viernes, 30 de marzo de 2018

Las siete palabras, nuestro amigo, crucificado, por Mgr. R.H. Benson, parte 1 de 3


1.- “Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen”

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  Nuestro amigo ha subido al Calvario; sus verdugos le despojan de las vestiduras y le tienden en la cruz que Él ha cargado desde el atrio del pretorio; después, eligen y preparan los clavos…Jesús, extendido en la cruz, siente las miradas despectivas de quienes le rodean, y también las de todos los que los seguirán: ese número incontable de almas que Él desea hacer suyas. Y mientras le clavan, profiere su primera palabra: “Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen”.

¿Es posible hablar así? Incluso ¿puede afirmar el amor divino que “no saben lo que hacen”? Cristo vivió tres años como servidor y amigo de todos, socorrió a cualquiera que se le acercara, dio de comer al hambriento, sanó al enfermo, libró del demonio al poseso. No se sabe de nadie que recurriera a Él y fuera rechazado. Tanto los que el mundo consideraba como depreciables ruinas humanas, el publicano y la prostituta, como los que habían perdido toda relación con los demás, encontraron un amigo en Él. Todo esto era innegable; más aún, era del dominio público. Imposible pretender que el mundo rechazaba a Cristo porque Él hubiera rechazado al mundo; imposible alegar que el mundo ignoraba su generosidad y grandeza de corazón. Fue el amigo de todos. Sus enemigos sólo pudieron aducir un motivo: no era amigo del César.

Pero no sabían que quien había obrado así era su Dios; que quien había sido tan tierno con las criaturas era su Creador; que al que tenían en sus manos era el Señor de su vida. Creían que se la quitaban, sin comprender que Él mismo la entregaba. Creían que acababan con una serie de favores que les irritaban, sin saber que estaban cooperando con la plenitud de la gracia.

No sabían lo que hacían.

Sabían que condenaban a un amigo humano, pero no a un amigo divino.

Sabían que pecaban contra todas las reglas de honradez, de gratitud y de justicia.

Sabían, como lo supo Pilatos, que mataban a un justo, que estaban vertiendo sangre inocente sobre sus propias cabezas.

Pero no sabían que estaban crucificando al Señor de la gloria, que estaban tratando de acallar la palabra eterna.

En su favor se puede decir: “Conocían el horror, pero no todo el horror de lo que hacían. Así pues, perdónalos, Padre”.

“Como era en el principio, ahora y siempre”. Jesucristo, es el mismo ayer, hoy y siempre. En el mundo hay una sociedad, la Iglesia, en la que Jesucristo vive eternamente, y esta sociedad, como el mismo Cristo, es divina y humana al mismo tiempo. Está comprometida en obras divinas y humanas y, como el mismo Cristo (y como toda empresa en favor del bien), es víctima de sorprendentes ingratitudes. De nuevo en nuestros días – como hace cuatro siglos en Inglaterra, o en Roma hace diecisiete -, la Iglesia se ve amenazada por los mismos a los que trata de llevar consuelo y salvación.
Y es imposible decir que, en parte por lo menos, los hombres no saben lo que hacen.

Saben que la civilización europea se apoya en cimientos cristianos.

Saben que, muchos siglos antes de que el Estado soñara con hacer lo mismo – y antes, ciertamente, de que existiera un Estado -, la Iglesia dio de comer al hambriento, enseñó al ignorante, acogió al proscrito e hizo tolerable la vida a los desdichados.

Saben que la Iglesia fue la madre de los ideales, del arte más noble y de la belleza más pura. En todos los países de Europa se usan hoy, con fines seculares, edificios que ella construyó para el culto a Dios.

Saben que la moral de los hombres encuentra su sanción definitiva en la enseñanza de la Iglesia, y que donde impera su doctrina desaparece el crimen.

Y una vez más, se la acusa de no ser amiga del César, es decir, de ningún sistema que organice la sociedad de espaldas a Dios.

Sin embargo, el amor divino puede, gracias a Dios, continuar intercediendo por los hombres, unos hombres que no son conscientes del tremendo horror de lo que hacen. Y es que ignoran que esa Iglesia es la amada, la esposa del Hijo; que es esa ciudad eterna que “desciende del cielo” y que, a través de los sufrimientos de los suyos, aplica el sacrificio de Jesucristo por los pecados de los mismos que lo crucifican.

Saben que ultrajan a la justicia humana; que tratan a una comunidad universal como no lo harían con nación alguna; que están quebrando la rama que los sostiene.

Ignoran, por otra parte, que la justicia humana es un derecho divino; que esta sociedad es un cuerpo que reúne no sólo las vidas de los hombres, sino la vida encarnada de Dios; que están asesinando, no a un profeta ni a un siervo, sino al Hijo Unigénito de Dios.

Por último, Jesús ruega por nosotros, puesto que, en nuestra insensata ignorancia, también hemos pecado. Los católicos hemos recibido tesoros de verdad y de gracia, pero no siempre los hemos transmitido al mundo que nos rodea. Nos acusamos de un poco de tibieza y de pereza, de algo de avaricia, de cierta falta de generosidad. “Sabemos lo que hacemos” en parte; sabemos que no somos fieles a las inspiraciones divinas; que no hacemos todo lo que podríamos; que pecamos de amor propio, de un poco de rencor, de cierta disculpable cólera…Confesamos todas estas cosas y recibimos fácilmente la absolución.

Y aún así, no sabemos lo que hacemos.

No sentimos la urgencia de la necesidad de Dios, ignoramos la trascendencia de los asuntos que ha dejado a nuestro cargo, el tremendo valor de cada alma y de los actos, palabras y pensamientos que ayudarían a decidir su destino. Desconocemos la tensa expectación con la que el cielo observa nuestras veleidades.

Ignoramos las oportunidades concretas en las que se ocultan los gérmenes de nuevos mundos, que pueden nacer para Dios o desaparecer en embrión por culpa de nuestra negligencia.

Robamos las joyas que nos entrega y olvidamos que cada una de ellas merece el rescate de un rey.

Jugamos como niños en un jardín, pisoteando las flores que Dios puede reemplazar, pero nunca reparar.

Si pudiéramos, veríamos a Jesús a nuestro lado, mostrándonos las señales de su pasión y esperando un “consolador” que “no encuentra”. Está a nuestro lado, y nosotros charlamos distraídos, mientras recorremos el camino donde tiene lugar la tragedia; donde, entre el cielo y la tierra, descendido del uno y rechazado por la otra, cuelga nuestro Dios, al que tratamos como a nuestro esclavo y que desea ser nuestro amigo.

Padre, por la plegaria de Tu Hijo crucificado, perdónanos también, porque no sabemos lo que hacemos.

Sin embargo, lo más sorprendente es nuestra ignorancia en todo lo que se refiere a la vida espiritual. Como cristianos, tenemos la continua experiencia de encontrarnos con un Dios que busca nuestra amistad. Son muy pocos los que, al menos una vez en su juventud – o quizá en la edad madura -, no han advertido que Cristo pretende algo más que una obediencia formal o una adoración meramente externa. Su deseo es entablar con ellos una amistad que signifique el inicio de una conversión interior.

