jueves, 8 de octubre de 2026

De, "Los Papeles de un paria" de R.H. Benson: "Muerte"

 

                                                 Muerte

                                                                                                                        Enero de 1905

          Esta mañana mi casero entró en mi habitación muy alterado, diciéndome que su primo, que vivía a unos cien metros, había sufrido unas convulsiones y yacía moribundo. Llamaron al médico, y al sacerdote—porque el hombre era católico; pero ninguno había llegado aún y las mujeres estaban aterrorizadas.

          Agarré mi sombrero y salí corriendo con él, y en el mismo umbral de la puerta nos topamos con el médico, y subimos juntos las escaleras. Al enfermo ya lo habían acostado y yacía con una palidez de muerte, con los ojos abiertos, mirando sin sentido por la ventana de enfrente, que nadie había pensado en tapar.  Tenía las manos ocultas, los labios entreabiertos y su rostro experimentaba de vez en cuando unos espasmos. A su lado permanecía una mujer, indefensa y ansiosa, casi tan pálida como él, la cual dio un gran suspiro de alivio cuando entramos.

           Mientras el doctor trabajaba, fui y me quedé parado junto a la ventana mirando hacia fuera, maravillado de la rapidez con la que la tragedia había caído repentinamente sobre esta sórdida casa. También me pregunté sobre un montón de otras cosas: sobre lo que pasa por la mente del hombre mientras miraba la eternidad; sobre el horror de todo este asunto; de la Mente Suprema que, aparentemente, planea tal salida de esta vida y que nos da a todos una hora de terror que debemos esperar con ilusión.

The illustration depicts a quaint, old-fashioned bedroom with three individuals, two in formal attire and one in casual wear, arranged around a bed, with a large window showcasing a verdant, rural landscape outside.

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          Me pregunté a mí mismo, ¿por qué todo es tan complicado?; ¿por qué hacemos todo lo posible por prolongar una vida como esta, que había estado padeciendo un dolor interno, según sabía, durante más de diez años? Y mi respuesta fue que lo que nos motiva a hacerlo es algo instintivo, no racional. La muerte era tan impactante que no había duda, salvo que debía resistirse con todas sus fuerzas como por una especie de acción refleja. Nuestros esfuerzos eran apenas defendibles, pero totalmente necesarios y naturales. Esto y muchas cosas más pensé mientras contemplaba los bosques en el valle de abajo.

           Era una mañana sin viento, suave y dulce. Abajo el terreno descendía abruptamente, y la pradera se mezclaba luego con una ladera de maleza que ascendía entre árboles jóvenes y abedules, dando paso más allá a un bosque más profundo. Esa mañana el aire era como un vino cálido, suave y revitalizante. Sobre las ramas sin hojas reposaba una suavidad aterciopelada como la primavera que se acercaba, y por encima de todo se alzaba la tierna bóveda azul cubierta de nubes.

          Debo confesar que lo que prevalecía en mi mente en ese momento era principalmente un horror irónico. Era terrible pensar en que un Señor del Amor debía trascender más allá de aquel cielo y ser inmanente en este aire y esta vida inferiores; un Señor del Amor que era también Todopoderoso, y que pudo tan fácilmente haberlo dispuesto todo de otra manera; o habérnoslo explicado un poco para asegurarnos que había algún plan detrás de esta aparente negligencia y brutalidad. Aquí había un tablero de ajedrez, blanco y negro, sufrimiento y dulzura, un hombre moribundo y leña para encender el fuego; ¿y qué derecho tengo yo para decir que el tablero es esencialmente blanco y solo accidentalmente negro? Si hubiera sido yo el que estaba muriendo, ¿no sentiría acaso que la agonía es la verdad de todo y la paz no más que un incidente ocasional? Por lo que recuerdo del dolor, me parece que es así.

          Además, este Señor del Amor, ¿qué estaba haciendo en ese momento?, ¿Y Su Madre, los santos y las hordas de espíritus impasibles? ¿Eran conscientes de lo que estaba ocurriendo? Miran y no dan ninguna señal, y el horror continúa, despiadado e inevitable.

           Cuando me giré al oír un ruido, el padre Thorpe estaba en la puerta.

