lunes, 7 de septiembre de 2020

El fallecido Monseñor Robert Hugh Benson, por el R.P. Joseph H. McMahon, ph.d.

 


Si Monseñor Benson hubiera vivido hasta el 18 de noviembre de 1914, habría cumplido cuarenta y tres años. Sin embargo, en la madrugada del 20 de octubre (nota de la traducción: en realidad el 19 de octubre) llegó la gran cita: la llama que había ardido con tanta fuerza durante dos décadas de su vida activa ardió tenuemente y cesó en forma gentil dejando a numerosos corazones llorando su fallecimiento y al mundo más pobre debido a su pérdida.

 Las circunstancias  de su muerte son, quizás, bien conocidas. Ellas han sido registradas por su amigo el Canónico Sharrock. En septiembre, aunque no se sentía tan bien como siempre, Mgr. Benson había escrito al Canónico para decirle que al final no se sorprendiera si era incapaz de completar su compromiso de predicar en la Catedral de Salford los domingos de octubre. Era característica su puntillosidad en mantener sus compromisos. El que escribe puede dar testimonio de su conocimiento personal de cómo sagradamente Mgr. Benson considerada este deber declinando absolutamente renunciar a un compromiso en la más pobre de las iglesias de la provincia en favor de una invitación a la más elegante iglesia metropolitana. Su carta al Canónico, por lo tanto, era una indicación de que él consideraba su condición como algo serio. Sin embargo, fue a Salford y predicó el 4 de octubre. No obstante, se notó que carecía de su acostumbrado vigor. Al día siguiente él insistió en ir a un convento, en una ciudad adyacente, donde pasó la semana predicando un retiro.

Se predicó el segundo sermón de la serie en Salford el 11 de octubre. Dos cosas fueron inusuales. No pudo subir los escalones sin dificultad, ya que generalmente él subía corriendo. Después de su sermón se sentó exhausto en una silla en la sacristía y permaneció inmóvil por un momento. Al día siguiente partió a Londres, pero en el camino a la estación de trenes experimentó tal agudo ataque de dolor en su pecho que fue llevado de vuelta a la casa del Obispo y puesto en la cama, y se llamó a un doctor. El diagnóstico fue “falsa angina de pecho.” A partir del hecho que la neumonía sobrevino rápidamente y en vistas al desacuerdo entre los doctores sobre la existencia de la “falsa angina de pecho”, pareció que los síntomas iniciales eran en realidad los de una neumonía. De cualquier forma fue esto lo que hizo sucumbir a Mgr. Benson. Cuando se le anunció que se consideraba prudente administrar los últimos sacramentos, él se comportó con la más edificante fortaleza, efectuando las respuestas y evidenciando el más vivo interés en todo lo relacionado con los solemnes ritos. Como era su característica preguntó cómo debería comportarse en esta nueva experiencia. En cierto momento, justo antes de su muerte, interrumpió las oraciones por los moribundos para hacer alguna petición o para enviar un mensaje. Retuvo su conciencia maravillosamente hasta unos pocos minutos antes del fin, y dio un ejemplo de piedad y de confianza en Dios que fue lo más impresionante para aquellos que rodeaban su cama, entre ellos estaba su hermano A.C. Benson.

De acuerdo a sus instrucciones escritas, su cuerpo fue llevado a Hare Street House, cerca de Buntingford, a la capillita en la cual él había gastado tanto trabajo y afectuoso trabajo. Sus exequias fueron celebradas en la presencia del Cardenal Arzobispo de Westminster, sus parientes inmediatos y los más cercanos amigos, mientras que cientos esperaban afuera en los prados aterciopelados sobre los cuales él había trabajado tantas veces. Un sexteto de coristas muy bien preparados de la gran catedral católica de Inglaterra cantó exquisitamente el sublime réquiem, bajo la dirección personal del Sr. Terry. Y así él fue recostado para descansar a los pies de la gran cruz en su adorado jardín. Es entendido que ahora la finca es propiedad de la Diócesis de Westminster para ser usada como residencia de verano del Ordinario, y así su carácter será preservado.

 Por una feliz elección su querido amigo, el R.P. Cyril Martindale, el culto jesuita, ha sido seleccionado como su biógrafo. La simpatía, intimidad, los gustos literarios, la elocuencia de estilo, la distinción, caracterizarán la historia de su vida tan escasa y simple de hechos en un sentido, y sin embargo, tan intrincada en razón de su relación con los demás. Hasta que la biografía tan ansiosamente esperada aparezca, sería inapropiado aventurar detalles biográficos. Sin embargo, ahora es el tiempo apropiado para registrar impresiones.

Sin ser irreverente séame permitido acomodar a Robert Hugh Benson la frase que la Sagrada Escritura usa para describir la Presencia de Dios: “una llama de fuego.” La intensidad que todo lo absorbiera y que todo lo consumiera fueron las características dominantes de su vida. Los teólogos definen a Dios como acto simple. Con la debida mesura los Escolásticos describen la perfección de la actividad , totus in eo. El poeta pagano pone sucintamente el rol de la acción perfecta: Age quod agis. Lo que fuera que Robert Hugh Benson hizo lo hizo poderosamente, con toda su energía, con todo su ser. Esto fue cierto tanto si la ocupación era la prédica que él consideraba más elevada o lo más simple; la diversión de su pequeño amigo “Jim” de Iniciación, o los coristas de dulce voz de Westminster, de quienes era muy aficionado. La intensidad se mostraba en cada relación de su vida y en toda su variedad. Por ejemplo, en la mesa del desayuno él prácticamente era inconsciente de la comida y comía mecánicamente, tan absorto estaba en la lectura de su enorme correspondencia. Su interés en las conversaciones de mesa otras veces, lo hacían inconsciente de las viandas ya sea que fuera una sencilla comida de una casa del clero o una suntuosa mesa de un millonario. La abstinencia era la regla de la comida para él.

 Su actitud hacia su voluminosa correspondencia revela su misma intensidad. Fue consultado sobre casos de conciencia por numerosas personas de diferentes partes del mundo. Muchos de aquellos nunca intercambiaron una palabra hablada con él; muchos más lo conocían solo a través de sus libros; sin embargo, la mayoría de ellos había sido su audiencia de los maravillosos sermones que él predicó en dos hemisferios, mientras que otros lo han consultado personalmente. Su correo era una clínica espiritual. De las consultas que tuvo conmigo deduje su variado carácter. Curiosamente aunque no tuvo una confesionario regular, los crímenes más extraños y repugnantes de la degradada humana naturaleza llegaban a él para ser juzgados. Su interés en las pobres víctimas del pecado y del crimen era a la vez patético e intenso. Entre él y sus corresponsales se estableció un perfecto entendimiento. Su maravillosa percepción de la naturaleza humana le resultó muy útil.

Fueron muchos los viajes emprendidos y dio extrañas entrevistas, algunas veces de un hemisferio a otro, para ayudar a un alma que luchaba por hacer lo correcto. Las cartas sin respuestas fueron una constante obsesión para él. Cuando la enfermedad lo confinó a la cama, yo tuve que traer un taquígrafo para tomar su dictado. Su mente no descansaba si pensaba que alguna pobre alma estaba esperando las palabras necesarias de consejo o confort, o a veces, de severa reprimenda.

 En los detalles de su trabajo sobresalía esta misma intensidad. A menudo cuando se encontraba viajando en diversos medios de transporte, ya sea el metro lleno de gente común o un tranvía, o en un lujoso automóvil de uno de sus amigos considerado como un hijo, cuando partíamos pedía permiso para leer su oficio que, a menos que estuviera imposibilitado bajo un estrés físico real, insistía en leer a diario a pesar de la enorme presión de trabajo que incluía a veces cinco sermones o alocuciones al día en puntos muy distantes.

