miércoles, 3 de febrero de 2016

Postfacio del Padre Castellani a su traducción del Señor del Mundo, de R.H.Benson



He traducido este libro para una persona, y si ella lo lee, lo demás no importa, pero puede ser útil, si no me engaño, a muchos otros.

Qui scribit, bis legit, decían los romanos; bien pudieran decir: qui vertit, ter legit, el que traduce, lee tres veces…Quiero decir que traducirlo me ha sido extraordinariamente provechoso también a mí. Entre otras cosas, para traducir bien una obra maestra, hay que ir hasta el tuétano del pensamiento y de la técnica del artista; y se le revela a uno la delicada fábrica de ambos, oculta allá detrás.
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En julio de 1956, estando en Londres, busqué con afán las obras de R.H. Benson que aún no poseo, y un ejemplar bueno de “Lord of the World”, su obra maestra, que poseo en una edición barata (Hutchinson C°) hecha para los “Dominios”, sin fecha, mala impresión, mal papel, deplorable presentación…La búsqueda fue infructuosa; aparentemente las novelas del admirable novelista no se reimprimieron más; y en Foyles, la librería mayor del mundo, que tiene un stock de 1.400.000 libros de segunda mano, me dijeron que nos los encontraría. Supongo que los estragos de la guerra y el ambiente protestante de Inglaterra explican esto.

Este libro religioso, que para nosotros puede ponerse al lado del Pilgrim Progress de Bunyan y el Paradise Lost de Milton, tiene mala suerte. Juan Mateos Pbro., lo tradujo pobremente, por no decir mal, para Gili, de Barcelona, tomándose la libertad de hacerle añadiduras, y ésas, chabacanas, estropeando por ejemplo el § 3 del Cap. IV. Además, parece que antepuso al comienzo del “Prólogo” este pegote insolente: Los que son enemigos de prólogos fastidiosos, pueden omitir la lectura de éste, que no ingresa en la acción de la novela (cito de memoria), lo cual es falso, y es una broma pesada del autor; pues siendo éste un soberano artista, si el Prólogo fuese superfluo, lo hubiese omitido él mismo. Un artista no pone nada innecesario en su obra.

Una “editorial” de Buenos Aires tomó esta traducción y la reprodujo con los siguientes empeores: 1°) cambió el título del libro; 2°) omitió dos páginas de “la muerte de Mabel”, arruinando el Cap. IV del Libro Tercero; y 3°) suprimió tranquilamente el prólogo calumniado.

Yo no quería que esta obra se perdiera. La leí a los 15 o 16 años en la traducción de Mateos, y me hizo una impresión indeleble. Releída más tarde en el texto inglés, la juzgué una de las más interesantes de la riquísima novelística inglesa, superior a las de Wells como “novela anticipatoria”, comparable a las de Meredith en estudio psicológico y pulcritud de forma, cargada de un mensaje religioso de alta actualidad e importancia; en suma, un poema teológico en prosa que se puede poner al lado del Paradise Lost, y superior a él en algunos aspectos; desde luego, el de la amenidad…y la ortodoxia.

Pasando por Barcelona este año, vi que Gili Hijos había reeditado su traducción de hace cuarenta años, sin retoques. Como dijimos, esa traducción es deficiente, es “aguada”, ha puesto demasiadas palabras de más, además de verba y retórica española; ha “rebajado” el texto, en el sentido en que se “rebaja” el vino; y este rebajar, tratándose de una gran obra literaria, puede equivaler a “anular”. Nosotros hemos añadido a veces; pero para reforzar, no para diluir. Hemos añadido graduación, no agua. Reparar algún olvido del autor, es lícito; y también sacar en limpio, por medio de una palabra más, una conclusión que el autor sabe que sus lectores ingleses sacarán por sí mismos; pero yo sé que mis lectores no.

En suma, he hecho mi oficio a conciencia, tomándome todas las libertades que eran necesarias, pero ni una sola más que las necesarias; cotejando de paso con asombro las cualidades de ambas lenguas; y notando que aunque la inglesa es “la más breve, bella y bárbara del Universo”, con todo es posible emular hasta cierto punto (como notó ese gran “scholar” que fue don Carlos Obligado) su heroica concisión con la española; no con la enormidad de monosílabos, las preposiciones separables y las palabras compuestas, que son su privilegio regio, sino por medio de la elipsis, la metáfora, las frases hechas y modismos, y la rica flexión de los verbos castellanos.
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“Lord of the World” a su aparición suscitó una gran resistencia en muchos católicos, que lo acusaron de “sombrío” y aun de “desesperado”, estimando que la “Iglesia no podía ser derrotada (es decir, perseguida) en tal forma, pues poseía las promesas divinas, etc.” Eso oí declamar con mucho énfasis cuando era mozuelo al P. Irribaren, un sacerdote vasco. El escándalo ante el Apocalipsis y la Segunda Venida de Cristo (que son dogmas de Fe) es común en el catolicismo actual; y creo que se ha acentuado desde Benson acá. Viene quizá de que se adhiere a la Iglesia como a un partido político; y además, los que están muy enfermos no aman oír hablar de la muerte; y así el mundo actual. Como se ve por la correspondencia de Benson (publicada por Martindale s.j) la resistencia en Inglaterra fue enorme. Benson podía haber contestado tranquilamente: “Más sombrío, si acaso, es el Apocalipsis y el capítulo XXIV de San Mateo”. Más él escribió otra novela, llamada Aurora Total (The Dawn of All)  - traducida al español con el título de Alba Triunfante – para darse a entender mejor.

