lunes, 23 de marzo de 2015

Paradojas del Catolicismo: El Amor de Dios y el Amor del hombre

Nota de Bensonians:
      He seguido con la traducción (tolerable espero, acepto y agradezco correcciones) de Las Paradojas del Catolicismo de Monseñor Benson. Con esta completamos cinco capítulos:

 http://bensonians.blogspot.com/2013/04/riqueza-y-pobreza.html
http://bensonians.blogspot.com/2013/05/la-alegria-y-la-pena.html
http://bensonians.blogspot.com/2014/11/paradojas-del-catolicismo-santidad-y.html
http://bensonians.blogspot.com/2015/01/paradojas-del-catolicismo-la-paz-y-la.html

  Todas tienen como eje central la dicotomía entre el ser Divino y Humano de la Iglesia y de su aparente contradicción en muchos variados tópicos que han sido tratados por Monseñor Hugh Benson en estas paradojas. El método es el mismo: primero las dificultades y luego los argumentos que las rompen. 

                        5.- El Amor de Dios y el Amor del Hombre

Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón…
y a tu prójimo como a ti mismo
Lucas X, 27

       Hemos considerado dos cargos interpuestos contra el catolicismo desde los
cuarteles opuestos. A saber: que nosotros somos o muy mundanos o muy espirituales; demasiado ocupados con los asuntos temporales en vez de los espirituales o demasiado metafísicos, lejanos y dogmáticos para ser verdaderamente prácticos. Vamos a considerar estos mismos dos cargos formulados pero, por así decirlo, desde un plano evidentemente espiritual.  Son cargos que nos acusan de hacer grandes actividades en nuestro ministerio hacia los hombres y a su vez por otra parte, demasiadas atenciones para con Dios.

I. (i) Es una queja recurrente contra los católicos, tanto para los laicos como para los clérigos, que ellos tienen un celo extremo en sus intentos de proselitismo. La religión espiritual y verdadera, como hemos dicho, es un asunto íntimo y personal, como el amor entre un esposo y una esposa. Es esencialmente privado e individual. Se ha dicho que: “La religión de todos los hombres sensibles es precisamente la que ellos mantienen para sí mismos”. Por lo tanto, la tolerancia es un sello de espiritualidad porque si soy verdaderamente religioso tendré mucho respeto por la religión de mi prójimo como por la mía propia. No buscaré interferir en sus relaciones con Dios más de lo que yo le permitiría a él interferir en la mía.

         Ahora bien, los católicos son notoriamente intolerantes. No es que existan solamente católicos intolerantes - porque desde luego la intolerancia se encuentra en todas las personas de mente estrecha – sino que los principios católicos son en sí mismos intolerantes, y cada católico que vive para estar a la altura de ellos está destinado a ser así también. Y esto podemos verlo ilustrado cada día:

        Primero, existe el tema de las misiones católicas para los paganos. Se nos dice que no hay misioneros más incansables y más devotos que aquellos de la Iglesia. Su celo desde luego, es una prueba de su sinceridad, pero también es prueba de su  intolerancia. Porque después de todo, ¿no pueden ellos dejar solos a los paganos, puesto que la religión es, en este sentido, un asunto privado e individual? Acorde a esto nos han sido sugeridos hermosos cuadros acerca de la paz doméstica y la felicidad reinante entre las tribus de África Central hasta el arribo de los frailes predicando sus destructivos dogmas. Intentamos observar  las elevadas doctrinas y la ascética vida del brahmán, el significativo simbolismo del hindú, la filosofal actitud de Confucio. Todas estas variadas relaciones de amistad con Dios – se nos informa – son un asunto completamente privado de aquellos que viven según ellos, y si los católicos fuesen verdaderamente espirituales entenderían que esto fue así siempre y no buscarán suplantarlo con un sistema el cual de alguna manera se ha convertido esencialmente en una manera europea de mirar las cosas. Estos antiguos credos y filosofías están mejor adaptados para el temperamento oriental.

          Sin embargo, el asunto es peor aún.  Los modernos hombres de mundo dicen que puede argumentarse que después de todo, aquellas religiones orientales no han desarrollado las virtudes y gracias que tiene el cristianismo. Pueden sostener que si los misioneros perseveran en el tiempo la religión del este elevará la religión hindú más alto que lo que sus propias obscenidades  han logrado hacer, y que la civilización producida por el cristianismo es en realidad de un tipo más alto, a pesar de los malos sub-productos, que los cazadores de cabeza de Borneo y que los sangrientos salvajes de África.
         De todas formas no hay excusa que valga para que los intolerantes católicos hagan proselitismo en los hogares católicos. Porque generalmente hablando en el propio círculo familiar en el único que no se puede confiar es en el católico porque tarde o temprano lo encontrarás, si él vive totalmente para sus principios, insinuando elogios para su propia fe y debilidad para la tuya. A tus hijos e hijas él los considera una presa fácil. Él no tiene en cuenta la paz de tu hogar en vistas a la propagación de sus propios principios. En primer y en último lugar, él está caracterizado por este espíritu dogmático e intolerante que es exactamente lo contrario a todo lo que el mundo moderno estima que es el verdadero espíritu cristiano. El verdadero cristianismo es entonces, como se ha dicho, un asunto privado, personal e individual de cada alma con Dios.

(ii)El segundo cargo levantado contra los católicos es que ellos hacen de la religión algo demasiado personal, privado e íntimo para ser considerada la religión de Jesucristo. Y esto queda ilustrado a partir del supremo valor que en la Iglesia ocupa lo que es conocido como la vida contemplativa.

        Porque si hay un elemento en el catolicismo que el hombre de la calle selecciona especialmente para reprobarlo es la vida de las órdenes de clausura. Se supone que es ser egoísta, morboso, introspectivo e irreal y establece un violento dramático contraste con la vida ministerial de Jesucristo. Con una enorme familiar elocuencia  se vierte solemnemente  sobre ella una acusación como si nada se hubiese dicho sobre esto antes. Se ha dicho que “un hombre no puede alejarse del mundo encerrándose a sí mismo en un monasterio”,  “un hombre no debiera pensar demasiado sobre su propia alma, sino que en el bien que él podría hacer en el mundo en el cual Dios lo ha puesto” “cuatro paredes blancas no son el medio ambiente adecuado para un cristiano filantrópico”.

