Muerte
Enero de 1905
Esta mañana mi casero entró en mi
habitación muy alterado, diciéndome que su primo, que vivía a unos cien metros,
había sufrido unas convulsiones y yacía moribundo. Llamaron al médico, y al
sacerdote—porque el hombre era católico; pero ninguno había llegado aún y las
mujeres estaban aterrorizadas.
Agarré mi sombrero y salí corriendo
con él, y en el mismo umbral de la puerta nos topamos con el médico, y subimos
juntos las escaleras. Al enfermo ya lo habían acostado y yacía con una palidez
de muerte, con los ojos abiertos, mirando sin sentido por la ventana de
enfrente, que nadie había pensado en tapar. Tenía las manos ocultas, los labios
entreabiertos y su rostro experimentaba de vez en cuando unos espasmos. A su
lado permanecía una mujer, indefensa y ansiosa, casi tan pálida como él, la
cual dio un gran suspiro de alivio cuando entramos.
Mientras el doctor trabajaba, fui y me quedé parado
junto a la ventana mirando hacia fuera, maravillado de la rapidez con la que la
tragedia había caído repentinamente sobre esta sórdida casa. También me pregunté
sobre un montón de otras cosas: sobre lo que pasa por la mente del hombre
mientras miraba la eternidad; sobre el horror de todo este asunto; de la Mente
Suprema que, aparentemente, planea tal salida de esta vida y que nos da a todos
una hora de terror que debemos esperar con ilusión.

Me pregunté a mí mismo, ¿por qué todo
es tan complicado?; ¿por qué hacemos todo lo posible por prolongar una vida
como esta, que había estado padeciendo un dolor interno, según sabía, durante
más de diez años? Y mi respuesta fue que lo que nos motiva a hacerlo es algo instintivo,
no racional. La muerte era tan impactante que no había duda, salvo que debía
resistirse con todas sus fuerzas como por una especie de acción refleja. Nuestros
esfuerzos eran apenas defendibles, pero totalmente necesarios y naturales. Esto
y muchas cosas más pensé mientras contemplaba los bosques en el valle de abajo.
Era una mañana sin viento, suave y dulce. Abajo
el terreno descendía abruptamente, y la pradera se mezclaba luego con una ladera
de maleza que ascendía entre árboles jóvenes y abedules, dando paso más allá a
un bosque más profundo. Esa mañana el aire era como un vino cálido, suave y revitalizante.
Sobre las ramas sin hojas reposaba una suavidad aterciopelada como la primavera
que se acercaba, y por encima de todo se alzaba la tierna bóveda azul cubierta
de nubes.
Debo confesar que lo que
prevalecía en mi mente en ese momento era principalmente un horror irónico. Era
terrible pensar en que un Señor del Amor debía trascender más allá de aquel
cielo y ser inmanente en este aire y esta vida inferiores; un Señor del Amor
que era también Todopoderoso, y que pudo tan fácilmente haberlo dispuesto todo de
otra manera; o habérnoslo explicado un poco para asegurarnos que había algún
plan detrás de esta aparente negligencia y brutalidad. Aquí había un tablero de
ajedrez, blanco y negro, sufrimiento y dulzura, un hombre moribundo y leña para
encender el fuego; ¿y qué derecho tengo yo para decir que el tablero es
esencialmente blanco y solo accidentalmente negro? Si hubiera sido yo el que
estaba muriendo, ¿no sentiría acaso que la agonía es la verdad de todo y la paz
no más que un incidente ocasional? Por lo que recuerdo del dolor, me parece que
es así.
Además, este Señor del Amor, ¿qué
estaba haciendo en ese momento?, ¿Y Su Madre, los santos y las hordas de
espíritus impasibles? ¿Eran conscientes de lo que estaba ocurriendo? Miran y no
dan ninguna señal, y el horror continúa, despiadado e inevitable.
Cuando me giré al oír un ruido, el padre
Thorpe estaba en la puerta.