Para cualquier cristiano, es una experiencia maravillosa descubrir el conmovedor hecho de que su Dios es también su amante. Pero después, como suele suceder en el amor humano, el romance se agosta, y el alma que pocos años antes todo lo centraba en Cristo, que cambió su vida para crecer más y más en la identificación con su amigo; que se entregó a la piedad como tarea prioritaria; que concentró sus intereses, sus emociones y su saber solamente en Él; que inició una vida nueva y un nuevo modo de obrar; que, a la luz de Su presencia, se deshizo de sus pecados casi sin esfuerzo…Esa alma, cuando con el paso del tiempo se inicia en ella el proceso de la vía purgativa, cuando se agota la imaginación o la madurez embota las intensas emociones de la adolescencia, o cuando los monótonos sucesos de cada día centran por completo su atención, como el único tema de interés, esa alma, en lugar de aferrarse a la fe, en lugar de tratar de apoyar en Él su debilidad, renuncia a la gozosa realidad de su relación personal con Cristo y considera que Él y su amistad son fruto de aquellas ilusiones que, normales en los primeros años, desaparecen con la experiencia. Continúa satisfecha de tratarle como a su Dios, como al ideal de la humanidad, como al salvador de los hombres, pero no como al amante que le desea entre miles, como al príncipe que la despertó con un beso y al que, desde entonces, pertenece plenamente.

¡Y aun así, suele saber lo que hace! Quizá lo lamente un poco. Piensa que lo perfecto habría sido perseverar, incluso envidia ligeramente a los que han perseverado. Sabe que fue deseada, pero no sabe cuánto. Y no sabe que ha perdido la posibilidad de alcanzar la santidad; que ha desperdiciado mil ocasiones que no volverán. Y no sabe que, si no fuera por la misericordia divina, habría perdido ciertamente incluso la posibilidad de salvarse.

2.- “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”

Ha transcurrido aproximadamente una hora…

Las burlas y las blasfemias de los dos ladrones en el suplicio se han convertido en lamentos, y los lamentos en el silencio de la extenuación. Y en el silencio han obrado la gracia de Dios y los recuerdos del pasado.

Uno de los condenados, absorto en su sufrimiento, se retuerce cambiando de postura para intentar aliviarlo. Por otra parte, percibe que junto a él hay algo más que su propio dolor, que ese dolor no es el principio y el fin de todas las cosas. Cegado por la sangre, las lágrimas y el polvo que levanta la encrespada muchedumbre, vislumbra al que cuelga en medio de ellos. Su compañero también lo ha visto, sin embargo, considera la paciencia de Jesús como un reproche a su propio tormento…” ¿Acaso no eres el Cristo? Sálvate a ti mismo y a nosotros”. Pero Dimas ve más allá del horror y la tragedia; quizá ha oído la primera palabra que el reo pronunció mientras los clavos le atravesaban la carne; y apoyándose en este detalle – o en algún otro – su mente oscurecida, la mente de un niño salvaje, empieza a discurrir.

Y en una misteriosa operación sobre esa mente cegada y obtusa, la gracia empieza a brillar como la luz en un sucio tugurio…Nuestra teología no enseña casi nada sobre ese proceso divino. Sabemos muy poco de su itinerario y sólo algo de sus efectos. Hemos extraído algunas conclusiones, pero no más. No obstante, sí sabemos una cosa: aquel hombre no pensaba únicamente en sí mismo; aún llevaba en su interior la suficiente receptividad a la gracia.

Poco a poco, la verdad (no osamos decir toda la verdad) empezó a abrirse paso. En las miradas que iban, venían y volvían, la mente oscurecida empezó a captar el hecho supremo que aquellos sabios fariseos ignoraban: que el criminal no era sólo una burla, que el letrero de la cruz iba más allá del desprecio…Cuando la gracia está presente, el dolor es un extraño mago, un iniciador en secretos, un sacerdote que dispensa misterios, unos misterios desconocidos para el que no ha sufrido.

Por lo menos, sabemos que el ladrón habló por fin - ¡un milagro mayor que el de la burra de Balaam! -, que un asesino descubrió al Señor de la vida, que un embustero dijo la verdad, que un proscrito se rindió a su rey: “Señor, acuérdate de mí cuando estés en tu reino”.

Pide, por lo tanto, lo último que podría pedir: que ese rey que algún día entrará en su reino se acuerde de un tal Dimas, aquél que en una ocasión padeció a su lado. Ya no expresa la duda, “Si eres el Cristo…”, sino que le llama Señor rotundamente. Ya no le pide alivio: “sálvate a ti mismo y a nosotros”, sino un recuerdo en el futuro. Quizá algún día, en cualquier momento, recordará…

Y tras las palabras, viene el milagro, un milagro que se produce siempre que un alma humillada ocupa el último puesto. En cuanto aprendemos a reconocernos siervos, ocupamos el lugar de los amigos y recibimos ese nombre: “Amigo, sube más arriba”, “No os llamaré siervos, sino amigos”. Porque Él es el único rey “a quien servir es reinar”, cuyo servicio es la libertad perfecta. “Hoy estarás conmigo en el paraíso”.

Nos encontramos aquí ante una de las más profundas leyes de la vida espiritual y una de las más difíciles de aprender porque, como todas las leyes fundamentales de la gracia, se presenta como una paradoja: “Si alguno quiere ser el primero, hágase el último y el servidor de todos”. “El que se humille será enaltecido”.

Ahora bien, mientras el ego domine nuestra alma, nos veremos instintivamente inclinados al amor propio, aunque esté disfrazado de amor a Dios. Ciertamente, un alma puede llegar al cielo si lo desea perseverantemente; pero es también cierto que el amor propio le impedirá alcanzar un lugar elevado y, menos aún, la posición de un amigo íntimo de Cristo en la tierra. Es decir, mientras reine nuestro yo, mientras no lo rechacemos y crucifiquemos, el alma no podrá ser – en el sentido más elevado – discípula de Cristo. Generalmente, proyectamos nuestra vida espiritual tratando de mejorar, de progresar, de realizar algo por Dios, de hacernos indispensables, en cierto modo, para la causa divina. Ponemos en las cosas espirituales el mismo afán de emulación y la misma ambición que nos llevarían al éxito en los negocios humanos. En cierto modo, tratamos de imponer nuestra amistad a Cristo e insistir en esa relación en la que hemos puesto todo nuestro empeño. Intentamos acomodar a la nuestra la voluntad divina, y alcanzar nuestra unión con Dios procurando que sea Él quien cambie y no nosotros.

Y, por supuesto, fracasamos lamentable e ignominiosamente. Para ir bien en el terreno espiritual debemos transformar nuestro comportamiento. Ciertamente, “bienaventurados los que tienen hambre”; son bienaventurados por tener ese afán. Pero es un afán que debe llevar no a la autoafirmación, sino a la negación de sí mismos. “Bienaventurados los mansos!, “bienaventurados los pobres de espíritu”, “bienaventurados los que lloran”.

Y una vez más, aunque aspiremos a vivir una vida cristiana, la falta de visión sobrenatural nos hará sentirnos desalentados y descorazonados. No avanzamos y, aunque no renunciamos a la búsqueda, empezamos a desfallecer.

Y, de repente, el alma hace un descubrimiento deslumbrador. Por primera vez, quizá, ve su auténtica imagen en los ojos de la faz desvelada de la humanidad. Después, los descubrimientos se suceden velozmente. En primer lugar el alma comprende que no merecía la pena poner el corazón en su propio yo; se da cuenta de que ninguna de sus buenas acciones anteriores fueron auténticamente buenas; que las que eran fruto de una mera generosidad natural procedían del amor propio; que cuando adelantaba, lo hacía en la dirección equivocada; que estaba acumulando méritos escasamente meritorios; que se decía que agradaba a Dios con unas acciones en las que se buscaba a sí misma; en fin, que, después de todo, aquel progreso se había limitado a un aumento de su egocentrismo, y que el dominio de sí que había adquirido gracias a sus esfuerzos era una “victoria fracasada” (en palabras de San Agustín). Había estado luchando por conquistar a Dios en lugar de rendirse a Él.

