domingo, 14 de marzo de 2021

Sermones de Cuaresma Cardenal Newman, 1

Las privaciones de Cristo, meditación del cristiano por John Henry cardinal Newman


 «Porque conocéis la gracia de nuestro Señor Jesucristo, que, siendo rico, se hizo

pobre por vosotros, para que vosotros seáis ricos por su pobreza» (2 Cor 8,9)

A medida que pasa el tiempo y se acerca la Pascua, se nos pide no solo que lloremos nuestros pecados, sino todos los sufrimientos que padeció nuestro Señor por culpa de ellos. ¿Por qué, hermanos míos, le damos tan poca importancia a esto en nuestro corazón? ¿Por qué estamos tan acostumbrados a dejar que este tiempo litúrgico llegue y pase como otro cualquiera, sin pensar en Cristo más que en otros tiempos, o al menos sin que el corazón se conmueva? ¿No es verdad que esto es así? Y si lo es, ¿no será bueno que os pregunte por qué? No nos conmovemos al ver la amarga pasión que sufrió por nosotros nuestro Señor Jesucristo, el Hijo de Dios. Tampoco experimentamos aflicción por los pecados que la provocaron, ni nos sentimos particularmente cercanos a ella. No sufrimos con Él. Si venimos a la iglesia, escuchamos y luego nos vamos; no queda la menor pesadumbre, o esa pesadumbre nos dura unos pocos momentos. Y muchos nunca vienen a la iglesia, y para ellos, claro está, este tiempo sagrado es un tiempo como otro cualquiera. Comen, beben, duermen, se levantan, van a sus asuntos y sus diversiones, como siempre. No llevan consigo el pensamiento de Jesucristo, que murió por ellos; no va con ellos dondequiera que vayan, con ellos «tanto si comen, como si beben, o hacen cualquier otra cosa» (1 Cor 10,31). De ningún modo puede decirse que «vivan», como dice san Pablo, «en la fe del Hijo de Dios, que los amó y se entregó a sí mismo por ellos» (Ga 2,20).

 Desgraciadamente, esto no puede negarse. Sin embargo, si es verdad que el Hijo de Dios bajó del cielo a esta tierra, dejó de lado su gloria y se abajó a que le despreciaran, le trataran cruelmente y le dieran muerte sus propias criaturas —seres a los que Él había creado, a los que había preservado hasta entonces y a los que estaba manteniendo en la vida y en la existencia—, ¿no es entonces razonable que un acontecimiento tan grande nos conmueva? ¿No se comprende enseguida que se necesita un estado mental sumamente irreligioso, o una enorme ingratitud, una enorme lejanía, muy poco amor, muy poca reverencia, muy poca contrición, muy poca humildad, muy poco arrepentimiento, muy poco deseo de enmienda, después de lo que Él ha hecho y sufrido por nosotros? ¿Y no será, más bien, que Alguien a quien debemos tan enormes beneficios tiene derecho a pedirnos una gratitud desbordante, una cercanía extrema, un amor fervoroso, una reverencia profunda, una contrición acerba, un arrepentimiento serio, un deseo y un anhelo ardientes de un corazón nuevo? ¿Quién podrá negarlo? ¿Por qué, entonces, hermanos, esto no es así?, ¿por qué hacemos así las cosas? Con dolor pronostico que pasará el tiempo, llegarán y pasarán la Semana de Pasión, el Viernes Santo, el día de Pascua, y las siguientes semanas, y muchos de vosotros estaréis lo mismo que estáis ahora: ni un solo paso más cerca del cielo, ni un solo paso más cerca de Cristo en la vida y en el corazón, sin que el pensamiento de los dones de Dios, y vuestros propios pecados y deméritos, hayan dejado en vosotros huellas duraderas que os salven.

¿Por qué esto? ¿Por qué entendéis tan malamente el evangelio de vuestra salvación? ¿Por qué tenéis los ojos tan en penumbra y los oídos tan sordos? ¿Por qué tenéis tan poca fe, tan poco espíritu sobrenatural en el corazón? Por esta razón, hermanos míos, si he de decirlo con una sola palabra, porque meditáis poco. Meditáis poco, y por eso nada os deja huella.