Esta otra novela contempla la “Otra posibilidad” abierta en tiempo de Benson, y que en realidad no está cerrada nunca al Poder imprevisible que gobierna la historia: la posibilidad de un gran triunfo de la Iglesia: esa “conversión de Europa” que invoca Hillaire Belloc como único albur de salvar el mundo actual. Pero…”nunca segundas partes fueron buenas”; y esta segunda parte (en realidad, contraparte) no tiene la fuerza, la grandeza ni la convicción de su gemela-antípoda. Se ve que las presunciones de su autor (llámese “pesimistas” si se quiere) no corrían por ese cause, y se inclinaban al otro polo, al de las grandes derrotas inminentes de la cristiandad; y los acontecimientos de este último medio siglo ciertamente no lo han desmentido.

Muchas de las cosas previstas por Benson en su fantasía poética (en la cual no hizo sino prolongar algunas líneas de fuerza de su tiempo, proyectándolas al futuro) se ha verificado. Apoyándose en el libro del Apocalipsis (que siendo él todavía niño, su padre, el Arzobispo de Cantorbery, había comentado), Benson sin embargo no lo asume por entero, a fin de lograr, con certero tacto artístico, la  unidad de la obra; y esquivar los temas que, por su vastitud desmesurada, eran inabarcables a la representación artística; escollo que quizás no supo salvar del todo nuestro Hugo Wast en su 666, novela del tema análogo. Benson se ciñó al motivo del Anticristo y la Última Tribulación, siguiendo en esto quizá la gran tradición medieval, resumida por Newman en sus cuatro sermones de 1835 sobre “el Anticristo según la doctrina de los Padres”.

En lo que no acertó Benson, como les pasa generalmente a los profetas, fue en el cálculo del tiempo, en el cual se quedó generalmente corto; lo mismo que le ocurrió, por ejemplo, a Nietzsche en sus predicciones. También rehuyó el tema de la Guerra de los Continentes, que está predicha en la Revelación de San Juan; haciéndola evitar por obra del Anticristo Felsenburgh, que procura la paz, y por medio de este gran triunfo se convierte en “Señor del Mundo”. Benson esquivó, además, las profecía de San Pablo acerca de la Conversión de los Judíos y la Restauración del Reino de Israel; las Siete Fialas de la Ira de Dios; y el misterioso pasaje de los Dos Testigos Taumaturgos, así como el de la “Segunda Bestia”.

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                   Roberto Hugo Benson nació en 1871, hijo del Primado Protestante de Inglaterra, Arzobispo de Cantorbery, Edward White Benson, también notable escritor, como toda esta familia (Edward, Arthur, Estela…) y autor de varios libros religiosos, uno de ellos sobre el Apocalipsis, como dijimos. Su hijo menor, Robert Hugh, se convirtió al catolicismo después de ordenado clérigo anglicano y desempeñados algunos curatos de la “Iglesia Establecida”. Hizo un viaje a Roma, donde se ordenó sacerdote católico, cuyo recuerdo emocionado pasó a este libro. Soportó mucho tiempo la aversión y la persecución de su hermano mayor Eduardo Federico, arqueólogo y también autor de novelas, como Dodo, novela costumbrista decididamente fútil y floja, y Spook Stories, cuentos de duendes; las cuales sí existen actualmente en librerías y se reeditan y propalan, a pesar de ser inferiores a las del hermano menor, según nuestra opinión; que no todos comparten. Eduardo escribió en su larga vida más de 50 novelas, además de algunas piezas de teatro y libros de viaje. Roberto Hugo escribió en su corta vida dos o tres obras maestras. La madre sostuvo, apoyó y consoló constantemente al hijo sacerdote, como puede verse en la tierna correspondencia citada en la biografía de Martindale s.j.: Robert Hugh Benson, his Life and Work.  Murió en 1914, de 44 años.

Sin disculpar al hermano, era natural que R.H.B. fuera perseguido en Inglaterra, aunque honrado en Roma con el título de “Monsignore”; en aquellos tiempos, los “Monsignori” del Vaticano honraban todavía a los profetas. Con lo que dice R.H.B. de la Iglesia establecida y del Imperio Británico tenía que lastimar al anglicanismo y al jingoísmo (o patrioterismo inglés), las dos religiones más vigentes en Gran Bretaña, y suscitar, ende, el “odium theologicum”. Dijo verdades tremendas, tanto más cuando proferidas por el hijo mismo de la cabeza suprema de ambas religiones, el Arzobispo-Príncipe de la Iglesia Nacional Protestante. Pero, en fin, es el lote de todos los profetas.

Publicó 19 novelas, además de varios libros teológicos, como Las paradojas del Cristianismo, tan amado por Chesterton; El amor a Jesús, Santo Tomás de Canterbury, La Religión del hombre medio, Denominaciones no católicas y La Amistad de Cristo. Los títulos de sus novelas, además de las dos nombradas, son:

The King’s Achievement (Lo que hizo del Rey)
By what Authority? (¿Con qué autoridad?)
The Queen Tragedy (La tragedia de la Reina)
Trilogía histórica acerca del nacimiento del cisma inglés.
Come, Rack! Come, Rope! (¡Ven, potro, ven, cuerda!)
Novela histórica acerca de los mártires ingleses del reino isabelino.
El espejo de Shalot (cuentos de duendes)
Ricardo Raynal, solitario
La luz invisible (cuentos de misterio)
Los nigromantes (acerca del espiritismo)
Los sentimentales
Los convencionales
Bicho Raro (“Oddfish”)
El cobarde
Soledad (“Loneliness”)
Iniciación
Un hombre medio
Un cribado (“A winnowing”) y
¡Un solo Dios!, otra obra maestra genuina, traducida al francés y al italiano con el título de La conversión de Frank Guilesley… (“None other Gods”)

