jueves, 9 de abril de 2020

El Juicio, por Mgr. Ronald Knox


"El Sumo Sacerdote le interrogó diciéndole: "¿Eres tú el Cristo, hijo de Dios bendito?" Y Jesús le contestó: "Yo soy." Entonces el Sumo Sacerdote, rasgando sus vestiduras, dijo: "¿Qué necesidad tenemos de más testigos? Ya habéis oído la blasfemia." Mc. 14, 61-64.

          Jesús de Nazaret, el Hijo de María, afirmó ser el Hijo eterno de Dios. Sus actos fueron deliberadamente calculados para identificarle con el Mesías prometido. Ya he recalcado que sus palabras, cuando le cogen, por decirlo así, desprevenido, son las palabras de un Dios que habla en la forma externa de un hombre. He recalcado que las indicaciones que deja caer en sus parábolas y en las comparaciones que usa son propias de la divinidad consciente. He recalcado  que su silencio y el silencio que impone a otros durante su vida terrestre son un testimonio aún más elocuente de su origen divino que sus actos, palabras o insinuaciones. Ahora nos falta examinar las escenas finales de su vida natural, durante las cuales aquel su extraño silencio encuentra su culminación y finalmente se rompe.

          Durante toda la duración de su proceso, su silencio se impuso a la atención de sus acusadores. "Guardó su paz y no contestó nada", dice San Marcos del Juicio ante el Sumo Sacerdote. (Mc 14, 61) "Herodes - dice San Lucas - le dirigió muchas preguntas. Pero no le contestó nada." "Pilato le dijo - éste es San Mateo -:" No oyes qué grandes testimonios se alegan en contra de ti?" Y no le contestó ni una palabra, de lo que el gobernador quedó sumamente maravillado". (Mt 28, 13-14) Ese silencio durante su juicio es la corona de una vida de silencio. Tenemos que acertar enigma; Él no nos lo dice. Sin duda, podéis comprender lo que quiere decir por las mismas acusaciones que aquellos desconcertados testigos a sueldo están haciendo contra Él. "Destruid este templo y yo lo volveré a alzar en tres días." (Jn 2, 19) ¿Es que no podéis ver que habla de sí mismo? Los jueces están confundidos, y el secreto que el amor descubrió tiempo atrás, cuando Pedro hizo su confesión, no puede aún ser captado por el odio. Observad que todo el juicio conduce a la pregunta del sumo sacerdote y todo el resultado depende de ella. Su paciencia se gasta al fin; se vuelve hacia el prisionero y le conjura por el Dios viviente que le diga si pretende ser..., ¿qué? ¿Un profeta? ¿Un reformador? ¿Un jefe nacional? ¿Un perturbador de la paz pública? ¿Un rey, descendiente en línea recta de David? No, ninguna de estas cuestiones agita o puede agitar a un público como éste. Pero ¿afirma que es el Cristo? ¿Afirma que es el Hijo de Dios bendito?

          ¿Y la respuesta? Guardaremos a los críticos todas las consideraciones; nos dirigiremos a su documento favorito, su documento primitivo: el Evangelio de San Marcos. Y Jesús le contestó: "Yo soy" (Mc 14, 62), La misma afirmación que en otro tiempo bajó envuelta en el trueno por las laderas del Sinaí rompe ahora el silencio de la sala de juicio. San Lucas nos facilita este comentario: "Si os lo digo, no me vais a creer, y si os pregunto, no me vais a contestar". Lc 22, 67-68 Ha pasado el tiempo en que podían haber descubierto el secreto por sí mismos y caído a sus pies con el Príncipe de los Apóstoles; ahora es demasiado tarde. ¡Dios nos proteja de ese terrible estatuto de limitaciones que impone a sus gracias! Ese ojo omnividente, frente al cual ningún corazón humano puede guardar su secreto, ha leído de una vez en las almas marchitas que tiene enfrente y las ha encontrado confirmadas en el mal; no hace falta, pues, más misterio: ya puede descubrirse. Y al hacerlo, el sumo sacerdote desgarra las vestiduras de su ahora usurpada autoridad y la sala se llena con los gritos de "Blasfemia". Se pasa la consigna a los que mejor saben mover las simpatías de la multitud. El asunto está ya zanjado; sólo falta asustar un poco, para acallar sus escrúpulos, al ineficiente gobernador, y el carpintero que pretendía ser Dios será precipitado a su muerte.