Entonces el grito surge espontáneamente: “Señor, acuérdate de mí cuando estés en tu reino…Señor acuérdate de mí…no me dejes ser tal y como soy cuando alcances el poder y reines incluso en este corazón que durante tanto tiempo se rebeló contra ti. Acuérdate de mí cuando tenga lugar el acto supremo de amor y la naturaleza humana se someta a la divina… ¡Amado Jesús, en ese día no seas un juez para mí, sino mi salvador!”
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Y entonces, paradojamente, todo se le concede. Y en ese instante el alma obtiene todo lo que desea. En su oración pedía aprender a servir, y al expresar su plegaria se encontró sabiendo reinar: había aprendido la lección de Aquél que tomó la forma de un siervo, del que era manso y humilde de corazón. Y en ese instante, el alma siente que Él la rodea con sus brazos, la besa en los labios y le dice al oído; “¡Hoy estarás conmigo en el paraíso!”. Sube más arriba, desde mis pies a mi corazón, amiga mía. Ahora que, por fin, te entregas a mí, yo me entrego a ti. Tomas mi mano y ven conmigo, tú, que deseas seguirme…y caminaremos juntos por el paraíso”.

Amistad de Jesús con el arrepentido. Hasta ese momento sólo tres íntimos estaban junto a la cruz de Jesús: a un lado María, la Madre inmaculada, con Juan, el discípulo amado; al otro, Magdalena, purificada y anegada en llanto. Ahora, se ha unido a ellos el ladrón de corazón destrozado, el que quiso servir y por lo tanto, mereció reinar…Y también él espera ya en el paraíso.

lunes, 26 de marzo de 2018

La agonía de Getsemaní, por John Henry cardinal Newman


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          Allí se encontraba el Salvador del mundo, arrodillado en aquella hora terrible - después de renunciar a la defensa de su Divinidad y a los ángeles que, a millones, estaban dispuestos a escuchar su llamada -, abiertos sus brazos y descubierto su pecho, puro como era, ante el asalto de su enemigo, cuyo aliento engendraba pestilencia y cuyo abrazo significaba agonía. Allí estaba de rodillas, inerte y quieto, mientras el repugnante y vil espíritu cubría su alma con un vestido saturado de todo lo que es odioso y horrible en la conducta humana, un vestido que llegaba a su corazón y llenaba su conciencia, que se extendía hasta cada sentido y rincón de su mente, y le infectaba con una lepra moral, hasta hacerle sentir que era lo que nunca podía ser: el pecador que su enemigo pensaba haberle hecho.

          ¡Qué angustia sentiría cuando se contemplara a Sí mismo y no se reconociera al verse como un abyecto y miserable pecador, con la percepción intensa de una masa de corrupción que venía sobre su cabeza y alcanzaba los bordes de su túnica! ¡Qué desconcierto, cuando encontrara que sus ojos, manos, pies, labios y corazón eran como miembros del maligno, y no de Dios!

       ¿Son éstas las manos del inmaculado Cordero de Dios, antes inocentes pero ahora enrojecidas con mil bárbaros hechos de sangre? ¿Son éstos sus labios, que no dicen oraciones ni alabanzas y parecen mancillados con juramentos y blasfemias? ¿Son éstos sus ojos, profanados por feas visiones y espejismos de idolatría, con los que los hombres han  abandonado a su Creador? Sus oídos  estallan con un griterío/de rebeldía y tumulto. Su corazón se hiela con la avaricia y la crueldad. Su memoria está cargada con todos los pecados que se han cometido desde la caída original en todas las regiones de la tierra, con el orgullo de los antiguos gigantes, la concupiscencia de las cinco ciudades, la obstinación de Egipto, la ambición de Babel y la ingratitud del pueblo elegido.

      ¿Quién no conoce la angustia de un pensamiento turbador que, a pesar de ser rechazado, vuelve una y otra vez, para confundir si es que no puede dominar?¿Quién no sabe de alguna odiosa y enfermiza imaginación, extraña a la persona, pero impuesta a la mente desde fuera, o de perversos conocimientos que se pagaría un gran precio por olvidar?

       Adversarios como éstos te rodean, bendito Señor, a millones. Te asaltan en grupos más numerosos aún que las langostas y las plagas de animales que un día invadieron Egipto. Se acumulan aquí todos los pecados de vivos y muertos, de hombres que todavía no han nacido, de salvados y réprobos, de tu pueblo y de pueblos lejanos, de pecadores y de santos. Los que más amas, tus Apóstoles y elegidos - Pedro, Santiago y Juan _, se encuentran junto a Ti, pero no como consoladores, sino para acusarte, como los amigos de Job, "arrojando polvo hacia el cielo" y apilando maldiciones sobre tu cabeza.

         Sólo falta una persona: la Virgen María. Porque ella, que no tenía pecado, era la única que podía consolarte, y por eso no se encontraba allí. Aparecerá más tarde junto a tu Cruz, pero no está en Getsemaní. Ha sido tu asociada y confidente durante toda la vida; ha intercambiado contigo limpios pensamientos a lo largo de treinta años. Pero sus oídos y corazón virginales no pueden ahora escuchar ni concebir lo que Tú ves. Sólo Dios es capaz de llevar este peso.

        Alguna vez has llevado delante de tus santos la imagen de un pecado, quizás solamente un pecado venial, tal como se muestra a tus ojos, y ellos nos han manifestado que la visión les habría aniquilado si no hubiera sido retirada inmediatamente. La Madre de Dios, en razón de su santidad, no habría  tolerado ni siquiera una parte de esa innumerable progenie maligna que te oprime.

        Es como la larga historia del mundo, que únicamente Dios puede soportar. Esperanzas destruidas, advertencias despreciadas, votos violados, oportunidades perdidas; inocentes traicionados, penitentes relapsos y justos vencidos; la sofistería de la incredulidad, la arrogancia de la pasión, la obstinación del orgullo, la tiranía del hábito, el cáncer del remordimiento, la fiebre agotadora de la concupiscencia, la angustia de la desesperación; semblantes miserables de la víctimas de la rebeldía libre contra Dios: todo está ahora ante Él, sobre Él y dentro de Él. Ocupa el lugar de aquella paz inefable que ha habitado en su alma desde el momento de su concepción. Está sobre Él y parece pertenecerle como propio.


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        Jesús se dirige suplicante al Padre como si fuera el criminal y no la víctima. Su agonía toma forma de culpa y de compunción. Está haciendo penitencia. Parece llevar a cabo una confesión. Ejercita la contrición con un realismo y una virtud infinitamente mayores que los de todos los santos y penitentes juntos, porque es la única víctima por todos, la única satisfacción, el verdadero penitente: es todo menos el auténtico y real pecador.

        Se levanta pesadamente de la tierra y se prepara para recibir al traidor, que se aproxima con rapidez en la oscuridad. Se vuelve, y he aquí que hay sangre en su túnica y en las huellas de sus pasos. ¿De dónde vienen estas primicias de la pasión del Cordero? Ningún latigazo ha tocado todavía sus hombros, y ningún clavo ha rozado sus manos o sus pies. Hermanos míos, ha sangrado anticipadamente. Ha vertido sangre, y fue precisamente su espíritu en agonía el que rompiendo la textura carnal ha causado este admirable derramamiento. Su pasión ha comenzado desde dentro. Aquel corazón atormentado, sede de ternura y amor, comenzó finalmente a fatigarse y a latir con una vehemencia superior a sus energías naturales. "Saltaron todas las fuentes del gran abismo"(Gen. VII, 11). Los rojos causes fluyeron tan copiosos y violentos que desbordaron las venas, y estallando a través de los poros de depositaron sobre su piel a la manera de un espeso rocío. Luego, en forma de grandes y pesadas gotas, corrieron hasta empapar el suelo.