Tal era su concentración que era inconsciente de todo lo que lo rodeaba. El resultado de tan maravillosa facultad era que leía muy rápidamente. Desafiado un día después de la tremenda hazaña de terminar de leer un libro difícil en unas pocas horas, Benson respondió mostrando su disposición a ser preguntado sobre el libro entero y allí expuso sus características más destacadas.

En la preparación de sus sermones fue notable esta misma característica. La rapidez en el hablar y la vehemencia con la cual él derramada el torrente de palabras bien escogidas, aunque sencillas, ponían frente a los oyentes imágenes verbales que lo llevaban a casa. Verdades impactantes deleitadas con frases elegantes, estimuladas por perspectivas de visión inusuales. Todo parecía tan fácil y natural como para engañar al oyente en cuanto al exigente esfuerzo de producción. En la conversación familiar Benson solía decir que por tres años había escrito cuidadosamente cada sermón que había dado. Consideraba estos años perdidos. La experiencia le fue guiando a adoptar un sistema que involucraba una tremenda labor, pero que producía un espléndido resultado. Antes de poner una palabra en el papel, el sermón entero había sido pensado en sus líneas generales. Entonces era analizado en sus principales divisiones, y luego en sus subdivisiones. Todo esto era puesto en forma prolija y precisa en una página de su maravilloso cuaderno (el análisis de un sermón nunca se excedió de una página). Bajo cada encabezado era anotada una indicación de alguna llamativa ilustración, un lema o alguna frase pintoresca. Muchas de estas fueron escritas mucho después de que el sermón hubiera sido predicado. Todo era aprovechado. En consecuencia, sus cuadernos presentan una fascinante imagen de su vida y experiencia personal. Cuando estaba hablando, la página del cuaderno pendía frente a su visión mental como una imagen. Si algo ocurría que lo perturbada, se avergonzaba y, a veces, se sentía irremediablemente perdido. No podía componérselas y mucho menos hacer algo improvisado. Cualquiera perturbación en la feligresía era apta para resultar fatal. Esto rompía la intensidad de su concentración de la imagen mental de su sermón. Este hecho explica su pronunciación vacilante y el tartamudeo cuando hablada en una habitación pequeña o a un número reducido de oyentes. Tomaba consciencia de ellos en un sentido más individual que cuando se dirigía a una multitud. No le era molesta la vaga percepción de un gran número, pero tener consciencia de unos pocos lo avergonzaba y quebraba su concentración. Todo esto exigía una labor paciente y persistente. Le he escuchado dar el mismo sermón varias veces bajo diferentes circunstancias. A excepción de los cambios necesarios para adaptarlos a estas circunstancias, no había la más mínima variación, sin embargo, la preparación inmediata requería horas de trabajo. Él solía decir que se comprometería a convertir en predicador a cualquier hombre que siguiera su planificación. Creo que poco emprenderían esto si supieran el trabajo, muchas veces repugnante, de cómo fue repasar una y otra vez la complejidad de esos esqueletos, por no decir el esfuerzo intelectual necesario para pensarlo todo de antemano en el vacío.

La misma flameante intensidad mostró en su vida religiosa. Fue el más ardiente y persistente buscador de la verdad. Incluso en la conversación ordinaria él insistía en un grado notable sobre esta precisión. Cuando se llegaba a una verdad religiosa su mente no estaba satisfecha hasta que las preguntas se desgranaban hasta su base definitiva. Cuando mediante aquellas muy ligeras ocurrencias que él ha mencionado en sus Confesiones de un Converso sus convicciones como anglicano fueron perturbadas, hubo de seguir lo inevitable. Afortunadamente para él, su profundo sentimiento religioso y su cepa mística lo condujeron a la visión católica de la revelación y de la autoridad. Al fin con su mente permanentemente tranquila con respecto a los estupendos fundamentos de su fe religiosa, su pasión se convirtió en su amor personal por la Iglesia Católica. A él, más allá que la mayoría de los hombres, le fue dada la visión de la Iglesia como el cuerpo místico de Cristo, y su amor personal por Cristo inflamó su amor a ella con quien Él se ha identificado así místicamente a Sí mismo. No pudo ni entender ni simpatizar con lo que yo me aventuro a llamar la actitud práctica de tantos católicos hacia la Iglesia. Su amor era una llama de fuego. De ahí la inspiración de su prédica, de ahí también la desconcertante variedad de su obra. Con la voz, en el contacto personal; a través de la novela, en el escenario; mediante el sermón, la novela, la obra de teatro, él trató de hacer que los hombres conocieron y amaran, como él lo hizo, el Cuerpo Místico del Señor.

Cualquiera que alguna vez lo escuchó predicar el sermón sobre la parábola de la red, sabrá lo que quiero decir. La hermosa, y en algunos casos encantadora, descripción de la Misa, notable en “¿Con qué autoridad?”, también nos ilustrará el punto. El sermón tan a menudo predicado como uno de caridad al estilo inglés es igualmente esclarecedor. Nadie que alguna vez lo escuchó puede olvidar su apasionada respuesta a la sórdida objeción de que los católicos prodigamos demasiado dinero en la belleza de nuestras iglesias, rituales, etc. Su fulminante contraste al uso de piedras preciosas para adorno de las mujeres, y el destello de inventiva con el cual él casi gritando al final dio la respuesta: que si no coronaban al Salvador con oro y joyas, Él aún podría usar la Corona de Espinas.

A pesar de que muy pocos de los cientos de miles que lo escucharon predicar durante la corta década de su vida católica se dieron cuenta de la intensidad del trabajo ligado a sus fascinantes discursos, sin embargo, cada auditor reconoció la tensa energía de su entrega. Aparentemente Mgr. Benson tuvo muchos obstáculos. De figura delgada y por debajo de la estatura media, con el rostro y rasgos que, aunque eran llamativos al mismo tiempo no eran atractivos; una voz que era estridente y no modulada; un tartamudeo en el hablar que en la conversación privada algunas veces se tornaba doloroso; una pobreza en los gestos que era notable. Un orador profesional podría haber indicado cada una de las razones de porqué Benson debiera haber fracasado como predicador. Pero cuando uno se acostumbraba, la voz áspera se hacía suave a medida que su tema se desarrollaba. Su delgada figura se estremecía en vibrante respuesta a los sentimientos que se conmovían a través de todo su ser, reconociendo la reprimida vehemencia y el nervioso vigor que causaba que ese ágil cuerpo se columpiara de arriba abajo, a un lado y al otro, balanceándose ridículamente sobre sus dedos de los pies, amenazando constantemente con perder el equilibrio, pero siempre restableciéndolo para atarlo a las fluidas bandas de soprano púrpura y luego proceder nerviosamente a desatarlo. Mientras, la mente se deslumbraba, el gusto se saboreaba, el corazón se movía, la voluntad se despertaba por el torrente de palabras que, como un río cristalino, llevaba a su seno visiones de gloria, revelaciones de belleza, manifestaciones de poder, y así uno se daba cuenta del hechizo del don divino, del poder de la palabra de Dios reflejada en la palabra del ser humano en acción.

El esfuerzo de Mgr. Benson fue llegar al hombre común. Cuando uno ve, como tantas veces lo vi, grandes multitudes paralizadas sin aliento por sus palabras, supe que las más altas verdades encontraban reconocimiento y alojamiento en las mentes y corazones más humildes. Se puede dar uno cuenta del efecto de una llama intensa que, ardiendo  en el crisol de su propia mente y corazón toda la verdad que él había tan trabajosamente asimilado y hecho suya, se lanza a su lugar de reposo en los corazones y mentes humanas, y que en adelante viviría en ellos como la “palabra que procede de la boca de Dios.”