        Pero después de todo, ¿qué es la vida contemplativa sino precisamente lo que el mundo ahora recomienda? ¿Podría la religión hacerse más íntima, privada y personal entre el alma y Dios como la que practica el cartujo o el carmelita?

       Es hecho es, desde luego, que los católicos están equivocados hagan lo que hagan. Demasiados extremos en todo aquello que emprenden. Son demasiado activos y no se retiran lo suficiente en su proselitismo; demasiado retirados y no lo suficientemente activos en su contemplación.

II. Ahora bien, la vida de Nuestro Divino Señor presenta, desde luego, ambos elementos: el activo y el contemplativo, los cuales siempre han distinguido a la vida de su Iglesia.

        Por tres años Él se abocó al trabajo de predicar Su revelación y a fundar la Iglesia, la que estaba destinada a ser su instrumento a través de los siglos. Por lo tanto, Él anduvo libre y rápidamente tanto en una ciudad, como en un país. Estableció Sus divinos principios y presentó sus divinas credenciales en las fiestas de matrimonio, en el mercado, en las rutas, en las atestadas calles, en las casas. Él  siempre realizó obras de misericordia. Dio preceptos espirituales y ascéticos enseñando en el Monte de las Bienaventuranzas; instrucciones dogmáticas en Cafarnaún y en el desierto al este de Galilea; discursos místicos en el Cenáculo de Jerusalén y en las cortes de los templos. Sus actividades y su proselitismo fueron ilimitados. Él rompió los círculos domésticos y las rutinas de los oficios. Llamó al joven desde su estado; a Mateo desde la oficina de impuestos; y a Santiago desde el negocio de pescado de su padre. Él realizó una demostración final de su ilimitada demanda de humanidad en su Procesión del Domingo de Ramos, y en el día de la Ascensión ratificó y comisionó las actividades proselitistas de su Iglesia para siempre en su colosal encargo a los Apóstoles: “Por tanto id y enseñad a todas las naciones…enseñándoles a observar todas las cosas que yo os he encomendado y yo estaré con vosotros todos los días hasta la consumación del mundo”.

     A pesar de esto, debe recordarse que esto no fue toda su vida en la tierra, es más, no fue una parte considerable de ésta si se estima por el número de años. Porque él estuvo activo por tres años, pero por treinta él estuvo retirado en su casa de Nazareth. E incluso aquellos tres años una y otra vez fueron interrumpidos por retiros: en el desierto por cuarenta días; en la montaña toda la noche en oración; ordenando a sus discípulos a apartarse y a descansar. El gran climax de su ministerio también fue forjado en el silencio y en la soledad. Él se apartó como a un tiro de piedra en el huerto de Getsemaní de aquellos que más lo amaban. Él rompió su silencio en la cruz para despedirse de su propia Santa Madre. Por sobre todo él explícita y enfáticamente recomendó la vida de oración contemplativa como lo más alto que puede vivirse en la tierra. Hablándole a Marta señaló que la actividad, incluso el más necesario de los deberes, no es después de todo donde mejor se puede poner el tiempo y el amor. María ha elegido la mejor parte… solo una cosa es necesaria, y que a ella nadie se la arrebatará, ni siquiera el celo amoroso de una hermana.

      Finalmente la falta ha sido encontrada tanto en Jesús, como en su Iglesia precisamente en estos dos puntos. Cuando Él estaba viviendo una vida de retiro en el país, fue increpado por no asistir a la celebración y exponer sus  afirmaciones en forma clara y justificada, esto es, por la actividad, por sus pretensiones mesiánicas. Y cuando lo hizo se le suplicó  para que ofreciera sus demandas para mantener la paz, para justificar Sus pretensiones de espiritualidad, con humildad y retiro.

III. Por lo tanto, la reconciliación de estos dos elementos dentro del sistema católico es fácil de encontrar

(i) Lo primero es la Divinidad de la Iglesia que da cuenta de su pasión por Dios. Para ella, como para nadie más en la tierra, está revelado el Rostro de Dios como la Absoluta y Final Belleza que yace más allá de los límites de toda la creación. Se puede decir que ella en su Divinidad disfruta incluso en su permanencia en la tierra, de la gran visión beatífica que embelesa siempre la Sagrada Humanidad de Jesucristo. Entonces, con toda la compañía del Cielo, con María Inmaculada, con los Serafines y con los glorificados santos de Dios, ella reside, viéndolo a Él que es invisible. Mientras los  ojos de su humanidad se mantienen en su lugar, mientras sus humanos miembros caminan por fe y no por la vista, ella en su divinidad, que es la garantía de la presencia de Jesucristo en medio de ella, siempre habita en los lugares celestiales y está siempre lista para ir al Monte Sion y a la Ciudad de Dios viviente, y a Dios mismo, el cual es la Luz en la que todas las cosas justas son vistas para ser justas.
        
        No es de extrañar entonces que ahora y siempre algunos hijos elegidos suyos cojan un espejo que refleja lo que ella misma observa con el rostro descubierto: que algunas almas católicas a veces son escogidas y llamadas por Dios para este sorprendente privilegio de repente deben percibir como nunca antes que Dios es la única Belleza Absoluta, y que comparado con la contemplación de esta Belleza – cuya contemplación es después de todo la Vida Eterna a la cual  finalmente cada alma redimida llegará – todas las actividades de la vida terrena son nada. Esta alma en su pasión por este adorable Dios correrá hacia la habitación secreta y golpea la puerta y ora a su Padre que está escondido, y así permanecerá orando. Un canal oculto de vida para la totalidad de este Cuerpo de la cual ella es un miembro. Un intercesor por todos los que componen esta Sociedad de la cual es una unidad. En silencio ahora ella se sienta a los pies de Jesús y escucha la voz que es como el sonido de muchas aguas. En la blancura de su celda ella lo observa a Él, cuyo rostro es como una llama de fuego, y en la austeridad y en el ayuno ella prueba y encuentra que el Señor es compasivo.

        Desde luego que esto es una locura y un disparate para aquellos que conocen a Dios solamente en su creación, y que le imaginan meramente como el alma del mundo y la vitalidad de la vida creada. Para éstos la tierra es su mayor cielo y la belleza del  mundo la más noble visión que puede ser concebida. Sin embargo, esta alma que es católica entiende que el Trono Eterno está de hecho por encima de las estrellas y que la trascendencia de Dios es tan verdaderamente cierta como su inmanencia. Dios  en sí mismo, aparte de todo lo que ha hecho, es todo justo y se basta a sí mismo en Su propia Belleza. Para tal alma, si está llamada a una vida como esta, no necesita que la Iglesia declare explícitamente que la vida contemplativa es la más alta. Ella ya lo sabe.