Ahora, no puedo describir, salvo muy
brevemente, lo que ocurrió después, pues soy bastante inexperto en asuntos
eclesiásticos y, sin duda, metería de pata. Lo primero que hizo el sacerdote fue
acercarse a la mesa que estaba cerca mío, sacó una bolsita (todo esto sin decir
palabra) dejó dos velitas y las encendió. Extendió un pequeño cuadrado de lino,
puso un pequeño crucifijo y luego sacó de su cuello otra bolsa con cordones. La
abrió y dejó una pequeña cosa de plata como un reloj. Entonces, vi que los
demás estaban arrodillados, y yo también me arrodillé. En ese momento volvió a colocarse
junto a la cama, diciéndole al enfermo que había venido a darle los Últimos
Sacramentos. Le dijo al enfermo que Jesucristo había muerto en la Cruz por su
causa; que Dios no nos pide hacer lo que no podemos, y que Él entiende que la
confesión era imposible. Por eso debía hacer un acto de contrición, diciendo en
su interior con todo su corazón: "Dios mío, me arrepiento de todos mis
pecados porque te amo con todo mi corazón." Habló así por unos momentos
con animosidad, pero no sin ternura y sinceridad, mirando fijamente el rostro
blanco que le devolvía la mirada con apenas un atisbo de sentido. Luego se
levantó y pronunció, supongo, la absolución. Después se volvió a la mesa, abriendo
la plateada caja de reloj. No me apeteció observar muy de cerca, pero al poco
rato me di cuenta de que el sacerdote sostenía el pequeño disco blanco y
repetía algunas palabras, volviendo de nuevo a la cama, inclinándose sobre el
moribundo. Hubo un pequeño forcejedo, mientras el hombre era levantado por su
primo y el sacerdote se inclinaba hacia adelante.
Entonces comenzó la unción: sus
manos, sus ojos, sus oídos, sus fosas nasales y su boca. Todos, uno a uno,
fueron signados por el pulgar del sacerdote. Finalmente, las sábanas, que ya
estaban sueltas, se recogieron al pie de la cama, y sus pies también fueron signados
y cubiertos de nuevo. Luego, tras unas cuantas oraciones y ceremonias más, a
las que no presté mucha atención, el sacerdote apagó las velas y salió de la
habitación murmurando con el médico.
Ahora bien, al escribirlo así en
forma tan cruda soy consciente de que todo esto suena muy poco impresionante,
claramente "vanidoso" y probablemente bastante supersticioso. Sin
embargo, todo lo que puedo decir es que estas ceremonias y palabras, la actitud
del sacerdote, la respuesta medio inteligente del enfermo (que para entonces
sujetaba y observaba un crucifijo) la repentina y gélida serenidad de quienes
asistieron y el efecto de toda esta representación, produjeron en mí un cambio
extraordinario.
Mientras estoy sentado ahora por la noche
escribiendo esto en mi despacho, me parece que mis primeras reflexiones sobre
la tragedia y la crueldad de la muerte fueron las de un estúpido salvaje. No
puedo decir exactamente qué fue lo que provocó el cambio; solo puedo decir que,
cuando todo terminó, el cambio estaba ahí. La muerte ya no me parecía un horror
nauseabundo, sino que se había convertido en una presencia cálida y
reconfortante. Seguía siendo terrible, pero con la misteriosa horribilidad de
un gran y tranquilo bosque, más que la de un matadero o una cima helada con
precipicios donde aúlla el viento. Fue como si, tras un par de notas discordantes
de algún instrumento, notas de contrastes brutales e irreconocibles, se les
hubiera añadido otra que resultó en un solemne y dulce acorde. Ya no existía
esa impactante incoherencia entre el día suave al aire libre y el sudor y los
dolores mortales interiores. Ya no era verdad que un Señor del Amor se
mantuviera a Sí mismo separado en algún Cielo soleado y arrojara este problema
desgarrador a este mundo cruel y venenoso, sino que ahora era todo uno: sostenía
ambos en el hueco de Sus Brazos contra Su sereno Corazón, en un espacio tan
vasto que yo no podía abarcarlo, pero en un abrazo tan cálido que ya no sentía
frío.
¡Ah! No es posible decir cómo
sucedió todo esto, ni cuán real fue para mí. Solo puedo decirme a mí mismo que
fue como un acorde de música, golpeado sin un solo golpe, sonando sin
vibración, brotando en la quietud como una orquesta de cuerdas y suaves trompetas
que se prolongaban durante mucho tiempo en una gran armonía que reconciliaba el
bien y el mal, el dolor y la alegría, la vida y la muerte, Dios y la
naturaleza.
No creo ser un tipo sin corazón ni
tampoco un sentimental. Sé que en mi rostro tenía lágrimas hace un momento
cuando me dijeron que el enfermo había muerto hace una hora, y no creo que ellas
hubieran estado allí si hubiera muerto en mi presencia antes de la llegada del
sacerdote. Eso fue lo que resolvió la discordia y me hizo entender esa serie de
acciones y palabras incomprensibles; el sentido que había detrás de todo esto que
me decía que Dios se preocupaba y había previsto, y que, si permitió la muerte,
Él me proporcionó la fuerza para enfrentarla. Sin esta, me habría puesto insensible,
resentido y agonizante; con ella pude llorar en su lugar. ¡Qué religión es esta en la cual morir!