La corta vida del sacerdote artista resplandeció de todas las virtudes, y de un estudio y un trabajo incansables. Todas sus novelas, aun las más flojas o inmaduras (como “Loneliness” o “Initiation”) muestran maestría y saber y contienen valores apreciables. Su hermano las calificaba públicamente de “panfletos de propaganda papista sensacionalista y folletinescos” – indicando así, sin querer, las dos cualidades máximas de Roberto que a él le faltaron, a saber: el don de la invención novelesca y la trascendencia del mensaje. El Dictionary of English Litterature, publicado por John W. Cousin en la colección Everyman’s, omite tranquilamente a Robert Hugh como si no existiera, en tanto que incluye los datos biográficos y bibliográficos de su hermano (edic. 7ª, 1929), lo mismo que otras obras de referencia que hemos visto. Puede que me equivoque, pero me parece una injusticia manifiesta.
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Vertere, ter quaterque legere…Traduciendo un libro, mucho más que leyéndolo, uno entra en el arte y la inteligencia del autor; y también en sus limitaciones.

Algunos críticos han descalificado el desenlace de este libro (recordemos a Mateos, su primer traductor, y a León Bloy en su “Diario”) considerándolo inferior al resto de la obra, un descenso, colapso.

No nos parece. Pero en último caso hay que tomar lo que a uno le dan, cuando se lo dan gratis; y si el autor no nos dio más, es que no pudo darnos más. Inconmensurable como era el tema, preferible es que nos haya dado el fin del mundo en una especie de poema lírico-abstracto-místico en prosa, que no una barroca pintura a lo Wells llena de truculencias, de un suceso que de suyo es inefable.

Pero en realidad el final nos parece, bien mirado, egregio. Desarrolla una idea sencilla y profunda, que todo cristiano tiene, pero es misteriosa; a saber, que lo sobrenatural es de suyo más poderoso que todo lo natural, como el viento es más poderoso que la tierra (y el espíritu que la materia) y en una batalla final lo derrotaría.

No lo derrotaría arrollándolo por violencia, como un huracán se lleva por delante los árboles, sino penetrándolo como un ácido y disolviéndolos; porque el espíritu penetra la materia, si es que no constituye su raíz misma. Por lo menos hay continuidad entre ellos.
                            Car le surnaturel est lui-meme charnel;
y aunque no lo parezca en la actual condición y economía de la creación, el espíritu es el más fuerte.
Por eso Benson discurre armar a los inermes cristianos enfrentados al enorme poder material del Príncipe de este Mundo con la misa, el santísimo sacramento y los indefensos cantos litúrgicos; y a estas armas las hace triunfar de modo inesperado, pero lógico sobre la tremenda flota aérea del Anticristo; la cual no es precipitada en llamas, como pensó durante siglos la imaginación vulgar sobre los textos del Profeta, sino simplemente, en virtud del fuego esencial, desvanecida en la nada.

Para concebir la muerte del mundo, Benson se apoya con excelsa intuición poética en la muerta del hombre ¿y qué cosa más lógica?, en el desvanecimiento gradual de los sentidos y los vínculos vitales entre cuerpo y alma (tema iniciado en la muerte de Mabel, que hace “pendant” y preludio a la muerte del universo mundo), no porque el alma se debilite, sino al contrario. Basta que lo sobrenatural devuelva al espíritu su fuerza congénita, para que éste domine a la materia – como ocurre en los milagros.

Sin negar los fuegos pirotécnicos de los diversos Apocalipsis (terremotos, granizos, calor excesivo, luna sangrienta, estrellas que caen, bramidos del mar) al contrario, afirmándolos al sublimarlos, Benson hace ver la última catástrofe desde adentro y no desde afuera: desde la visión mística (visión de la realidad más honda que la sensible) del Sacerdote Sirio, puesto en un trance de agonía o parecido a la agonía. Y esto es un soberano acierto artístico, propio de un gran poeta.
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“Libro sombrío”…El mencionado reproche de que Benson pintaría los últimos tiempos con colores demasiado negros, me parece carente de sentido; yo diría que más bien se queda corto.

Desde luego, y aunque cela va sans dire, mais nous le disons, esto no es una Suma Teológica ni un Apocalipsis ni un Libro de los Reyes; es una imaginación, es decir, una novela, con la verdad propia de este género. Inventa una manera como la cosa puede pasar, sabiendo que puede haber otras maneras. Lo importante es que la Cosa va a pasar, de esta manera u otra.

Por lo pronto, ya hoy, a los cincuenta años, algunas líneas de 1906 que Benson proyectó al futuro (como la de Gustavo Hervé, por ejemplo) se han cortado, otras han desviado camino. Algunas nuevas han surgido imprevistamente, como el fenomenal Imperio Soviético Ateo, o la creación del Nuevo Reino Israelí, suceso eminentemente profetal.

Fácilmente se podría objecionar ahora (en parte) la concepción de Benson y proponer otra; pero eso sería pecar contra los derechos de autor: los derechos de la imaginación poética.

Los cristianos de Benson, por ejemplo, son admirables. En realidad, retrata de cerca de uno solo. Percy Franklin; y de lejos, una gran masa de cristianos sin rostro, los miembros de la Orden de Cristo. Todos son admirables.

Frente a estos cristianos admirables…renegados como el P. Francis, seres dolorosamente equivocados como Mabel y perversos como Felsenburgh, o simplemente malos (egoístas) como Oliver Brand. Los dos extremos seres demoníacos y seres admirables.