          ¡Pero esperen!...¿De quién es esa voz que atravesando el clamor pide la anulación del veredicto y la absolución? Sin aliento, intranquilo, pero confiando en la justicia de su acto, apretando contra sí su precioso montón de documentos, se presenta...el crítico científico. "¡Alto, alto! - grita -. Dejadme que os explique; se trata de un trágico error. Vuestros testigos han interpretado mal los hechos o tal vez los han presentado mal deliberadamente. El acusado que está ante vosotros no ha blasfemado nunca. Se llama a sí mismo el Cristo, esto es, el Mesías, que es un título general para el gran héroe nacional que ha de surgir y liberar a Israel de sus dominadores extranjeros. No es la Escritura, sino una interpretación especial de la Escritura la que reviste de circunstancias de divinidad a ese prometido Liberador. El dice ser el Mesías, esto es, el introductor de un nuevo orden, de una revelación más completa de Dios al hombre. No debéis hacerle responsable de todas las asociaciones de las ideas teológicas que el empleo de ese lenguaje puede hacer que nazca en vosotros. Es cierto que se hace llamar también el Hijo de Dios, pero es que todos somos hijos de Dios. No hay uno de nosotros que no proclame a Dios como a su padre, por mucho que nos hayamos apartado de Él, por muchas que sean las infidelidades con que le hayamos ofendido. Este hombre, por tanto, vuestro prisionero, proclama a Dios como su padre en virtud de un derecho común de la humanidad. Lo único es que hay grados diversos de filiación; cada uno de nosotros, en la medida en que ha comprendido el hecho de la paternidad de Dios y ha hecho suya su lección practicando y predicando la ley de la fraternidad humana, se apropia en una forma especial del título de hijo. Creedme, señores: este hombre está más cerca de Dios de lo que pensáis. Vosotros, fariseos, con vuestra heroica lealtad a las tradiciones de vuestra raza; vosotros, saduceos, con vuestra amplitud de miras para apreciar las tendencias modernas y una civilización que no es la vuestra; vosotros, los escribas, con vuestro estudio meticuloso de la letra del Antiguo Testamento: hay algo que todos vosotros no habéis visto, y este hombre lo ha encontrado. No os confundáis por su empleo de títulos sonoros, por la imaginería oriental con que os pinta los terrores de un futuro juicio; reconoced en él, como lo hago yo, a un Maestro enviado por el cielo que ha recibido la iluminación divina (¿no podríamos incluso llamarla inspiración?) en un grado muy especial, aunque no sea diferente por la especie del barro con que estamos todos hechos. Matarle sería convertirle en un héroe, tal vez incluso (pues la superstición popular es así) deificarle. Olvidad vuestros escrúpulos, prestadle reverencia como a un Maestro y dejad que vaya en paz."

Jesús en casa de Anás Museo del Prado José de Madrazo.jpg
          Así habló el crítico científico ante aquel tribunal del odio, y yo confieso que, aunque los rostros de los jueces eran siniestros, por su crueldad, encuentro que hay algo noble en el desprecio que le muestran. ¿Cómo? ¿Ofrecer esta triste apología a un tribunal tan parcial? Podían no estar de acuerdo sobre una cuestión de hecho, y no lo estuvieron hasta que el mismo confesó. Pero en una cuestión de interpretación de la ley, ¿no se puede confiar en que esos escribas, que se han dejado los ojos en el estudio de los documentos sagrados, podrán decidir si "Hijo de Dios" es o no un título blasfemo? Si concedemos que los fariseos estaban cegados por el odio, no es un fariseo, sino un saduceo, el que desgarra sus ropas y grita: "¿Para qué necesitamos más testigos?" El sumo sacerdote, como enemigo de los fariseos, se ha alegrado tal vez de aquellas diatribas contra la hipocresía y el formalismo que no había afectado a su propia casta; por algo se ha convertido de repente de juez imparcial en acusador fanático. ¿No indica nada a los críticos el hecho de que un hombre así se ponga blanco de ira al oír el nombre del Mesías? El tribunal no tendrá en cuenta esa defensa ni el acusado la necesita. Creedme, las vacilaciones de Pilato no eran menos fútiles, y Pedro, cuando negó tres veces a su Señor, no le hizo un desfavor más grande.