¿En qué consiste meditar en Cristo? No es más que esto: pensar habitualmente y con constancia en Él y en sus obras y sufrimientos. Es tenerlo presente como el Todo, a quien podemos contemplar, dirigirnos y adorar cuando nos levantamos, cuando nos acostamos, cuando comemos y bebemos, cuando estamos en casa y cuando salimos al extranjero, cuando trabajamos, caminamos o descansamos, cuando estamos a solas, y cuando estamos con otras personas. Esto es meditar. Y así, y con nada menos que esto, el corazón comenzará a sentir lo que debe sentir. Tenemos un corazón de piedra, un corazón duro como el pedernal, y la vida de Cristo no deja huella en él. Sin embargo, para salvarnos, necesitamos un corazón tierno, sensible, vivo; tenemos que romper ese corazón, hacerlo saltar en pedazos como se hace con la tierra dura, y cavar y regar, y trabajarlo, cultivarlo, hasta hacer de él un jardín, el jardín del Edén, agradable a Dios, un jardín donde el Señor pueda caminar y habitar. Un jardín lleno no de espinas y zarzas, sino de plantas olorosas y de hortalizas, árboles y flores divinas. El solar estéril y seco debe hacer surgir manantiales de agua viva. Este cambio ha de darse en nuestros corazones si queremos salvarnos; en una palabra, hemos de adquirir lo que por naturaleza no tenemos, la fe y el amor. Y ¿cómo lo lograremos, con la gracia de Dios, si no nos aplicamos a una meditación concreta de las cosas divinas, a lo largo del día? San Pedro describe lo que quiero decir, refiriéndose a Cristo: «a quien amáis sin haberlo visto; y en quien, sin verlo todavía, creéis y os alegráis con un gozo inefable y glorioso» (1 P 1,8).


Cristo se fue de este mundo. No lo vemos. Nunca lo llegamos a ver, solo hemos leído y oído hablar de Él. Es un viejo dicho «Si no te veo, me olvido de ti». Estad seguros de que será así, que así debe ser, en lo que respecta a nuestro Señor, si no nos esforzamos continuamente a lo largo del día por pensar en Él, en su amor, sus mandamientos, sus dones, sus promesas. Tenemos que traer a la imaginación lo que leemos en el evangelio y en libros piadosos acerca de Él, debemos recapacitar sobre lo que escuchamos en la iglesia, tenemos que pedir a Dios que nos ayude a hacerlo, que bendiga nuestro esfuerzo, y que seamos capaces de hacerlo con sencillez, sinceridad y con suma reverencia. En una palabra, meditar, porque todo esto que digo es meditación, y es algo que puede hacer hasta la persona menos instruida; y lo hará, si se decide a ello.

De esa meditación, de ese considerar las obras y los sufrimientos de Cristo, hay que decir dos cosas. La primera es demasiado evidente para mencionarla, y si lo hago es porque de no hacerlo, parecería que la olvido, cuando en realidad, estoy de acuerdo. Y es esta: que la meditación no es cosa agradable al principio. Lo sé; la gente la encontrará sumamente pesada y la cabeza se les irá con mucho gusto a otros asuntos. Así es; pero pensad que, si Cristo estimó que vuestra salvación merecía el gran sacrificio de sus sufrimientos voluntarios por vosotros, ¿no deberías tú pensar (que es lo que te toca) que tu salvación merece el pequeño sacrificio de aprender a meditar sobre esos sufrimientos? ¿No se te podrá pedir al menos que, una vez que Él ha hecho el trabajo, tú lo creas y lo aceptes?


Mi otro comentario es este: solo muy poco a poco irá la meditación ablandando nuestros duros corazones, e igualmente, la historia de los sufrimientos y dolores de Cristo nos acabará moviendo realmente, pero a un paso lento. No lo lograremos pensando en Cristo una vez, dos veces. Es a base de insistencia, con calma y constancia, con la imagen de Cristo en nuestra alma, como poco a poco adquiriremos algo de calor, luz, vida y amor. No notaremos ningún cambio en nosotros. Será como el nacimiento de las hojas en primavera. No las ves crecer; por mucho que observes, no lo ves. Pero cada día que pasa crecen, y todas las mañanas puede uno decir que están más altas que el día anterior. Con las almas es igual; por supuesto, no cada mañana, pero sí cada cierto periodo de tiempo, podemos sentirnos más vivos y piadosos que antes, aunque en el intervalo éramos inconscientes del avance.

Ahora, a modo de ejemplo, diré unas palabras sobre la voluntaria humillación de Cristo, para sugeriros consideraciones que deberíais tener en cuenta en todo momento, pero especialmente en este tiempo santo del año; consideraciones que en su pobre medida os prepararán para ver a Cristo en el cielo, y que mientras tanto os prepararán para verlo en la fiesta de Pascua. La Pascua llega un solo día al año; dura poco, como los demás días. ¡Ojalá lo aprovechemos, ojalá le saquemos el máximo partido, y lo disfrutemos! ¡Ojalá no pase como los demás días, sin dejarnos su fragancia y su recuerdo!

