jueves, 8 de octubre de 2026

De, "Los Papeles de un paria" de R.H. Benson: "Muerte"

 

                                                 Muerte

                                                                                                                        Enero de 1905

          Esta mañana mi casero entró en mi habitación muy alterado, diciéndome que su primo, que vivía a unos cien metros, había sufrido unas convulsiones y yacía moribundo. Llamaron al médico, y al sacerdote—porque el hombre era católico; pero ninguno había llegado aún y las mujeres estaban aterrorizadas.

          Agarré mi sombrero y salí corriendo con él, y en el mismo umbral de la puerta nos topamos con el médico, y subimos juntos las escaleras. Al enfermo ya lo habían acostado y yacía con una palidez de muerte, con los ojos abiertos, mirando sin sentido por la ventana de enfrente, que nadie había pensado en tapar.  Tenía las manos ocultas, los labios entreabiertos y su rostro experimentaba de vez en cuando unos espasmos. A su lado permanecía una mujer, indefensa y ansiosa, casi tan pálida como él, la cual dio un gran suspiro de alivio cuando entramos.

           Mientras el doctor trabajaba, fui y me quedé parado junto a la ventana mirando hacia fuera, maravillado de la rapidez con la que la tragedia había caído repentinamente sobre esta sórdida casa. También me pregunté sobre un montón de otras cosas: sobre lo que pasa por la mente del hombre mientras miraba la eternidad; sobre el horror de todo este asunto; de la Mente Suprema que, aparentemente, planea tal salida de esta vida y que nos da a todos una hora de terror que debemos esperar con ilusión.

The illustration depicts a quaint, old-fashioned bedroom with three individuals, two in formal attire and one in casual wear, arranged around a bed, with a large window showcasing a verdant, rural landscape outside.

El contenido generado por IA puede ser incorrecto.

          Me pregunté a mí mismo, ¿por qué todo es tan complicado?; ¿por qué hacemos todo lo posible por prolongar una vida como esta, que había estado padeciendo un dolor interno, según sabía, durante más de diez años? Y mi respuesta fue que lo que nos motiva a hacerlo es algo instintivo, no racional. La muerte era tan impactante que no había duda, salvo que debía resistirse con todas sus fuerzas como por una especie de acción refleja. Nuestros esfuerzos eran apenas defendibles, pero totalmente necesarios y naturales. Esto y muchas cosas más pensé mientras contemplaba los bosques en el valle de abajo.

           Era una mañana sin viento, suave y dulce. Abajo el terreno descendía abruptamente, y la pradera se mezclaba luego con una ladera de maleza que ascendía entre árboles jóvenes y abedules, dando paso más allá a un bosque más profundo. Esa mañana el aire era como un vino cálido, suave y revitalizante. Sobre las ramas sin hojas reposaba una suavidad aterciopelada como la primavera que se acercaba, y por encima de todo se alzaba la tierna bóveda azul cubierta de nubes.

          Debo confesar que lo que prevalecía en mi mente en ese momento era principalmente un horror irónico. Era terrible pensar en que un Señor del Amor debía trascender más allá de aquel cielo y ser inmanente en este aire y esta vida inferiores; un Señor del Amor que era también Todopoderoso, y que pudo tan fácilmente haberlo dispuesto todo de otra manera; o habérnoslo explicado un poco para asegurarnos que había algún plan detrás de esta aparente negligencia y brutalidad. Aquí había un tablero de ajedrez, blanco y negro, sufrimiento y dulzura, un hombre moribundo y leña para encender el fuego; ¿y qué derecho tengo yo para decir que el tablero es esencialmente blanco y solo accidentalmente negro? Si hubiera sido yo el que estaba muriendo, ¿no sentiría acaso que la agonía es la verdad de todo y la paz no más que un incidente ocasional? Por lo que recuerdo del dolor, me parece que es así.

          Además, este Señor del Amor, ¿qué estaba haciendo en ese momento?, ¿Y Su Madre, los santos y las hordas de espíritus impasibles? ¿Eran conscientes de lo que estaba ocurriendo? Miran y no dan ninguna señal, y el horror continúa, despiadado e inevitable.

           Cuando me giré al oír un ruido, el padre Thorpe estaba en la puerta.

       Ahora, no puedo describir, salvo muy brevemente, lo que ocurrió después, pues soy bastante inexperto en asuntos eclesiásticos y, sin duda, metería de pata. Lo primero que hizo el sacerdote fue acercarse a la mesa que estaba cerca mío, sacó una bolsita (todo esto sin decir palabra) dejó dos velitas y las encendió. Extendió un pequeño cuadrado de lino, puso un pequeño crucifijo y luego sacó de su cuello otra bolsa con cordones. La abrió y dejó una pequeña cosa de plata como un reloj. Entonces, vi que los demás estaban arrodillados, y yo también me arrodillé. En ese momento volvió a colocarse junto a la cama, diciéndole al enfermo que había venido a darle los Últimos Sacramentos. Le dijo al enfermo que Jesucristo había muerto en la Cruz por su causa; que Dios no nos pide hacer lo que no podemos, y que Él entiende que la confesión era imposible. Por eso debía hacer un acto de contrición, diciendo en su interior con todo su corazón:  "Dios mío, me arrepiento de todos mis pecados porque te amo con todo mi corazón." Habló así por unos momentos con animosidad, pero no sin ternura y sinceridad, mirando fijamente el rostro blanco que le devolvía la mirada con apenas un atisbo de sentido. Luego se levantó y pronunció, supongo, la absolución. Después se volvió a la mesa, abriendo la plateada caja de reloj. No me apeteció observar muy de cerca, pero al poco rato me di cuenta de que el sacerdote sostenía el pequeño disco blanco y repetía algunas palabras, volviendo de nuevo a la cama, inclinándose sobre el moribundo. Hubo un pequeño forcejedo, mientras el hombre era levantado por su primo y el sacerdote se inclinaba hacia adelante.

         Entonces comenzó la unción: sus manos, sus ojos, sus oídos, sus fosas nasales y su boca. Todos, uno a uno, fueron signados por el pulgar del sacerdote. Finalmente, las sábanas, que ya estaban sueltas, se recogieron al pie de la cama, y sus pies también fueron signados y cubiertos de nuevo. Luego, tras unas cuantas oraciones y ceremonias más, a las que no presté mucha atención, el sacerdote apagó las velas y salió de la habitación murmurando con el médico.

          Ahora bien, al escribirlo así en forma tan cruda soy consciente de que todo esto suena muy poco impresionante, claramente "vanidoso" y probablemente bastante supersticioso. Sin embargo, todo lo que puedo decir es que estas ceremonias y palabras, la actitud del sacerdote, la respuesta medio inteligente del enfermo (que para entonces sujetaba y observaba un crucifijo) la repentina y gélida serenidad de quienes asistieron y el efecto de toda esta representación, produjeron en mí un cambio extraordinario.

          Mientras estoy sentado ahora por la noche escribiendo esto en mi despacho, me parece que mis primeras reflexiones sobre la tragedia y la crueldad de la muerte fueron las de un estúpido salvaje. No puedo decir exactamente qué fue lo que provocó el cambio; solo puedo decir que, cuando todo terminó, el cambio estaba ahí. La muerte ya no me parecía un horror nauseabundo, sino que se había convertido en una presencia cálida y reconfortante. Seguía siendo terrible, pero con la misteriosa horribilidad de un gran y tranquilo bosque, más que la de un matadero o una cima helada con precipicios donde aúlla el viento. Fue como si, tras un par de notas discordantes de algún instrumento, notas de contrastes brutales e irreconocibles, se les hubiera añadido otra que resultó en un solemne y dulce acorde. Ya no existía esa impactante incoherencia entre el día suave al aire libre y el sudor y los dolores mortales interiores. Ya no era verdad que un Señor del Amor se mantuviera a Sí mismo separado en algún Cielo soleado y arrojara este problema desgarrador a este mundo cruel y venenoso, sino que ahora era todo uno: sostenía ambos en el hueco de Sus Brazos contra Su sereno Corazón, en un espacio tan vasto que yo no podía abarcarlo, pero en un abrazo tan cálido que ya no sentía frío.

