martes, 31 de marzo de 2026

Semana Santa

 

           He aquí entre todas las semanas del año la más célebre y sagrada, la más venerada y más celestial. Por antonomasia se la llama la Gran Semana o Semana Mayor, por haberse efectuado en ella los más grandes misterios de nuestra Redención, las más asombrosas muestras de la misericordia y amor de Dios para con los hombres y el mayor y más formidable ejemplo de justicia divina contra el pecado. Comúnmente se la llama Semana Santa, porque el Santo de los Santos, Cristo Jesús, obró en ella los  más santos hechos de su vida, y con su sacrificio en la cruz nos redimió de la muerte del pecado y de la tiranía de Lucifer.

          La Semana Santa es la plenitud de los tiempos, el centro de toda la historia que enlaza ambos Testamentos, el apogeo de la Revelación, la que vio realizada la unión de Dios con el hombre, y la explosión de la caridad represada en el corazón de Jesucristo; es el vértice del cristianismo y la unión de todas las maravillas del mundo regenerado de las almas. Por eso la Iglesia católica, al celebrar con tanto esmero y devoción esta Semana verdaderamente Santa, rememora todo esos acontecimientos sobrehumanos. Eso es lo que hace con todas sus misas, sacramentos y ceremonias; y quien atentamente considere estas razones, no se extrañará del empeño que pone la Iglesia para que sus hijos se penetren bien de la santidad de estos días.

          Para esta Semana reserva la Iglesia sus más conmovedoras ceremonias, las lecciones más patéticas, los cantos más desgarradores, las exhortaciones más vivas, las vigilias más prolongadas, los ayunos más rigurosos y los estímulos más fuertes para inducir a sus hijos a limpiar las manchas contraídas por la culpa en la sangre del Redentor. ¿Y podrá llamarse buen cristiano quien desoiga estos llamamientos maternales y se desatienda de estas reiteradas y amorosas invitaciones?

          En esta Semana más que en ninguna otra deben ser santos los pensamientos de los fieles, santas sus palabras y santas sus obras. Sus pensamientos deben recordar con asiduidad la Pasión de Jesucristo y apropiarse en cierto modo de los dolores del Redentor. Sus palabras deben recordar de continuo los padecimientos del Hombre-Dios y venerarlos diciendo muy frecuentemente estas o parecidas jaculatorias: "Oh Jesús, mi Bien amado, cuánto sufrís por mí" "Sangre preciosa de Jesús, lavad mis culpas! Llagas de mi Redentor, guardadme de mis enemigos." Sus obras deben patentizar el amor que le profesan, asistiendo con devoción a todas las funciones religiosas, rezando diariamente el Rosario de las Cinco Llagas, el Vía Crucis, observando el ayuno prescrito y comulgando el Jueves y visitando con fervor los Monumentos.

         Cristiano: en una semana en que Jesús ha hecho y padecido tanto por ti, ¿será mucho que hagas tú alguna cosa por Él? No dejes pasar la Semana Santa como si fueras un pagano. Son días de luto, de dolor y de penitencia. Son los funerales de nuestro Padre y de nuestro Dios. Mal hijo serías si se te pasara esta semana como otras cualquiera.

                                                                                       Tomado de Las Flores de la Pasión