Así pues, hermanos, mientras llegan los días solemnes de la Pascua, vamos a repasar las privaciones del Hijo de Dios hecho hombre, que han de ser vuestra meditación durante estas semanas santas.

Cristo parece dirigirse principalmente a los pobres. Llegó al mundo pobre. San Pablo, en el texto, dice que «conocéis la gracia de nuestro Señor Jesucristo, que, siendo rico, se hizo pobre por vosotros, para que vosotros seáis ricos por su pobreza». Que no piensen los pobres que sus privaciones y dificultades son solo suyas y que nadie jamás las ha experimentado. El Dios Altísimo, el Hijo de Dios, que reinaba junto al Padre desde la eternidad, el Santísimo, Él, incluso Él, se hizo un hombre pobre y sufrió las privaciones de los pobres. ¿Qué privaciones son esas? Una casa en malas condiciones, mala ropa, poca comida o mala, escasa diversión y entretenimiento, no ser tenido en alta estima, depender de otros para vivir, no tener horizonte para el futuro. ¿Cuáles fueron las de Cristo, el Hijo de Dios vivo? ¿Dónde nació? En un establo. No creo que mucha gente haya pasado por semejante indignidad. Nacer, no en la paz y tranquilidad de un hogar sino en medio del ganado. ¿Y cuál fue su primera cuna, si se la puede llamar así? Un pesebre. Así comenzó su vida en la tierra. Y su condición no mejoró con el paso de los años. En una ocasión dijo que «las zorras tienen sus guaridas y los pájaros del cielo sus nidos, pero el Hijo del Hombre no tiene dónde reclinar la cabeza» (Lucas 9,58). No tenía casa. Cuando empezó a predicar era lo que hoy llamaríamos con desprecio un vagabundo. Hay personas que se ven obligadas a dormir donde pueden; en buena medida, ese parece haber sido el caso de nuestro Señor. Marta y otros le dieron hospedaje pero, aunque es poco lo que sabemos, por lo poco que sabemos, parece que vivió una existencia más dura que la de cualquier campesino. Pasó cuarenta días en el desierto. ¿Dónde creéis que dormía? En cuevas. Y ¿Quién le acompañaba? Compañeros peores que los que tuvo al nacer. Nació en una cueva, pasó cuarenta noches en una cueva. En su nacimiento, al menos, estaba entre bestias mansas, la mula y el buey. Pero sus cuarenta días de tentaciones los pasó «con los animales salvajes» (Mc 1,13). Esas cavernas del desierto estaban llenas de criaturas feroces y venenosas. Allí durmió Cristo; y hubieran caído sobre Él, si no fuera por el brazo invisible de su Padre y por su propia santidad.


El frío es otra adversidad que nos aflige. También Cristo la sufrió. Permaneció noches enteras en oración en lo alto de un monte. Se levantaba antes del amanecer y se iba a sitios solitarios a rezar. Durante la noche estaba en el mar.

El calor es un inconveniente que no nos afecta demasiado en nuestro país, pero es muy terrible en el Este donde vivió nuestro Señor. Aunque la gente se queda en casa cuando el sol está en lo alto para que no les haga daño, vemos que Cristo se sentó en el pozo de Jacob a mediodía, cansado del camino.

Fijaos también en esto, que ya he hecho notar. Durante su vida pública, estuvo viajando continuamente de un lado a otro, a pie. Y en Jerusalén hizo una vez su entrada montado, para cumplir una profecía.

Pasó hambre y sed. Tuvo sed en el pozo y pidió a la samaritana que le diera agua. Tuvo hambre en el desierto, cuando ayunó cuarenta días. Otra vez, absorbido en obras de misericordia, ni Él ni sus discípulos encontraron tiempo para comer (Mc 6,31). Y por supuesto, yendo de un sitio a otro como era su costumbre, rara vez tendría previstas las comidas. Y ¿qué tipo de comida sería la suya? Normalmente estaba en los alrededores de un mar interior o lago, llamado mar de Genesaret o de Tiberíades, y Él y sus discípulos se alimentaban a base de pan y pescado, una parca dieta propia de los pobres de hoy, o más escasa aún. Sabemos que en cierta ocasión bien conocida había cinco panes y dos peces pequeños. Después de la Resurrección les ofreció a los apóstoles «unas brasas preparadas, un pez encima y pan» (Jn 21,9); es decir, lo de siempre.