        "Mi alma está triste hasta la muerte" (Mt. XXVI, 38), exclamó el Señor. Se ha dicho que la terrible pestilencia que padecemos empezó con la muerte, para significar que no tiene etapas o momentos críticos, que toda esperanza se esfuma cuando llega, y que lo que parece su curso es sólo agonía mortal y proceso de disolución. Igualmente, nuestro Sacrificio de Expiación comenzó con esta pasión incomparable, y no murió en ella porque su voluntad omnipotente no permitió el colapso del corazón ni la separación entre alma y cuerpo, hasta haber sufrido en la Cruz.

       No había apurado aún el entero cáliz del que inicialmente se apartaba su debilidad natural. El prendimiento, las acusaciones, los escarnios, la prisión y el juicio, el ir de un lado para otro, los azotes, la coronación de espinas, la lenta marcha hacia el Calvario, y la crucifixión le esperaban todavía. Un noche y un día, hora tras hora, han de transcurrir lentamente antes de que llegue el fin y la satisfacción se complete. Cuando llegue el momento fijado y Él lo disponga con la fuerza de su Palabra, la Pasión, que comenzó por el alma, terminará también en ella. El Señor no murió de agotamiento corporal ni de dolor físico. Su atribulado Corazón se rompió, y Él encomendó su Espíritu al Padre.

                                                                 John Henry Newman, Discourses to mixed congregations.

martes, 16 de enero de 2018

Novedad editorial de R.H. Benson en español

         






Nuestro bien conocido Sergio Gómez Moyano nos vuelve a sorprender con una nueva traducción de Monseñor Benson. Esta vez es el Libro de Ensayos. Es una publicación independiente que puede ser adquirida a través de Amazon. Les dejo abajo el enlace del blog de Sergio.



Un libro de ensayos», versión papel

Ya está a la venta la versión en papel de Un libro de ensayos de Robert Hugh Benson: https://goo.gl/VR7Whs
“Los “pensadores modernos” que o no creen en el mundo sobrenatural o piensan que está infinitamente alejado (temporal o espacialmente), y están al mismo tiempo absolutamente seguros de que todos los fenómenos de este mundo surgen de los poderes de este mundo, son igualmente razonables en su soberbio acto de fe.” (de Catolicismo y futuro en Un libro de ensayos)

viernes, 29 de diciembre de 2017

La Navidad de R.H. Benson en 1912.

Los dejo con un par de traducciones del padre Watt y del padre Martindale sobre la Navidad que se vivía en la casa de Hare Street. Espero que hayan ustedes tenido una Santa Navidad y que tengan un Feliz 2018 en la paz y tranquilidad de sus hogares.


“El día de Navidad era una de las grandes fiestas de la Iglesia que él acostumbraba a pasar en Hare Street, y le encantaba hacerla eclesiástica y socialmente memorable para el distrito. Él había planeado el día en base a cómo él quería pasarlo. Debía cantar la Misa del Gallo, y decir sus otras dos Misas a las ocho y media y a las nueve, y tocar el órgano y predicar a las once. En el servicio de los niños en la tarde él iba a estar tocando el órgano de nuevo. Él se me acercó con sus sugerencias (fue siempre muy cuidadoso de no aparecer tomando nada para sí mismo) y le sugerí que considerara su estado de salud y que tal vez sería mejor si se acostaba temprano, tuviera un buen descanso nocturno y dijera sus tres Misas en un horario razonable en la mañana y me dejara la Misa del Gallo a mí.  En su réplica a esto fue casi como un niño:

 “Si no me dejas cantar la Misa del Gallo, yo no predicaré para ti”.

Casualmente él ganó, o más bien casi ganó su punto, porque se decidió que no tendríamos la Misa del Gallo cantada, sino que él la rezaría y se cantarían unos villancicos antes y después de rezarla. Este arreglo le pareció bien y se fue de inmediato a ensayar los villancicos.

En la Víspera de Navidad un amigo en común, Mr. Joe Rooney llegó para pasar la Navidad con nosotros y para ayudar con los cantos y con el entretenimiento de los niños.

Después de la cena fui a mi habitación para preparar mi sermón, ya que yo iba a predicar en la Misa del Gallo. Un poco después de las diez R.H.B subió las escaleras lentamente, pues no estaba en condiciones de correr, y asomó su cabeza por mi puerta.

“Ya están llegando. ¿Voy a la iglesia a tocar para ellos?” Y entonces notando que yo estaba preparando mi sermón dijo: “Lo siento, espero no haberte molestado”.

Lo disuadí de su generoso deseo de tocar el órgano durante dos horas, y retornó a la sala de estar.
Un poco antes de la medianoche lo vi. Estaba haciendo los arreglos para la fiesta de los niños junto con el Sr. Rooney, y le anuncié:

“La capilla está llena, no necesitamos tocar la campana, ya que esto solamente va a molestará a los vecinos.” Yo sabía el efecto que esto tendría y no me desilusionó:

“¡Molestémoslos!” – exclamó – “Claro que los molestaremos, ya ellos harán suficiente jaleo con sus viejas campanas la próxima semana simplemente porque es el día de año nuevo. Es una cosa alegre y buena recordarles que el Salvador nació en Navidad.”

El hombre estuvo agónico durante toda la Misa del Gallo. En el Credo le sugerí que pasara de largo y que cortáramos el sermón.

“¡Oh no, no!” – dijo – “tú ya los has cortado suficiente”.

Después de la Misa, él subió las destartaladas escaleras hacia la galería donde está el órgano para tocar los villancicos.

En la mañana de Navidad fui hacia el comedor antes de mis Misas. Él estaba tomando desayuno y por primera vez mostró su “bandera blanca”.

“No puedo predicar hoy” – dijo – “Realmente no puedo. Lo siento muchísimo. Te daré un completo punteo de un sermón de primera si quieres”.

Yo también lo sentí, ambos, tanto por mi propio bien como por el de la feligresía, sin embargo, R.H.B no estaba en condiciones de predicar y era obvio que él debía de estar en cama. Pensé que tal vez él se acostaría y se lo mencioné.

“¡Oh no!” – dijo – “Yo debo tocar el órgano”.

Y lo hizo, aunque en los momentos de la Misa en los cuales él no estaba tocando, tal como lo supe después, él estaba tirado en el suelo con un agudo dolor.

Todos los niños, incluso algunos venidos desde lo más extremo de esta vasta parroquia, fueron reunidos en la capilla en la tarde de Navidad, donde tuvieron un servicio para ellos solos después de lo cual asistieron a un entretenido té en la casa de Hare Street. Después del té cada niño recibió un presente de parte de San Nicolás (Mr. Rooney estuvo con atuendo de Santa Claus toda la navidad) y así concluimos nuestra Navidad parroquial. La mezcla de todos los niños, ricos y pobres, en esta fiesta de Navidad fue muy feliz y un signo de verdadero catolicismo. Los niños lo disfrutaron inmensamente y yo imaginé a los adultos que habían logrado entrar con uno u otro pretexto disfrutarlo muchísimo, pero nadie lo disfrutó más que el lastimado anfitrión.