Pero hoy día nos encontramos en medio de inmensa cantidad de cristianos NO ADMIRABLES. El término medio – “los imbéciles”, como dice Bernanos- escapó a Benson, o no lo quiso considerar…a no ser fugazmente, en Mister Phillips, quizá.

El Vaticano de Benson es un modelo, tal como lo pudo ver la mente idealista de un joven sacerdote convertido que fue dos años a estudiar a Roma; como lo vimos (con la imaginación) nosotros mismos durante nuestros estudios.

El Vaticano convertido en un nidal de intrigas políticas, en una burocracia impersonal e insensible, en una sucursal del Quay d’Orsay…o en una Beocia (como la historia nos enseña puede darse) Benson no podía verlo. Sin embargo, muchos Santos Padres antiguos creyeron que sería en la Roma de los últimos tiempos (atención, amigos Adventistas, ¡de los últimos tiempos solamente!) donde se asentaría el Anticristo. Benson prefiere hacer volar a Roma…Es preferible. No es seguro.

Puede que Benson haya visto algo de esto, mas no haya querido “desnudar las vergüenzas de su madre”, como prohíbe el Levítico. Tampoco yo lo haré.

Anoto esto al vuelo, solamente para esclarecer la novela. Benson no se sintió con inspiración o con voluntad para retratar el fariseísmo. Sin embargo, sabemos que cuando Cristo retorne encontrará la religión más o menos – más y no menos – como cuando vino. Cuando vino la encontró plagada por el fariseísmo; el cual desconoció al Mesías y dio muerte deicida al Hijo de Dios.

“Si no hubiese fariseísmo en la Iglesia, no habría comunismo en el mundo”, nos dijo antaño en Roma un judío converso, don Benjamín Benavides.
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Así, pues, el autor del Señor del Mundo concibe la Gran Tribulación como una persecución externa, que hace mártires de los valerosos y apostatas de los tímidos, reduciendo el número de los cristianos a un puñado de héroes del espíritu, a través de grandes matanzas y defecciones inmúmeras; pero ha velado la tribulación de adentro, la corrupción introducida en el seno de la Iglesia, mucho más temerosa. Ha prescindido de lo que llama el Apocalipsis “la Segunda Bestia”. La Iglesia, apretada más y más, se conserva más y más pura, como un grano de oro en el crisol. Benson no ha tenido la idea (o la ha perdonado al lector) de la corrupción interna específica de la religión; de la confusión dentro del redil, y no solamente fuera.

Con ligereza indigna de un católico, algunos católicos que no eran católicos llegaron a insinuar al aparecer este libro la sospecha de que el novelista “hubiera perdido la fe”…Lo que sí se puede conceder es que quizás esta novela represente una tentación contra la fe ya rechazada, lo cual es justamente lo contrario: una tentación de desaliento vencida.

Mas, como ya hemos dicho, cuando Cristo venga por segunda vez “en gloria y majestad”, encontrará la religión en el mismo estado (y un poco peor) que en su primera venida: Él mismo lo dijo. Y ese fenómeno es mucho más espantable que el de la violencia externa y corporal; la cual no faltará tampoco. Por lo menos, así leemos nosotros las profecías; sujetándonos, si erramos, al juicio de la Santa Madre Iglesia. Cuando veáis la abominación de la desolación en el lugar donde no debe estar…entonces es.

“La última corrupción ya ha comenzado, porque la Iglesia ya está tocada: en el Atrio, no en el Santuario”, nos dijo también don Benjamín Benavídez.
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Las palabras que Cristo habló acerca del misterio de la agonía del mundo que habitamos y su definitiva transformación, son extremosas, tanto en la amenaza como en el consuelo; y van en su desmesura sublime más allá de donde el arte humano puede seguirlas. El Predicador y el Profeta humano (que de esto oficia Benson en este libro) ante un suceso que es mayor que el Diluvio y comparable a la creación misma, debe contentarse con balbuceos. Pero esos balbuceos son también necesarios a la propagación de la Palabra.

Día de San Juan Evangelista de 1956.
                                                                                       Leonardo Castellani Conte-Pomi Th.D.







sábado, 23 de enero de 2016

Poena Damni, por Mgr. Robert Hugh Benson

Poena Damni

Sus pecados están frente a ellos, y producen en su esencia, remordimientos, eterna desesperación y un deseo hostil contra Dios. Porque para tales almas ahí no hay remedio. La luz de Dios no puede entrar…aunque San Pedro ha dejado muchas llaves sobre la tierra, ninguna de ellas podría abrirlas a los Cielos.

Un místico alemán
Estábamos sentados una tarde durante la cena cuando el sacerdote, que había estado muy locuaz, pareció caer en una dolorosa secuencia de pensamientos que lo silenciaron. Su incomodidad crecía más y más, y estuvo obviamente aliviado cuando lancé mi cigarro y él pudo proponerme cambiarnos a la otra habitación. Al cabo de un instante su aflicción pareció haberse ido,  entonces nos sentamos cerca del fuego y comenzó a explicarse:

- “Debo pedirte disculpas” – dijo – “pero caí, por decirlo de alguna manera, en una serie de desagradables pensamientos. Creo que fue incitado a causa de la lámpara roja de la mesa y la luz del atardecer a través de la ventana, de la platería y del cristal. Ya conocer el poder que tiene la mente para asociar ideas. Fui conducido a través de uno de los momentos más espeluznantes de mi vida bajo aquellas circunstancias”.

Yo me mantuve en silencio ya que el sacerdote parecía tener más que decir.

