se haga por diversión, pues ellos solamente lo hacen porque Él es el Rey y ellos son sus sirvientes.
         Ahora bien, yo no he dicho que comprendo completamente qué era el servicio que el hombre de negro y blanco con su asistente, creía estar haciendo a Dios Todopoderoso, pero estoy verdaderamente seguro que el Señor aprecia sus esfuerzos, y más todavía porque es hecho tan valientemente y con el simple sentido del deber.  
         También aquellas personas que se arrodillan detrás de mí y se mantienen mortalmente quietas, seguramente ellas no lo estaban haciendo tampoco ¡por su propio disfrute! Ellas estaban ahí porque a su Rey le gusta que ellas estén ahí y ellas van incluso aunque no estén obligados o atraídos por la belleza sensible y la dignidad de su servicio.
        ¿Estaba entonces el espíritu devoto totalmente ausente? No lo creo, aunque en mí mismo no lo sentí. Y esto me brinda una segunda lección que he aprendido de la Misa Rezada.
          De acuerdo con la teoría Papista (y esto me parece totalmente razonable) existen dos elementos en la acción espiritual a ser considerados: el primero es que la Iglesia en su capacidad oficial, lo hace a nombre suyo y en representación del individuo. Y en segundo lugar está que el individuo lo hace en representación de sí mismo y de la Iglesia a la cual él pertenece. Podemos nombrar a estos dos elementos, para ser breves, el oficial y el personal.
         Pues bien, el elemento oficial encuentra su explicación en miles de asuntos, comenzando por el Sacrificio del Calvario. Este fue hecho por todos los hombres y un vasto depósito de gracias se liberan para su beneficio. La Iglesia añade a esto sus actos oficiales, que ella denomina Sus méritos con sus sacrificios, oraciones, penitencias y buenas acciones. Cada orden contemplativa, de acuerdo con esta mirada, lleva adelante, en unión con la Vida de Dios en la tierra, el trabajo comenzado por esta Vida y Muerte. Podemos imaginarnos todo esto como una gran fábrica de gracia.
        Pero el elemento personal consiste particularmente en esforzarse no solamente en el trabajo, sino también en destinar los beneficios a todos los trabajadores. Por ejemplo, si yo fuera  católico y por un motivo personal diera media corona a un mendigo, o dijera algunas sinceras oraciones,  sería una acción beneficia para el mendigo, para la Iglesia, para mí mismo, en tanto agrada a Dios.
          Supongo entonces que estos dos elementos deben siempre ser tomados en cuenta cuando consideramos el sistema Papista, porque está fundado en gran parte sobre ellos.
        Ahora bien, yo nunca antes había realizado en toda mi vida esta simple ilustración de la teoría que es presentada en la Misa Rezada. Y se describe tan simple  es por la ausencia en su presentación de todo accesorio emocional que de otro modo podría oscurecerla.
         En el altar se encuentra la Iglesia con vestiduras propias para el momento, y ella concurre a su labor de una manera formal. Ella no está exhortando a los hombres, ella está tratando con su Hacedor. Ella apenas lanza una mirada hacia atrás, porque es algo completamente innecesario para el efecto de este particular asunto, si en ese instante ellos están atendiendo o no. Es un asunto mucho más grande que esto.
         Ahí atrás se arrodillan los individuos – ( y yo aquí puedo hacer un paréntesis para darles un consejo a otros protestantes que, tal como yo mismo, pueden algunas veces asistir a ceremonias papistas, y decirles que cuando estén en duda sobre arrodillarse o no, permanezcan de rodillas)-  ahí entonces, se arrodilla él, una personalidad con sus particulares tendencias, con gustos, con repulsas, con metas, ambiciones, penas, y él está animado a retenerlas a todas ellas tan lejos hasta que pase la prueba de fuego de Dios. Él no está en ese momento siendo sometido a sus ceremonias, o compelirlo a decir esas palabras y aquellas, a tomar posturas o a generar emociones proscritas. Él es dejado completamente solo. Su ministro es cuidadoso de no perturbarlo con la conversación, movimientos o exhortaciones. Él no está particularmente alentado a prestar atención a lo que el clérigo está diciendo. Puede hacer precisamente lo que quiera, rezar el rosario, leer una meditación, u ocuparse, si él es capaz, de la oración mental. De hecho, él puede seguir cualquier camino que crea ser el mejor para la preservación de una actitud adecuada para el alma en la presencia de Dios.
         ¿Acaso entonces esto no es una excelente medida? Contrasta con cualquier otro sistema que te guste. La Iglesia de Inglaterra en sus oficios es una ácida institutriz al lado de esta Madre: sus pupilos deben arrodillarse, orar, anhelar, arrepentirse, atender, esperar, interceder, todo en orden. Ellos deben regocijarse en el Venite; meditar en los salmos; orar en los himnos; santificarse en otros; escuchar las historias de los reyes con mente sangrienta que murieron hace treinta siglos; luchar contra la lógica de San Pablo, o estar con los ojos atentos con Juan. Ahí no existe apelación, ni desahogo ni concesión. Los Disidentes son aún más severos porque éstos permiten a un hombre no inspirado conducir las ceremonias de acuerdo al estado mental en el que se encuentre, y conduce a un sombrío grupo con su arbitrario baton con cargas que ellos nunca han practicado. Los Quáqueros, en efecto, atraen a más que los otros porque aquellos al final dejan al hombre solo la mayor parte del tiempo según su propio humor, sin embargo, carecen de la fuerza objetiva de la Misa representada frente a sus ojos para recordarnos que las puertas del cielo están abiertas, que el ojo de Dios está observando y que Su Corazón está desbordante incluso- si la teoría es verdad – para abrir Su Corazón aún más ampliamente y alcanzar el Reinos de los Cielos por la única fuerza que la Omnipotencia no puede resistir.
        Si yo tengo los ojos puestos para ver, ahí entonces estaba la totalidad de la Iglesia de Dios con sus orantes oficiales: los Cartujos blancos estaban ahí, y los negros Benedictinos, las pobres Clarisas ofreciendo sus lágrimas y su sangre; y los Frates Cruciferi su libertad. Los clamores suben desde el silencio de la India, Francia y Greenland porque cada altar está en el centro de la tierra. Ellos nos lo cuentan. María estaba ahí, con sus ojos virginales y su amor de madre. Los negros Jesuitas, que se debatieron en la soga de Isabel, fueron libres para recordar a Dios su dolor. No faltó ninguno de los que alguna vez lloraron junto con Él en el gozo, en la expectación o en la oscuridad de este mundo. Porque Jesucristo su Príncipe estaba ahí, con su cuerpo partido y con su sangre derramada, en la que cada canción es perfeccionada y cada vida es aceptada.
        Y ahí yo me arrodillé, libre para interpretar esta nota, como dictará mi voluntad, en esta orquesta de gloria…o para escuchar o para arrepentirse o para anhelar cuando yo era capaz.  ¡Todo lo que yo pensé que era el hombre gordo que vi; y la demacrada criatura que yo escuchaba resoplar y tocar su campañilla; y los pobres candeleros; y la luna hinchada de la ventana; y las flores artificiales!
          Pero entonces, ¿todo es verdad?....