(…) Ya he escrito en extenso acerca de las fiestas de Navidad para los niños en Hare Street, pero aún bajo el riesgo de repetirme, haré de nuevo mención de ellas porque comenzaron no solo con la idea de mantener unidos a los niños e incluso sin ese objetivo primario. El objetivo primario fue colocar a la más popular fiesta secular del año en su propio entorno religioso. Papá Navidad es al niño inglés un benevolente anciano caballero con el maravilloso don de descender por las sucias chimeneas sin dañar de modo alguno sus hermosas ropas. La idea de R.H.B. era que los niños vieran en el popular Papá Navidad al gran católico San Nicolás, los adornos y el maquillaje eran idénticos y los regalos eran distribuidos con la tradicional generosidad. El niño que, entrando al decorado comedor, exclamaba con la respiración sobresaltada: “¡Oh, Papá Navidad!, se iba al final de la fiesta abrazando un juguete al que vería, por largo tiempo, como el último regalo de San Nicolás.

La idea en su totalidad era hacer una convocatoria a los niños al modo en el que ellos quieren ser convocados. Y no es necesariamente el mismo llamado que se les hace en concordancia con los métodos recomendados por aquellos que han hecho un especial estudio a “el niño, sus hábitos e inclinaciones”.

Él esperaba hacer al catolicismo de los niños lo más parecido a como el francés ama a su país. No me refiero a un sereno y reposado beneficio emocional, sino a un amor que es fuego, un deseo apasionado por Dios; un amor que mostrará por sí mismo un deseo por la acción, un sentido del deber; un orgullo por la posesión; una especie de amor que no solamente hace buenas vidas católicas, sino que es un amor agresivo que se gloría de su catolicismo y de la propagación de éste.


                                 Reginald J.J. Watt, Robert Hugh Benson, Capitán del Ejército de Dios.


“Sin embargo, en sus fiestas de Navidad su hospitalidad triunfaba. La primera fue ofrecida en 1912 a los niños de la parroquia, y en esta fue prácticamente la única ocasión en la que él tomó contacto con la gente del lugar. Él no conocía a nadie alrededor y salía tan poco que el párroco local, con quien el padre Benson fue visto algunas veces, se preguntaba con frecuencia “quien era su compañero”. Desde luego, hubo un enorme té, y San Nicolás o Papá Navidad, quien era interpretado por el Dr. Sessions u otro amigo, aparecía repentinamente desde la nada. Hugh amaba estas mistificaciones, incluso el día de Navidad de 1912, cuando él estaba muy enfermo e iba a ser sometido a una operación en unos pocos días, “él trabajó en esta fiesta” -me escribió el padre Watt “de tal manera que uno se apasionaba al mirar”. Él siempre daba obsequios, cuidadosamente elegidos, para todo el personal de la casa y su gran círculo de amigos, y desde luego él recibía una inmensa cantidad. De nuevo el padre Watt:

 “Me temo que difícilmente apreciaba la mayoría de ellos. Recuerdo una vez que le llamé la atención acerca de uno que era realmente valioso y que estaba cada vez más golpeado. “No debería recibir regalos, no los aprecio” fue todo lo que dijo, tomó la cosa y la colocó en un armario. Pero si él no siempre apreciaba las cosas valiosas, él podía mostrarse considerablemente encantado con cosas pequeñas sin importancia. Una Navidad le di media docena de pares de calcetines. Él necesitaba algunos y él no se los iba a comprar. Siempre estaba necesitado de ropa. Él estaba diciendo la Misa de Medianoche, y yo estaba predicando. Después de mi sermón subí las escaleras y colgué todos los calcetines alrededor de su cama, una pequeña con cuatro postes que él mismo había fabricado. Alrededor de dos horas después fui despertado por él cuando entró corriendo a mi habitación. “Padre Watt, padre Watt, ¡qué espléndido regalo! Mire, los tengo puestos” [1]

Los hermanos Benson junto a  su madre y su nany 

Además de estos festivales de Navidad, estoy seguro que será la Misa de Medianoche, en la fragante capilla con su población de santos y ángeles haciendo sombras enormes en los yesos y en las maderas y en la estremecedora melodía del Adeste, lo que más permanece en la mente de aquellos que pasaron aquellos días en Hare Street.”

                                             C.C  Martindale, The Life of Monsignor Robert Hugh Benson


[1] Con todo este “desapego”, él se comportaba encantadoramente celoso con cosas pequeñas. Un amigo suyo le envió a uno de sus invitados un par de guantes. “Muy bonitos”, dijo él con brusquedad. Entonces, habiendo examinado su correo: “Ella no me ha enviado nada”. Pero llegó un segundo correo. “Muéstrame tus guantes” – gritó corriendo hacia el cuarto de invitados” – “¡Ah!” – exclamó con satisfacción usando los propios. “¡Los míos son mucho mejores!” Ahora bien, en lo que fuese que importara lo más mínimo, los celos o la mezquindad son lo que jamás pudiera ser soñado en conexión con Hugh Benson.

viernes, 24 de noviembre de 2017

El dolor, Mateo, no es un sinsentido.


                           "Entonces vuestra duda no consiste en si existe Dios o no, sino que no entendéis por qué permite el sufrimiento...¿Habéis pensado alguna vez en que  no es más que una inevitable consecuencia? Su causa está en que hay partes de un todo que permanecen separadas porque no se pueden juntar...La consecuencia es el sufrimiento. Cuando nos hacemos una herida y tejidos que debían permanecer juntos se separan, sentimos dolor. Cuando dos personas que se aman se separan, sufren, tienen pena...Tal es la consecuencia de la división".
                                                                                                         Louis de Wolh, La luz apacible.

Quien acepta el sufrimiento por amor ha resuelto prácticamente -  y no en abstracto - el problema del dolor.
R.H. Benson

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          Hoy fui con mi hijo mayor a caminar por las médanos que están enfrente de mi casa. Intento, dentro de lo posible,  salir a pasear a pie con alguno de mis hijos al menos una vez por semana.

      En cuanto él llegó del colegio a la hora de almuerzo y mientras comíamos juntos, noté que estaba especialmente silencioso lo que en él no es normal ya que la mayor parte del tiempo es un chico muy animoso y siempre tiene algún tema de conversación en la mesa convirtiéndose en el alma de la atención para sus hermanos. No quise importunarlo durante la tarde y esperé impaciente a que llegara el atardecer para invitarlo a salir. Entré a su habitación, la que comparte con uno de sus hermanos, y lo encontré recostado en su cama con las manos detrás de la nuca, con los audífonos del teléfono móvil en los oídos y con la mirada perdida en el techo. Le invité a caminar y ante mi insistencia - puesto que estaba sin ánimo para salir a una caminata - partimos bien abrigados porque en la cima del campo dunar, donde sopla fuerte el viento que viene desde el Pacífico, el frío cala los huesos.  Después de alcanzar la cima nos sentamos en el canto del médamo, donde se juntan ambos lados de la montaña de arena. Yo había llevado un par de cervezas para tomarlas mirando el océano. Le ofrecí una a mi hijo y por un buen rato nos quedamos en silencio tomando nuestras bebidas y mirando cómo el sol tocaba el mar en este hermoso atardecer de primavera. Tuve que romper el silencio porque mi hijo Mateo (sí, se llama igual que yo) estaba taciturno.

-  Siempre  tengo la esperanza escuchar un "shhh" cuando el sol toca el mar, o al menos hago el esfuerzo de imaginar el sonido en mi cabeza. ¿No te pasa a ti lo mismo, hijo? - Él se limitó a esbozar una sonrisa y aprovechó para cambiar de posición recostándose de espaldas en la arena. Y entonces, yo volví a la carga para obtener de él alguna pista sobre su silencio.