-“Esto ha afectado mis nervios” – dijo – “y para mí constituiría un gran alivio si te lo contara, ¿te importaría si lo hago?”.

Una vez que le hube garantizado el gran interés que tendría para mí, él comenzó:

-“Estos asuntos están de moda entre los que no aceptan la Revelación como revelación, sino que creen como en una especie de Universalismo,  y más allá de la autoridad esta doctrina contraviene, tal como tú ya lo sabes, la realidad del libre albedrío del hombre. El incidente del cual quiero hablarte concierne a la manera en que por primera vez lo alcancé a ver con mis propios ojos.

Hace muchos años tuve la ocasión de trabar una relación con un hombre del oeste de Inglaterra. Las circunstancias no necesitan ser descritas más que para indicar que el hombre parecía tener confianza en mí. Y así fue que una vez me pidió que me quedara con él en su casa de campo, y me fui desde Londres a pasar una semana. Lo encontré viviendo una típica vida campestre, pescando y etc, ya que era verano cuando lo visité. Vivía en una antigua y hermosa casa en un entorno protegido. Tenía una encantadora esposa y dos o tres hijos, y al principio pensé que él estaba plenamente feliz y contento.

Después comencé a notar que algunas cosas no andaban bien con él. Los cottages de su propiedad  estaban descuidados y esto siempre es indicio de un mal signo. A partir de uno o dos pequeños incidentes, tal como puedes suponer, yo encontré que el tono entre sus empleados no era el que debiera ser; y en una o dos muestras horribles de crueldad llamaron mi atención. Yo sé que esto suena como si yo fuera una especie de espía, ávido de información, pero todo lo que puedo decir es que estas señales eran inconfundibles y obvias y llegaron a mí, desde luego, sin buscarlas y esperarlas.

Observé que sus relaciones domésticas no eran buenas. Yo no sé cómo describir mejor todo esto, solamente decir que aquí parecía haber una especie de maldición en su entorno, pues nada estaba absolutamente mal, pero a su vez todo estaba mal.

Al principio pensé que era yo el que estaba deprimido o predispuesto de alguna manera, pero al final no pude seguir creyéndolo, y el viernes, el último día de mi estadía, tuve la plena certeza de que algo andaba mal con el hombre mismo. Entonces esa tarde él me abrió su corazón lo más profundo que le era posible hacerlo.

Su esposa con sus dos hijas nos dejaron después del postre y se fueron al jardín, y nosotros nos quedamos en el comedor. La ventana miraba hacia el oeste y a través de ella veía el alisado césped inclinado, con el lago al fondo. Un poco más allá se levantaba un delicado bosque de abedules que se levantaba contra el suave cielo verde, donde el sol se estaba hundiendo dentro del líquido atardecer azul en el cual brillaban un par de estrellas. Cuando miré hacia afuera pude observar la blanca figura de su esposa y de sus hijas contra la brillante superficie del lago al final del césped.


Cuando el hombre hubo encendido su cigarrillo y hubo tomado un par de vasos de vino, repentinamente él me abrió su corazón, y me narró una aterradora historia que no voy a contarte. Me senté y observé su vigorosa y fuerte mano levantarse y caer con el cigarrillo bajo la luz de la lámpara roja. Eché un vistazo a su rostro tranquilo y bien educado con la mirada baja y el bigote largo, preguntándome si era posible realmente que tal cuento fuera verdad, sin embargo él habló con una convicción mesurada que no dejaba lugar a la duda de que era cierto. Lo que deduje de la historia es esto: que él se había identificado, que todo su trabajo y toda su vida prácticamente, con la causa de Satán. No pude detectar, mientras él hablaba, si él alguna vez había tratado seriamente de desprenderse de la causa.

Se ha dicho que un santo es alguien que siempre, a cada paso, escoge el mejor de dos rumbos abiertos frente a él. Pude ver a este hombre tan alejado de esto, habiendo siempre elegido el peor de los dos rumbos, y que cuando él había hecho cosas que tú y yo pensamos que son correctas, él siempre las había hecho por alguna mala razón. Él siempre había estado consciente de lo que estaba pasando.

Nunca pensé que alguna vez iba yo a escuchar un magistral auto análisis. Ahora y entonces vi el abismo de desesperación en el discurso que estaba dirigiéndome, y lo interrumpí sugiriéndole aliviar el horror, sugiriéndole que él era pesimista y que a menudo había actuado siguiendo ideas falsas y similares, pero él siempre me enfrentó con unas respuestas serenas que me silenciaron. De hecho” – dijo el sacerdote que había comenzado a temblar un poco – “Yo nunca pensé que pudiera existir un corazón  tan corrupto y sin embargo, contener tanto conocimiento y sensibilidad.

Cuando hubo terminado su historia, él me observó por un momento y luego dijo:

- Recientemente he visto que he perdido y que perderé, y se lo he contado para preguntar si el Evangelio tiene alguna esperanza para alguien como yo.

Desde luego que yo le respondí como un sacerdote cristiano debe responder, porque honestamente pienso que aquí estaba el mayor milagro de la gracia de Dios que yo había visto. Cuando finalicé levanté mis ojos y la vista. Sus dedos, mientras yo estaba hablando, habían estado jugando con una cuchara que tenía la figura de un apóstol, pero como yo levanté la vista, él también lo hizo y nuestros ojos se encontraron.”