Sin embargo, hay que notar que a pesar de esta penuria tanto Él como los suyos estaban en condiciones de dar limosna a los pobres. No se permitían aprovechar y consumir del todo lo poco que tenían. Cuando Judas el traidor salió para cometer su traición y Jesús le habló, algunos apóstoles pensaron que el Señor le daba instrucciones acerca de las limosnas que había que dar a los pobres, lo cual demuestra que solían hacerlo.

Poca falta hará señalarlo, pero también se encontraba Él en posición subalterna. A veces le invitaban a comer los ricos. A veces, ya lo he dicho, personas piadosas le servían de su patrimonio (Lc 8,3). En sus mismas palabras, vivió como los cuervos, a los que Dios alimenta, o como la hierba del campo, que la viste Dios.

¿Tengo que añadir que tuvo pocos recreos, pocos entretenimientos? Difícilmente es oportuno hablar de este tema en el caso de Alguien que vino de Dios y que tenía otros pensamientos y caminos bien distintos de los nuestros. Hay, sin embargo, inocentes pasatiempos que Dios nos da para contrapesar los trabajos de la vida; nuestro Señor estuvo expuesto a esos trabajos y es posible que hubiera una compensación. Pero se abstuvo. Se ha hecho notar que jamás se le presenta riendo. A menudo leemos que suspira, que gime, que llora. Fue un «varón de dolores y experimentado en el sufrimiento» (Is 53,3). Vayamos ahora a otros sufrimientos más grandes que tomó sobre sí cuando se hizo pobre. Entre ellos, desprecio, odio y persecuciones por parte del mundo. Ya en su niñez su madre tuvo que huir a Egipto con Él para evitar que Herodes lo matara. Al volver, resultó peligroso vivir en Judea y lo llevaron a Nazaret, lugar de no buen nombre, donde la santísima Virgen vivía cuando se le apareció el ángel Gabriel. No hace falta decir cómo fue tenido en nada y perseguido por los fariseos y los sacerdotes cuando empezó su predicación, y hubo de huir una y otra vez para salvar la vida, que ellos estaban buscando quitarle.

Otro gran sufrimiento del que nuestro Señor no huyó es lo que nosotros llamamos pérdida de los seres queridos, o de amigos, que mueren. Esto no le era fácil de soportar a quien tenía una sola persona de su familia en la tierra y muy pocos amigos, pero lo aceptó por nosotros. Lázaro era su amigo y lo perdió. Sabía, claro, que podía recuperarlo, y así lo hizo. No obstante, lloró amargamente por él por la razón que fuera, de manera que los judíos dijeron «mirad cuánto le amaba» (Jn 11,36). Pero caso mayor de pérdida, si osamos llamarlo así, fue el acto primordial de humillación en sí mismo, al dejar su gloria eterna y bajar a la tierra. Lo cual, por supuesto, es para nosotros un gran misterio de principio a fin; y sin embargo se digna hablarnos, por medio del Apóstol, de su «vaciarse de su gloria», de manera que con razón y con toda reverencia podamos considerar que experimentó una pérdida inefable y portentosa, al —por así decir— desheredarse a sí mismo por un tiempo, y hacerse semejante al hombre pecador.

Pero todo esto no fueron más que los comienzos del dolor para Él. Para verlo en su plenitud vayamos a su Pasión. En la angustia que sufrió entonces vemos todos los demás dolores concentrados y sobrepujados, aunque diré poco de esto ahora porque «su tiempo aún no ha llegado» (Jn 7,6).

Sí hablaré de esto: primero, y es muy asombroso y maravilloso, del terror arrollador que sintió ante los sufrimientos que iban a llegar. Esto muestra lo grandes que eran; pero es también como si hubiera decidido pasar por todo posible dolor por nosotros, incluido el del miedo. Dijo «Ahora mi alma está turbada; y ¿qué voy a decir?: ¿Padre, líbrame de esta hora? ¡Pero si para esto he venido a esta hora!» (Jn 12,27). Y cuando llegó la hora, este terror supuso el comienzo de sus sufrimientos y le hizo agonizar y sudar sangre. Rezaba «Padre mío, si es posible, aleja de mí este cáliz; pero que no sea tal como yo quiero, sino como quieres tú» (Mt 26,39). Añade san Lucas que «entrando en agonía oraba con más intensidad y le sobrevino un sudor como de gotas de sangre que caían hasta el suelo» (Lc 22,43-44).