(ii) Al primer gran mandamiento de la ley entonces le sigue inevitablemente el segundo, y la interpretación católica del segundo es, para lo que piensa el mundo que no entiende ninguno de los dos, tan extravagante en su interpretación como lo es el primero. Porque esta Divina Iglesia, que conoce a Dios, es también una sociedad humana que habita junto a los hombres. Y ya que ella unifica en sí misma la divinidad y la humanidad, ella no puede descansar hasta que las ha unido en todas partes.

          Como ella vuelve su mirada de Dios a los hombres, contempla las almas inmortales hechas a imagen de Dios y hechas para Él y por Él solo, buscando satisfacerse a sí mismas con la creación en lugar de con el Creador. Ella escucha al mundo predicar la santidad del temperamento y la santidad del individualismo, como si ahí no existiera un Dios trascendente ni una revelación externa objetiva jamás hecha por Él. Ella observa como los hombres, en lugar de buscar conformarse con la revelación de Dios hecha por él mismo, intentan más bien conformar tales fragmentos de esta revelación a lo que ellos han llegado según sus propios puntos de vista. Ella escucha hablar acerca de “los aspectos de la verdad”, de las “escuelas de pensamiento” y de “los valores de la experiencia” como si Dios nunca hubiera hablado de ambas en los truenos del Sinaí o incluso en la voz de Galileo.

        ¿No es de extrañar entonces que su proselitismo aparezca ante el mundo tan extravagante como  su contemplación; su pasión por los hombres tan poco razonable como su pasión por Dios, cuando este mundo la ve ofrecerse a sí misma desde sus claustros y de sus lugares apartados para proclamar como con trompetas aquellas demandas de Dios que Él ha dado a conocer, aquellas leyes que Él ha promulgado y aquellas recompensas que ha prometido? Porque, ¿cómo puede ella hacer lo contrario cuando ha mirado el glorioso Rostro de Dios y luego los rostros vacíos y complacientes de los hombres y sabe de la infinita capacidad de Dios por satisfacer a los hombres y la incapacidad casi infinita de los hombres por buscar a Dios, cuando en efecto ve alguna pobre alma encerrándose dentro de los mortales y fríos muros de su propio “temperamento” y “punto de vista individual”, cuando la tierra, el cielo y el Señor de los dos está esperando por ella afuera?

        Luego, la Iglesia está muy interesada en los hombres y muy absorta en Dios. Por supuesto que está muy interesada y muy absorbida porque sólo ella conoce el valor y la capacidad de ambos porque ella que es ambas: divina y humana. Porque la religión para ella no es un triunfo elegante, ni una gentil filosofía, ni un agradable esquema de conjeturas. Es el vínculo ardiente entre Dios y el hombre, ninguno de los dos puede estar satisfecho sin el otro: Uno en virtud de Su Amor y el otro en virtud de su ser creado. Sólo ella entiende y reconcilia la tremenda paradoja de la Ley que es tan vieja como nueva: “Amarás al Señor vuestro Dios, con todo vuestro corazón…y al prójimo a ti mismo”.



    











martes, 17 de marzo de 2015

Bensonians en Adelante la Fe

                                                Adelante la Fe

Estimados Lectores: me ha sido dada la honrosa oportunidad de ser partícipe de los colaboradores de la página Adelante la Fe. Para mí, que conozco mis limitaciones al escribir, es todo un privilegio y un gran desafío estar junto a tantos buenos autores y a fieles sacerdotes católicos. Como Beatrice Atherton ustedes encontrarán alojado el blog de Bensonians en Adelante la fe.
Duc in Altum!

lunes, 16 de marzo de 2015

Lo que nos queda por hacer



          Un lector amigo me envió esto del padre Castellani. No crean que estoy envuelta en un pesimismo desesperanzador, pero las cosas se están poniendo complicadas y enhorabuena, por fin sabremos quien es quien: quien está contra Cristo y quien con Cristo; quien con su Santas Leyes y quien quiere falsificarlas. Quizás estemos viviendo ya dolores del parto, yo no lo sé, pero ¡cómo me gustaría que así fuera pues, ¿no rezamos para que venga Su Reino? Por ahora este consejo del padre Castellani sirve para seguir dando la batalla, al menos, contra uno mismo.

« Mis amigos, mientras quede algo por salvar, con calma, con paz, con prudencia, con reflexión, con firmeza, con imploración de la luz divina, hay que hacer lo que se pueda por salvarlo. Cuando ya no quede nada por salvar, siempre y todavía hay que salvar el alma (...) Es muy posible que bajo la presión de las plagas que están cayendo sobre el mundo, y de esa nueva falsificación del catolicismo a la que aludí más arriba, la contextura de la cristiandad occidental se siga deshaciendo en tal forma que, para un verdadero cristiano, dentro de poco no haya nada que hacer en el orden de la cosa pública. Ahora, la voz de orden es atenerse al mensaje esencial del cristianismo: huir del mundo, creer en Cristo, hacer todo el bien que se pueda, desapegarse de las cosas creadas, guardarse de los falsos profetas, recordar la muerte. » 

                                   R.P Leonardo Castellani, Decíamos ayer. 

sábado, 14 de marzo de 2015

Jubileo de la Misericordia: un par de ideas, por Laurence England


El Jubileo de la misericordia...¡no puede ocurrir lo suficientemente pronto!
        Un Jubileo de Misericordia suena maravilloso. Estaría muy feliz por esto en los pontificados anteriores, pero este no es un tiempo ordinario.

      ¿Fue una idea del cardenal Baldisseri? ¿Una genial idea del cardenal Kasper? Después de todo él es un experto en misericordia. ¿O no?

         Yo solamente puedo hablar por mí. He tenido dos años de esta extraña “anulación misericordiosa” de las leyes de Dios, por tanto en el Vaticano existe un extraño flujo de rarezas. En estos dos años mi cinismo ha madurado.

         Los católicos fieles no van a decir ni dicen “¡hurra!” a lo que parece ser un manto de traición de la Jerarquía a las propias enseñanzas de Cristo respecto a la distribución de la Comunión a los adúlteros vueltos a casar y a otros rejuntados pecadores en pecado mortal. Ellos no van a decir “¡hurra!” al tratar a la Sagrada Eucaristía como si fuera una inalterada pieza de pan y vino. Así que ahora a nosotros nos van a hacer sentir realmente como culpables hasta el estado de parias, por resistir al evidente astuto plan de manipular el Sínodo con la más perpicaz institución del Año Jubilar de la Misericordia.