         ¡Ah! No es posible decir cómo sucedió todo esto, ni cuán real fue para mí. Solo puedo decirme a mí mismo que fue como un acorde de música, golpeado sin un solo golpe, sonando sin vibración, brotando en la quietud como una orquesta de cuerdas y suaves trompetas que se prolongaban durante mucho tiempo en una gran armonía que reconciliaba el bien y el mal, el dolor y la alegría, la vida y la muerte, Dios y la naturaleza.

         No creo ser un tipo sin corazón ni tampoco un sentimental. Sé que en mi rostro tenía lágrimas hace un momento cuando me dijeron que el enfermo había muerto hace una hora, y no creo que ellas hubieran estado allí si hubiera muerto en mi presencia antes de la llegada del sacerdote. Eso fue lo que resolvió la discordia y me hizo entender esa serie de acciones y palabras incomprensibles; el sentido que había detrás de todo esto que me decía que Dios se preocupaba y había previsto, y que, si permitió la muerte, Él me proporcionó la fuerza para enfrentarla. Sin esta, me habría puesto insensible, resentido y agonizante; con ella pude llorar en su lugar.  ¡Qué religión es esta en la cual morir!

           Ojalá pudiera explicar todo lo que quiero decir con eso, o mejor aún, el efecto que causó en mí lo que presencié. Esas ceremonias fueron como el deslizamiento de una llave en una intrincada cerradura; no podemos captar los misterios de las palabras, sin embargo, la puerta está abierta y podemos mirar dentro durante unos minutos. Ni siquiera podemos recordar o decir qué es lo que hemos visto. Tampoco puedo decirme a mí mismo qué fue lo que vi allí, salvo que lo que vi no era una habitación negra y vacía. La Muerte no es así:  es dulce y amigable, como un salón iluminado por el fuego al que los hombres pueden ver desde la oscuridad exterior. También hay, sin duda, otras puertas por las que podemos mirar, pero estoy seguro de que esta misma visión no se ve a través de ellas. Eso es lo menos que quiero decir cuando digo que esta es la religión en la cual morir.

          Recuerdo que el primer papel de este tipo que escribí fue sobre el Réquiem en el día de Todos los Difuntos, y he aquí que estoy de nuevo en este mismo conmovedor punto: la muerte y lo que hay detrás, debajo, y, sobre todo, lo supremo de ella. Y me pregunto, mientras estoy aquí sentado escribiendo, si este no será quizás el final de mi recorrido. Si he sido guiado de una muerte a otra, cada vez más fuerte, mirando esto y aquello, y haciendo mis pobres comentarios y sacando mis conclusiones baratas, expresando mis sentimientos enfermizos o mi humor angustioso. Después de todo, no importa mucho. Ningún hombre puede hacer más de lo que está dentro de sus facultades, como dijo el padre Thorpe esta mañana, y aunque soy muy consciente de mi propia sublime insuficiencia, existe un refugio en el que puedo esconderme de la ira del Cordero, y es mi propio pesar por haberle ofendido alguna vez...

         Sí, esta es una religión en la que es posible morir con propiedad. ¿Qué otra cosa sino esto le habría servido a ese hombre de mediana edad y sin imaginación que vi con vida hace ocho horas? No quería sentimentalismo o exhortaciones a una emoción de la que era incapaz; o adulaciones de amigos que quieren hacer de la muerte algo más llevadero mediante un halago poco sincero de una vida que estaba lejos de ser inmaculada. Ni siquiera quería que se concertaran citas con él en el cielo, con recordatorios de que todos se reunirían, buenos, malos e indiferentes por igual, al pie de un trono improbable. Quería mucho más que eso, y al mismo tiempo, mucho menos. Era un pecador, lo sabía, y deseaba que le trataran sobre esa base. Quería estar lo más limpio posible, y así él fue absuelto. Ser acompañado por Dios en ese misterioso viaje, y de esta manera recibió el Viaticum, para ser fortalecido y purificado una vez más; así fue ungido, para escapar, como era natural, de todos los dolores que pudieran evitarse, y de ese modo recibió la Última Bendición. Finalmente, deseó que sus desfallecientes ojos fueran animados y que sus manos agotadas recibieran apoyo, y de esta manera la imagen de su Salvador fue colocada en sus manos.

      Hemos vivido tanto tiempo guiados por nuestros sentidos, fiándonos de que lo real es lo que podemos tocar y manipular, que Dios, en su misericordia, nos permite hacerlo realmente así de esta manera hasta el final. Toma el aceite, el pan, el agua y el metal, y los convierte no solo en símbolos, sino en los mismos vehículos que necesitamos. “Mira esto”, exclama la Iglesia, mientras sostiene su crucifijo: “esta es la imagen de vuestro Señor, bésala por amor a Él”. “Mira esto”, dice mientras levanta la Hostia, "Este es Él mismo ¡Ecce Agnus Dei! Prueba y comprueba que Él es misericordioso... Voltea tus manos y siente el suave aceite... Esta es Su inmensa bondad. Entrégate a estas cosas; apóyate en ellas y te sostendrán. Aférrate a ellas, y tendrás el control de la vida eterna."

         ¡Dios por favor que ella pueda decir estas cosas a mí...!

martes, 29 de septiembre de 2026

Mi lugar en la FSSPX: ¿por qué voy?


"Procura, al menos, salvar tu alma; lo demás importa poco"

San Juan Bosco

 «Hacemos esto no por espíritu de rebelión ni por orgullo, sino para responder a las llamadas de los fieles que nos piden el pan de la Verdad y los Sacramentos para salvar sus almas."

Monseñor Marcel Lefebvre

          Han pasado años desde la última vez que escribí una entrada. Diversas razones —prácticas, médicas y un poco de desidia—, sumadas a la sensación de no tener nada nuevo que aportar al mundo bloguero católico, me mantuvieron alejada de la escritura. Además, existe un «mogollón» (como dirían mis amigos españoles) de sitios que abordan los mismos temas que yo trataba; por no mencionar a los creadores en YouTube, de quienes me he vuelto seguidora y he aprendido muchísimo. 

          Puede que esta publicación marque mi regreso; al menos ese es mi propósito y ojalá logre ser constante. Deseo reavivar las ganas de sentarme frente al teclado, dejar que las ideas fluyan en la página y continuar publicando las traducciones de Monseñor Benson —a quien tanto le debo y que fue la razón de ser de este blog— y, por supuesto, los relatos de Mateo.

          Entrando en materia, tal como adelanta el título, asisto a la Santa Misa tradicional en la Fraternidad Sacerdotal San Pío X desde hace casi diez años. No pertenezco a la Tercera Orden; soy una simple fiel que va en familia. Tenía muchas dudas sobre si escribir acerca de esto, tras las excomuniones y la controversia en torno a la Fraternidad. No me gusta la polémica y andar discutiendo y enfrentando a comentarios alterados de personas que se cierran a razones —razones que, a mi juicio, trascienden el derecho canónico—. Ese tipo de discusiones me hacen perder la paz y, aunque uno no lo quiera, la paciencia a veces se agota.  «No hay que andar peleando», nos dijo desde el ambón de la capilla a la que asisto un padre de la frater, y mucho menos con nuestros hermanos en la fe, de quienes a veces viene el ataque más desconcertante: un incomprensible «fuego amigo» que descalifica e insiste en remarcar un «nosotros somos obedientes, ustedes no».

          Ahora que han pasado algunos meses y las aguas están más calmas, quiero compartir mi vivencia sobre cómo, a pesar del temor a las sanciones y demás reparos, sigo recibiendo en la Fraternidad los sacramentos y asisto a la Santa Misa. No pretendo hacer un análisis canónico ni profundizar en la disciplina de la Iglesia; sobre esos temas ya abundan contenidos en la red y no soy experta. Mi enfoque es puramente práctico: responde a la necesidad básica para la vida espiritual de recibir los sacramentos y, con ellos, la gracia santificante, tal como los recibieron nuestros antepasados antes del Concilio Vaticano II. 

