martes, 29 de abril de 2014

Desconsuelos espirituales

 

  "Porque así como abundan en nosotros los padecimientos de Cristo, así por Cristo abunda nuestra consolación. Pues si somos atribulados, es para vuestro consuelo y salud; si somos consolados, es por vuestro consuelo, que se muestra eficaz en la tolerancia de los mismos trabajos que nosotros padecemos; y es firme nuestra esperanza en vosotros sabiendo que así como participasteis en nuestros padecimientos, así también participáis en los consuelos."
                                                                                                 2 Corintios 1, 5-7 

        
            Hacen días que intento escribir algo en el blog y se me ha hecho muy difícil. No por la falta de temas, sino porque estoy atravesando una crisis de perplejidad tremenda. En consecuencia, este post que escribo a continuación tiene mucho de personal y lo considero casi como un desahogo. Pido sus disculpas por anticipado por si a alguien le molesta que sea tan auto-referente. Quisiera resumir el problema de la siguiente manera:
          Vemos con desconcierto cómo el 99% de los católicos está fascinado con PP Francisco. De él sólo he escuchado alabanzas en los medios, alabanzas que provienen de no católicos y de católicos que se llenan la boca diciendo que el Obispo de Roma está acercando a la Iglesia más a la gente, que la está humanizando, que está siendo misericordioso con gente que antes estaba alejada de la Iglesia porque ésta se mostraba intransigente con determinadas problemáticas. En fin, creo que todos hemos escuchado lo mismo. ¿Seré yo la loca que junto con el 1% de los demás católicos, digamos por ponerle un nombre, tradicionales, estamos equivocados? No, por supuesto que no. La verdad no es cosa de números y yo estoy absolutamente convencida que lo que la Iglesia ya definió con la autoridad que le viene del Esposo, no se cambia, como por ejemplo la comunión a los adúlteros. "Si alguno os predica otro evangelio distinto del que habéis recibido, sea anatema" (Gal. 1, 9)
         Lo que me tiene mal es el abandono en que nos encontramos los que queremos serle fiel a la Tradición y a Cristo. Somos como un grupo disperso que es rechazado por la mayoría de los curas en las parroquias. Andamos como ovejas sin pastor en medio de un mundo católico que intenta expulsarnos si no nos adecuamos a su pensamiento, de ahí que éste nos rechace y nos haga sentir como unos parias, enajenados, fundamentalistas, intransigentes, y un largo etc...martirio espiritual le han llamado, ¡qué duro resulta a veces sobrellevar esta cruz!, y eso que recién estamos empezando. No me cabe duda que esto se va a poner cada vez peor y que intentarán ridiculizarnos una y otra vez para desmoralizarnos y crearnos inseguridades: "Tienes complejo de perseguida", "Les gustaría ser los mártires de los últimos tiempos y son precisamente lo contrario"  "Crees que el Papa, los cardenales, los obispos y la mayoría de los católicos están equivocados y tú no, ¿qué te crees que eres? ¿Cómo puedes poner en duda lo que piensa actualmente la mayoría de la jerarquía de la Iglesia? ¿Quién eres tú para dudar?"...
       Resulta patético cómo cada iniciativa de los que, por ejemplo, amamos la misa tradicional y pedimos que se rece, se topa o con la burocracia, o con los prejuicios o con los impedimentos más rebuscados para que no se lleve a cabo, mientras que las iglesias y capillas son facilitadas con gusto y beneplácito a cualquier grupo que quiera realizar ahí, en este lugar santo, sus encuentros que no son precisamente de orden religioso. Prefieren rematar y vender iglesias antes de dárselas a algún grupo tradicional para que celebre la Santa Misa. En vista a esta lamentable situación y previendo que con el tiempo esto se iba a poner peor, hace unos años construimos una capilla en el campo donde vivimos y aunque aún no está terminada del todo, es posible rezar la misa sin problemas porque cuenta con todo lo necesario.  Nos gastamos lo que no teníamos pensando en que no faltarían sacerdotes que quisieran venir a rezar la misa sin que nadie los molestase, pero nos hemos quedados con las puras ganas. Hemos tenido unas cuantas misas, pero no regularmente. Da pena verla ahí, casi abandonada, sin curas que vengan...y no por dejación nuestra, sino porque lo que pensamos que vendrían y estarán exultantes de contar con una lugar digno para los Santos Misterios, nos han dejado botados. ¿Para qué construimos la capilla? - le digo a mi esposo - ¿para tenerla como símbolo de la decadencia de la Iglesia y de sus sacerdotes? Me duele verla sin darle el uso para el cual se construyó.
         Sin embargo, más allá del hecho anecdótico que me atañe a mí y a mi familia, lo que más me afecta es sentirme sin consuelo espiritual, y me resulta verdaderamente desconcertante ver que muchas personas que llevan un "catolicismo a su manera" se sienten a sí mismas, tan plenas desde el punto de vista espiritual, mientras que yo vivo achacada en una ya demasiado larga noche oscura. ¿Será que Dios permite esta oscuridad para que no me sienta segura de mi salvación, sino que la busque con temor y temblor? ¿Será que yo misma pongo trabas para con Dios y no me dejo consolar por Él en medio de la tribulación? Creo que estoy tan sumergida en los problemas internos y externos que éstos mismos me impiden ver la luz y el consuelo divino, pues resulta difícil llevar una vida espiritual en nuestros días. ¿Qué debo hacer?  Parar un poco la máquina, mirarme interiormente, ver  donde estoy con respecto a mi relación con Dios, porque sin duda "no os ha sobrevenido tentación que no fuera humana, y fiel es Dios, que no permitirá que seáis tentados sobre vuestras fuerzas" (1, Cor. 10, 13) De los problemas internos no voy a hablar porque me parece obvio que es imprudente y poco pudoroso  hacerlo públicamente, pero sí de los externos. Los acontecimientos que he visto suceder en la Iglesia por estos días golpean el alma como una ola que día a día socaba la roca. Las "canonizaciones", las llamaditas telefónicas, los gestos, en fin, todas estas cosas aunque uno no quiera igual  afectan y causan desmoralización. Si no nos importara la Iglesia y la salvación de las almas ( empezando por la mía)  me daría lo mismo, pero me importan ambas. ¿Qué puedo hacer frente a esto? Tratar de que no me afecte, claro, cae de cajón. ¿Qué puedo hacer para que estas cosas no me quiten la paz del espíritu? Bueno, tener claro que la apostasía está profetizada y que Dios va a usar de todo esto como un colador, y que mientras el trigo esté mezclado con la cizaña debo aferrarme a la Tradición, a la Doctrina, y a las Sagradas Escrituras y encontrar en estas los consuelos que Dios promete a quienes le son fieles. Es a la tarea a la cual deberé abocarme, junto a la traducción de algún reconfortante texto de Benson.