A continuación, fue entregado traidoramente a la muerte por uno de sus amigos. ¡Qué duro golpe! Ya estaba muy solo sin esto. Pero en esta última prueba, uno de los doce apóstoles, su amigo familiar, le traiciona, y los demás le abandonan y huyen, aunque poco más tarde san Pedro y san Juan recuperaron algo de valor y le siguieron. Pero enseguida san Pedro incurrió en un nuevo pecado aún mayor, al negarle tres veces. ¡Qué gran cariño sentía por ellos, y con cuánto natural afecto del corazón quiso acercarse a ellos al llegar el momento de la prueba, y cómo ellos le fallaron, queda claro en las palabras que les dice en la Última Cena: «Ardientemente he deseado comer esta Pascua con vosotros, antes de padecer» (Lc- 22,15)!


Poco después comenzó su Pasión; tanto en el cuerpo como en el alma nuestro santo Salvador, el Hijo de Dios, Señor de la vida, fue entregado a la maldad del gran enemigo de Dios y del hombre. Job fue puesto en manos del demonio en el Antiguo Testamento, pero dentro de unos límites: en primer lugar, al Maligno no se le permitió tocar su persona y después, cuando se le permitió tocar su persona, no se le permitió quitarle la vida. Pero Satanás pudo, o pensó que podía, triunfar sobre la vida de Cristo, que confiesa a sus perseguidores «ésta es vuestra hora y el poder de las tinieblas» (Lc 22,53). Le coronaron y desgarraron la cabeza con espinos, y a bastonazos se la llenaron de cardenales; le ensuciaron la cara con escupitajos, le destrozaron los hombros cargándole la pesada cruz, la espalda se la desgarraron y rajaron con el látigo, las manos y los pies se los taladraron con clavos; como suprema injuria, le hirieron el costado con una lanza; tenía la boca seca por una sed insoportable y el alma oscurecida hasta tal punto que gritó «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?» (Mt 27,46). Así estuvo colgado de la cruz durante seis horas, todo su cuerpo hecho una llaga, expuesto en casi completa desnudez a los ojos de los hombres, «despreciando la ignominia» (Hb 12,2), abucheado, burlado y maldecido por cuantos le veían. Sin duda a Él se le aplican, en su plenitud, las palabras del profeta «¡Oh vosotros, cuantos pasáis por el camino: mirad y ved si hay dolor como mi dolor, como el que me atormenta, con el que me castigó el Señor el día de su ira ardiente!» (Lam 1,12).


¡Qué minucia son nuestras penas comparadas con esto! ¡Qué poco es nuestro dolor, nuestras privaciones, disgustos, comparados con lo que Cristo quiso tomar voluntariamente sobre sí! Si Él, el sin pecado, sufrió esto, ¿qué hay de extraño en que nosotros, pecadores, tengamos que sobrellevar, si es el caso, una centésima parte de todo eso? ¡Qué ruines y miserables somos por entender tan mal esos sufrimientos, por no dejar que nos impresionen hondamente! ¡Ay, si los sintiéramos como es debido, desde luego que serían para nosotros, en tiempos como el que ahora llega, mucho peores que la muerte o la dolorosa enfermedad de un amigo! En esos tiempos deberíamos negarnos a tomar placer en las cosas de este mundo, perderle el gusto a lo de la tierra; deberíamos perder el apetito, sentirnos realmente mal, y comer y beber, y trabajar, solo por obligación. La Semana Santa en que pronto entraremos será una semana de duelo, como cuando hay velatorio en una casa. Desde luego, no podemos sentirnos así solo porque queramos y debamos sentirnos así. Son sentimientos que no se pueden forzar. No exhorto a este o aquel a sentirse así puesto que no depende de él. No podemos provocarnos esos sentimientos; o si podemos, es mejor que no lo hagamos porque serían provocados, lo cual es malo. Un sentimiento profundo es el fruto natural y necesario de un corazón santo. Pero si no podemos sentir así a voluntad, e inmediatamente, sí podemos echar a andar por ese camino. Podemos crecer en gracia hasta que sintamos así. Y mientras tanto, podemos abstenernos de pequeños placeres y comodidades de la vida, abstinencia que nos dispone a obtener ese sentimiento; una abstinencia que observaríamos de forma espontánea si verdaderamente tuviéramos esos sentimientos. Meditemos en los sentimientos de Cristo; gracias a esa meditación, con el paso del tiempo, poco a poco, iremos adquiriendo esos sentimientos profundos. Pidamos a Dios que haga por nosotros lo que nosotros no podemos: hacernos sentir; y que nos dé el espíritu de agradecimiento, amor, reverencia, humildad, temor de Dios, arrepentimiento, santidad, y fe viva.

                                                                                               Traducción de Víctor García Ruiz

                                                                                                   Sermones Parroquiales, vol. 6.



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