 

Capilla San José de los Ángeles, FSSPX, Viña del Mar
         No espero que entiendan mis puntos aquellos que andan comentando en redes sociales cosas como: “ustedes no han obedecido al Papa, están excomulgados, son cismáticos, no hay razones que lo justifique, están fuera de la Iglesia y no tienen derecho a nada”. Hay una intransigencia que vuelve imposible cualquier explicación. Sin embargo, espero que las personas de buena voluntad al menos logren captar un poco mis motivaciones.

Entonces la pregunta que cabe hacerse es: ¿por qué usted, señora Beatrice, sigue yendo a misa a la Fraternidad San Pío X a pesar de las excomuniones? No es por un simple gustito estético ni por una «preferencia personal» hacia un rito, sino porque mi alma y la de mi familia lo necesitan para su vida espiritual; por la tranquilidad que da el saber que asisto a un rito digno y agradable a Dios, porque está centrado en Él y no en el hombre. Una misa en la que no hay abusos litúrgicos como en el Novus Ordo Missae, donde muchas veces los sacerdotes hacen uso de su «genialidad creativa» agregando actos o palabras que no están en las rúbricas o, por el contrario, quitando o cercenando lo que se les antoja (como han quitado en muchas parroquias el Yo pecador, por ejemplo).

En la misa tradicional el idioma es el mismo aquí en Chile o en cualquier lugar del mundo donde se rece. Es un rito latino universal para toda la Iglesia, e insisto: para toda la Iglesia y no para el privilegio de algunos. La Fraternidad da la lucha para que sea un bien universal de la Iglesia y no algo reservado a un grupo con los consiguientes condicionamientos para que puedan tener este privilegio. Es un mismo rito, con los mismos silencios, rúbricas y gestos ricos en significado que resaltan por un lado el misterio y, por otro, hacen que el alma se centre en Dios y en el sacrificio del altar.

          Razones estéticas también las hay, desde luego: la belleza de los ornamentos, del canto y del altar donde está el sagrario como parte del mismo y no a un lado separado. El sagrario al centro donde está Nuestro Señor esperando ser adorado como el Rey de nuestras almas y la causa de nuestra salvación.

          ¿Se ha pensado en los fieles de entendimiento tradicional cuando se les coarta para que ya no vayan más y que tienen que ir al Novus Ordo? ¿Han pensado en por qué los fieles de la Fraternidad nos apegamos y amamos tanto la Santa Misa de siempre? Yo creo que no le han tomado el peso a lo que eso significa para una persona que lleva años buscando adorar a Dios en un rito tan santo como este dejar de hacerlo por un decreto injusto e inválido. Lo siento, pero me violenta, no puedo, violenta mi alma, me quita la paz, va contra mi conciencia y no voy a quedar a la deriva por falta de vida espiritual y de alimento para mi alma, que es mi único bien, lo único a lo cual puedo llamar propiamente «mío»: mi alma.

          He buscado a Dios y aquí lo he encontrado: en lo que la Iglesia siempre ha enseñado, en la liturgia que siempre ha rezado. No puedo volver atrás, porque quien ha encontrado la Misa de siempre es como aquel que compra un campo porque ha encontrado un tesoro (Mateo 13, 44), porque la Santa Misa tradicional es como un pedazo del Cielo en la tierra. He encontrado este tesoro en esta Misa y en aquella congregación que se resiste a ser inoculada con los errores del modernismo y a caer en concesiones con la Verdad, como han terminado muchos grupos que, antes que perder la Misa para ellos, prefieren callar y mantener sus «privilegios». Resistir al error tiene su costo, pero tarde o temprano esta resistencia va a dar muchos y buenos frutos.

          En cada misa a la que voy en la FSSPX encuentro que se me predica la fe de siempre, hay celo por la salvación de las almas. Se nos predica la necesidad de la confesión, de estar preparados para dar cuentas a Dios; se nos predica para que no perdamos la fe en estos tiempos de confusión; se nos forma en la doctrina infalible de la Iglesia, en el amor precisamente a la Iglesia y al Papado. Nadie ha querido separarse. En cambio: «Habíamos pedido ser instruidos y confirmados en la fe de siempre; en vez de eso, fuimos declarados cismáticos por segunda vez». No tengo espíritu cismático, y creo que nadie en la Fraternidad lo tiene. Rezo cada día por el Santo Padre esta bella oración tomada del misal romano tradicional:

«Oh Dios, pastor y guía de todos los fieles, mira con ojos de bondad a tu siervo León, a quien has colocado al frente de tu Iglesia como su pastor; concédele, te suplicamos, el ser útil por su palabra y doctrina a cuantos están a él sujetos, para que juntamente con su rebaño llegue a la vida eterna. Por nuestro Señor Jesucristo».

          A lo largo de los años fuimos con mi familia buscando aquella liturgia donde pudiéramos adorar a Dios de la manera más santa; donde mis hijos no perdieran la fe a causa de una escandalosa liturgia de un colegio católico donde se piensa hacer de la Santa Misa algo entretenido, transformándola en una «fiesta con Jesús» ¡Cuántos compañeros de mis hijos se alejaron o simplemente perdieron la fe por culpa de una nula enseñanza de la doctrina y de una liturgia que les inculcó que el amor a Dios es sentir en el corazón que Él nos ama, más que amarle cumpliendo lo que manda y deseando lo que promete! («Da populis tuis id amare quod præcipis, id desiderare quod promittis», Oración del cuarto domingo después de Pascua).

                 Buscando y buscando dónde nos pudiéramos encontrar con una liturgia digna para dar a Dios la mayor gloria y reverencia, centrada en el sacrificio del altar, pasamos por los benedictinos; luego, a raíz del Motu Proprio Summorum Pontificum, fuimos donde se rezaba la misa tradicional (ya fuera en Valparaíso, Casablanca o Santiago), al mismo tiempo que asistíamos a la Fraternidad cuando se podía. Y, finalmente, llegamos a este puerto y aquí nos quedamos En la Fraternidad nos hemos enriquecido espiritualmente y  ella nos otorga los medios para agradar a Dios a través del culto y de la Tradición.

Priorato Cristo Rey, FSSPX, Santiago de Chile

Ahora se nos mira como cismáticos; hace treinta y ocho años también, y ya sabemos qué pasó después. Confiamos en que, por la intercesión de María Santísima Mediadora de todas las gracias, esto se resuelva algún día y ojalá pronto por el bien de las almas que dudan y tienen miedo de venir a la fraternidad por las supuestas sanciones, pero que desean ardientemente la Misa tradicional y los sacramentos. Mientras tanto, la sed del espíritu que busca a Dios no puede quedar a la deriva y asumo los costos que, desde el punto de vista meramente humano, esto tiene como el sufrimiento espiritual a causa del rechazo y la incomprensión de los propios, que estoy segura de que cada sacerdote y fiel de la Fraternidad sufre y ofrece a Dios por la Iglesia y por el Santo Padre.

Así como ya una vez se reconoció la injusticia de las excomuniones, no dudo que volverá a pasar lo mismo y que se reconocerá la obra de Monseñor Lefebvre y de la FSSPX.




domingo, 5 de julio de 2026

La Iglesia de la publicidad y la del silencio, R.P. Julio Meinvielle

           El hombre solo puede vislumbrar generalidades sobre el curso de los acontecimientos y sobre la densidad de la historia. Esta densidad se ha de medir por un acercamiento más o menos grande a la norma de Cristo, que constituye el centro y el eje de la historia. La Historia se ha de acomodar a la tradición cabalística o a la tradición católica. No hace falta mucha sagacidad para ver que desde hace cinco siglos el mundo se está conformando a la tradición cabalística. El mundo del Anticristo se adelanta velozmente. Todo concurre a la unificación totalitaria del hijo de la perdición. De aquí también el éxito del progresismo. El cristianismo se seculariza o se ateíza.