 - ¿Cómo te ha ido en el hospital Mateo? - le dije. Mi Mateo egresa la próxima semana del colegio y quiere estudiar medicina como mi padre y como mi hermano menor. Para que se vaya haciendo una idea de lo que significa ser médico mi hermano le propuso ir como ayudante una semana a las distintas áreas de un hospital haciendo una especie de pasantía en urgencias, psiquiatría, pabellones quirúrgicos, consultas, etc. Sin embargo, después de estar casi a punto de terminar su semana hospitalaria no nos había contado nada acerca de su prueba. - Supongo que tu nueva experiencia no te habrá hecho cambiar de planes con respecto a tu futuro.

- No, papá, es solo que estoy impactado por lo que he visto en el hospital. Desde fuera jamás me imaginé lo que ahí ocurre y me ha hecho pensar en algunas cosas. Me quedaron en la retina imágenes que no dejan de darme vueltas y vueltas en la cabeza.

- Pero ¿sigues con la idea de estudiar medicina.?

- Eso no ha variado. A diferencia de algunos de mis amigos que quieren ser médicos porque se harán ricos, yo quiero estudiar medicina porque me satisface ver que la gente sane gracias a mis cuidados. Veo al abuelo la dedicación que pone en su trabajo, el amor con que lo hace y eso siempre me inspiró, lo mismo que mi tío Sean.  Es solo que... - y volvió a guardar silencio y a suspirar sonoramente.

- Continua Mateo por favor, ¿es solo que?

- Es solo que no sé si seré capaz de soportar ver sufrir a la gente o si, por el contrario, me volveré con el tiempo un insensible, con una coraza que me va a convertir en un tipo incapaz de ponerse en los zapatos de mis pacientes. - Se volvió a sentar y mirando a la lejos me hizo la misma pregunta que viene haciéndose el hombre desde que nos convertimos en naturaleza caída. - Papá, ¿por qué Dios si es tan bueno y nos ama tanto permite que suframos? ¿Por qué permite que pasen cosas tan terribles? ¡Ay papá!, si te contara...hoy fui a psiquiatría, a la urgencia de psiquiatría y vi llegar a un paciente con un ataque de psicosis. Agredía a sus familiares porque creía reales unos insectos que decía le estaban atacando, y ellos no sabían qué hacer con él.. Además se había puesto grosero con ellos y con el personal del hospital. Los gritos eran atroces, y yo veía a  los familiares estresados y confundidos porque no sabían cómo poder ayudarle. Y ahí estaba yo de pie impactado, paralizado, viendo esta escena,  hasta que de pronto el enfermo me vio y en un descuido de los enfermeros se me acercó con no sé que intención. Se paró enfrente mío y comenzó a mirarme como si buscara en mi cara los mismos insectos que decía ver. No alcanzó a tocarme porque me obligaron a irme, pero yo seguí desde lo lejos mirando a este pobre hombre hasta que lo inyectaron un anti-psicótico y lo ingresaron. Tuve que sentarme un rato en el pasillo para salir de la impresión.


 Durante estos días he visto sufrir a niños, a ancianos y a gente joven de muchos dolores físicos, pero nunca me había tocado ver sufrir a alguien con una enfermedad de la mente y no puedo sacar de mi cabeza sus palabras, sus gritos, lo perdido que estaba de la realidad y lo doloroso que fue ver a su familia quedar con el alma abatida. ¡Me hubiera gustado tanto poder ayudarle de alguna manera!, pero no pude y no soporto ver sufrir a las personas si no soy capaz de hacer algo para confortarlas. ¿Por qué papá, por qué Dios permite tanta miseria? - En ese momento me dieron unas ganas enormes de llamar a mi hermano menor para agradecerle el haber llevado a Mateo a tener esta experiencia. Me pareció fantástico que mi hijo adolescente tuviera la ocasión de toparse cara a cara con gente que lo está pasando muy mal porque niños como los míos viven en una verdadera burbuja, muy protegidos y están bastante desconectados de la realidad que a diario sufren otras personas.

- El problema del sufrimiento es un misterio para todos, y muchos al igual que tú, nos lo hemos preguntado. Creo que es la gran pregunta que el hombre siempre se ha hecho y es uno de los argumentos que aducen para decir que Dios no existe, o que si existe es como un gran sádico que se goza de nuestros padecimientos.

- Y es comprensible que lo piensen porque el dolor es un sinsentido.

-No, no lo es, y voy a tratar de explicarte porqué.

- Me podrás dar una cátedra sobre el dolor, papá, pero una cosa es padecerlo y otra es estar tranquilamente hablando sobre él sentado con una cerveza en la mano mirando el mar. - me lo dijo con un tono bastante sarcástico y comprendí que su experiencia con el paciente psicótico lo había de veras afectado mucho.

- Es cierto, es fácil hablar cuando no estás sufriendo, pero tarde o temprano sufriremos y en el momento de padecerlo es necesario acordarse de lo que hemos pensado cuando estuvimos bien, de este modo podrás encausar el dolor y le encontrarás un fin. Cuando C.S Lewis escribió el Problema del Dolor lo hizo desde un punto meramente filosófico y teológico. Luego tuvo que sufrirlo personalmente cuando perdió a su esposa y ahí el mundo se le vino abajo. Después de sufrir la pérdida, de haber pasado por una noche oscura, él reflexiona sobre lo que le estaba pasando, busca las respuestas a este sufrimiento y entonces escribe Una Pena Observada, donde por el camino de la experiencia del sufrimiento llega a la misma conclusión que en su primer libro. Pero en fin, creo que son dos las preguntas sobre el dolor, ¿cuáles crees tú que sean?

- ¿Por qué existe el dolor? ¿Por qué Dios lo permite?

- Sí, me dijiste dos, pero en el fondo es una la que has preguntado. Una es el porqué y la otra el para qué, y son  preguntas con dos respuestas que se complementan. Tendemos a confundirlas, pero son diferentes. - justo en ese momento el viento levantó un remolino que nos hizo cubrirnos el rostro para no quedar con los ojos llenos de arena. El torbellino pasó sobre nosotros y cuando ya se había alejado, Mateo se levantó de su puesto y se acercó un poco más a mí con las manos cruzadas en las rodillas y el mentón sobre las mismas. Es el vivo retrato de su madre - pensé - tiene su misma mirada y su mismo cabello castaño.

- Yo no veo la distinción - me dijo después de un instante retomando la conversación - se confunden porque las dos van a las causas ¿o no?

-  Una pregunta por la causa y la otra por el fin.

- Me gustaría que no me respondieras como si estuvieras dando tus clases. Si puedes darme una respuesta simple a esto, papá, te lo agradecía mucho. Sé que es complicado y no ha de tener una respuesta fácil, si es que de verdad hay una respuesta.  Siento que me estoy volviendo loco con todo este asunto. Estando una tarde y una noche en urgencias viendo llegar cada caso, hizo que mi imaginación se quedara corta... ¿Cómo poder sacar de mi mente esos sonidos, esas imágenes? Durante toda esta semana lo único que he estado haciendo es dándole vueltas y vueltas a lo visto y oído y he comenzado a darme una única y fatal respuesta: injusticia. ¿Por qué hay gente buena y tranquila que está ahí postrada en una cama de una sala común, haciendo sus necesidades cómo puede con gran dificultad, mientras que otros, gente perversa, anda por ahí por el mundo haciendo de las suyas, haciendo sufrir a otros? - Comprenda, querido lector, que hablo con un chico de dieciocho años y que es normal que se haga estas preguntas. El cliché de "la gente buena que sufre" en este caso no era un mero cliché, sino que le estaba afectando de veras y muy profundamente.