Mientras el sacerdote decía esto, se levantó y apoyó su cabeza contra la alta estructura de roble que cubre la chimenea, y estuvo en silencio por un instante. Después continuó:

- “Que Dios me perdone si me equivoqué, si estoy equivocado ahora, pero esto es lo que creo haber visto: En sus ojos se veía un alma perdida. Como un símbolo o como una señal de repente sus ojos brillaron con esa sombría luz roja que algunas veces puedes observar en los ojos de los perros. Era la poena damni, de la cual yo había leído, la que lucía ahí. Era verdad, tal como lo había dicho, que él veía con claridad que había perdido y que perdería. Estaba la puerta del Cielo abriéndose a uno que no podía entrar. Era una rendija de luz bajo la puerta a uno que gritaba ¡Señor, Señor, ábreme!, pero la respuesta que venía detrás de la puerta era: ¡No te conozco!. ¡Ah! Es el que nunca supo antes lo que Dios era, que no supo de su servicio ni de su amor, y ahora simplemente ha conocido su condenación. Lo que él ha visto, no una o dos veces, sino que una y otra vez, son los dos caminos, y ha, no una o dos veces, sino una y otra vez, elegido el peor de los dos, y ahora estaba impotente.

                                    
Te hablé de lo que vi por un momento. Ahí estaba este rostro humano, tan educado, con sus líneas delicadas, luciendo casi etéreo a la tenue luz roja de la lámpara. Detrás suyo, entre los ventanales colgaba el rostro de un ancestro, algún viejo carolino, divino entre collares y bandas. Más allá del ventanal estaba este glorioso atardecer con las tres figuras en el lago, y aquí, entre nosotros, el relajante lujo de la limpieza, del frescor y del refresco, tal como lo sugería el cristal, la plata y las frutas. Por un segundo en medio de este marco de belleza y de paz, miraron los ojos de uno que deseaba tan sólo una gota de agua viva para refrescar su garganta, porque él estaba atormentado en una llama.

Vi todo esto, y entonces, la habitación comenzó a girar y a girar, y la mesa a ladearse y a balancearse, y supongo que yo caí hacia delante y me hundí en el suelo. Cuando recuperé el conocimiento había unos hombres en el cuarto y el ansioso rostro de mi anfitrión mirándome.

Hube de retornar a la ciudad a la mañana siguiente. En la semana posterior le escribí una larga carta diciendo que había estado enfermo en la tarde aquella cuando él me había hecho su confidencia, y que no había dicho todo lo que podía decir. Continué desmintiendo lo que pensé haber visto, hablándole como lo haría a algún alma que estaba cansada del pecado y que deseaba a Dios.

De hecho, mientras escribía la carta pensé que lo más probable es que haya tenido una horrible ilusión y que todo pudo haber estado bien con él. Él me respondió en unas pocas líneas diciendo que debía disculpase conmigo por haber tenido esta indisposición a raíz de tal historia, agregando que había exagerado mucho su propio pecado, pues él también había estado sobrexcitado y afectado, y que confiaba en el amor de Dios, suplicándome que no volviera a hacer referencia a la conversación de nuevo.”

El sacerdote volvió a sentarse.

-“Si quieres puedes tú también aceptar esta versión. Quisiera Dios que yo también pudiera.”
  
                                                Robert Hugh Benson, The Light Invisible


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miércoles, 6 de enero de 2016

Sobre el Pórtico, por Mgr. Robert Hugh Benson



                            
 Pues por la fe, cuando estoy necesitado,
Brillan los destellos de una puerta semi abierta, y a través de ella  
Se muestra la luz del fuego en el suelo.

Un cántico de las cosas comunes.

Una mañana nos sentamos en la sala común en el centro de la casa. Durante la noche había estado cayendo la lluvia, y pensamos que era mejor que el anciano no se sentara en el jardín hasta que el sol hubiera secado la tierra, y por tanto, en vez de esto, nos sentamos adentro, pero con la puerta de par en par abierta, la que mira a un rectángulo de pasto que está frente a la casa. Antiguamente había un camino que conducía a esta puerta a través de un pórtico con pedestales y esferas de piedra, y que estaban situadas exactamente al frente, a unas quince yardas de distancia. Sin embargo, el camino hacía tiempo ya que estaba cubierto  de césped, aunque se mostraba levemente bajo dos pequeñas protuberancias en el pasto que corría desde el pórtico hasta la puerta.


Por otro lado el césped rodeado por un antiguo muro de ladrillo que estaba oculto tras una frondosa hiedra, mostraba una exquisita masa de colores con cabezas de lirios morados y amarillos y alhelíes rojizos.

El viejo había estado silencioso en el desayuno. En la mañana había ofrecido el Santo Sacrificio de manera usual en la pequeña capilla  de arriba, y yo había notado  que también ahí  parecía preocupado. Durante el desayuno había hablado muy poco, respondiendo a cuenta gotas a los temas que yo le proponía. Al final entendí que sus pensamientos estaban muy lejos en el pasado y no quise importunarlo.

Estábamos los dos sentados en unas talladas sillas altas en la entrada. Sus pies permanecían envueltos con unas mantas y sus ojos miraban constantemente y con tristeza la decoración del pórtico de hierro. Afuera, al otro lado, altos pastos que no han sido cortados se apoyaban contra el muro o empujaban su plumosa cabeza a través de él.

Vi de pronto que el sacerdote estaba mirando el pórtico, dejando que sus ojos recorrieran cada detalle de la planta trepadora, de la forja del hierro y del viejo ladrillo, y no, como yo había pensado desde el inicio, meramente contemplando la difusa distancia de los años pasados.