Nos queda lamentar su pérdida. Él no lamentó su temprana muerte. Cuando, tan frecuentemente sucedía, sus amigos íntimos, o puedo calificarlo diciendo amigos al comienzo de su intimidad, se quejaban de su hormigueante actividad y de la continua tensión que parecía oponerse a la ordinaria humana prudencia, la respuesta desaprobatoria era invariablemente: “Es mejor así. Yo lo sé. Lo mejor es dejarme llevar mi vida como yo sé.” Y así la llama de fuego ardió brillantemente hasta el fin inesperado, y al cesar ha hecho que la oscuridad diga cuan brillantemente había ardido.

American Catholic Historical Society of Philadelphia, marzo 1915, vol.26, N°1, págs., 55-63

Traducción de Beatrice Atherton, para Bensonians

 Texto original en inglés aquí

jueves, 2 de julio de 2020

Víctimas del Vernáculo, por Peter Kwasniewski

                                    

Nota de Bensonians: el presente texto corresponde a un subcapítulo del libro del profesor Peter Kwasniewski "Resurgimiento en Medio de la Crisis, Sagrada Liturgia, Misa Tradicional y Renovación en la Iglesia, publicado el año pasado. Los animamos a comprar y a leer este estupendo libro aquí: https://www.amazon.com/dp/1621384535/ref=dp-kindle-redirect?_encoding=UTF8&btkr=1


                                                               Víctimas del Vernáculo

           Contradiciendo derechamente la Constitución sobre la sagrada liturgia del Concilio Vaticano II, que planteó un uso moderado del vernáculo y amonestó contra cambios innecesarios o inorgánicos, las autoridades de la Iglesia impusieron en la Iglesia latina una liturgia enteramente en vernáculo, con una exclusividad súbita e iconoclasta. El resultado no fue esa nobleza lingüística de las ceremonias bizantinas o las del alto anglicanismo (1), sino una atmósfera horizontal, superficial, conversacional, carente de sabor espiritual. Supuesta la predominante ausencia de disciplina espiritual –ausencia epitomizada por el exagerado minimalismo de las rúbricas del nuevo misal, lo que, a su vez, conduce a la formación de un clero carente de entusiasmo– , el vernáculo no puede sino estimular la emocionalidad que lleva a las personas al reino de lo subjetivo. Mientras más “entra” el celebrante en los textos, glosando, desvirtuando y criticando, más artificial e impostado y vanidoso lo va volviendo todo, convirtiéndolo en una especie de “show” unipersonal o monólogo teatral, no en un compartir en el “pretérito perfecto” del Calvario ni en el “futuro perfecto” del Reino hecho presente aquí y ahora. El sacerdote que simplemente, y con reverencia, lee el antiguo Missale Romanum y hace suyas las oraciones del mismo, subordinándose totalmente al ritual de la Santa Madre Iglesia, se convierte en el portavoz de una Tradición viva que emana del Señor vivo. Esto requiere ascesis en el sacerdote, sí; pero también la requiere de los fieles: éstos también tienen que negarse a sí mismos, empuñar, como quien dice, su misal personal y seguir al sacerdote a fin de entrar en el misterio de la cruz, renovado sobre el altar del sacrificio. A nadie se le permite brillar o emitir maravillosos trinos; todos deben arrodillarse y adorar. 

            La nueva liturgia no puede evitar atraer la atención hacia la personalidad del celebrante porque el vernáculo es el área de expansión de éste, el ámbito de su habla cotidiana, y si hay algo que se le ha alentado a hacer, desde el primer día de seminario, es a “conectarse con la gente”, “hablarle en su idioma”, ser “uno de ellos”. Y así, tiene que ofrecer la Misa en la misma vena, rellenando con familiaridades, expresiones coloquiales, agudezas, anécdotas, saludos de día festivo, pequeñas informaciones –y a partir de esto la infección se contagia también a las partes fijas de la Misa, cuyas fórmulas comienzan a reflejar sutilmente cualquier forma particular de pastoral o de perspectiva teológica que el sacerdote haya acertado a desarrollar–. Las raíces del problema son bien obvias: en Occidente, por más de mil años, nunca se hizo ningún esfuerzo sistemático por emplear un vernáculo noble en nuestros ritos (2) ; de ahí que no hayamos desarrollado, como en Oriente, la costumbre de reverenciar al máximo los textos litúrgicos en la lengua del lugar (3). De hecho, uno de los errores colosales de la fallida reforma fue creer que, tal como el culto en vernáculo, con mucho canto por parte de la asamblea, funciona en Oriente o entre los protestantes, iba a funcionar también perfectamente entre los católicos, lo cual significa ignorar el hecho, enorme como una catedral, de que durante siglos el alma católica fue educada por la guarda del silencio, por la reverencia, por el arrodillarse, por el mirar y, en una medida que es mucho mayor  que lo que los reformadores captaron o admitieron, por el latín y, en menor medida, por el canto gregoriano, su compañero por naturaleza. Cambiar súbitamente esos hábitos del alma, apartándola de ellos, no sólo vino a consolidar la discontinuidad con el pasado, sino también a matar por inanición aquellas virtudes espirituales propias de la Iglesia de Occidente. Esta pasó de tener algunas virtudes a no tener ninguna. 

Como escribiera alguna vez Robert Hugh Benson, la Misa tridentina es una danza sagrada que requiere de máxima concentración para ser ejecutada y pide, con insistencia, cuidadosas preparaciones antes de comenzar, para no decir nada de los años de preparación que requieren los ministros más importantes. Muchas personas mayores, clérigos o laicos, preferirían no volver a la Misa tridentina, porque es más exigente tanto espiritual como físicamente. El Novus Ordo es un acontecimiento social realizado rutinariamente, que puede llevarse a cabo con una preparación comparativamente mucho menor. Esta diferencia se advierte igualmente entre los acólitos tradicionales y los actuales “ayudantes de Misa”. Los primeros tienen que estar bien enseñados e incluso capacitados para realizar sus movimientos elegantemente, sincronizados, en especial en la Misa solemne, en tanto que los segundos pueden aprender los detalles del Novus Ordo en cosa de minutos, ya que consisten en poco más que sostener en alto un libro o tomar unas vinajeras. Tanto en el caso del sacerdote como del ayudante hay también una diferencia en las vestimentas: el sacerdote tradicional usa varias capas de telas a menudo ricas y hermosas, que deben ser revestidas de determinado modo, y el acólito tiene, al menos, la antigua sotana y el sobrepelliz; pero el sacerdote moderno se echa encima unos pocos ítems, coronados por una cubierta de tela polyester, y su ayudante, varón o mujer, lleva algún tipo de ropaje que no alcanza nunca a quitar de la vista sus zapatillas deportivas (4). 

          El modo cómo los ministros en el altar se mueven, oran, se inclinan, hablan y cantan refleja y representa la realidad de lo que está teniendo lugar. En el rito clásico romano, los ministros claramente trabajan, con la atención fija en algo que está por sobre ellos mismos, por sobre el pueblo. Su papel es difícil; tienen entre manos un asunto que es serio, un “asunto del Padre”. Casi siempre transpiran profusamente en la Misa Solemne o en la cantada. En el Novus Ordo, sea que transpire o no, el sacerdote parece llevar a cabo movimientos destinados a captar y retener la atención de la gente, y sostiene con ésta una suerte de diálogo. Recuerdo otra observación de Mons. Benson: en la antigua Misa, el sacerdote, aun cojeando, sube las gradas y se pone a trabajar. Tiene algo serio que hacer, y lo hace, no por la gente, en primer lugar, no teniéndola a ella como referente, sino teniendo en vista el trabajo que hay que hacer, el opus operatum (5): lo que hace es adorar al Padre en espíritu y en verdad, adentrándose en el sacrificio supremo de su Hijo unigénito en la Cruz. He aquí la razón de por qué está de cara al Oriente, hacia el Cristo que ha venido y que vendrá. Cristo es su señor, su “empleador”, si se quiere. El sacerdote le rinde cuentas sólo a Él. El sacerdote de la nueva Misa, ¿responde, ya sea literal o metafóricamente, a Cristo o, más bien, a la gente? La desorientación física del sacerdote, su volverle la espalda al Oriente y darle la cara al Hombre, su poner cabeza abajo la jerarquía de Misa y pueblo, simboliza con una justicia poética digna del Dante el estado del alma occidental y la crisis esencial de la Iglesia Romana en esta Edad Oscura.