domingo, 20 de abril de 2014

¡Feliz Pascua de Resurrección!


Queridos Lectores:
Les deseo un muy Feliz Pascua de Resurrección de todo corazón. Aprovecho de comunicarles que he cambiado la imagen de mi correo por si notan que les llaga algo distinto. El paisaje corresponde al campo donde vivo, rodeado de montañas y bendecido de fértiles tierras y aguas.
Un abrazo y que Dios les bendiga en estas pascuas.
Beatrice

sábado, 19 de abril de 2014

De los Papeles de un Paria, de R.H. Benson: Sábado Santo


                                         

         “Como un hombre que despierta y que ve la luz del sol en su cuarto.” Este es el secreto del Sábado Santo.
 
          Muchos años atrás yo estaba en Italia, donde el aire es como el agua, y el agua es como el vino. Mañana tras mañana yo me despertaba al canto de los vencejos, dibujando largos respiros de heladas frescuras, mirando los enredados rayos de sol sacudiéndose en la jarra de agua en el suelo; escuchando el susurro de las hojas bajo mi ventana. Ahí en Italia la mañana acuña la llave del día; el mundo ahí estaba vivo y era tan bueno como Dios lo creó, y todo estaba en Su mano.
         Ahora en el Sábado Santo la Iglesia Católica está justamente con el mismo ánimo. Ella es tan simple como un rayo de sol; tan feliz como las aves, tan melodiosa como el susurro de las ramas. Sin embargo, es la mañana, no el mediodía. Cristo ha resucitado, pero aún no está en medio del cielo. Ella brota del lecho de los dolores para tener todo listo para Él. Él estará presente aquí.
          Primero entonces debe haber fuego para Su encuentro, luces y antorchas, porque el jardín aún está en un tierno crepúsculo. Ahí debe estar el agua para lavarlo, para quitar el olor de la tumba, y los aloes y la mirra. Él estando muerto, no morirá más. Agua, no vinagre, para que Él beba. La luz nueva y el agua por medio de la cual Él puede ser visto y conducido por sus hijos más ciegos. Porque, ¿acaso Él no es la luz del Mundo y el Agua de Vida? Una vez más la luz y el agua. Él puede iluminar aquello que está en la oscuridad y satisfacer aquella sed de justicia.
           Luego, todos juntos bajamos al amanecer. Los sacerdotes aún con el color morado, conduciéndonos hacia donde ardía un brasero en el pórtico. Desde fuera sopló una brisa mañanera. Las carretas traqueaban sobre las piedras y los ojos de los extraños nos contemplaban a través de la puerta. Pero no importaba porque nos volcamos en torno a un gran asunto.
          En primer lugar, fueron bendecidas las brasas rojas, porque ¿no es la Iglesia la Señora del Mundo? Todas las cosas son suyas, porque ella es de Cristo y Cristo es de Dios. Aquellos carbones han sido iluminados a partir de la piedra porque la Esposa de Dios es tan antigua como la Edad de Piedra, y tan joven como el ayer. Dios es nombrado por ella como el Padre de las Luces, un título exquisito, y ruega bendecir este fuego porque Él lo hizo y lo ama. Ahora él es el hermano fuego, como lo llamó el querido niño San Francisco. Él nunca más debe enfurecerse ni volverse tormenta. Ahora él debe arder modestamente en las lámparas, y si danza lo debe hacer sólo piadosamente en la punta de un candelero. En aquel momento, cinco largas cosas doradas son bendecidas y rociadas con las últimas gotas de agua bendita. Le susurré a un niño que me dijera lo que era (porque todos estábamos muy acogidos y felices en el pórtico esta mañana) y me dijo que era el Incienso para el Cirio.
         Entonces el diácono se sacó lo morado y se puso una larga dalmática blanca, rígida con oro. Tomó en su mano una vara con tres velas trenzadas, envueltas en flores y se fue a la iglesia. Cuando yo me encaminé justamente detrás de los demás, él estaba iluminado con un nuevo fuego santo. Él se irguió y había una flama como una flor amarilla encendida en una de las mechas. Se arrodilló y simultáneamente cantó con su voz:
¡Lumen Christi!
Y el coro rugió:
“¡Demos gracias a Dios!