          Como se hayan de cumplir, en esta edad cabalística, las promesas de asistencia del Divino Espíritu a la Iglesia y cómo se haya de verificar el portae infieri non prevalebunt, las puertas del infierno no ha de prevalecer, no cabe en la mente humana. Pero así como la Iglesia comenzó siendo una semilla pequeñísima, (Mt., 13, 32) y se hizo árbol y árbol frondoso, así puede reducirse en su frondosidad y tener una realidad mucha más modesta. Sabemos que el mysterium iniquitatis ya está obrando ( 2 Tes.,2,7); pero no sabemos los límites de su poder. Sin embargo, no hay dificultad en admitir que la Iglesia de la publicidad pueda ser ganada por el enemigo y convertirse de Iglesia Católica en Iglesia gnóstica. Puede haber dos Iglesias, la una la de la publicidad, Iglesia magnificada en la propaganda, con obispos, sacerdotes y teólogos publicitados, y aun con un Pontífice de actitudes ambiguas; y otra, Iglesia del silencio, con un Papa fiel a Jesucristo en su enseñanza y con algunos sacerdotes, obispos y fieles que le sean adictos, esparcidos como "pusillus grex" por toda la tierra. Esta segunda sería la Iglesia de las promesas, y no aquella primera que pudiera defeccionar, un mismo Papa presidiría ambas Iglesias, que aparece y exteriormente no sería sino una. El Papa, con sus actitudes ambiguas, daría pie para mantener el equívoco. Porque, por una parte, profesando una doctrina intachable sería cabeza de la Iglesia de las Promesas. Por otra parte, produciendo hechos equívocos y aun reprochables, aparecería como alentando la subversión y manteniendo la Iglesia gnóstica de la Publicidad.

          La eclesiología no ha estudiado suficientemente la posibilidad de una hipótesis como la que aquí proponemos. Pero si se piensa bien, la Promesa de Asistencia de la Iglesia se reduce a una Asistencia que impida al error introducirse en la Cátedra Romana y en la misma Iglesia, y además que la Iglesia no desaparezca ni sea destruida por sus enemigos. (Mt., 16, 13-20; 28. 18-20; Juan 14, 16-26).       

 Ninguno de los aspectos de esta hipótesis que aquí se propone queda invalidado por las promesas consignadas en los distintos lugares del Evangelio. Al contrario, ambas hipótesis cobran verosimilitud si se tienen en cuenta los pasajes escriturarios que se refieren a la defección de la fe. Esta defección, que será total, tendrá que coincidir con la perseverancia de la Iglesia hasta el fin. Dice el Señor en el Evangelio: "Pero cuando venga el Hijo del Hombre, ¿encontrará fe en la tierra?". (Lc., 18,8)

         San Pablo (II Tes, 2, 3) llama apostasía universal a esta defección de la fe, que ha de coincidir con la manifestación del "hombre de la iniquidad, del hijo de la perdición".

         Y esta apostasía universal es la secularización o ateización total de la vida pública y privada en la que está en camino el mundo actual.

         La única alternativa al Anticristo será Cristo, quien lo disolverá con el aliento de su boca. Cristo cumplirá entonces el acto final de liberar a la Historia. El hombre no quedará alineado bajo el inícuo. Pero no está anunciado que Cristo salvará a muchedumbre. Salvará sí a su Iglesia, "pusillus grex" (Lc., 2, 32) rebañito pequeño, a quien el Padre se ha complacido en darle el Reino


R.P. Julio Meinvielle

De la Cábala al progresismo

Editora Calchaquí, Salta, Argentina, 1970.


martes, 31 de marzo de 2026

Semana Santa

 

           He aquí entre todas las semanas del año la más célebre y sagrada, la más venerada y más celestial. Por antonomasia se la llama la Gran Semana o Semana Mayor, por haberse efectuado en ella los más grandes misterios de nuestra Redención, las más asombrosas muestras de la misericordia y amor de Dios para con los hombres y el mayor y más formidable ejemplo de justicia divina contra el pecado. Comúnmente se la llama Semana Santa, porque el Santo de los Santos, Cristo Jesús, obró en ella los  más santos hechos de su vida, y con su sacrificio en la cruz nos redimió de la muerte del pecado y de la tiranía de Lucifer.

          La Semana Santa es la plenitud de los tiempos, el centro de toda la historia que enlaza ambos Testamentos, el apogeo de la Revelación, la que vio realizada la unión de Dios con el hombre, y la explosión de la caridad represada en el corazón de Jesucristo; es el vértice del cristianismo y la unión de todas las maravillas del mundo regenerado de las almas. Por eso la Iglesia católica, al celebrar con tanto esmero y devoción esta Semana verdaderamente Santa, rememora todo esos acontecimientos sobrehumanos. Eso es lo que hace con todas sus misas, sacramentos y ceremonias; y quien atentamente considere estas razones, no se extrañará del empeño que pone la Iglesia para que sus hijos se penetren bien de la santidad de estos días.

          Para esta Semana reserva la Iglesia sus más conmovedoras ceremonias, las lecciones más patéticas, los cantos más desgarradores, las exhortaciones más vivas, las vigilias más prolongadas, los ayunos más rigurosos y los estímulos más fuertes para inducir a sus hijos a limpiar las manchas contraídas por la culpa en la sangre del Redentor. ¿Y podrá llamarse buen cristiano quien desoiga estos llamamientos maternales y se desatienda de estas reiteradas y amorosas invitaciones?

          En esta Semana más que en ninguna otra deben ser santos los pensamientos de los fieles, santas sus palabras y santas sus obras. Sus pensamientos deben recordar con asiduidad la Pasión de Jesucristo y apropiarse en cierto modo de los dolores del Redentor. Sus palabras deben recordar de continuo los padecimientos del Hombre-Dios y venerarlos diciendo muy frecuentemente estas o parecidas jaculatorias: "Oh Jesús, mi Bien amado, cuánto sufrís por mí" "Sangre preciosa de Jesús, lavad mis culpas! Llagas de mi Redentor, guardadme de mis enemigos." Sus obras deben patentizar el amor que le profesan, asistiendo con devoción a todas las funciones religiosas, rezando diariamente el Rosario de las Cinco Llagas, el Vía Crucis, observando el ayuno prescrito y comulgando el Jueves y visitando con fervor los Monumentos.

         Cristiano: en una semana en que Jesús ha hecho y padecido tanto por ti, ¿será mucho que hagas tú alguna cosa por Él? No dejes pasar la Semana Santa como si fueras un pagano. Son días de luto, de dolor y de penitencia. Son los funerales de nuestro Padre y de nuestro Dios. Mal hijo serías si se te pasara esta semana como otras cualquiera.

                                                                                       Tomado de Las Flores de la Pasión

miércoles, 31 de julio de 2024

La vocación universal a la hobbitud, pór Julian Kwasniewski

         Hay muchos que no seremos jamás llamados a ser un Aragorn, o un

Gandalf, o un Frodo, o ni siquiera un Sam Gangee. La gran mayoría de nosotros

será los hobbits que nunca entendieron, en realidad, lo que estaba ocurriendo y

fueron incluso inconscientes del peligro de que los salvó el heroísmo de unos

cuantos aventureros desconocidos, que peleaban a enorme distancia de casa.

Pero es terrible la tentación de abandonar nuestros queridos sembradíos cuando,

mirando cada uno su “palantir” de bolsillo, ve las fuerzas del mal alineadas y listas

para destruír el mundo que amamos.

                        

¿Qué podemos hacer? ¿Cómo evitaremos abandonar nuestros deberes a

fin de seguir una vocación a salvar el mundo que no es, propiamente, la nuestra?

Lo evitaremos si descubrimos que las pequeñas realidades materiales pueden -

debido a la encarnación de Nuestro Señor- “llegar a ser parte de una obra mucho

mayor, que pueden conducir a la Bienaventuranza”; si descubrimos que las cosas

débiles y frágiles son, en realidad, más fuertes y duraderas que las maquinaciones

de quienes parecen poderosos en este mundo.