        “Tú no puedes estar en desacuerdo con nosotros sobre la propuesta de Kasper. Es el año de la misericordia. ¿Acaso no sabes? ¡Y…y él escribió un libro sobre la misericordia! ¡Ahí tienes! ¡Si tú no participas de esto eres un inmisericordioso!

     Como digo, yo me he vuelto un poco cínico, pero estoy seguro que otros sienten lo mismo. Mi buena fe en este pontificado con su particular “agenda” se ha agotado. Y ahora espero lo peor. Es bizarro que de repente, cuando le conviene al Papa, una venerable costumbre de la Iglesia reverenciada por sus predecesores – una costumbre de un admirable antiguo origen, que precede incluso a la Tradicional Misa Latina que él ha rechazado públicamente – es  súbitamente vista como algo positivo más que como algo negativo. El cínico debe decir que esto es porque de repente una venerable antigua costumbre conviene a su “agenda” personal.

       Y con todo, un año de la misericordia. Veamos. Tradicionalmente, de acuerdo a la definición que da Wikipedia, un Año Jubilar es un año en el cual los esclavos y prisioneros serían liberados; las deudas serían olvidadas; y la misericordia de Dios se manifestará particularmente”. Siendo así entonces, ¿Qué hay de levantar todas aquellas  restricciones a los Frailes de la Inmaculada? ¿No? En un Año Jubilar de la Misericordia, ¿Qué hay de enseñar a los fieles y a los demás la Verdad proponiendo una Catequesis que enseñe que podemos ser condenados por nuestros pecados y que busquemos la misericordia de Dios? ¿Qué hay acerca de conceder los sacramentos a los católicos alemanes de buena fe y voluntad incluso si no han pagado sus impuestos eclesiales? ¿Qué hay acerca de la suspensión de todos los insultos y de la hostil atmósfera de recriminación directa a los cardenales, obispos y sacerdotes fieles cuyo único crimen es desear aferrarse al Magisterio y a la promoción de la liturgia tradicional?

      Sí, el Año Jubilar de la Misericordia se me hace que, en el año de nuestro Señor 2015, está siendo un tanto más político que un esfuerzo espiritual;  por lo que lo ha precedido, que por ser en sí mismo laudable. A pesar de mi cinismo espero que lo tocante hacia los fieles al magisterio, hacia quienes celebran la Misa de siempre y hacia aquellos que rigurosamente se oponen a la dirección expuesta en la primera parte del Sínodo de la Familia, esta misericordia venga ágil y rápidamente. Espero y rezo también para que esto  lleve a muchas almas hacia el Sagrado Corazón de Jesús, nuestro Divino Redentor, que es tan rico en misericordia y compasión para con los pecadores.





        

lunes, 23 de febrero de 2015

Misa Tradicional en Valparaíso: Primer Domingo de Cuaresma

          Tal como lo habíamos anunciado en diciembre pasado http://bensonians.blogspot.com/2014/12/misa-tradicional-de-navidad-en-nuestra.html , el párroco de Nuestra Señora de las Mercedes de Puerto Claro, del Cerro Toro en Valparaíso Presbítero Jaime Herrera, fue sometido a una delicada operación de la que, gracias a Dios,  ha salido muy bien. Recordemos que el padre Jaime reza la misa tradicional en su parroquia todos los domingos y fiestas de guardar. Debido a su recuperación no podrá rezar la misa hasta mediados de Marzo, sin embargo la Misa Tradicional no ha sido suspendida ante la ausencia de su párroco, sino que éste está siendo remplazado por Monseñor Jaime Astorga Paulsen, quien la seguirá rezando a las 13 hrs. cada domingo hasta que el padre Jaime esté en condiciones ya de retomar sus funciones parroquiales.
       Agradecemos a Dios por el éxito de la operación del padre Jaime y a monseñor Astorga por su buena voluntad de venir a rezar la misa. Le pedimos a Dios para que el padre Herrera pueda seguir con más fuerza su ministerio sacerdotal.
Estas son algunas fotos de la misa de ayer, Primer Domingo de Cuaresma.
















sábado, 14 de febrero de 2015

La paciencia de Dios, por Mgr. Ronald A. Knox



                   La Paciencia de Dios

Y dijo al encargado de su viña: Mira, van ya tres años que vengo buscando el fruto de esta higuera y no encuentro ninguno. Por tanto, échala abajo. ¿Para qué está obstruyendo la tierra? Lc. 13, 7.

      Hemos visto que, a pesar de los trabajos que Nuestro Divino Señor se tomó para curar las heridas de nuestra naturaleza caída, siempre quedarán, de acuerdo con su propia profecía, miembros malos, miembros poco satisfactorios de la Iglesia que Él deseó y compró para sí con su preciosa sangre. Y hemos visto que aunque Él lo sabe, no nos permite que pongamos como excusa la presciencia divina; como si ésta necesitara nuestros pecados: el alma individual es responsable de los escándalos que pueda crear en la Iglesia, por mucho que esos escándalos estén previstos en el plan del Arquitecto divino. Y ahora llegamos a otra pregunta: ¿Cuáles son las condiciones – no podemos atrevernos a decir la explicación -  de la paciencia divina frente al pecado humano? ¿Cómo es posible que Dios vea a los hombres pecando y prevea que nunca abandonarán sus pecados ni ganarán su entrada al Reino de los cielos, y, sin embargo, no intervenga para vindicar su propia ley, y terminar de una vez con la vida humana de la que tan mal uso se hace, y que sólo puede dañar a los que la rodean? Y hay otra pregunta complementaria planteada desde el lado del hombre: ¿Cuáles son las condiciones de nuestro contrato? ¿Hasta dónde podemos permitirnos desdeñar las llamadas y las inspiraciones del Espíritu Santo? ¿Cuándo y cómo se nos puede ofrecer una segunda oportunidad?

         Se trata de un tema muy amplio que contiene profundos misterios de teología y lecciones prácticas de la máxima importancia moral. Además, es un tema al que recurre continuamente la enseñanza de Nuestro Señor.