- Mateo, hijito, el dolor desde el punto de vista meramente intelectual es un sinsentido - él me miró sorprendido con sus grandes ojos verdes completamente confundido ya que no esperaba de mí una respuesta como la que le estaba dando - Sí, porque la primera pregunta no te la puedo resolver simplemente dándote una explicación racional, porque no la tiene, y las posibles respuestas que se han dado a través del tiempo no son suficientes y no logran explicar esta aporía. Es casi imposible explicarle a un ateo o a un agnóstico que entienda porqué sufrimos, de ahí que las sociedades que han arrancado a Dios de su vida política comiencen a aprobar leyes como la eutanasia, porque no le ven sentido a tener a una persona sufriendo terriblemente. No logran entender porque para ellos la vida comienza y termina aquí, no hay esperanza, no hay salvación ni condenación, no hay nada, el dolor es un mal en sí. Pero  nosotros, católicos, por la fe que profesamos, y que nos ha sido revelada por el mismo Dios, sabemos que sufrimos porque el pecado provocó en nuestra naturaleza una ruptura, una división y cualquier división produce dolor. Cuando por el pecado el alma se separa de la Fuente de la vida, viene la muerte. La pérdida de la salud, produce dolor; la pérdida de los que amas, produce dolor; la pérdida de aquello que te causa deleite produce dolor, por tanto, siempre está relacionado con la división, con la experiencia del desgarro. La causa, el por qué que estás buscando, Mateo, está en el pecado. Cuando por un acto libre nos separamos de Dios en el paraíso, y con esta ruptura entró la muerte y el sufrimiento.

- ¿Y seguimos pagando las consecuencias hasta el día de hoy? ¿Cómo le explicas eso a alguien que está viendo sufrir a su hijo recién nacido que no tiene culpa de nada, que es una criatura completamente inocente.?

- Es inocente de sus pecados personales, pero lleva la marca del pecado original y es, al igual que todos nosotros,  naturaleza caída. ¿Cómo te explicas su sufrimiento? Aquí viene la respuesta a la otra pregunta. La respuesta al para qué.  El dolor tiene un para que, tiene un enorme sentido para nosotros  los cristianos que queremos imitar al Maestro. Porque Cristo siendo inocente tuvo que cargar el peso de nuestros pecados, y lo hizo por amor, para poder restaurar la ruptura, para unir lo que se había desgarrado por el pecado y a reconciliar al hombre con Dios. Así, Mateo, del mismo modo nosotros estamos unidos a la cruz para, como dice San Pablo, completar en nuestra carne lo que falta de la pasión.   - Mi hijo se agarraba la cabeza y yo notaba que estaba muy inquieto. Quizás mis argumentos no le hacían sentido, pensé, y si no le hacen sentido es porque hay algo en él que se está rebelando o su fe está siendo fuertemente probada. Le pregunté acerca de si se sentía molesto con lo que le estaba diciendo y él me respondió que él estaba consciente de que lo que yo decía era cierto y creía en ello, pero que de todas maneras el sufrimiento le chocaba y sobretodo, cuando venía sufrir a la gente que amaba o la que le tocaba atender. ¿Cómo podría darle respuesta a estos enfermos que no le ven sentido alguno?

- Tienes una tremenda oportunidad de hacer que tus futuros pacientes puedan darle un sentido a su sufrimiento, ¿lo sabes verdad? - No me dijo nada, sólo frunció el ceño y miró el sol que ya estaba a punto de desaparecer de nuestra vista. - Podrás con tus cuidados y palabras enseñarles a esos sufrientes que su padecimiento no es en vano y que si voluntariamente lo ofrecen a Dios estarán siendo merecedores de un enorme premio que jamás les podrá ser arrebatado. Les enseñarás que pueden unir su sufrimiento al de Cristo en la cruz.  Sacrificarse, renunciar voluntariamente por amor a Dios y por amor a los pecadores tiene un gran mérito ante los ojos de Dios. Sufrir por amor, ¿dime si no estarías dispuesto a hacer lo que sea, incluso a costa de tu propia vida, por amor? Si amas a Dios estarás dispuesto al sacrificio y a la renuncia. Los hombres seguimos pecando día a día y el dolor es una buena manera de poder ofrecer a Dios lo que sufrimos para de alguna manera reparar el daño que hacemos, salvarnos a nosotros mismos y colaborar en la salvación de otras almas. Este es el para qué Mateo, este es el sentido.

-Pero es algo que me cuesta mucho asimilar y poder transmitir, y hacerlo yo mismo por supuesto. Y además la mayoría de las personas ahora no cree en lo que me estás diciendo. Qué les voy a venir a hablar de los méritos del dolor para su bien espiritual si no creen e nada.- me dijo Mateo con algo de impaciencia en su voz.

- Predica con el ejemplo y poco a poco háblales del sentido de su sufrimiento. Pero primero consuela su dolor, alivia su sufrimiento. Por supuesto que no es fácil ofrecer el dolor a Dios, pero nadie que quiera ir al cielo puede ir por el camino fácil, requiere de querer hacerlo y de que Dios te otorgue la fortaleza y la perseverancia hasta el final, cosa que hay que estar siempre pidiendo. Y retomo la idea, hijo, el para qué es tanto para el que sufre, ya que con ello es capaz de lograr la remisión de sus faltas propias y de aquellas almas que más lo necesitan, pero también tiene un propósito para quienes acompañan a la persona que sufre. - Entonces Mateo comenzó a reírse, y yo le miré extrañado.

-Ja,ja,ja, eres el rey de las distinciones...según esto, según lo otro. El porqué y el para qué, el para qué del que  sufre, el para qué del ve al que sufre. Vuelves loco a cualquiera con tantas diferenciaciones. - yo le di un pequeño golpe en el hombro y noté que estaba ahora un poco menos tenso.

- En la vida hay que hacer muchas distinciones para no caer en  absolutismos y en falacias...en la vida y en lenguaje, es fundamental. Si pusiésemos más atención en hacer las debidas distinciones habría muchos menos mal entendidos. Cuando hablamos bajo distintos supuestos es cuando se producen los desencuentros. Bueno, te decía sobre aquellas personas que acompañan al que está sufriendo, y que de alguna manera también sufren. Ver sufrir a quien amas o por el que tienes alguna clase de afecto creo que es una de las situaciones más duras por las que alguien puede pasar, porque el dolor espiritual es peor que el dolor físico, y mientras más lo racionalizas y te centras en él, más duele. El dolor de ver a un cercano sufrir hace que el alma se compadezca, y la compasión está movida por el amor. El dolor mueve al amor, por eso te decía que para ti es una gran oportunidad. No debes quedarte paralizado frente al dolor. Muchos empuñan la mano y la levantan contra el Cielo porque no son capaces de ver que el dolor es capaz de redimir. El sufriente es otro Cristo que está esperando a que tú le ayudes y le ofrezcas lo mejor de ti.

                                  Resultado de imagen para musica para los enfermos

- ¿Practico la caridad  para hacerme sentir mejor a costa del sufrimiento ajeno? Me parece muy poco injusto ¿no?