           

(1) N. del Tr:. El autor se refiere a las ceremonias de la High Church anglicana, cuya liturgia conserva una atmósfera ceremonial solemne de que carecen, a menudo, las de la Low Church, más cercanas a los “servicios de oración” del protestantismo en general.

(2) No quiero decir con esto que Occidente se haya equivocado al no usar el vernáculo en los ritos; muy por el contrario, como lo sostiene San Juan XXIII en su Constitución apostólica Veterum Sapientia, de 22 de febrero de 1962. Lo único que quiero decir es que nunca se acostumbró a los católicos a un vernáculo solemne y canónico, al contrario de lo que ocurre con los anglicanos y su traducción isabelina de algunos elementos de su patrimonio litúrgico latino.

(3)El respeto del sacerdote bizantino por los textos del Misal es tan profundo que incluso cuando celebra la liturgia en su lengua materna, jamás altera las palabras o las rúbricas: ambas cosas han sido determinadas por normas, como alguna vez fue también el caso en Occidente. Lo único que se agrega alguna vez es el nombre de los enfermos, de los difuntos o de quienes hayan pedido oraciones. Y, por cierto, la homilía es suya propia. 

(4) Como lo recordarán los católicos de más edad, el gusto en los ornamentos –para no mencionar siquiera el tipo de arquitectura de las iglesias y el diseño del presbiterio– ya había comenzado, desde antes del Vaticano II, a sufrir la infección de un utilitarismo superficial. Ha habido otras épocas en la historia de la Iglesia en que ha decaído el gusto y el estilo artístico-litúrgicos. Con todo, sería difícil imaginar una banalización más completa, un sacrificar más despiadadamente lo sustantivo a la moda efímera, que lo que presenciamos hoy a nuestro alrededor.

(5) Aunque es verdad que en tiempos preconciliares hubo también una buena medida de desacralización del rito romano –por ejemplo, cuando el celebrante decía la Misa a una velocidad vertiginosa, haciendo las señales de la cruz prescritas sobre la oblata tan rápidamente que ya no eran signos inteligibles de la cruz–, no se dio, sin embargo, una “cultura” de la banalidad que dejara a los asistentes sin aliento: por lo general, los fieles todavía eran capaces de experimentar la Misa como una fuente visible de gracia y de paz invisibles.

viernes, 19 de junio de 2020

Te diré mi amor Rey mío (III) por José A. Ferrari

Archivo:Sagrado Corazon de Jesus comisioned by García Moreno ...

Te diré mi amor, Rey mío III


Te diré mi amor Rey mío,

Señor de los indefensos,

los que aguardan como niños

junto a la vera del tiempo.

 

Los que por débiles sienten

la fuerza de Dios, partiendo

riscos de temores vanos

 y cerrazones de invierno. 

 

Te diré mi amor Rey mío

acrecentando talentos

de tus arcas bienhechoras

sobre mi lomo carguero.

 

Bordeando el acantilado

que mira hacia mis anhelos

descubro viejos tesoros

bajo un océano inquieto. 

 

Te diré mi amor Rey mío

queriendo el bien que no puedo,

arrinconado en las sombras

de todos mis desaciertos.

 

Pero alzada la mirada

confiado en el firmamento

veo hiladillos de plata

adornando mi desierto.

 

 

Te diré mi amor Rey mío

con decires desparejos

  hechos de cal y de arena,

volcados en estos versos.

 

Como la rústica ciencia

de antiguo trovar coplero

quiero sanar mis heridas

con redoblado gracejo.

 

Te diré mi amor Rey mío

hasta perder el aliento;

la cuesta se hace pesada,

los vendavales violentos.

 

Cada senda es un retazo

de tu constante recuerdo

y cada estrella un indicio

de tu solar sempiterno.

 

Te diré mi amor peleando,

solo quiero por pertrechos

el filo de La Escritura

al frente de tus ejércitos.

 

Que el tumulto descarado

y los campos cenicientos

resurjan de sus cenizas

lo mismo que mis adentros.

viernes, 10 de abril de 2020

Romances de mi Cristo Rey (II) por José A. Ferrari

File:Valdes leal-cristo con la cruz a cuestas-prado.jpg
Cristo con la Cruz, Juan de Valdés Leal

Romances de mi Cristo Rey (II)

Te diré mi amor, Rey mío,
trastabillando en la pena
de ocasos y desatinos,
debilidad y carencia.

Manos impuras que aprietan
el dolor de la revuelta;
nunca vencido el deseo
por muy angosta la senda.

Te diré mi amor, Rey mío,
y una sonrisa bermeja
cruzará bosques sombríos
de esclavitud e insolencia.

Serás el tenor del viento,
las lágrimas de la niebla
forjando nuevos semblantes
sobre mejillas de piedra.

Te diré mi amor, Rey mío,
 dulce prever de colmena,
jubilosos derroteros
hasta el confín de la tierra.

O con ayes lastimeros
envejecerá mi lengua,
aunque reluzca el azote
no cederá la contienda.

Te diré mi amor, Rey mío,
bordando una primavera
de victorias rebosantes,
de envergadura profética.

Por dentro clavijas duras
tensando a sangre las cuerdas
del hombre nuevo prendado
de canción y de promesas.

Te diré mi amor, Rey mío,
como la viuda pobreza,
son dos monedas de cobre
lo que traigo para ofrenda.

Por sincera y generosa
podrá relumbrar la entrega
siempre velada, silente,
inquebrantable y doméstica.

Te diré mi amor, Rey mío,
removiendo por la fuerza
escollos y desalientos
para alcanzarte en la brecha. 

Mis andrajos serán yelmo
por tu divina encomienda,
 tu trajinar nazareno
querrán imitar mis huellas…
                                              José A. Ferrari

jueves, 9 de abril de 2020

El Juicio, por Mgr. Ronald Knox


"El Sumo Sacerdote le interrogó diciéndole: "¿Eres tú el Cristo, hijo de Dios bendito?" Y Jesús le contestó: "Yo soy." Entonces el Sumo Sacerdote, rasgando sus vestiduras, dijo: "¿Qué necesidad tenemos de más testigos? Ya habéis oído la blasfemia." Mc. 14, 61-64.

          Jesús de Nazaret, el Hijo de María, afirmó ser el Hijo eterno de Dios. Sus actos fueron deliberadamente calculados para identificarle con el Mesías prometido. Ya he recalcado que sus palabras, cuando le cogen, por decirlo así, desprevenido, son las palabras de un Dios que habla en la forma externa de un hombre. He recalcado que las indicaciones que deja caer en sus parábolas y en las comparaciones que usa son propias de la divinidad consciente. He recalcado  que su silencio y el silencio que impone a otros durante su vida terrestre son un testimonio aún más elocuente de su origen divino que sus actos, palabras o insinuaciones. Ahora nos falta examinar las escenas finales de su vida natural, durante las cuales aquel su extraño silencio encuentra su culminación y finalmente se rompe.