Ojalá pudiera explicar todo lo que quiero
decir con eso, o mejor aún, el efecto que causó en mí lo que presencié. Esas
ceremonias fueron como el deslizamiento de una llave en una intrincada
cerradura; no podemos captar los misterios de las palabras, sin embargo, la
puerta está abierta y podemos mirar dentro durante unos minutos. Ni siquiera
podemos recordar o decir qué es lo que hemos visto. Tampoco puedo decirme a mí
mismo qué fue lo que vi allí, salvo que lo que vi no era una habitación negra y
vacía. La Muerte no es así: es dulce y
amigable, como un salón iluminado por el fuego al que los hombres pueden ver
desde la oscuridad exterior. También hay, sin duda, otras puertas por las que
podemos mirar, pero estoy seguro de que esta misma visión no se ve a través de
ellas. Eso es lo menos que quiero decir cuando digo que esta es la religión en la
cual morir.
Recuerdo que el primer papel de
este tipo que escribí fue sobre el Réquiem en el día de Todos los Difuntos, y
he aquí que estoy de nuevo en este mismo conmovedor punto: la muerte y lo que
hay detrás, debajo, y, sobre todo, lo supremo de ella. Y me pregunto, mientras
estoy aquí sentado escribiendo, si este no será quizás el final de mi recorrido.
Si he sido guiado de una muerte a otra, cada vez más fuerte, mirando esto y
aquello, y haciendo mis pobres comentarios y sacando mis conclusiones baratas,
expresando mis sentimientos enfermizos o mi humor angustioso. Después de todo,
no importa mucho. Ningún hombre puede hacer más de lo que está dentro de sus
facultades, como dijo el padre Thorpe esta mañana, y aunque soy muy consciente
de mi propia sublime insuficiencia, existe un refugio en el que puedo esconderme
de la ira del Cordero, y es mi propio pesar por haberle ofendido alguna vez...
Sí, esta es una religión en la
que es posible morir con propiedad. ¿Qué otra cosa sino esto le habría servido
a ese hombre de mediana edad y sin imaginación que vi con vida hace ocho horas?
No quería sentimentalismo o exhortaciones a una emoción de la que era incapaz;
o adulaciones de amigos que quieren hacer de la muerte algo más llevadero mediante
un halago poco sincero de una vida que estaba lejos de ser inmaculada. Ni
siquiera quería que se concertaran citas con él en el cielo, con recordatorios
de que todos se reunirían, buenos, malos e indiferentes por igual, al pie de un
trono improbable. Quería mucho más que eso, y al mismo tiempo, mucho menos. Era
un pecador, lo sabía, y deseaba que le trataran sobre esa base. Quería estar lo
más limpio posible, y así él fue absuelto. Ser acompañado por Dios en ese
misterioso viaje, y de esta manera recibió el Viaticum, para ser
fortalecido y purificado una vez más; así fue ungido, para escapar, como era
natural, de todos los dolores que pudieran evitarse, y de ese modo recibió la
Última Bendición. Finalmente, deseó que sus desfallecientes ojos fueran
animados y que sus manos agotadas recibieran apoyo, y de esta manera la imagen
de su Salvador fue colocada en sus manos.
Hemos vivido tanto tiempo guiados
por nuestros sentidos, fiándonos de que lo real es lo que podemos tocar y manipular,
que Dios, en su misericordia, nos permite hacerlo realmente así de esta manera
hasta el final. Toma el aceite, el pan, el agua y el metal, y los convierte no
solo en símbolos, sino en los mismos vehículos que necesitamos. “Mira esto”,
exclama la Iglesia, mientras sostiene su crucifijo: “esta es la imagen de
vuestro Señor, bésala por amor a Él”. “Mira esto”, dice mientras levanta la
Hostia, "Este es Él mismo ¡Ecce Agnus Dei! Prueba y comprueba que
Él es misericordioso... Voltea tus manos y siente el suave aceite... Esta es Su
inmensa bondad. Entrégate a estas cosas; apóyate en ellas y te sostendrán. Aférrate
a ellas, y tendrás el control de la vida eterna."
¡Dios por favor que ella pueda decir estas
cosas a mí...!