       Comencemos con la parábola de la semilla, que crece en secreto porque la alegoría que contiene está estrechamente relacionada con las que hemos estudiado anteriormente. “Así es el Reino de Dios, como si un hombre arrojara semilla en la tierra, y se acostara y se levantara, noche y día, y la semilla brotara y creciera sin que él lo supiese. Y cuando el fruto ha aparecido, inmediatamente empuña la hoz, porque la cosecha ha llegado” (Mc. 4, 26-28). Si suponemos que el Reino de Dios significa el fin del mundo y el juicio final, tendremos que identificar al Reino con la cosecha. Pero si, de acuerdo con el principio que hemos seguido hasta ahora, consideramos al Reino de Dios como un segundo nombre para la Iglesia, entonces el Reino de Dios, el período de la lucha de la Iglesia, se compara aquí al período completo que media entre la siembra y la cosecha. Recordad una vez más cuál era la clase de reino que los judíos esperaban: una manifestación abierta del poder de Dios, una teofanía en la que Dios respondería al grito milenario de sus siervos: “Despierta, Señor, ¿por qué duermes? Despierta, y no estés siempre ausente de nosotros”Ps.43, 23. Él haría surgir en Judá un héroe nacional, o algo más que un héroe nacional, un triunfo visible sobre los paganos. En ese milenio que iba a venir, los hombres aprenderían al fin, para su beneficio o para su pérdida, que existe un Dios que dirige los destinos humanos y se ocupa del bienestar de sus siervos.

      En lugar de esto, Dios duerme. Nuestro Señor nos lo dice así en su parábola: Dios duerme. Dos veces en las parábolas se nos dice que Dios duerme, y dos veces que se va de viaje a un país alejado. Sabemos, naturalmente, que Dios, aunque mora en la luz inaccesible, está, sin embargo, presente en todos los tiempos a todas sus criaturas, y que nada de lo que ocurre en todo el espacio y en toda la existencia puede quedar fuera de su conocimiento y noticia. La idea que mencionamos es, pues, una idea metafórica, pero se trata de una metáfora que los oyentes de Nuestro Señor entenderían en seguida. Cuando el profeta Elías se burlaba de los sacerdotes de Baal porque su dios no les ayudada, les decía: “Gritad más alto, porque a lo mejor se ha ido de viaje, o a lo mejor está dormido y tenéis que despertarle” (3 Reyes, 18, 27). Un dios que duerme o que está de viaje significa un dios que se porta como si no le interesara el bienestar de sus siervos, y los dejara entregados a ellos mismos. Y así ocurre en muchos pasajes de los Salmos, como el que acabo de citar: “Despierta, Señor, ¿por qué duermes? Despierta, y nos esté siempre ausente de nosotros”. Los judíos, pues, pensaban en el Reino como el momento en que Dios despertaría de un sueño. Nuestro Señor les dice que el Reino será como si Dios despertara sólo para sembrar nueva semilla en su campo, y luego se volviera a dormir. El labrador de la parábola despierta de su sueño todos los días; esto puede querer decir que Dios interviene de cuando en cuando providencialmente en la historia del mundo, pero en general nuestra lección es la de que Dios nos sigue dejando entregados a nosotros mismos, sigue dejando a cada hombre que obre a su manera sin obstáculos, mas sin que por ello sanciones o apruebe su acción. Así seguirá siendo hasta la cosecha. La cosecha, lo mismo que la vez anterior, es el fin del mundo, y Nuestro Señor en esta ocasión, como en otras, no quiere dar a sus oyentes ninguna indicación acerca de cuándo ocurrirá tal acontecimiento.

       Pero, para sus oyentes judíos, la paciencia de Dios es un tema de importancia inmensa, mucho más importante de lo que ellos mismos creen. Ellos mismos, el pueblo escogido, están siendo juzgados. Y parece ser que poco tiempo antes de la Pasión Nuestro Señor les abre los ojos acerca de la posición que ocupan casi con los mismos términos. Me refiero naturalmente, a la parábola de los malos viñadores (Lc. 20, 9-16). En esta ocasión, los agentes humanos a que se refiere no son comparados con hojas que brotan y van madurando para la cosecha, sino con los cultivadores de la cosecha misma. Aquí habla de viña, utilizando un símbolo que no podía dejar de ser reconocido. ¿No se había quejado David de que la viña que Dios había sacado de Egipto, y que era su pueblo escogido, yacía ahora sin empleo, de modo que los que pasaban arrancaban sus racimos? ¿No había cantado Isaías, en nombre de Dios que hablaba por él, una canción referente a su viña – la viña que había sido tan cuidadosamente plantada y vallada, con una torre para guardarla y una prensa para recoger el fruto-, la viña cuya cosecha de uva se aguardaba y que sólo había producido uva silvestre? Este pasaje tuvo que saltar al recuerdo de los oyentes de Nuestro Señor. Y cuando siguió hablando del seto y de la torre y de la prensa para el vino, no podía ya caber ninguna duda. “Escuchad. ¡Está hablando de nosotros! Al fin, sin pretender ocultarlo, está hablando de nosotros”. ¿Y los sirvientes que habían sido apedreados y golpeados y expulsados de la viña, quiénes podían ser sino los viejos profetas, los profetas cuyas tumbas habían construido los fariseos con tanto entusiasmo, pero no sin escrúpulos de conciencia acerca de la actitud de sus padres, que habían sido los asesinos de los profetas? Se os había dado una oportunidad tras otra – les dice Nuestro Señor -, mensaje tras mensaje os fue enviado para apartaos de vuestra vía de pecado, ¡y ése era el provecho que sacabais de tales oportunidades! Apenas podían negar sus argumentos, pero ¿a dónde iría a parar?

                              

“Por tanto, teniendo todavía un hijo, el más querido para él, lo mandó también a ellos en último lugar, diciendo: Por lo menos prestarán reverencia a mi hijo” (Lc. 20, 13). ¿Qué quiere decir ahora? Durante un momento los oyentes estaban desconcertados, mas pronto apunta en ellos lo que estas palabras suponen. Ahora comprenden lo que el nuevo Profeta pretende ser.  ¿Y qué hicieron? Le crucificaron. “Porque se proclamó a sí mismo Hijo de Dios” – en esta parábola de los malos viñadores fue donde encontraron la base de su acusación -. La parábola significa: “A vosotros los judíos se os han estado ofreciendo una y otra vez nuevas oportunidades. Ahora llega la prueba suprema. Ahora tenéis que decidir lo que vais a hacer con el Hijo de Dios”. Y le crucificaron. ¿Se ha dado nunca a una nación advertencia más franca? ¿Ha habido asesinos que obraron con los ojos tan completamente abiertos? Pero recordad que no terminaba aquí la parábola. La acusación presentada contra Él fue la de haberse hecho Hijo de Dios, pero había nuevos motivos para su odio en las palabras con que concluía Nuestro Señor: “Él vendrá y destruirá a esos viñadores y dará la viña a otros”. ¡A otros! ¡A los gentiles! ¿Qué tiene que decir Nicodemo, qué tiene que decir José de Arimatea en defensa de esto? Echadle fuera, ¡echadle fuera! ¡Crucificadle!