          Durante toda la duración de su proceso, su silencio se impuso a la atención de sus acusadores. "Guardó su paz y no contestó nada", dice San Marcos del Juicio ante el Sumo Sacerdote. (Mc 14, 61) "Herodes - dice San Lucas - le dirigió muchas preguntas. Pero no le contestó nada." "Pilato le dijo - éste es San Mateo -:" No oyes qué grandes testimonios se alegan en contra de ti?" Y no le contestó ni una palabra, de lo que el gobernador quedó sumamente maravillado". (Mt 28, 13-14) Ese silencio durante su juicio es la corona de una vida de silencio. Tenemos que acertar enigma; Él no nos lo dice. Sin duda, podéis comprender lo que quiere decir por las mismas acusaciones que aquellos desconcertados testigos a sueldo están haciendo contra Él. "Destruid este templo y yo lo volveré a alzar en tres días." (Jn 2, 19) ¿Es que no podéis ver que habla de sí mismo? Los jueces están confundidos, y el secreto que el amor descubrió tiempo atrás, cuando Pedro hizo su confesión, no puede aún ser captado por el odio. Observad que todo el juicio conduce a la pregunta del sumo sacerdote y todo el resultado depende de ella. Su paciencia se gasta al fin; se vuelve hacia el prisionero y le conjura por el Dios viviente que le diga si pretende ser..., ¿qué? ¿Un profeta? ¿Un reformador? ¿Un jefe nacional? ¿Un perturbador de la paz pública? ¿Un rey, descendiente en línea recta de David? No, ninguna de estas cuestiones agita o puede agitar a un público como éste. Pero ¿afirma que es el Cristo? ¿Afirma que es el Hijo de Dios bendito?

          ¿Y la respuesta? Guardaremos a los críticos todas las consideraciones; nos dirigiremos a su documento favorito, su documento primitivo: el Evangelio de San Marcos. Y Jesús le contestó: "Yo soy" (Mc 14, 62), La misma afirmación que en otro tiempo bajó envuelta en el trueno por las laderas del Sinaí rompe ahora el silencio de la sala de juicio. San Lucas nos facilita este comentario: "Si os lo digo, no me vais a creer, y si os pregunto, no me vais a contestar". Lc 22, 67-68 Ha pasado el tiempo en que podían haber descubierto el secreto por sí mismos y caído a sus pies con el Príncipe de los Apóstoles; ahora es demasiado tarde. ¡Dios nos proteja de ese terrible estatuto de limitaciones que impone a sus gracias! Ese ojo omnividente, frente al cual ningún corazón humano puede guardar su secreto, ha leído de una vez en las almas marchitas que tiene enfrente y las ha encontrado confirmadas en el mal; no hace falta, pues, más misterio: ya puede descubrirse. Y al hacerlo, el sumo sacerdote desgarra las vestiduras de su ahora usurpada autoridad y la sala se llena con los gritos de "Blasfemia". Se pasa la consigna a los que mejor saben mover las simpatías de la multitud. El asunto está ya zanjado; sólo falta asustar un poco, para acallar sus escrúpulos, al ineficiente gobernador, y el carpintero que pretendía ser Dios será precipitado a su muerte.

          ¡Pero esperen!...¿De quién es esa voz que atravesando el clamor pide la anulación del veredicto y la absolución? Sin aliento, intranquilo, pero confiando en la justicia de su acto, apretando contra sí su precioso montón de documentos, se presenta...el crítico científico. "¡Alto, alto! - grita -. Dejadme que os explique; se trata de un trágico error. Vuestros testigos han interpretado mal los hechos o tal vez los han presentado mal deliberadamente. El acusado que está ante vosotros no ha blasfemado nunca. Se llama a sí mismo el Cristo, esto es, el Mesías, que es un título general para el gran héroe nacional que ha de surgir y liberar a Israel de sus dominadores extranjeros. No es la Escritura, sino una interpretación especial de la Escritura la que reviste de circunstancias de divinidad a ese prometido Liberador. El dice ser el Mesías, esto es, el introductor de un nuevo orden, de una revelación más completa de Dios al hombre. No debéis hacerle responsable de todas las asociaciones de las ideas teológicas que el empleo de ese lenguaje puede hacer que nazca en vosotros. Es cierto que se hace llamar también el Hijo de Dios, pero es que todos somos hijos de Dios. No hay uno de nosotros que no proclame a Dios como a su padre, por mucho que nos hayamos apartado de Él, por muchas que sean las infidelidades con que le hayamos ofendido. Este hombre, por tanto, vuestro prisionero, proclama a Dios como su padre en virtud de un derecho común de la humanidad. Lo único es que hay grados diversos de filiación; cada uno de nosotros, en la medida en que ha comprendido el hecho de la paternidad de Dios y ha hecho suya su lección practicando y predicando la ley de la fraternidad humana, se apropia en una forma especial del título de hijo. Creedme, señores: este hombre está más cerca de Dios de lo que pensáis. Vosotros, fariseos, con vuestra heroica lealtad a las tradiciones de vuestra raza; vosotros, saduceos, con vuestra amplitud de miras para apreciar las tendencias modernas y una civilización que no es la vuestra; vosotros, los escribas, con vuestro estudio meticuloso de la letra del Antiguo Testamento: hay algo que todos vosotros no habéis visto, y este hombre lo ha encontrado. No os confundáis por su empleo de títulos sonoros, por la imaginería oriental con que os pinta los terrores de un futuro juicio; reconoced en él, como lo hago yo, a un Maestro enviado por el cielo que ha recibido la iluminación divina (¿no podríamos incluso llamarla inspiración?) en un grado muy especial, aunque no sea diferente por la especie del barro con que estamos todos hechos. Matarle sería convertirle en un héroe, tal vez incluso (pues la superstición popular es así) deificarle. Olvidad vuestros escrúpulos, prestadle reverencia como a un Maestro y dejad que vaya en paz."

Jesús en casa de Anás Museo del Prado José de Madrazo.jpg
          Así habló el crítico científico ante aquel tribunal del odio, y yo confieso que, aunque los rostros de los jueces eran siniestros, por su crueldad, encuentro que hay algo noble en el desprecio que le muestran. ¿Cómo? ¿Ofrecer esta triste apología a un tribunal tan parcial? Podían no estar de acuerdo sobre una cuestión de hecho, y no lo estuvieron hasta que el mismo confesó. Pero en una cuestión de interpretación de la ley, ¿no se puede confiar en que esos escribas, que se han dejado los ojos en el estudio de los documentos sagrados, podrán decidir si "Hijo de Dios" es o no un título blasfemo? Si concedemos que los fariseos estaban cegados por el odio, no es un fariseo, sino un saduceo, el que desgarra sus ropas y grita: "¿Para qué necesitamos más testigos?" El sumo sacerdote, como enemigo de los fariseos, se ha alegrado tal vez de aquellas diatribas contra la hipocresía y el formalismo que no había afectado a su propia casta; por algo se ha convertido de repente de juez imparcial en acusador fanático. ¿No indica nada a los críticos el hecho de que un hombre así se ponga blanco de ira al oír el nombre del Mesías? El tribunal no tendrá en cuenta esa defensa ni el acusado la necesita. Creedme, las vacilaciones de Pilato no eran menos fútiles, y Pedro, cuando negó tres veces a su Señor, no le hizo un desfavor más grande.