En un ensayo titulado “Una Navidad perdurable”, Hilaire Belloc, apologeta

católico, historiador y pensador político, escribe sobre el modo cómo las

entrañables y venerables tradiciones de la Navidad pueden dar continuidad y solaz

a los acontecimientos transitorios y tristes de la vida mortal. Belloc enumera una

multitud de aflicciones que entristecen la vida del hombre: “Las amenazas de

desesperación, el remordimiento, la necesidad de expiación, el insoportable

hastío, la tediosa repetición de cosas aparentemente estériles, innecesarias y

desprovistas de sentido, la lejanía, la mutua incomprensión de los espíritus”. Saber

que Belloc perdió a dos de sus hijos en las Guerras Mundiales agrega intensidad a

sus palabras, hasta que éstas alcanzan su clímax cuando dice que la pena “de los

hombres jóvenes que han muerto en la guerra antes que sus padres se debilitaran

con la edad; la pena de los peligros de enfermedad en el cuerpo y aun en el alma,

de la ansiedad, del honor acosado, de todas las amarguras del vivir – todo ello se

convierte en parte de una empresa mayor, que puede conducir a la

Bienaventuranza”.


Esta cita de Belloc es una explicación excelente y poética de la realidad

encarnacional de muestra religión: se adquiere la santidad y se da gloria a Dios

con las cosas ordinarias y difíciles de la vida; y no sólo con las ordinarias y difíciles

sino también con las bellas y gozosas.


En nuestros tiempos, cuando una increíble confusión y oscuridad permean

todos los niveles de la sociedad, es fácil olvidar esta verdad. Entre la corrupción

política, la puja por un nuevo echar a andar el mundo por no se sabe quién, y el

sínodo universal del Papa Francisco, es fácil perder de vista el hecho que las

cosas pequeñas y débiles de este mundo se han vuelto poderosas por la

encarnación de Nuestro Señor. San Pablo escribe:


“Dios escogió la necedad del mundo para confundir a los sabios, y Dios

eligió la flaqueza del mundo para confundir a los fuertes; escogió Dios a lo vil, a lo

despreciable del mundo, a lo que no es nada, para destruír lo que es, de manera

que ningún mortal pueda gloriarse ante Dios” (1 Corintios 1, 27-29).

Esta verdad está maravillosamente descrita en la trilogía épica de Tolkien,

“El Señor de los Anillos”.


Los hobbits de Tolkien son la quintaesencia de lo doméstico y lo poco

aventurero. Pero, como reiteradamente observa Gandalf, un hobbit es más que lo

que ven los ojos. A pesar de su vida tranquila y rústica, los hobbits tienen fuerzas

escondidas, que ellos mismos desconocen. Cuando el Anillo llega a las manos de

Frodo, vemos en él un símbolo del mal, concentrado e hipócrita, que pasa a

depender del pueblo más sencillo de la Tierra Media. Pero aunque Frodo y sus

tres compañeros hobbits finalmente salvan de Sauron a su mundo, el resto de los

habitantes de la comarca participan poco o nada de la epopeya: siguen

preocupados de sus sembrados y de sus familias, ignorantes del desastre que los

amenaza.


¿Los culparemos por ello? No. Lo que hacen es cumplir con su deber,

siguiendo su personal vocación. Frodo habría hecho lo mismo si no hubiera sido

abordado por Gandalf. El no escogió ser el Depositario del Anillo. Pocos de

nosotros seríamos Depositarios del Anillo; por el contrario, los más de entre

nosotros están llamados a ser padres y madres, hermanos y amigos. Tenemos

que trabajar en nuestro pequeño sembradío para alimentar el futuro del mundo a

través del amor a nuestras familias y a nuestro patrimonio católico, a través de la

enseñanza de la verdad y de la creación de belleza y orden con nuestros mejores

esfuerzos. Aunque el libro se enfoca en la Hermandad, “El Señor de los Anillos” de

Tolkien contiene incisivos y bellos pasajes que pueden ayudarnos y animarnos en

nuestras vidas de hobbits hogareños.


Después de la batalla de Helm’s Deep, el Rey Théoden se asombra de los

Ents que lo ayudaron en la lucha, y que pensaba eran sólo creaturas legendarias.

Gandalf le contesta:


“Debieras alegrarte, Rey Théoden, porque ahora está en peligro no sólo la

vida de los Hombres, sino la vida de aquellas cosas que has creído eran de

leyenda. No careces de aliados, aunque no los conozcas”

Théoden contesta con uno de los pasajes más verdaderos y más tristes de

Tolkien:


“Pero también debería estar triste”, dijo Théoden. “Porque cualquiera sea el

rumbo que tome la guerra, ¿no podría terminar de un modo tal que mucho de lo

que fue bello y maravilloso desaparezca para siempre de la Tierra Media?”. “Sí,

podría ser”, dijo Gandalf. “El mal de Sauron no puede ser totalmente curado, ni se

puede hacer como si no hubiera existido. Pero estamos destinados a ese futuro.

Por ahora, ¡continuemos el viaje que hemos comenzado!”.

Es verdad, creo, que el mundo moderno ha visto la destrucción de cosas

que no volverán jamás. Y cada día hay más destrucción. Pero ello no significa que

se nos permita desesperar. Como dice Denethor:

“¿Pensaste acaso que los ojos de la Torre Blanca eran ciegos? No; he visto

más de lo que te imaginas, Necio Gris. Porque tus esperanzas no son más que

ignorancia. ¡Ve pues, y trabaja en tu curación! ¡Ve adelante y pelea! Vanidad. Por

un breve espacio, por un día, puede que triunfes en la lid. Pero no hay victoria

posible contra el Poder que está surgiendo ahora, que sólo ha tocado esta ciudad

con un dedo de su mano. Todo el Oriente está en marcha. Y en este preciso

instante el viento de tus esperanzas te está engañando, mientras hace avanzar

por el Anduin a una flota de velas negras. El Occidente ha fallado. Es tiempo de

que partan todos los que no quieren ser esclavos”. A esta diatriba, que culmina

con ese “El Occidente ha fallado”, replica Gandalf: ”Tales consejos sin duda harán

que se cumpla la victoria del Enemigo”.


¿Qué hemos de deducir de todo esto? Debemos aprender que tenemos

aliados que no conocemos, debemos darnos cuenta de que hay muchas cosas

que se están yendo de este mundo y que nosotros seremos los últimos en

recordar, y debemos darnos cuenta de que dudar de la fuerza de nuestra cultura

de Occidente -que se basa en la Cristiandad- hasta el punto de abandonarla, sólo

aumentará las probabilidades de la victoria del Enemigo.


Esta falta de fe en las riquezas de Occidente es, me parece, el centro de los

fracasos y de los éxitos a medias de tantas técnicas apologéticas y catequísticas

que han usado los católicos desde los años 1960. Y explica también por qué se ha

abandonado fácilmente tanto de nuestro patrimonio y por qué todavía se lo valora

tan poco. Si realmente creyéramos en la grandeza del canto gregoriano y de la

polifonía renacentista; si verdaderamente creyéramos en las grandes artes

sagradas; si verdaderamente creyéramos en la doctrina tradicional de la Iglesia en

materias de fe y de moral, ¿no estaríamos orgullosos y entusiasmados por

compartirlas? ¿no esperaríamos atraer con ellas a los hombres, gracias a su

intrínseca verdad y su atractivo?


En cambio, sostenemos que “hay que ir a encontrar a los hombres adonde

están”, “hablarles en su propio idioma”, o “hay que hacerse aceptables”. Jamás

obraríamos de este modo si ofreciéramos un helado gourmet, una marca favorita

de cerveza, o un exótico relleno de pizza. En tal caso, diríamos “Tienen que probar

esto”, y a continuación obligaríamos a nuestros amigos a probar un poco y ver qué

les parecía. Y si nuestros amigos no quedaran maravillados, les diríamos “¿Qué

les pasa a todos Uds.?