        No podríamos dejar de reconocer en la historia del pueblo judío la indecible paciencia de Dios en su trato con él. Primero un profeta y luego otros fueron llamados, instruidos, enviados en misión; una calamidad tras otra fueron lanzadas contra el pueblo rebelde; una liberación tras otra se produjeron cuando ya toda liberación parecía imposible, y siempre el pueblo volvía a sus pecados y olvidaba su Alianza. Y ahora al fin las arenas se habían secado. Habrá una nueva misión y esta vez el emisario es el propio Dios. Se trata de matar o de curar: Israel ha llegado a la crisis de su larga vacilación: “Sin duda, prestarán reverencia a mi hijo”. Pero no; podéis ver desde los mismos comienzos de la misión de Nuestro Señor cuál había  de ser la decisión. Teniendo ojos no ven, y teniendo oídos no oyen, ni tampoco comprenden. ¿Por qué? Sin duda, no es difícil de entender. Con cada una de sus negativas para aceptar a los mensajeros de Dios, el hábito de la rebelión se ha arraigado más fuertemente en el corazón judío; un acto de apostasía tras otro han moldeado su espíritu hasta que se encuentra preparado para la mayor de las apostasías. Nunca es demasiado tarde para arrepentirse. Los judíos podían haber aceptado, como pueblo, la ocasión que tantos judíos individuales aceptaron, de arrepentirse y retornar a Dios, pero, a causa de los hábitos que la historia había creado en ellos, era casi seguro que fracasarían en la prueba.

      Y éste es, sin duda, el camino que sigue Dios con los pecadores también bajo la nueva ley. Su paciencia parece infinita; una y otra vez les concede la oportunidad de borrar el pasado. Y no porque la gracia sea rechazada se hace más débil la oferta siguiente. Por el contrario, si pensáis en que la última oportunidad que se dio a los judíos fue también la mejor de todas, ya que Dios Todopoderoso bajó de los cielos para intentar llevarlos a Él, encontraréis incluso razones para suponer que cuando más yerra el pecador más poderosa es la acción de la gracia para animarle a que vuelva. Pero Dios no se inmiscuye en la composición de nuestra naturaleza, y ésta es de tal índole, que tanto nuestros buenos hábitos como los malos crecen en respuesta a cada uno de los actos que los ponen en funcionamiento. Pasamos fácilmente de un pecado venial a otro, y a cada vez la gracia habitual que actúa en nosotros ofrece resistencia, pero la dominamos. La gracia no disminuye según van pasando las semanas, pero el hábito que se está imprimiendo en nuestro carácter queda más profundamente grabado con cada fracaso sucesivo. El primer mensajero enviado a la viña es golpeado por los colonos, el segundo herido, el tercero muerto. Y entonces, al fin, llega la tentación decisiva, la tentación al pecado mortal, y con ella viene la gracia, lo sabemos, la gracia suficiente para resistirlo, un impulso de gracia más fuerte que los que hemos sentido hasta entonces. Pero se ha afianzado el hábito, la facilidad de marchar en dirección equivocada, ¡y cuántas veces se impone el hábito! Transferid todo este proceso al caso de un alma que ha perdido ya la primera gracia por un pecado mortal y que, al volver a experimentar los estímulos piadosos de una gracia nueva como única protección contra las tentaciones, los desobedece, una y otra vez. Su última oportunidad llega a la hora de la muerte: el hábito de la impenitencia ha crecido; ante él se alza la última tentación: la de la impenitencia final. ¿Quién podrá decir las oleadas de gracia que riegan este corazón, las oraciones que la Madre de los Dolores ofrece por su conversión? Pero tropieza con el hábito…De tener un mal fin, del poder del demonio, líbranos, Señor.

         Aún hay otra parábola cuya tesis principal está estrechamente ligada a la de los viñadores, la parábola de la higuera. Pese a todos los cuidados y a la esperanza ansiosa de su propietario, la higuera sigue siendo estéril. Córtala, dice, ¿para qué he de ocupar la tierra en balde. (Lc. 13, 6-7) Y agrega un terrible sentido a esta parábola, en que la higuera representa claramente a la nación judía, el hecho de que Nuestro Señor, como recordaréis, hizo efectivamente que se secara una higuera que había a la entrada de Jerusalén, al ver que no tenía fruto, como en testimonio contra el pueblo que le había rechazado. Pero observad que en este caso tenemos un nuevo personaje: el jardinero. Resiste la sugerencia del propietario y le pide que dé permiso para que el árbol sea conservado un año más, en que cavará a su alrededor y le echará estiércol, y hará todo lo posible para volverlo fructífero. Creo que no puede haber duda de que  este jardinero es Nuestro Señor en su sagrada humanidad, intercediendo ante su Padre en favor del pueblo de su antiguo convenio. ¿Qué esfuerzo dejó de realizar con este fin? ¿Qué camino de arrepentimiento dejó de abrir a sus súbditos rebeldes? Y pidió por ellos hasta el final: “Abba, Padre, todas las cosas son posibles para ti; aparta de mí este cáliz”. ¿No había aquí un pensamiento para Judas, un pensamiento para sus perseguidores, cuyas antorchas ya brillaban entre los cercanos árboles? Sin duda, el jardinero de la parábola es el Jardinero que velaba en Getsemaní.