         Ahí está aguardando paciente, y no necesita nuestra interferencia. Está siendo juzgado no solo delante de los judíos, sus contemporáneos, sino ante todas las generaciones de los hombres; pueden juzgarle mal, si quieren, pero tienen que juzgarle. Y tienen que aceptar su propia definición de la cuestión en litigio, no  tratar de halagarle con títulos semidivinos, que serían demasiado para un loco y no son nada para un Dios. Afirma no solo desafiar a la muerte y despreciarla, sino haberla vencido. "Destruíd ese templo - dice (y no necesitábamos que San Juan nos diga que se refiere a su propio cuerpo) - y en tres días lo volveré a levantar" Jn. 2, 19, con lo que quiere decir; "Dios lo volverá a levantar", "mi Padre celestial lo volverá a levantar", no "Yo lo volveré a levantar". El reto es perfectamente directo; solo San Juan registra la ocasión en que realmente se produjo, pero los testigos del juicio han conservado el hecho y los jefes judíos han creído a esos testigos: "Señor, hemos recordado que aquel impostor dijo, cuando aún estaba en vida, que después de tres días resucitaría" Mt. 27, 63. Ahora bien, si Jesús de Nazaret pretendiera ser un rey, o un jefe popular, o un profeta, o un reformador, este reto carece de sentido. Lo único que le da importancia es el hecho de que afirmaba ser Dios. "Matadme - parece decir -, y si soy sólo humano, os libraréis de mí, pero si soy más que humano, tendréis que reconocer por fuerza la justicia de la prueba." Podéis llamarle impostor o podéis  aclamarle como a Dios, pero en cualquier caso la historia del Evangelio tomará rango de tragedia. Pero si no decís que nunca hubo reto alguno, que no hubo ninguna prueba, y que solo un pálido fantasma salió de la tumba del jardín en la mañana de Pascua, es no dejarnos ni una tragedia ni una teología; es tan solo echar a perder un relato.

         Me diréis tal vez que la tragedia de la Pasión os parece tanto más real como tragedia si se os permite suponer que su actor principal estaba en realidad indefenso, que no podía, aunque hubiese querido, salvarse. "Ciertamente - decís -, si es verdad que el crucificado del Calvario estaba allí por su propia libre voluntad, escogiendo deliberadamente su muerte en cada momento de aquellas tres horas; si solo se separó de su Madre para dos breves días de ausencia, y confortó al ladrón arrepentido contra los terrores postreros que él mismo no podía sentir, y cedió en su cansancio a una desolación que estuvo cerca de la desesperación, habéis creado entonces una hermosa ceremonia del Calvario, pero el interés humano ha desaparecido. Para mí - añadís - el verdadero pathos de la situación, el elemento que hay en ella que provoca mis lágrimas, es esa completa impotencia y desesperanza que vuestro Dios-Hombre no podía atraer sobre sí ni sentir. Me basta con creer que un hombre que vivió generosamente por lo que creía ser su misión murió heroicamente por lo que creía ser la verdad. ¿No es esto bastante - preguntáis - para hacer que los hombres doblen la rodilla en homenaje a la divina inspiración que pudo hacer algo tan noble de nuestra débil humanidad? Dios me perdone si pierdo totalmente el sentido de la reverencia, pero me parece que vuestra historia, aunque sea conmovedora, no es ni muy notable ni muy nueva. Palabra por palabra, paso por paso, la historia de Jesús de Nazaret parece, tal como la contáis, que es la historia de Savonarola, y antes diría mis oraciones a  Savonarola que a vuestro Cristo."

          Pero sí ese Dios-Hombre que los católicos adoramos pisó realmente la tierra, si lo Inmutable se revistió de humanidad, y lo Impasible sufrió, y lo Inmortal murió, digo entonces que para mí las tres horas del Calvario son más tragedia, no menos, para la personalidad divina que durante esas horas se vela y se revela. Si había realmente legiones de ángeles que estaban a su alrededor, con la mano en la mano espada, dispuesta a intervenir en la historia a la primera palabra de su protagonista - palabra que nunca fue pronunciada -, entonces no hay detalle en la historia, no hay circunstancia en ella, bien del odio judío o del desprecio romano, que no esté saturada de ironía. ¿Y qué es la tragedia si no es ironía? Un visionario odiado, un hombre inocente condenado sin justicia, un hombre desamparado llevado a la muerte: ésta sí que es una historia vieja, una historia de todos los días. Pero ¡Dios rechazado por su propio pueblo! ¡La Justicia eterna llevada ante un tribunal humano!¡El Autor de la vida exhalando el último suspiro de un alma humana! ¡Digamos, si quiere, que es sólo un cuento y que somos niños si creemos en él, pero no trate de contárnoslo quitándole su esencia!

          Él juzgó y juzga a los hombres que se hicieron jueces suyos. Su sentencia será pronunciada cuando haya pasado el momento en que puede haber dolor o cambio de opinión o excusa. Dividirá en dos clases, solo dos: los que le han confesado y los que le han negado. Nos señalará uno de dos destinos, sólo dos: ser confesados o ser negados ante su Padre celestial. Juzgad honradamente, pues, ya que ante Él todos los corazones están abiertos; juzgad con toda seriedad, porque sois vosotros los que recibiréis la sentencia.

                                      Sermón predicado en Nuestra Señora de las Victorias de Kensington en 1921.

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Imagen centro:
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lunes, 16 de marzo de 2020

La Oración, por Ronald A. Knox

Aunque yo sea polvo y cenizas, me he propuesto hablar a mi Señor, y hablaré.
Génesis 18, 27.


         ¿Qué es lo que hacemos cuando decimos nuestras oraciones? Si puedo daros una comparación muy sencilla, con el fin de aclarar las cosas, dejad que os sugiera que estamos haciendo un "aparte" al público. Si habéis trabajado en alguna función de teatro aficionado, probablemente habréis tropezado al aprender vuestro papel con una instrucción escénica que decía: "Actor X (aparte, al público." El resto de la compañía tenía que pretender no darse cuenta de lo que hacíais, y vosotros os acercabais a las candilejas, os tapabais seguramente la boca con la mano, y decíais: "No sabe que es mi hermano, tanto tiempo perdido", a algo semejante. Por una vez abandonabais la ficción - no es más que una ficción - de estar hablando a los otros actores, gentes vestidas con ropas extrañas y que representan, como vosotros, a personajes imaginarios; y hablabais, en cambio, a la gente verdadera sentada ante vosotros en la oscuridad.
         
         No hacía falta ser un actor y dramaturgo como Shakespeare para decirnos que "todo el mundo es un escenario y todos los hombres no son sino actores". Lo mismo hemos sentido nosotros al volver de alguna fiesta donde hemos pasado toda la tarde hablando a una serie de desconocidos. "Todo esto me resulta irreal - nos decimos-. Parece como si volviéramos del teatro." Y desde luego estábamos en lo cierto, y toda la vida es así. Cuando trabajáis en el teatro nada os parece real en ese momento, salvo el espacio brillantemente iluminado de unos poco metros cuadrados en que os encontráis; más allá no hay sino gran oscuridad que parece un puro vacío. Pero en esa oscuridad está la gente de verdad, para cuya satisfacción estáis trabajando; buscáis su aplauso, y no el de los otros actores. Cuando, dirigiéndoos a esa oscuridad, decís vuestro "aparte", estáis hablando por una vez a la gente de verdad. Y esto mismo es la oración; significa emplear vuestros medios de palabra, pensamiento y voluntad para poneros en comunicación con aquel mundo de verdad que nos parece oscuro, el mundo sobrenatural, en lugar de malgastarlas charlando con otros cómicos de la función.