       Ahora, no puedo describir, salvo muy brevemente, lo que ocurrió después, pues soy bastante inexperto en asuntos eclesiásticos y, sin duda, metería de pata. Lo primero que hizo el sacerdote fue acercarse a la mesa que estaba cerca mío, sacó una bolsita (todo esto sin decir palabra) dejó dos velitas y las encendió. Extendió un pequeño cuadrado de lino, puso un pequeño crucifijo y luego sacó de su cuello otra bolsa con cordones. La abrió y dejó una pequeña cosa de plata como un reloj. Entonces, vi que los demás estaban arrodillados, y yo también me arrodillé. En ese momento volvió a colocarse junto a la cama, diciéndole al enfermo que había venido a darle los Últimos Sacramentos. Le dijo al enfermo que Jesucristo había muerto en la Cruz por su causa; que Dios no nos pide hacer lo que no podemos, y que Él entiende que la confesión era imposible. Por eso debía hacer un acto de contrición, diciendo en su interior con todo su corazón:  "Dios mío, me arrepiento de todos mis pecados porque te amo con todo mi corazón." Habló así por unos momentos con animosidad, pero no sin ternura y sinceridad, mirando fijamente el rostro blanco que le devolvía la mirada con apenas un atisbo de sentido. Luego se levantó y pronunció, supongo, la absolución. Después se volvió a la mesa, abriendo la plateada caja de reloj. No me apeteció observar muy de cerca, pero al poco rato me di cuenta de que el sacerdote sostenía el pequeño disco blanco y repetía algunas palabras, volviendo de nuevo a la cama, inclinándose sobre el moribundo. Hubo un pequeño forcejedo, mientras el hombre era levantado por su primo y el sacerdote se inclinaba hacia adelante.

         Entonces comenzó la unción: sus manos, sus ojos, sus oídos, sus fosas nasales y su boca. Todos, uno a uno, fueron signados por el pulgar del sacerdote. Finalmente, las sábanas, que ya estaban sueltas, se recogieron al pie de la cama, y sus pies también fueron signados y cubiertos de nuevo. Luego, tras unas cuantas oraciones y ceremonias más, a las que no presté mucha atención, el sacerdote apagó las velas y salió de la habitación murmurando con el médico.

          Ahora bien, al escribirlo así en forma tan cruda soy consciente de que todo esto suena muy poco impresionante, claramente "vanidoso" y probablemente bastante supersticioso. Sin embargo, todo lo que puedo decir es que estas ceremonias y palabras, la actitud del sacerdote, la respuesta medio inteligente del enfermo (que para entonces sujetaba y observaba un crucifijo) la repentina y gélida serenidad de quienes asistieron y el efecto de toda esta representación, produjeron en mí un cambio extraordinario.

          Mientras estoy sentado ahora por la noche escribiendo esto en mi despacho, me parece que mis primeras reflexiones sobre la tragedia y la crueldad de la muerte fueron las de un estúpido salvaje. No puedo decir exactamente qué fue lo que provocó el cambio; solo puedo decir que, cuando todo terminó, el cambio estaba ahí. La muerte ya no me parecía un horror nauseabundo, sino que se había convertido en una presencia cálida y reconfortante. Seguía siendo terrible, pero con la misteriosa horribilidad de un gran y tranquilo bosque, más que la de un matadero o una cima helada con precipicios donde aúlla el viento. Fue como si, tras un par de notas discordantes de algún instrumento, notas de contrastes brutales e irreconocibles, se les hubiera añadido otra que resultó en un solemne y dulce acorde. Ya no existía esa impactante incoherencia entre el día suave al aire libre y el sudor y los dolores mortales interiores. Ya no era verdad que un Señor del Amor se mantuviera a Sí mismo separado en algún Cielo soleado y arrojara este problema desgarrador a este mundo cruel y venenoso, sino que ahora era todo uno: sostenía ambos en el hueco de Sus Brazos contra Su sereno Corazón, en un espacio tan vasto que yo no podía abarcarlo, pero en un abrazo tan cálido que ya no sentía frío.

         ¡Ah! No es posible decir cómo sucedió todo esto, ni cuán real fue para mí. Solo puedo decirme a mí mismo que fue como un acorde de música, golpeado sin un solo golpe, sonando sin vibración, brotando en la quietud como una orquesta de cuerdas y suaves trompetas que se prolongaban durante mucho tiempo en una gran armonía que reconciliaba el bien y el mal, el dolor y la alegría, la vida y la muerte, Dios y la naturaleza.