- Estamos claros que el dolor está presente siempre en esta vida porque somos naturaleza caída. No se trata de dejar abandonado al que sufre por la tontera de decir que no lo vas a ayudar porque eso te hace sentir bien ya que te sientes útil y puedes entregar amor,  y me parece injusto que yo me sienta bien a costa del otro. Obvio que ver sufrir a alguien es doloroso, ver sufrir al que amas es angustiante para ti, pero a su vez cuando el que sufre ve que su dolor es compartido espiritualmente por otro ese dolor es más fácil de sobrellevar, y no al revés. Te lo digo por experiencia. Cuando he estado internado en el hospital y veo a tu madre sufrir, me duele que por mi culpa ella esté padeciendo tristeza y preocupación,  pero a su vez me consuela verla conmigo, sufriendo esta cruz juntos, eso es el amor. Ella tiene la ocasión de practicar la caridad conmigo, de consolarme, de acompañarme y de hacerse sentir querido. Recuerdo que en la Ética, Aristóteles dice que...- ahí me interrumpió de nuevo.

- Ahora me citas a Aristóteles, papá...no tienes remedio.

- Deja que termine y luego si no te parece, me contraargumentas. Buscas respuestas, trato de dártelas  y me largas puros argumentos ad hominen. Aprende a racionalizar.

-Lo siento, no quise ser pesado contigo. Estoy intentando armar en mi mente lo que me estás diciendo y a veces creo que vas más rápido que lo que mi pobre cabeza logra entender.

- Aristóteles decía que en las tristezas consuela la compasión del amigo. Sobrellevar cristianamente el dolor es más fácil cuando tienes a tu lado alguien que te entrega amor y que te habla de que sus padecimiento tienen un sentido. ¿Has llevado tu cello al hospital?

- No, no lo había pensado.

- Entonces pídele a mi hermano que te dé otra semana de práctica, llevas tu instrumento y le interpretas algunas piezas a los pacientes. Estoy seguro que la música les servirá como una excelente distracción y se sentirán mejor. Mucha gente está sola, no tienen quien los visite. Sentarse al lado de un enfermo en silencio y darle tu mano tiene un valor enorme. Sentirse querido y acompañado ayuda a su recuperación.

- Me parece, creo que llevaré el cello  y partiré tocándole  a los pacientes del psiquiátrico.

- Recuerda mirar en sus rostros el de Cristo, lo que hagas por ellos, se lo haces a Él mismo.

           Ya se hacía tarde y el sol se había puesto dando paso a una enorme luna que con su luz plateada alumbraba nuestro camino de vuelta a casa.

- Voy a sacar algo bueno de todo este sufrimiento, papá - me dijo cuando a grandes zancadas descendíamos por la pendiente de arena. -  Gracias por escucharme y por darme algo de luz. Tiendo a resistirme por lo repugnante que me resulta ver la miseria humana, pero también creo todo lo que me dijiste. Sé que hay un Bien mayor por el cual vale la pena pasar por estas pruebas, y te pido que me ayudes a nunca perder esto de vista.















viernes, 17 de noviembre de 2017

Aviso de la Misa Tradicional en Valparaíso

Con motivo de llevarse a cabo la elección presidencial, parlamentaria y de consejeros regionales este domingo 19 de Noviembre la Santa Misa Tradicional que se reza en Valparaíso será a las 9 de la mañana, y no en su horario habitual de las 13 hrs., a fin de facilitar a los fieles concurrir a las urnas a emitir su voto. 

miércoles, 8 de noviembre de 2017

Un nuevo mes de María en Chile



                                                                                       "Así, tanto si nos remitimos a la Tradición - esa memoria imperecedera de la Iglesia que continuamente nos ofrece "cosas nuevas y antiguas" -, como al relato escrito de la vida de aquella que tuvo tan gran tesoro a su cargo, encontraremos a María caminando siempre junto a Jesús. Si amamos a María adoraremos a Jesús. Si menospreciamos o desairamos a María, estaremos rechazando el don de Dios."
R.H. Benson, en La Amistad de Cristo

Como cada noviembre iniciamos en Chile el mes dedicado a nuestra Señora. Mes que culmina con la Solemnidad de la Inmaculada Concepción en diciembre. En muchas iglesias, capillas de colegio, parroquias, etc,  se escucha la oración para todos los días, tan antigua que ya es parte de la tradición y no me imagino un mes de noviembre sin el recuerdo de estos preciosos días en que aprovechamos para estar más unidos a nuestra Madre del Cielo rezando el "¡Oh María!,  durante el bello mes que os está consagrado todo resuena con vuestro nombre y alabanza....." 

Aprovechar para rezar en este mes de María...sí, y con más fuerza y devoción que nunca y las razones son muchas: 

Para dar gracias a Dios y a su Madre por los dones que nos otorga todos los días y que solamente apreciamos cuando ya no los tenemos. Se nos otorgan, sin ningún merecimiento de nuestra parte, no sólo dones materiales, sino también espirituales como el poder asistir a la Santa Misa Tradicional en una diócesis que tiene no una, sino tres misas tradicionales los días domingo. ¿En cuántas partes esta bendición no existe y se encuentra prohibida y hasta perseguida? Por eso es que tanto me indigna escuchar a personas que dejaron de ir a la misa tradicional en Valparaíso porque es lejos, porque se ubica en un barrio que no es el mejor o porque tiene un mal horario. Si no somos capaces de hacer este pequeño esfuerzo por amor a Dios, entonces no estamos hechos para virtudes heroicas. Demos gracias  entonces por la Fe, y pedimos para que Dios nos la fortalezca en medio de las tempestades.

Damos gracias también a Dios por nuestras familias y porque se mantenga la unidad y la concordia a pesar de nuestros enfados y enojos que, a fin de cuentas, son la mayoría de las veces por necedades, soberbias y orgullos estúpidos.

Y con especial preocupación pedimos a nuestra Señora en este mes por aquellos de nuestros amigos y conocidos que están alejados de la religión, por aquellos que simplemente no creen y que, siendo objetivos, están en un serio problema con respecto a su salvación eterna. Nuestra Señora en Fátima señaló que muchas almas se van al infierno porque no hay quien rece por ellas. Si bien la salvación o la condenación es por mérito personal, también nos cabe una parte de responsabilidad al no pedir en especial por la conversión  de los que nos son queridos. Tal o cual persona se pueden salvarse porque Dios en su gran misericordia escuchó nuestra oración y movió a esta alma a hacer un acto de contrición. ¿Cuántos habrá en el cielo que se salvaron por los ruegos devotos de quienes rezaron por ellos? Y a su vez, ¿cuantos habrá en el infierno porque nadie pidió por ellos?

Recemos por los que no lo hacen, por los que no creen ni aman ni esperan. Dolor me produce ver como cada día las iglesias están más vacías y Dios en el altar despreciado. Ahí, en ese pequeño sagrario arde de amor nuestro Dios y  Él está solo. Nuestro mundo sufre el olvido de Dios y por eso no debe extrañarnos ver cómo la sociedad se ha vuelto cada vez más perversa. No se puede construir nada bueno si le estamos dando la espaldas a Dios.  

Recemos por nuestra Patria, para que el manto celestial de la Inmaculada siga protegiendo a Chile de las calamidades naturales y nos libre de las calamidades políticas y de aquellos que quieren imponernos ideologías contrarias a Dios y a su Iglesia.

Recemos para que Dios se apiade nosotros y de los que tienen el corazón contrito.Y finalmente recemos para que en el último aliento nuestra Señora interceda por nosotros y nos conduzca al Cielo.

Frente a esta bella imagen estaremos rezando durante este mes, unidos a tantos hermanos que elevan sus oraciones al cielo.