         Hay una diferencia evidente. Cuando el actor se acerca a las candilejas y dice: "No sabe que es mi hermano, tanto tiempo perdido", está comunicando al público algo que no sabía. Pero cuando decimos nuestras oraciones no le decimos a Dios nada que no sepa; nuestros pecados son para Él informes atrasados, nuestras necesidades son algo que no hacía falta decir. Si un ser humano que hubiese sido educado, en caso de que ello fuera posible, sin ninguna noción de religión, os viera arrodillados junto a la cama y murmurando palabras a la colcha, os tomaría por un loco. ¿Por qué hablamos de "decir" nuestras oraciones, por qué no simplemente las "pensamos" - como hacemos a veces -, en lugar de decirlas? Si pensamos en ello, tendremos que admitir que hacemos este trabajo de mover nuestros labios en la oración no porque Dios lo necesite, ni porque la Virgen y los santos lo necesiten, sino porque lo necesitamos nosotros. Queremos sentirnos seguros, queremos acostarnos sintiendo que hemos dicho nuestras oraciones, y si no hiciéramos más que pensarlas, tendríamos miedo de irnos a la cama creyendo nada más que las habíamos pensado.

         Pero, naturalmente, si decís todo eso, no habréis satisfecho la curiosidad de vuestro amigo ateo. "Aunque vuestros labios no se muevan - o dirá -, estáis ahí formando ideas en vuestra mente acerca de lo agradecido que estáis a Dios, de lo mucho que lamentáis vuestros pecados, de qué necesitamos estáis de esta o aquella gracia. ¿Por qué habría Dios de querer, por qué habría de esperar, que hagáis eso? El sabe lo que necesitáis mejor que vosotros, y si lo considera conveniente, ya os lo dará sin necesidad de que se lo pidáis." De esto hablaremos más adelante. Por el momento, lo que queremos aclarar es que la oración no significa necesariamente pedir cosas. Los cristianos creemos que Dios realmente nos concede favores especiales en respuesta a nuestra petición. Pero, aunque no lo hiciera, aún sería posible rezar, y sería nuestro deber rezar, y aún desearíamos rezar. Porque la oración en su esencia no es pedir cosas a Dios, sino simplemente hablar con Dios. Le hablamos, y nuestras necesidades y las de nuestros amigos van saliendo por sí solas en la conversación.

          No necesito decir que nuestro crítico no nos dejará tranquilos con esto. Cuando decimos que "hablamos con Dios", ¿no estamos usando una metáfora? ¿No estamos representando una comedia cuando nos apartamos de la compañía humana y nos ponemos de rodillas, diciéndonos que queremos estar solos con Dios y hablar Él? Cuando dos seres humanos se hablan hay un intercambio constante de ideas, noticias y chismes; cada una de las partes comunica a la otra algo de sus propias apreciaciones, de sus entusiasmos, y cada una, a su manera, trata de conocer a la otra mejor. Pero en la oración, ¿qué intercambio de pensamiento puede haber? A no ser que Dios considere conveniente darme una revelación sobrenatural, cuando me levanto a rezar sé exactamente lo mismo acerca de Él que sabía cuando me arrodillé. Y Él lo sabe ya todo acerca de mí; no le puedo decir nada nuevo. ¿No es, pues, un abuso de lenguaje el decir que en la oración estamos "hablando con Dios"?

          Es fácil rebatir esta dificultad. Incluso en los asuntos comunes de la vida humana hay que decir algunas veces las cosas más obvias. El hombre que os hace un regalo generoso no dudará de que os sentís agradecido; sin embargo, es costumbre decírselo. Y si habéis pisado a una señora, es fácil que ella suponga que lo sentís, pero la cortesía exige que vuestro sentimiento se exprese con palabras. ¿Y no vamos nunca a molestarnos en dar las gracias al Dador de todos los bienes, en pedir perdón al Dios a quien todas las culpas ofenden? Pero esto es tan sólo una respuesta dialéctica, en parte porque reduciría el contenido de la oración a un mínimo formal y en parte por un motivo más íntimo. Algunas personas que han vivido en más estrecho contacto con Dios han descubierto que, en la medida en que llegaban a conocerle mejor, su oración se simplificaba; podían ahorrarse las palabras e incluso los pensamientos, o al menos los pensamientos consecutivos y claramente articulados. El campesino francés a quien se preguntó qué ocurría cuando se sentaba a rezar delante del tabernáculo, y contestó: "Yo le miro y Él me mira", había dado sin duda con el secreto de la cuestión. Una mera adhesión del alma a Dios, a un Dios que no se representa a la mente por medio de imágenes, sino velado en una oscuridad que sin embargo es luminosa a los ojos de la fe; sin multiplicidad alguna de actos, de tal modo que una mística declaró que nunca decía nada en sus oraciones salvo la palabra "Sí": esto es oración, y oración de un orden muy elevado, tal vez del más elevado. ¿Y dijimos que no había conversación sin intercambio de ideas? Tal vez no en la conversación humana ordinaria, pero nuestra conversación tiene lugar en el cielo.

          ¿Qué es, pues, de nosotros, que rezamos de un modo tan poco simplificado y tan lleno de imágenes? Y no sólo de imágenes piadosas, sino de recuerdos y lamentaciones de nuestros ensueños, que brotan en medio de nuestras oraciones y constantemente las distraen. ¿Estamos simplemente perdiendo el tiempo al charlar con Dios Todopoderoso en lugar de guardar silencio en su presencia? No creo que tengamos que verlo de esta manera. Los pensamientos que corren por nuestra cabeza, cuando estamos de rodillas, aun los menos santos, podrán no ser esenciales en la oración, pero son su acompañamiento natural. Como paja, si queréis, que flota en la corriente, o mejor aún, como motas de polvo que bailan a la luz del sol y que sirven de apoyo y sustancia a sus rayos. Al rezar, damos constancia de alguna resolución para el mejor ordenamiento de nuestra vida; nos resignamos a la voluntad divina en alguna prueba que está cerca; nos acordamos de la necesidades de algún amigo, demasiado olvidadas; descansamos en la contemplación de algún misterio predilecto o en la idea de algún santo cuya protección nos atrevemos a reclamar, y todo ello son símbolos donde vuestro deseo de llegar a una mayor intimidad con Dios se envuelve y toma forma. Las cosas de la vida común se transforman, como las motas iluminadas por el rayo del sol, al ser acogidas en vuestra oración. Del mismo modo, los cien chismes sin importancia que llenan la carta de un amante se transforman, para quien la lee, porque son el símbolo de su amor. Únicamente en este caso la transformación se verifica sólo para nosotros; no podemos saber lo que estos símbolos nuestros le parecerán a Dios; no podemos decir lo que ninguna cosa le parecerá a Dios.

          Al mismo tiempo, hemos de recordarnos que la oración no es simplemente una actitud o un ejercicio por nuestra parte. Significa hablar con Dios, apartarnos de la cháchara que los seres humanos mantenemos en la vida común, para dirigirnos a un público que todo lo ve y todo lo oye, y que está en la oscuridad. Pero esto no es todo; la oración significa pedir cosas y conseguirlas. La petición no es precisamente la esencia de la oración. El modelo de todas las oraciones cristianas es el Padrenuestro, y en el Padrenuestro hay más de un cincuenta por ciento que no es petición. Lo que pedimos, visto en sí mismo, es de importancia secundaria; es sólo el símbolo mediante el cual expresamos nuestra plena dependencia de Dios y nuestra total confianza en Él. Cualquier símbolo sirve para ello; un chico que pide unos patines nuevos puede rezar tan bien como una madre que ruega por la salud de su hijo. Ni tampoco termina todo aquí. Dios, en su sabiduría, ha unido algunas de sus bendiciones, no sabemos de qué manera ni en qué medida, a nuestra confianza y a nuestra paciencia para pedirlas. Quiero que recemos y sabe que algunos de nosotros lo hacemos con pereza; quiere que los cristianos seamos buenos vecinos, y por eso ha establecido este amable lazo de las oraciones que nos unen unos a otros y a la Santa Iglesia. Pedid y recibiréis; no quiere que nos torturemos la cabeza sobre el funcionamiento de todo ello; quiere que vayamos a Él como niños, que no nos avergoncemos de decir lo que desea nuestro corazón. Pero, al final de todo, el objeto de la oración no es hacer que Dios quiera lo que nosotros queremos, sino hacer que nosotros queremos lo que Dios quiere. En su voluntad reside nuestra paz.