Sin embargo, mientras tenemos suficiente confianza en nuestras papilas

gustativas como para endilgar a nuestros amigos un helado, una cerveza o una

pizza, no confiamos suficientemente en una tradición que tiene 2.000 años de arte,

creencias y liturgia como para ofrecerla al hombre moderno como algo “que podría

gustarle”. En realidad, a pesar de que Juan Pablo II nos amonestó “No tengáis

miedo”, tenemos miedo de tanto de lo que tenemos que ofrecer.

Pero todo esto nos trae a mi punto final: nuestra labor está en el terreno que

nos es conocido.


Gandalf dice del Anillo: “Si es destruído, entonces él [Sauron] fracasará… Y

así un gran mal habrá sido arrojado de este mundo. Hay otros males que pueden

venir; porque Sauron no es más que un sirviente o emisario”. Y prosigue el mago,

pronunciando quizá el grito de batalla y el lema de nosotros, los hobbits que nos

quedamos en casa:


“Pero no nos corresponde dominar todas las mareas del mundo sino hacer

lo que está a nuestro alcance por auxiliar a los tiempos en que vivimos,

desarraigando el mal en los terrenos que conocemos, para que los que vengan

después de nosotros puedan tener una tierra limpia que arar. Qué clima les tocará,

no nos corresponde decidirlo”.

               

Cada uno de nosotros tiene un campo, cada uno de nosotros tiene tiempo,

cada uno de nosotros tendrá, de un modo u otro, herederos, estudiantes, niños.

Para algunos -y quizá es lo mejor para la mayoría- se trata literalmente de

campos, de años de trabajo duro, de muchos niños, todo ello fruto de la

dedicación a la tierra y a la familia, de acuerdo con los criterios católicos de una

vida de hogar. Para otros, habrá campos, si no literales, verdaderos, de acción y

de labor; habrá quizá menos tiempo, y habrá quienes reciban su influencia

paternal a través de la enseñanza, de la tutoría, o de la dirección espiritual.


En otro nivel, debemos buscar en nosotros mismos males que erradicar.

Como escribió Paul McGuire en 1946, “Existe una solución al dilema moderno.

Está, curiosamente, en las manos, el corazón y la mente y la voluntad de todo

cristiano” (Integrity: segundo número, noviembre 1946). Porque estos campos

están en nuestro corazón, y si hay en ellos algún mal, siempre podremos hacer

algo al respecto, porque están dentro de nosotros mismos.


¿Cuándo nos vamos a destetar de los “palantires” de los smartphones y de

las redes sociales? ¿Cuándo vamos a desmalezar el terreno de nuestra alma con

oración diaria? ¿Cuándo vamos a negarnos a nosotros mismos y asumir

diariamente tareas manuales para limpiar y ordenar los espacios en que vivimos?

“Nosotros somos los mediocres, nosotros somos los donantes a medias, nosotros

somos los que aman a medias; nosotros somos la sal que ha perdido su sabor”

escribió Caryll Houselander incisivamente en su poema “Una tarde en la catedral

de Westminster”. Recuperemos nuestro sabor. Hagámonos donantes en plenitud,

y plenos amantes. Pero, ¿a quién daremos, a quién amaremos?

A quien más obligación tenemos de dar y de amar es nuestra familia. La

obligación de amar al prójimo como a sí mismo encuentra su plenitud en nuestra

mujer y en nuestra familia, a quienes podemos amar y darnos de un modo único y

asiduo. Escuchar la “llamada universal a la hobbitud” debiera hacernos apreciar

esto más plenamente, y recordarnos cómo la encarnación ha transformado las

cosas ordinarias de esta vida.

En un artículo sobre los principios del trabajador cristiano, Donald Hessler

ha escrito:

“Es una gran ley de la naturaleza y de la gracia, dice Pío XII, que la

similaridad abre las puertas al acercamiento y al afecto. Dios se hizo hombre para

salvar al hombre. Cristo se hizo trabajador para salvar a los trabajadores. San

Francisco y Peter Maurin se hicieron pobres para salvar a los pobres. Así se

prolonga la encarnación”.


En nuestra época, a menudo es la humanidad, en sus aspectos más

profundos - la familia, la naturaleza misma del hombre y de la mujer-, la que

necesita ser salvada. Hagámonos nuevamente humanos para salvar a la

humanidad. Amemos y respetemos nuestra naturaleza de hombres y de mujeres.

Como dice Dorothy Day, contémonos entre quienes están abiertos a recibir la

inspiración de “rebajar su estándar de vida y elevar su estándar de pensamiento y

de amor”. Esto no tiene por qué ser terriblemente desagradable, porque si las

penas de Belloc se convierten en “parte de la gran empresa de la

Bienaventuranza”, Dorothy Day nos recuerda: “Creo firmemente, con Santa

Catalina de Siena que todo el camino hacia el cielo es cielo, porque El dijo “Yo soy

el Camino””.

Redescubramos nuestra familia, nuestro corazón, nuestros campos y

redescubrámonos a nosotros mismos, perdiendo el miedo tanto a las sublimes

realidades de nuestra fe, como a las cosas más básicas de nuestra humanidad. El

poema de Houselander se lamenta:

“Hemos tenido miedo

Del penetrante rayo de la verdad;

De las sencillas leyes de nuestra propia vida.

Hemos temido la primordial belleza

De las cosas humanas,

Del amor y del nacimiento y de la muerte”.


Estas “cosas humanas” de “primordial belleza” pueden parece muy débiles

frente al zeitgeist global. Pero estas cosas débiles del mundo han sido

fortalecidas. De hecho, poseemos las más poderosas armas contra los

globalizados Saurons de nuestra época; besos por la mañana, huevos revueltos,

canciones de fogata, verduras cultivadas en casa y niños que lloran, son más

poderosos que los planes mejor pensados de la UE o la ONU, y que los más

secretos designios de Bill Gates o del cardenal Roche. 


Estas pequeñas cosas están llenas de gracia porque María se hizo llena de

gracia. El Señor estaba con ella. Y el Señor está con nosotros: con nosotros en la

imbatible Misa inmemorial; con nosotros en nuestra devoción por el año litúrgico y

las prácticas tradicionales, como el Oficio Divino. Cuando entremos al próximo

Adviento temiendo el advenimiento de tantos acontecimientos grotescos y

temibles, hagamos nuestra la oración de Houselander:


“Pasemos hambre y sed;

Ardamos en las llamas;

Rompamos la corteza animal

De la complacencia.

Aviva en nosotros

La afilada gracia del deseo,

Brilla en nosotros,

 Emmanuel,

Luz sin sombras:

Arde en nosotros,

Emmanuel,

Fuego de amor;

Quema en nosotros,

Emmanuel,

Estrella de la mañana:

  ¡Emmanuel,

         Dios con nosotros!” 


19 diciembre 2022

Crisis Magazine, traducción Augusto Merino

jueves, 25 de julio de 2024

Kwasniewski: en torno a la belleza

Nota de Beatrice: agradecemos nuevamente al Profesor Augusto Merino la traducción de esta interesante entrevista a Peter Kwasniewski sobre la belleza y la oportunidad, para el año próximo, de visitar con él los hermosos lugares dedicados al culto en Sicilia. Encontrarán en el artículos los enlaces para quienes estén interesados en participar.



El Dr. Peter Kwasniewski es un académico y compositor que ha escrito

importantes libros sobre diversos temas, centrados todos en la sagrada liturgia y

las bellas artes. Uno de sus objetivos es contribuír a restaurar la tremenda belleza

de los lugares católicos dedicados a la oración y al culto. El Dr. Kwasniewski

dirigirá un viaje REGINA de trece días a Sicilia el año próximo, desde el 3 al 15 de

febrero de 2025. Hemos tenido el placer de entrevistar al Dr. Kwasniewski, no

obstante su apretada agenda.


Regina: Dr. Kwasniewski, Ud. ha vivido y trabajado en Europa. ¿Qué le enseñó

esta experiencia acerca del pulchrum (lo bello como un trascendental), y cuál es la

mejor forma en que la Iglesia puede usar esta herramienta en la evangelización?