         Ahí está aguardando paciente, y no necesita nuestra interferencia. Está siendo juzgado no solo delante de los judíos, sus contemporáneos, sino ante todas las generaciones de los hombres; pueden juzgarle mal, si quieren, pero tienen que juzgarle. Y tienen que aceptar su propia definición de la cuestión en litigio, no  tratar de halagarle con títulos semidivinos, que serían demasiado para un loco y no son nada para un Dios. Afirma no solo desafiar a la muerte y despreciarla, sino haberla vencido. "Destruíd ese templo - dice (y no necesitábamos que San Juan nos diga que se refiere a su propio cuerpo) - y en tres días lo volveré a levantar" Jn. 2, 19, con lo que quiere decir; "Dios lo volverá a levantar", "mi Padre celestial lo volverá a levantar", no "Yo lo volveré a levantar". El reto es perfectamente directo; solo San Juan registra la ocasión en que realmente se produjo, pero los testigos del juicio han conservado el hecho y los jefes judíos han creído a esos testigos: "Señor, hemos recordado que aquel impostor dijo, cuando aún estaba en vida, que después de tres días resucitaría" Mt. 27, 63. Ahora bien, si Jesús de Nazaret pretendiera ser un rey, o un jefe popular, o un profeta, o un reformador, este reto carece de sentido. Lo único que le da importancia es el hecho de que afirmaba ser Dios. "Matadme - parece decir -, y si soy sólo humano, os libraréis de mí, pero si soy más que humano, tendréis que reconocer por fuerza la justicia de la prueba." Podéis llamarle impostor o podéis  aclamarle como a Dios, pero en cualquier caso la historia del Evangelio tomará rango de tragedia. Pero si no decís que nunca hubo reto alguno, que no hubo ninguna prueba, y que solo un pálido fantasma salió de la tumba del jardín en la mañana de Pascua, es no dejarnos ni una tragedia ni una teología; es tan solo echar a perder un relato.

         Me diréis tal vez que la tragedia de la Pasión os parece tanto más real como tragedia si se os permite suponer que su actor principal estaba en realidad indefenso, que no podía, aunque hubiese querido, salvarse. "Ciertamente - decís -, si es verdad que el crucificado del Calvario estaba allí por su propia libre voluntad, escogiendo deliberadamente su muerte en cada momento de aquellas tres horas; si solo se separó de su Madre para dos breves días de ausencia, y confortó al ladrón arrepentido contra los terrores postreros que él mismo no podía sentir, y cedió en su cansancio a una desolación que estuvo cerca de la desesperación, habéis creado entonces una hermosa ceremonia del Calvario, pero el interés humano ha desaparecido. Para mí - añadís - el verdadero pathos de la situación, el elemento que hay en ella que provoca mis lágrimas, es esa completa impotencia y desesperanza que vuestro Dios-Hombre no podía atraer sobre sí ni sentir. Me basta con creer que un hombre que vivió generosamente por lo que creía ser su misión murió heroicamente por lo que creía ser la verdad. ¿No es esto bastante - preguntáis - para hacer que los hombres doblen la rodilla en homenaje a la divina inspiración que pudo hacer algo tan noble de nuestra débil humanidad? Dios me perdone si pierdo totalmente el sentido de la reverencia, pero me parece que vuestra historia, aunque sea conmovedora, no es ni muy notable ni muy nueva. Palabra por palabra, paso por paso, la historia de Jesús de Nazaret parece, tal como la contáis, que es la historia de Savonarola, y antes diría mis oraciones a  Savonarola que a vuestro Cristo."

          Pero sí ese Dios-Hombre que los católicos adoramos pisó realmente la tierra, si lo Inmutable se revistió de humanidad, y lo Impasible sufrió, y lo Inmortal murió, digo entonces que para mí las tres horas del Calvario son más tragedia, no menos, para la personalidad divina que durante esas horas se vela y se revela. Si había realmente legiones de ángeles que estaban a su alrededor, con la mano en la mano espada, dispuesta a intervenir en la historia a la primera palabra de su protagonista - palabra que nunca fue pronunciada -, entonces no hay detalle en la historia, no hay circunstancia en ella, bien del odio judío o del desprecio romano, que no esté saturada de ironía. ¿Y qué es la tragedia si no es ironía? Un visionario odiado, un hombre inocente condenado sin justicia, un hombre desamparado llevado a la muerte: ésta sí que es una historia vieja, una historia de todos los días. Pero ¡Dios rechazado por su propio pueblo! ¡La Justicia eterna llevada ante un tribunal humano!¡El Autor de la vida exhalando el último suspiro de un alma humana! ¡Digamos, si quiere, que es sólo un cuento y que somos niños si creemos en él, pero no trate de contárnoslo quitándole su esencia!

          Él juzgó y juzga a los hombres que se hicieron jueces suyos. Su sentencia será pronunciada cuando haya pasado el momento en que puede haber dolor o cambio de opinión o excusa. Dividirá en dos clases, solo dos: los que le han confesado y los que le han negado. Nos señalará uno de dos destinos, sólo dos: ser confesados o ser negados ante su Padre celestial. Juzgad honradamente, pues, ya que ante Él todos los corazones están abiertos; juzgad con toda seriedad, porque sois vosotros los que recibiréis la sentencia.

                                      Sermón predicado en Nuestra Señora de las Victorias de Kensington en 1921.

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Imagen centro:
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