         No creo ser un tipo sin corazón ni tampoco un sentimental. Sé que en mi rostro tenía lágrimas hace un momento cuando me dijeron que el enfermo había muerto hace una hora, y no creo que ellas hubieran estado allí si hubiera muerto en mi presencia antes de la llegada del sacerdote. Eso fue lo que resolvió la discordia y me hizo entender esa serie de acciones y palabras incomprensibles; el sentido que había detrás de todo esto que me decía que Dios se preocupaba y había previsto, y que, si permitió la muerte, Él me proporcionó la fuerza para enfrentarla. Sin esta, me habría puesto insensible, resentido y agonizante; con ella pude llorar en su lugar.  ¡Qué religión es esta en la cual morir!

           Ojalá pudiera explicar todo lo que quiero decir con eso, o mejor aún, el efecto que causó en mí lo que presencié. Esas ceremonias fueron como el deslizamiento de una llave en una intrincada cerradura; no podemos captar los misterios de las palabras, sin embargo, la puerta está abierta y podemos mirar dentro durante unos minutos. Ni siquiera podemos recordar o decir qué es lo que hemos visto. Tampoco puedo decirme a mí mismo qué fue lo que vi allí, salvo que lo que vi no era una habitación negra y vacía. La Muerte no es así:  es dulce y amigable, como un salón iluminado por el fuego al que los hombres pueden ver desde la oscuridad exterior. También hay, sin duda, otras puertas por las que podemos mirar, pero estoy seguro de que esta misma visión no se ve a través de ellas. Eso es lo menos que quiero decir cuando digo que esta es la religión en la cual morir.

          Recuerdo que el primer papel de este tipo que escribí fue sobre el Réquiem en el día de Todos los Difuntos, y he aquí que estoy de nuevo en este mismo conmovedor punto: la muerte y lo que hay detrás, debajo, y, sobre todo, lo supremo de ella. Y me pregunto, mientras estoy aquí sentado escribiendo, si este no será quizás el final de mi recorrido. Si he sido guiado de una muerte a otra, cada vez más fuerte, mirando esto y aquello, y haciendo mis pobres comentarios y sacando mis conclusiones baratas, expresando mis sentimientos enfermizos o mi humor angustioso. Después de todo, no importa mucho. Ningún hombre puede hacer más de lo que está dentro de sus facultades, como dijo el padre Thorpe esta mañana, y aunque soy muy consciente de mi propia sublime insuficiencia, existe un refugio en el que puedo esconderme de la ira del Cordero, y es mi propio pesar por haberle ofendido alguna vez...

         Sí, esta es una religión en la que es posible morir con propiedad. ¿Qué otra cosa sino esto le habría servido a ese hombre de mediana edad y sin imaginación que vi con vida hace ocho horas? No quería sentimentalismo o exhortaciones a una emoción de la que era incapaz; o adulaciones de amigos que quieren hacer de la muerte algo más llevadero mediante un halago poco sincero de una vida que estaba lejos de ser inmaculada. Ni siquiera quería que se concertaran citas con él en el cielo, con recordatorios de que todos se reunirían, buenos, malos e indiferentes por igual, al pie de un trono improbable. Quería mucho más que eso, y al mismo tiempo, mucho menos. Era un pecador, lo sabía, y deseaba que le trataran sobre esa base. Quería estar lo más limpio posible, y así él fue absuelto. Ser acompañado por Dios en ese misterioso viaje, y de esta manera recibió el Viaticum, para ser fortalecido y purificado una vez más; así fue ungido, para escapar, como era natural, de todos los dolores que pudieran evitarse, y de ese modo recibió la Última Bendición. Finalmente, deseó que sus desfallecientes ojos fueran animados y que sus manos agotadas recibieran apoyo, y de esta manera la imagen de su Salvador fue colocada en sus manos.

      Hemos vivido tanto tiempo guiados por nuestros sentidos, fiándonos de que lo real es lo que podemos tocar y manipular, que Dios, en su misericordia, nos permite hacerlo realmente así de esta manera hasta el final. Toma el aceite, el pan, el agua y el metal, y los convierte no solo en símbolos, sino en los mismos vehículos que necesitamos. “Mira esto”, exclama la Iglesia, mientras sostiene su crucifijo: “esta es la imagen de vuestro Señor, bésala por amor a Él”. “Mira esto”, dice mientras levanta la Hostia, "Este es Él mismo ¡Ecce Agnus Dei! Prueba y comprueba que Él es misericordioso... Voltea tus manos y siente el suave aceite... Esta es Su inmensa bondad. Entrégate a estas cosas; apóyate en ellas y te sostendrán. Aférrate a ellas, y tendrás el control de la vida eterna."

         ¡Dios por favor que ella pueda decir estas cosas a mí...!