Súbitamente él rompió el largo silencio:

-“¿Alguna vez te conté” – preguntó – “sobre lo que vi ahí afuera en el jardín?” Ahora se ve  bastante normal, aunque lo que yo vi ahí supongo que no lo veré de nuevo en este lado de la muerte o en último caso, no hasta que esté en el mismísimo  gran pórtico de la muerte”.

Yo también observé el pórtico. La atmósfera estaba llena de lo que es “el claro brillo después de la lluvia”, tal como lo canta el rey David. El aire estaba visible y radiante gracias a la unión de la luz y el agua, las más alegres creaturas de Dios. Un gran árbol de castañas desaparecía más allá de la puerta.

-“Si puedes, cuéntamelo” – le dije – “Sabes que me encanta escuchar aquellas historias”.

- “Tal vez ya lo sepas, pero años atrás, no mucho tiempo después de mi ordenación, estaba trabajando en Londres. Por entonces mi padre vivía aquí, tal como lo hizo el suyo antes que él. El escudo de armas en el centro del pórtico de hierro fue puesto por él al poco tiempo de haber heredado la propiedad. Yo solía venir acá de vez en cuando para respirar un poco de aire campestre. Difícilmente encuentro algo que me cause más placer que venir a respirar el glorioso aire de campo, lejos del humo y del ruido de Londres; o volar despierto por las noches con el susurro de los pinos afuera de mi ventana, en vez del incesante tumulto humano de la ciudad.

En fin, sin previo aviso vine una vez aquí, en una tarde de verano, trayendo graves noticias. No es preciso entrar en detalles, sería inútil hacerlo. Sólo decir que las noticias no afectaban ni a mi familia ni a mí. Después de todo, fue una curiosa serie de circunstancias las que me llevaron a ser el portador de tales noticias. Fue por una pura casualidad que una damisela pasó a alojarse con mi familia. Yo la conocía muy poco, de hecho la había visto una única vez anteriormente. Las noticias llegaron a mis oídos en Londres. Yo sabía que a quien concernían, las ignoraba, y que los que las conocían no se atrevían ni a escribir ni a telegrafiar, y yo voluntariamente traje estas nuevas.

Fue así que caminé desde la estación con el corazón apretado, y el camino me pareció intolerablemente corto, pues yo sabía que las noticias romperían el corazón a aquella que tenía que escucharlas. Entré por la puerta que está al final de la avenida” – él hizo un gesto con la mano hacia la derecha – “y pasé directamente hacia la parte trasera de la casa, justo detrás nuestro. La puerta en la que estamos sentados era la puerta de entrada, pues el camino había sido sembrado con césped y usábamos la puerta trasera en su lugar. El césped de aquí era mucho más grande que como se ve ahora. Únicamente el camino se notaba claramente como una larga lápida a través del pasto.

Al entrar por la puerta trasera, vi que ella estaba saliendo con un libro y con una silla de mimbre para sentarse en el jardín. Mi corazón se estremeció terriblemente de dolor por todo lo que me iba a tocar decir en el momento en que mi negocio fuese hecho. No habría lugar para una tranquila tarde en el jardín y la mirada de serena felicidad se extinguiría de su rostro.

Por un instante ella no me reconoció en la entrada oscura y dio un paso a atrás cuando entré. Después me dijo:

-¿Por qué está usted aquí? Usted ha venido a casa y yo no sabía que se le esperaba.

Yo respiré profundo para recuperarme.

- A mí no se me esperaba – le respondí y luego después de un instante le dije:

- ¿Puedo hablar con usted?

-¿Hablar conmigo? ¿Por qué? Ciertamente, ¿en el jardín o aquí?

- Aquí – contesté – Fui junto a ella y abrí la puerta de esta habitación. Entró conmigo y permaneció de pie aquí junto a la puerta, sosteniendo aún el libro, con sus dedos entre las hojas.

Me imagino que te estarás preguntando porqué no  conseguí a una mujer para que le trajera estas noticias. Bueno, yo lo estuve reflexionando desde que me ofrecí como voluntario para ser el portador de estos hechos. Por una parte tenía miedo de ser un cobarde, o llámalo orgullo si lo deseas, y por otra parte existen razones, las cuales no necesito mencionar, que me obligaban a cumplir literalmente mi promesa. Pensé además que ella preferiría que las noticias fueran conocidas por el menor número de personas posible. Por último, si yo juzgué correcta o erróneamente mi decisión, ya estaba aquí con mi cometido.

Ella permaneció ahí  ( el anciano siguió apuntando el batiente de la puerta a la derecha)  y yo acá ( y señaló el sitio una yarda más atrás). La puerta estaba entera abierta así como ahora y el fragante aire de la tarde penetró al interior de la habitación. Su  rosto  estaba parcialmente a la sombra, pero en sus ojos se notaba que había un progresivo asombro por mi brusquedad, quizás con un leve matiz de ansiedad, pero nada más que eso.

- He venido – dije lentamente mirando hacia afuera, al jardín – con un encargo muy  difícil – y no pude continuar. Me volteé y la miré. ¡Ah! La ansiedad se había profundizado un poco.

 – Y le concierne a Usted y a su felicidad.