Dr. K.: Tuve la gran fortuna de ser contratado, Providencia de Dios mediante, por

el recién formado Instituto Teológico de Gaming, Austria, cuando recién terminaba

la escuela de estudios graduados. Esta pequeña escuela nuestra compartía el

mismo campus con el Programa Austriaco de la Universidad Franciscana de

Steubenville, para la cual yo habría de enseñar, posteriormente, Apreciación

Musical durante varios semestres. Cuando mi mujer y yo, recién casados,

llegamos en diciembre de 1998, comenzamos a vivir bajo cielorrasos barrocos y a

cruzar, camino al trabajo, puertas cartujas medievales. La iglesia a la que

asistíamos había sido construida en la Edad Media. Las piedras del pavimento

habían sido pisadas por muchas generaciones de católicos. Existía un tremendo

sentido de profundidad, de impregnación: uno tenía la sensación de ser una

pequeña parte de un todo mucho mayor que se extendía mucho más allá de uno,

hacia la eternidad. Esto es, creo, lo que logra la combinación de tradición y

belleza: lo bello atrae a los sentidos y a la mente, pero el contenido específico del

arte y la arquitectura y la música nos cuentan una historia sobre Jesucristo, sobre

quienes creen en El y procuran seguirlo.

Creo que lo que más me impresionó, durante nuestros siete años y medio

en Austria, fue cómo el catolicismo permeaba cada aspecto del campo, de las

ciudades, de las ermitas, del calendario, de las celebraciones. Sí, el secularismo

había hecho terribles avances, pero la “forma” del mundo era fundamentalmente la

que la fe le había dado. América, con todos sus puntos fuertes, simplemente no

tiene nada de esto.


La Iglesia en Europa utilizó el poder de las bellas artes como útiles de

evangelización, de devoción y de mística. La Iglesia predicaba a través de la

música, de la pintura, de la escultura, de las iglesias majestuosas, de los

presbiterios con sus elevados altares. Había tanta fe “codificada” en las obras de

arte que no hacían falta explicaciones verbosas y tediosas. Después del Concilio

Vaticano II la Iglesia fue barrida por una nueva ola de racionalismo, y se la despojó

de todos esos canales visuales y musicales a través de los cuales se transmitía la

fe, optándose por modos empobrecidos de hablar. El resultado fue un vacío de

belleza, una verdadera vaciedad, una especie de “ausencia real” en vez de

presencia real. Creo que la pérdida de fe en la Presencia Real de Cristo en la

Eucaristía se aceleró en parte por la pérdida de belleza en las iglesias y en la

liturgia. Ya no fue posible señalar este misterio y decir “¡He aquí el Cordero de

Dios! Inclinaos delante de El, delante del que es digno de todo lo que podamos

darle”.



En resumen: lo más necesario para catequizar a los creyentes y evangelizar

a los no creyentes es proclamar nuestro credo con la trompeta celestial de la

belleza, en medio de una liturgia densa y rica y llena de religión. El hecho de que

esta vía ya no sea casi nunca propuesta por el “Establishment” demuestra que

éste vive alejado de la realidad, que vive todavía de las ilusiones del racionalismo.


Regina: La filosofía moderna, comenzando con Kant, ha reducido la belleza a

elementos puramente subjetivos. ¿Puede Ud. decirnos algo de su filosofía

personal de la belleza en el arte?


Dr. K.: Sin embargo, incluso Kant trató de conservar algo de la objetividad de la

belleza, al conectarla con la aprehensión de la forma y con el “gusto” educado de

alguien que está familiarizado con un amplio espectro artístico. En otras palabras,

no fue democrático ni relativista en el tema de las bellas artes, sino que pensó que

algunos artistas y obras de arte eran realmente mejores que otras, como más

reveladoras de la forma. ¿Qué quiero decir con esto? Lo siguiente: un pintor de

paisajes o de caballos hará una obra mejor al expresar qué es el paisaje o el

caballo que lo que hará otro pintor. La explicación de Kant es inadecuada, pero al

menos rescata la insistencia de Santo Tomas de Aquino en las tres propiedades

de la belleza: claridad, integridad y proporción o armonía. Yo no tengo una

“filosofía personal” pero he aquí un breve compendio: la belleza es el primer

mensajero de Dios, y el último, y el más efectivo. Aprendemos que el mundo es

bueno y ordenado por la belleza de la naturaleza que experimentamos con

nuestros sentidos, y que sólo posteriormente podemos comprender con nuestro

intelecto. Y tal como llegamos a conocer que hay un Dios personal por su divino

arte, vemos la belleza interior de la persona humana principalmente por las

grandes obras de arte del hombre. Un pintor como Rembrandt nos ayuda a ver la

inmensa, casi dolorosa belleza del rostro de un hombre o una mujer viejos que,

quizá, pasaríamos rápidamente sin ver, o encontraríamos fea. Cristo mismo es “el

más bello de los hijos de los hombres”, como dice la Escritura, pero permitió que

se lo convirtiera en un “hombre de dolores”, desfigurado de modo increíble, para

decirnos así algo inolvidable de la invisible Belleza del amor, del sacrificio por

amor. La Iglesia, por tanto, no puede ni debe huír de su papel de presentar a este

Amante inmortal la humanidad, tanto con las bellezas que mueven nuestros

sentidos, como en el misterio más profundo que ningún sentido puede alcanzar.



Regina: La marea de la modernidad condujo a la desafortunada construcción de

muchas iglesias feas y distópicas. ¿Qué podemos aprender de los errores del

pasado?


Dr. K.: Todo en la antigua arquitectura eclesiástica, tanto en sus líneas generales

como en sus mínimos detalles, se inspiró en la sagrada liturgia. La liturgia dio

forma a esas iglesias, les dio un punto focal al colocar enfáticamente el altar

mayor en el centro del extremo oriental, con gradas para acceder a él, el lugar

más sagrado, en que se renueva el sacrificio del Calvario, donde Dios es adorado

del único y perfecto modo, una adoración inequívocamente vertical, dirigida al

Omnipotente Padre por el Unigénito y siempre Amable Hijo en el poder del Espíritu

Santo dador de vida. Los antiguos ritos de la Iglesia latina hacen inteligible la

arquitectura eclesiástica, sea románica, gótica, renacentista o barroca. Estos

estilos simplemente no se pueden entender sin la antigua liturgia que los inspiró.

La fase cancerígena del Movimiento Litúrgico (ca. 1950 a 1965) y, mucho

más, la reforma hecha por el Consilium y su puesta por obra a finales de los años

1960 y 1970, fomentaron el extendido hábito de evitar, de modo patológico,

cualquier expresión del misterio y de la majestad de la Misa, y especialmente de

su esencia como oblación sacerdotal ofrecida al Padre, que está en la cumbre del

“monte” del presbiterio, en pro del pueblo, reunido en la base del monte. Toda la

arquitectura construída exprofeso para el hombre moderno y su neoliturgia, es no-

católica, sin foco, sin verticalidad.

Lo que aprendemos de esto es, sencillamente, lo siguiente: la vía moderna

es una calle sin salida. La vía tradicional se abre a la eternidad, a la comunión de

los santos en la gloria de Cristo Rey. No sorprende que la mayoría de las nuevas

iglesias construídas recientemente sigan los estilos tradicionales. Ello es lo único

que tiene sentido para aquéllos que creen realmente en el Señor y sienten la

conexión con Su Iglesia a través del tiempo y en el cielo.



Regina: ¡Sí! Efectivamente, estamos presenciando un verdadero renacimiento del

arte católica hoy día. ¿Podría decirnos algo de su opinión personal sobre estos

tres estilos claves: románico, gótico y barroco?


Dr. K.: Gran tema. Pero desde ya le puedo decir que Ud. ha estado leyendo a

Ratzinger, porque él plantea en “El espíritu de la liturgia” que los estilos que Ud.

menciona son compatibles con el objetivo iconográfico del arte sagrado, mientras

que el humanismo y el naturalismo renacentistas chocan con él, o al menos están

en tensión con él. Este es un punto al que mi amiga Hilary White ha dedicado

mucho tiempo en su substack “The Sacred Images Project”. Brevemente: el

románico está todavía íntimamente relacionado con la concepción iconográfica

medieval, compartida con el mundo bizantino, y el gótico es un desarrollo natural

del románico, también fiel a los mismos principios.