        Si el orden que da San Lucas a los acontecimientos tiene algún significado, esta parábola fue dicha inmediatamente después de la pregunta planteada acerca de los galileos, cuya sangre mezcló Pilato con sus sacrificios, y sobre los dieciocho hombres, encima de los cuales cayó la torre de Siloé (Lc. 13, 4). Debía suponerse que esos hombres eran especialmente pecadores, para merecer tal suerte? Nuestro Señor contesta que no, y añade: “Si no hiciereis penitencia, todos pereceréis igualmente”. No es la muerte del cuerpo lo que importa, es la disposición del alma que la recibe, y el pecador que, dándose tiempo para el arrepintiendo, no hace uso de la oportunidad, no sale mejor liberado que si le hubieran lanzado violentamente a la eternidad como a aquellos. Y en este momento llega la parábola de la higuera, que nos advierte  de que hay un límite  a la larga la paciencia de Dios Todopoderoso. Pero parece, por lo que oímos del jardinero, que es posible una intervención que prolongue el plazo de la tolerancia divina. No cabe duda que esto es importante. ¿Puede ser que nuestras oraciones sirvan para ganar al pecador un plazo que le permite arrepentirse?

       Claro que pueden. Otras dos parábolas, poco conocidas y tal vez menos comprendidas, arrojan alguna luz sobre la dudas que todos sentimos a veces de que la oración humana pueda modificar las intenciones – así nos parece – del Dios eterno. La del amigo importuno que consigue que le presten los panes que pide, pese a estar ya en la cama el dueño de la casa, gracias a su insistencia impertinente (Lc. 11, 5-10). La de la viuda pobre que consigue del mismo modo obtener reparación de la injusticia, a pesar de caer en manos de un juez malo (Lc. 18, 2-5).¿Por qué – preguntamos – se compara aquí a Dios con un amigo bastante mal dispuesto; por qué, sobre todo, con un juez injusto que ni teme a Dios ni respeta a hombre alguno? La respuesta, creo, es la que estamos buscando: en ambas parábolas, la insistencia consigue algo que no parecía que pudiera obtenerse dadas las circunstancias. ¿No quiere esto decir que nuestras oraciones pueden realmente variar la marcha de los acontecimientos en forma diferente a la esperada? Dios previó desde toda la eternidad el ofrecimiento de estas oraciones; no hay, pues, alteración en el propósito divino, pero nuestras oraciones han conseguido algo. La insistencia importuna ha prevalecido.

        Debemos recordar esta verdad teológica cuando meditemos sobre la parábola de la higuera. No sólo el Jardinero, que es el mismo Señor, puede interceder por los pecadores, sino que también nosotros a través de sus méritos, podemos conseguir que se prolongue la paciencia de Dios. Pensad en vosotros, si os gusta, como niños que habéis sido autorizados a cultivar cada uno un pequeño rincón del gran jardín; unas cuantas almas para quienes podemos conseguir la gracia con nuestras oraciones. Leed las vidas de aquellas almas escogidas que vivían muy próximas a Dios, como Santa Catalina de Siena o Santa Gemma Galgani, y veréis cómo luchaban con Dios, casi podría decirse cómo le obligaban a llevar a cabo la conversión de los pecadores más endurecidos. Dios sabe que nuestras oraciones, comparadas con las de ellas, tendrán poco peso, pero siempre tendrán alguno. Mirad alrededor del mundo y veréis el pecado sin castigo y la virtud sin recompensa y podréis creer que Dios duerme, que no toma interés por la cosecha que ha sembrado, pero no es así. En general, no se inmiscuye entre nosotros con evidencia externa de su poder y advertencias claras del peligro que corremos, pero dentro de los corazones humanos testarudos, los corazones que rechazan a sus mensajeros y crucifican de nuevo al Hijo de Dios, la influencia misericordiosa de su gracia sigue obrando; sigue dispuesta a obrar si nosotros intercedemos por ella.
                                      Ronald A. Knox,  Sermones Pastorales.



viernes, 6 de febrero de 2015

Sitiados por el neo-paganismo

                                       
                                         "Es obvio, pues, que el Anticristo no hará “mártires cristianos”. Ni permitirá que la confesión de Cristo sea alegada por los auténticos fieles. Serán, éstos, perseguidos, llevados a juicio, condenados, por cualquier otra cosa: por haber corregido con violencia a sus hijos o a sus discípulos, por discriminar a los homosexuales, por matar a un perro…o por negar el “Holocausto”. En una palabra, por la comisión de algún “delito” inscrito en el nuevo código de la moral mediática masificada y en el decálogo de los derechos humanos”.
                                               Federico Mihura Seeber, “El Anticristo”

          En estas vacaciones me he dedicado a leer lo que en mi casa tengo sobre los mártires de los primeros siglos del cristianismo. Comencé releyendo Calixta de J.H. cardinal Newman, luego seguí con Fabiola de Nicholas cardinal Wiseman y ahora empecé con las Actas de los Mártires en la edición de Ruiz Bueno, de la BAC. Estas lecturas han constituido un bálsamo y un aliciente a mi golpeada fe que intenta, con la ayuda de Dios, seguir adelante en medio de los continuos golpes que recibe mi entendimiento y mi corazón de parte de los neo-paganos y de los hombres sin fe que gobiernan la Iglesia. Digo sin fe porque si la tuvieran no permitirían lo que permiten, ni se alegrarían de lo que Dios prohíbe.

         Imposible no hacer comparaciones entre nuestros actuales tiempos y la época en que la Iglesia se llenó de mártires en medio de las más cruentas persecuciones que ha enfrentado. Da vergüenza comprobar que nosotros somos unos católicos tibios, miserables, cobardes, faltos de fe que soportamos cómo se mancilla a Dios especialmente presente en la Eucaristía sin hacer casi nada. Vergüenza da comprobar cómo la jerarquía, desde el papa para abajo, tranza con el mundo neo-pagano y prende incienso – en nombre del ecumenismo -  a falsos dioses que nos están trayendo y nos traerán de modo más cruel, la ira de Dios. “Antes morir” - decían los mártires- “a reconocer a estos falsos dioses como dignos de recibir alabanza”.  “Nadie te lo va a recriminar” –les respondían- “nadie lo va a saber. Tú préndele incienso al Emperador y luego márchate a adorar a tu Dios.” “No, imposible, no puedo hacer eso. Prefiero morir a acarrearme la ira de Dios.” Así hacían los mártires y morían felices, sin considerarse dignos de aquel premio, por Dios. Hoy parece que ni siquiera el Vicario de Cristo está dispuesto a dar su vida por Dios. ¿Qué podemos pensar de alguien que frente a periodistas y al mundo en general, se burla y hace mofa dejando en ridículo a los que quieren vivir católicamente? ¿Han visto algo menos digno que un papa haciéndose el chistoso? ¿Un papa fotografiado teniendo como telón de fondo una idolátrica imagen de un dios pagano mientras coloca su mano sobre la Cruz de Cristo? ¡Impensado para aquellos primeros cristianos!