Yo la miré de nuevo, y recuerdo como su rostro había cambiado: sus labios estaban separados y sus ojos abiertos de par en par, los cuales brillaban mitad a la sombra,  mitad a la luz, y sobre su frente habían unas pequeñas líneas. Entonces se lo dije en una o dos frases, y cuando la miré nuevamente sus labios estaban cerrados y sus manos apretaban la moldura del batiente de la puerta. Pude ahora ver sus anillos brillando a la luz que se derramaba a través de los castaños, que en aquel tiempo eran más pequeños, hacia la habitación. Luego ella movió los labios un par de veces. Su mano se aflojó con titubeo y avanzó sin tregua a través de la habitación. Había ahí un gran sofá y cuando  lo encontró, se arrojó de bruces sobre el brazo y el respaldo.
                                                  

Yo esperé en la entrada mirando el pórtico de hierro. La pena era algo nuevo para mí por aquel entonces. No había aprendido a entenderlo o a estar tranquilo a pesar de ella. Yo sabía que al mirar a la habitación de atrás encontraría una terrible contienda. Frente a mí estaba el jardín lleno de paz y dulzura, con el suave brillo de la luz del sol, y detrás de mí había algo muy similar al infierno. Yo permanecía entre la vida y la muerte.

Después de un momento, recordé que yo era sacerdote y que debía ser capaz de decir algo. Tan sólo unas palabras del Divino mensaje que el Salvador trae, pero no pude. Sentí que me hundía en aguas profundas. Incluso Dios me parecía tan lejano y ajeno, tan intolerablemente sereno y apartado. Yo anhelaba con todas mis fuerzas humanas rezar y dar un poco de luz a la lucha que ocurría ahí detrás y de la cual yo me sentía separado por un ancho canal. Fue entonces cuando Dios una vez más me otorgó una clara visión.

Observa el pórtico de hierro  (continuó el viejo apuntado) pues bien, justo entre los dos pilares, un poco por encima de ellos, colocado claramente contra el árbol de castañas, un poco más allá, estaba la figura de un hombre.

No sé cómo explicarlo, pero yo estaba consciente que sobre este mundo material de luz y color hay un corte de plano con el mundo espiritual, y que yo soy capaz de poder mirar ahí donde los planos se cruzan y ver lo que está más allá. Era como ver el humo traspasado por la luz de los rayos del sol. Uno hace visible al otro.

Pues bien, esta figura de hombre estaba arrodillada en el aire. Es la única forma que tengo para describirlo. Su rostro estaba vuelto hacia mí, pero hacia arriba. La cosa más curiosa que me impresionó en ese momento fue que él estaba, por llamarlo de alguna manera, inclinado en un ángulo de 90° hacia un lado, sin embargo esto no me pareció grotesco. En cambio, el mundo parecía inclinarse. El castaño afuera parecía estar perpendicular y el muro fuera de la horizontal. El verdadero nivel era el del hombre.

Sé que suena tonto, pero me pareció que el mundo espiritual era el mundo real y que el mundo de los sentidos era, comparativamente,  el irreal, tal como el dolor de la mujer ahí detrás era más real que los rayos del sol sobre mi cabeza.

Comparado con la figura arrodillada, el castaño y el pórtico parecían insustanciales y sombríos. Yo sé que los hombres que tienen visiones nos cuentan que usualmente éstas son de otra forma,  pero puedo decirte que no fue así conmigo. Tal como te lo he dicho, esta figura estaba arrodillada y su túnica ondeaba lejos detrás suyo junto con una gran capa que estaba  estirada de un modo tirante hacia atrás desde la espalda como si estuviese siendo batida por un fuerte viento, el viento de la Gracia, supongo, que siempre sopla desde el Trono. Sus brazos estaban extendidos frente a él, pero lo suficientemente abiertos como para que pudiera ver su rostro, y su rostro estará siempre conmigo en mi memoria hasta que me muera con el favor de Dios. Tenía el inconfundible rostro sin barba y tedioso de un sacerdote.

Ahora ya sabes cuán cerca conviven el intenso dolor y la intensa alegría. Sus fronteras están muy cerca. En el rostro de este hombre ellos se encontraban juntos: la angustia y el éxtasis eran uno. Sus ojos estaban abiertos, sus labios estaban separados. No sabría decirte si él era joven o viejo, pues su rostro no tenía edad, como todos los rostros de aquellos que miran a Aquel que habita en la eternidad. Él se encontraba rezando, no puedo decir nada más.  Tenía su corazón abierto a la pena de esta mujer y lo había hecho propio. Ahí se encontraron: en la petición si te place llamarlo así; o en la resignación si prefieres darle ese nombre; o en la adoración, si deseas denomínalo así también. Todo esto es verdad, pero a su vez es insuficiente. Mas, esta pena se encontró ahí purificada con su propia voluntad, la cual  ha llegado a ser una en la eterna voluntad de Dios y yo te diré como es que lo sé.

Lo miré, y a mis oídos llegaban los sollozos de la habitación de atrás. Sin embargo, mientras  yo miraba la gloria de la profunda angustia en su rostro, el sollozo detrás se redujo y cesó. Yo escuché susurrar el nombre de Dios y de su Hijo y entonces la visión que estaba frente a mí desapareció y ahí estaba de nuevo el árbol de castañas tan real y hermoso como antes, y cuando me volteé hacia la mujer, ella se había puesto de pie y la luz de la conquista estaba en sus ojos.

Ella extendió su mano hacia mí, yo me incliné y se la besé, pero no me atreví a tomarla por mi propia cuenta porque ella había estado en un lugar celestial. Yo había visto su pena llevada y puesta frente al Trono de Dios por uno más grande que nosotros dos y algo de su gloria descansaba en ella”.

La voz del anciano cesó. Cuando me volví a mirarlo él tenía la vista fija en el pórtico de hierro en el muro, y sus ojos estaban brillando como el radiante aire de fuera. Después de un momento dijo: “Yo no sé si ella está viva o muerta, pero ofrecí el Santo Sacrificio esta mañana por la paz de su alma en cualquier estado en que ella esté”.

                                                      Robert Hugh Benson, The Light Invisible