El barroco, en contraste, es algo totalmente diferente: deriva de la

desviación del Renacimiento y está fundamentalmente marcado por su

humanismo. Sin embargo, el barroco recupera el sentido del trascendente misterio

de Dios y del mundo, simultáneamente semisombrío y luminiscente, del hombre,

parpadeante imagen de Dios; glorifica la creación en nombre de la Encarnación,

rechaza el pesimismo del calvinismo y nos recuerda que el mundo material

proviene del buen Dios, que lo usa para santificarnos. El arte barroca, en su mejor

momento, puede servir a los sacramentos y a los íconos, y desde este punto de

vista fue capaz de reafirmar el dogma y la espiritualidad católicos frente a las

aberraciones protestantes.



Regina: Las bellas iglesias y liturgias y artes católicas pueden orientar e influír en

aquéllos que no son católicos o son católicos alejados, posiblemente para

convertirlos. ¿Cómo cree Ud. que el arte sagrada interviene en el proceso de

conversión -o de reversión-?


Dr.K.: Ah, esto es algo que queda clarísimo con innumerables anécdotas. David

Clayton, que se ha convertido en un importante expositor del arte sagrada católica,

hace derivar su conversión de su primera experiencia de una Misa solemne en el

Oratorio de Londres, en que la masividad de la arquitectura, la gloria de la

polifonía cantada por el coro, el esplendor de las ceremonias litúrgicas, la devota

actitud de los fieles, todo eso conspiró para acorralar su alma con el mensaje “Hay

más, hay infinitamente más que lo que has recibido en tu vida. Abrete a ello. Hazte

más grande haciéndote más pequeño”.

He conocido tanta gente, a lo largo de los años, que fue atraída al

catolicismo por haber asistido a una Misa solemne, haber oído el canto

gregoriano, o sea, las mismas cosas que experimentó Clayton aquel día. ¿Puede

esto sorprendernos? Ciertamente la Divina Providencia no fue ajena al lento

desarrollo de la belleza de la liturgia. El Señor la dotó de un poder magnético para

atraer las almas, para elevar y consolar las almas de los que ya creen, y para

despertar y convencer a las que no creen todavía.


Regina: Un gran problema religioso del mundo cristiano moderno es, en esencia,

la plaga de la indiferencia. Díganos cómo cree Ud. que se puede usar la belleza

en las artes litúrgicas para ayudarlas a detener la marea.


Dr. K.: La plaga proviene, en realidad, del nihilismo, de la atmósfera, en los

tiempos modernos, de que nada verdaderamente es serio, nada es último y no

negociable. Esta atmósfera infecta incluso a la Iglesia, aunque ella la rechaza

oficialmente en sus documentos. Me parece que los gastos exorbitantes en

belleza que vemos a lo largo de la historia, los enormes esfuerzos por hacer de las

iglesias y su liturgia tan magníficas como fuera posible, son un guante arrojado al

nihilismo.

Cuando invertimos tiempo, esfuerzo, dinero, arte, en cultivar lo que es bello,

lo que hacemos, en el fondo, es decir: “A nosotros no nos engaña la mentira de

que todo es lo mismo, o que nada tiene sentido” (cosas equivalentes). Vamos a

dar lo mejor a Dios, y al hacerlo estaremos haciendo también lo mejor por

nosotros mismos, hechos a su Imagen. El merece belleza, nosotros tenemos

hambre de belleza y nos alimentamos de ella”. La belleza litúrgica por sí misma

refuta las tendencias, propias de la modernidad, a auto buscarse y a auto

destruirse, y creo, personalmente, que se la experimenta como un bálsamo por

aquéllos que han sido bendecidos con poder recibirla.



Regina: Ud. ha escrito una increíble cantidad de libros. ¿Podría recomendar uno o

dos que toquen el tema de la belleza como un trascendental?


Dr. K.: No sé si es increíble la cantidad, pero con la ayuda de Dios, trato de hacer

lo que puedo… De todos mis libros, los que hablan más de lo bello son Noble

Beauty, Transcendent Holiness (Angelico Press, 2017) y Buena música, música

sagrada y silencio (TAN Books, 2023).


Regina: Ud. ha viajado mucho por el mundo. ¿Nos podría dar algunas impresiones

o mencionar puntos de interés sobre lo que Ud. espera encontrar en su próximo

viaje Regina a Sicilia?


Dr. K.: La peregrinación a Sicilia es algo con lo que he soñado desde hace

décadas, desde que me enteré de que John Henry Newman casi murió en Sicilia

de una fiebre, y de que, cuando se recuperó, había cambiado la orientación de

toda su vida. Volvió a Inglaterra para comenzar lo que habría de llamarse luego “El

Movimiento Oxford”. Ahora bien, estoy seguro de que nadie se verá afectado por

una fiebre que ponga en peligro su vida, pero para mí la asociación con Newman,

uno de mis escritores favoritos de todas las épocas, le añade un toque novelesco

a la isla.

No he estado jamás en ella, pero todo lo que he leído sobre sus tesoros

culturales me fascina y conmueve. La inigualable confluencia de los estilos

bizantinos, normandos y árabes de Sicilia son un enorme imán. Cualquiera que se

detenga un momento a mirar el itinerario verá qué viaje por ininterrumpidas

maravillas va a ser éste. Tengo gran impaciencia por llegar allá, y experimentar

estas obras de arte trascendentales en este viaje junto con otros peregrinos.

Como seguramente Ud. ya sabe, he enseñado historia del arte, entre otros

temas, en el Wyoming Catholic College. Ello fue el punto de llegada de una pasión

por el arte de toda una vida -ya en la secundaria estudiaba historia del arte-. Mi

mujer es pintora e iconografista. Mi hijo es también artista. Mis hijos son músicos.

Vivimos y respiramos arte. Esto es parte de quién soy, y compartiré con todos los

que nos acompañen en el viaje el conocimiento que tengo del arte y la inspiración

que de ella recibo.




Regina: Los importantes escritos y pensamientos de Ud. siguen siendo un

precioso antídoto contra la fealdad en la liturgia y en el mundo. ¿Qué aspectos de

la belleza son los que Ud. más espera ver en su primer viaje a Sicilia?


Dr. K.: Primero que nada, la celebración de la fiesta de Santa Agata, patrona de la

isla, el 5 de febrero, que va a ser una explosión. Pero luego está Acireale, “la

ciudad de las cien iglesias”, Modica, Ragusa, Erice (el intrincado tallado del

cielorraso es una de las maravillas que quitan el aliento), Monreale (que algunos

han llamado “la más bella iglesia del mundo”), Cefalù, con sus maravillosos

mosaicos bizantinos, la catedral de Palermo dedicada a Nuestra Señora de la

Asunción, y la Capella Palatina. Y no he mencionado siquiera las criptas, bóvedas

castillos y torres, las ruinas etruscas, fenicias, griegas y romanas, las vistas desde

las colinas y el escenario del mar…

Lo mejor de todo, vamos a tener un maravilloso capellán que celebrará el

rito dominicano (muy cercano al rito romano) todos los días, y cantado, cada vez

que sea posible. Como se sabe, ya no es fácil encontrar una situación en que se

tenga una Misa tradicional durante doce días seguidos…



Regina: Gracias, Dr. Kwasniewski, por esta entrevista. Espero que ella inspire a

nuestros lectores a hacer esta peregrinación viajando por la maravillosa isla de

Sicilia, prestando especial atención al inconfundible “barroco siciliano”.


Dr. K.: Para ser franco, espero con impaciencia vivir cada uno de los días de esta

peregrinación, y de compartir la experiencia con todos los que se nos unan.

Visitaremos todos los lugares fotografiados más arriba, y otros más.

Para mayor información sobre el viaje, por favor toque aquí.

One Peter Five

Julio 16, 2024