                                                                                                                Mgr. Ronald A. Knox
                                                                                               Tiempos y fiestas del año litúrgico

miércoles, 22 de enero de 2020

Del Aguila del zar a la bandera roja


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Hace una década atrás un buen amigo argentino me envió por pdf un libro que él hacía leer en forma obligada a sus hijos cuando eran adolescentes. El libro resultó del Del Águila del Zar a la Bandera Roja y fue escrito nada menos que por el Atamán General Krassnov, abuelo del general chileno que está pagando por ser nieto de quien es. Pude después comprar sus tres tomos y en ellos se cuenta el desarrollo de la revolución rusa a través de su personaje principal, un joven perteneciente al ejército del Zar. Tres tomos que van narrando todo el proceso revolucionario desde la génesis de la guerra hasta la ejecución del Zar y el triunfo de los soviets, esto es, de las asambleas...sí, las mismas que ahora sufrimos en Chile. Una de las ideas presentes en el libro, y que lleva a la ruina al protagonista es la omisión, la omisión de los buenos, la complacencia y la ceguera de los aristócratas que condujo al pueblo ruso a sufrir a estos revolucionarios.

Les recomiendo la lectura de este libro. Si pueden comprarlo les aseguro que vale la pena. Aquí lo pueden encontrar y los deriva a los otros tomos: https://www.iberlibro.com/buscar-libro/titulo/del-aguila-del-zar-a-la-bandera-roja-en-plena-anarquia/Y para muestra un botón, verán que las consignas que hoy escuchamos eran, son y serán siempre las mismas. Lean bien lo que sigue y verán que es exactamente lo que estamos viviendo en Chile y en América Latina, es cosa que cambien ustedes el nombre a los personajes que aparecen a continuación y se darán cuenta.

           "Lenín tenía piernas cortas y el cuerpo superior bastante largo, con pecho robusto saliente. Su corpulenta cabeza calva y semblante feo, se apoyaba sobre un cuello de cortas dimensiones. Su aspecto exterior no denotaba la sangre rusa, ningún rasgo napoleónico tenía. Sablin le pareció distinguir algunos rasgos de anormalidad en aquel semblante, cuando sonreía con cierto aire de idiotez.

          Ya estaba junto a la balaustrada, estiró los brazos y contempló, callado, durante largo rato, la inmensa muchedumbre a sus pies.

       - ¡El poder pertenece a los soviets! - comenzó su peroración. Hablaba con una dicción desagradable, empleando frases cortas, que repetía frecuentemente. Sablin adquirió la impresión de que este hombre de aspecto idiota hacía penetrar en los cráneos de sus oyentes sus sencillos argumentos de rapiña.

        - ¡Todo el poder pertenece a los soviets! - repitió -, pues representa verdaderamente al pueblo. El poder pertenece a los pobres descamisados, al proletariado. Los capitalistas han esclavizado al pueblo durante centenares de años, le han chupado su sangre. Ha llegado la era del derecho y de la igualdad. Lo que uno posee, no le pertenece, pues lo ha robado a los demás. ¡La propiedad es un robo! Sólo reinará la igualdad sobre la tierra, cuando nadie posea algo y todo sea propiedad de la comunidad. Por eso procede bien el que roba a otro, pues este ya lo había robado anteriormente. ¡Robad al ladrón! Así reinará orden en todo. ¡ Esta es la verdadera obra de la revolución!

         La muchedumbre escuchaba reteniendo la respiración. Un soldado situado junto a Sablin, que masticaba semillas de girasol, en su arrobamiento olvidada escupir las cortezas.

       - Ciertamente... - continuó Lenin -. Remordimientos...¿Habéis oído hablar de remordimientos, de la conciencia? Los popes os engañan, cuando os hablan de Dios. El gobierno que hasta ahora ha mantenido el pueblo en la esclavitud y los capitalistas que le explotaban, han imaginado la religión. La religión es el opio de la muchedumbre. Despertad y comprended que los templos dorados son edificios inútiles. ¡Abajo los popes! Os inducen a pensar en cosas sagradas, para que olvidéis las penas de la tierra y resistáis su yugo. ¿Por qué lucháis? ¿No sufre también el obrero alemán bajo la férula de los capitalistas, el aldeano alemán no gime bajo el látigo de los yunkers? ¡El Kaiser sediento de sangre también les arrastró a la guerra! Tirad los fusiles y estrechad la mano del pueblo alemán, no os avergoncéis vosotros, ni vuestros cabecillas. Ayudadles a derribar a Guillermo, como vosotros habéis derribado al sangriento Nicolás. Libertad, paz y trabajo os aseguran los soviets y el partido de los bolcheviques. Por eso nos llamamos bolcheviques, porque ofrecemos al pueblo más ventajas que los demás partidos.

        Sobre su semblante de idiota, a intervalos flotaba una sonrisa satánica.

        - ¡Este habla como el Anticristo, compañero! - dijo un viejo obrero-. ¡Tan groseramente de la religión!

        -¡Diablo de hombre! ¡Un espía alemán atreverse a esta manera!
        _¡Calla compañero! ¡Habla de la cuestión de las tierras!

        - La tierra nos pertenece. Tomadla y poseedla. Si alguien lo impidiera, luchad contra él. Vosotros, o sea el pueblo, tiene la libertad y el poder para ello. ¡Adoptad un gobierno que os ayude en esta empresa!

         - Esto no es más que una excitación al pillaje y al  pogrom - dijo sorprendido un señor vestido decentemente. Las rojas lamparillas del balcón brillaban a intervalos con mayor intensidad, arrojando reflejos sangrientos sobre el semblante y la calva de Lenin.

         -El pueblo lo posee todo para ser feliz. Debéis ver las cosas con toda sencillez. Os dicen: ¡la pena de muerte no es necesaria! En efecto, nosotros también somos contrarios a la misma, pero arrojaremos de nuestro camino a quien nos resista. La humanidad dará un gran paso adelante. De los estados independientes pasaremos a la vida internacional común de las multitudes obreras. El que no nos comprenda, no debe permanecer aquí, hay que expulsarle. También arrojaremos todos los generales que piensen en la prolongación de la guerra, todos los propietarios de tierras y latifundios, todos los explotadores de la industria. ¡Las tierras pertenecen al pueblo, las fábricas a los obreros, el capital al estado y el mundo a la humanidad doliente!

          Se apagaron la lamparillas. El balcón quedó sumido en la oscuridad.

         - ¡Compañero! - dijo una voz indignada -. ¡Compañero! No tiene sentido común. ¡Es un espía alemán! Es un traidor al imperio ruso. ¿No os parece?

         -¡Cierra la boca! ¡Calla! ¡Abajo!

         - Ves - decía Maznew a Sablin al regresar-. Esto se repite varias veces por día. Esta gente van desparramando y transmitiendo el incendio y otra muchedumbre oirá de nuevo las arengas del bribón, de cara idiota.

         - ¿Y el gobierno?

         - El gobierno al llegar estos agradables sujetos en un vagón blindado, los detuvo con la intención de procesarlos, pero fueron puestos en libertad por orden de Kerenski.

         - ¿Kerenski? ¿Con qué objeto?

         - Preparar un partido. En el fondo todos pertenecen a un mismo partido y el partido para ellos es superior a la patria".

                                        Del Águila del zar a la bandera roja, tomo III, La Revolución soviética
                                                                                                                            General P.N. Krassnov