                             

       Los obispos y papas de los primeros siglos eran ejemplo de piedad y de virtudes cristianas en general para sus fieles. Estos últimos eran confortados en sus sufrimientos por estos pastores que estaban dispuestos a ser descubiertos  ya ser  muertos antes de dejar abandonados sin doctrina y  sin sacramentos a sus hijos espirituales. Nosotros por el contrario parece que estamos abandonados por quienes debieran confirmarnos en la fe. En lugar de llamar a la conversión, se anima a los no católicos a seguir con y en sus errores, en sus falsas religiones. ¿No se deberá eso a que simplemente se ha perdido la fe en la Iglesia? Vemos como en vez de llamar a la conversión a los pecadores públicos, como los sodomitas y transexuales, se les bendice y se los considera objeto de derecho, y más grave aún, se les anima a seguir con sus desviaciones.  Antes morir a ultrajar y cometer un sacrilegio a nuestro Señor presente en el Santísimo Sacramento…ahora quieren inventar subterfugios para permitir que los divorciados vueltos a juntar comulguen.  ¡Con cuánta delicadeza y piedad era tratado por estos cristianos de los primeros siglos nuestro Señor Sacramentado!. Algunos fieles cristianos lo tenían en sus casas para poder resistir a la persecución y el martirio, y en sus moradas ocupada el lugar de honor, escondido envuelto con las mejores joyas y telas. Hoy pasa de mano en mano sin el más mínimo respeto, sin la más mínima devoción.

        Jamás estos fieles hubieran podido conservar su fe si hubieran tenido pastores y sacerdotes como los que sufrimos nosotros. Aún quedan buenos pastores y buenos y santos sacerdotes, pero cada vez  que éstos levantan la voz para defender los derechos de Dios son acallados y la mano de la autoridad  eclesiástica, que quiere quedar bien con el mundo y con los enemigos de Cristo o pretende alcanzar algún “premio” curial, cae sobre ellos sin misericordia por haber sido fieles a su vocación, fieles a Cristo y  a su Iglesia.
        Mi ciudad natal, Viña del Mar,  es un afamado balneario que en esta época estival se repleta de turistas y todo está colapsado. Cuando viajo con mi familia a misa los domingos a Valparaíso y pasamos por Viña vemos a multitudes de personas haciendo ejercicios, trotando junto a las playas, vestidos holgadamente, tal holgadamente que da vergüenza ajena. Niños y adultos  que ya no recuerdan que el domingo es el día del Señor y por tanto no se acuerdan de Dios y menos de la misa. Contemplo a estos pobres neo pagamos y me siento tan extraña,  que he llegado a la conclusión que vivimos tiempos similares a los de los primeros cristianos con la salvedad que en este rincón del mundo aún no sufrimos la persecución cruenta. Eso sí, sufrimos otro tipo de padecimiento: el de sentirnos viviendo con un rechazo psicológico frente al mundo neo-pagano que nos rodea. ¿Qué porcentaje de católicos va a misa y sabe que no ir a misa es pecado mortal? ¿El 2%? 

Viña del Mar en verano
            El ideal del pagano romano corriente de aquellos primeros siglos era: “pasarlo bien que la vida es corta”. Disfrutar al máximo antes que nos pille la muerte. Volcarnos a los placeres más aberrantes, a las orgías y comilonas. ¿Acaso no parece ser  hoy el ideal del hombre moderno? El antiguo romano carecía del concepto cristiano de pecado y no había recibido la influencia de una sociedad cristiana. EL hombre moderno occidental de alguna forma es heredero del cristianismo y ha conocido de alguna manera el concepto de pecado, por lo que tiene mayor culpa al desconocer voluntariamente que aquello que hace está mal. El neo-pagano moderno vive para gozar la vida. Aplica una moral de buena convivencia, pero su moralidad interna es  la un hedonista que le rinde culto al cuerpo. No le interesa conocer la Verdad, porque para él no existe, y por tanto Dios les ha cerrado sus entendimientos por no querer buscarlo. Y cito a Belloc:  “Un hombre que se dirija cuesta arriba podrá estar al mismo nivel de otro hombre que se dirija cuesta abajo, pero ambos se hallan frente a caminos diferentes y tienen destinos diferentes. Nuestro mundo, que ha partido del antiguo paganismo de Grecia y Roma hacia la consumación de la Cristiandad y de una civilización católica de la que derivamos todos, es la negación misma de este mundo que abandona la luz de su religión ancestral y se desliza de vuelta hacia la sombra.” Las grandes herejías, Editorial Vórtice, pág. 208.

         El hombre moderno es un hedonista ególatra individualista que tiene la edad emocional de un niño de cuatro años - no su inocencia - sino sus mañas: mío, mío, todo es mío. Soy dueño de mi cuerpo, de mi tiempo, de mi vida y todo lo que se interponga frente a mi anhelos debe ser eliminado y combatido.

          Son tiempos difíciles para nosotros que intentamos agradar Dios y ganarnos el Cielo. Dios sabrá qué nos conviene para alcanzarlo, y no nos queda más que pedirle que nos dé la fuerza; que nos ponga en el camino a sacerdotes valientes y amantes de su Dios; y que aquellos que estamos en comunión de fe y de doctrina nos mantengamos unidos y consolados los unos con los otros, al igual que los primeros cristianos, para soportar los duros embates del enemigo. Alimentémonos con el Cuerpo de Nuestro Señor, oremos más que nunca los unos por los otros, y alimentémonos con los buenos libros de aquellos que nos han precedido en el tiempo. Recemos por los buenos sacerdotes para que sigan fieles y estén alegres en el Señor por tener el privilegio de sufrir al igual que su Maestro.

Padre Santiago González, Fundador de Adelante la Fe
         No estén desanimados ni tristes. Claro que duele ver cómo los que debieran representar la Voz de Dios le hacen el favor al demonio y al mundo. Pero ya está anunciado en el Evangelio y ya lo hemos citado antes: “Cuando estas cosas comenzaren a suceder, cobrad ánimo y levantad vuestras cabezas, porque se acerca vuestra redención”. (Lucas, 21, 28) No sabemos ni el día ni la hora en la que Cristo vendrá en su Parusía, pero sabemos que vendrá y esto debe animarnos.