Lo hizo tres veces, levantando su voz en un tono o dos en cada repetición. El no cantó muy bien, ¿pero qué importa? Porque ahora fuimos con María y con Salomé a través del jardín perfumado. Las vírgenes van a encontrarse con el Esposo, las amantes a su cita con el Amado, y cuando fuimos las tres luces se balanceaban.
          Ahí fue un pequeño ir de venir de allá para acá hasta el altar, y los laicos, incluso yo, nos tropezábamos con nuestros asientos. Cuando hube recuperado mi compostura, el diácono estaba en el ambón, dándose una pausa para dar un gran suspiro, con su pequeño grupo atento y dispuesto. Más allá a menos de una yarda permanecía un enorme candelero de bronce.
          Entonces, él comenzó a cantar….
          Era un canto que nadie más, excepto un cristiano podía cantar. Voló, cayó, saltó, brincó nuevamente, rio, bailó, onduló, se hundió, una vez más brincó, y una y otra vez, incesante y sin desmayo, como un arroyo que corre claro hacia el mar. Los ángeles, la tierra, las trompetas, la Madre Iglesia, todas las naciones y toda la gente cantó este canto. Nosotros, “queridos hermanos”, como él nos llamó (¡y yo soy un hereje!) fuimos convidados a unirnos a la alegría con él – con él, que dijo en un encantador paréntesis, que era indigno de ser contado entre los Levitas. Imploraba a Dios Todopoderoso y Misericordioso glorificar este cirio de cera por Jesucristo que vive y reina por los siglos de los siglos. Levantamos nuestros corazones para dar gracias a Dios porque era digno y justo. Fue Él quien ha pagado la deuda de Adán, y nos lavó con su sangre. Este es el día y la noche en la cual sacó a Israel de Egipto, y la columna de fuego ardía a través de la oscuridad. Esta es la noche de la Suprema Gracia, porque Cristo resucitó en ella, rompiendo los lazos de la muerte y ha subido desde el Infierno. ¡Oh inestimable amor de caridad! ¡Oh ciertamente necesario pecado de Adán! ¡Oh feliz culpa que mereció tener tal y tan grande redentor! ¡Oh la más bendita noche! Porque esta noche será tan clara como el día. ¡Esta es la noche que borra la oscuridad, lava los pecados, devuelve la inocencia a los caídos y la alegría a los tristes! ¡Que destierra los odios, que trae la paz a los nacidos, y todas las cosas en sujeción a Jesucristo!
          ¿Alguna vez escuchaste un canto como este? ¿Semejante a la abundancia de la divina contradicción, un paradojal delirio, una sabiduría infantil?
          Ahora, después de fijar los cinco granos de incienso dentro del suave saludable cirio de cera (que a propósito tenía doce pies de altura), él retomó nuevamente el canto, suplicando a Dios  por este tiempo, para recibir este sacrificio vespertino, preparado por el trabajo de las abejas por los dolores de la Santa Iglesia. Entonces encendió el cirio y fue levantado desde su sitio y puesto en un lugar alto sobre sus cabezas, mientras él leyó una o dos lecciones de su composición. Luego como niños dispersados en todas direcciones cada uno con un cono porta velas con el fuego santo para alumbrar cada lámpara en el lugar, el diácono continuó infatigablemente con sus alabanzas en esta noche santa, y en sus súplicas, que Dios oyera su canto, que vea las velas ardiendo y que bendiga a todos en este mundo, a los clérigos, a la gente y al Papa, y terminó. Y yo, en mi rígido banco, sonreí con toda mi cara de pura alegría y amor.
          Pensé mucho sobre todo esto y me senté por tres cuartos de hora mientras eran leídas unas interminables profecías. Había pensado atenderlas, pero mi  mente estaba muy lejos. Desde luego que yo había leído sobre estas ceremonias, pero nunca había visto una antes, ni escuchado este tan sorprendente canto….Me pregunto si alguien pensará que soy un irreverente con mis pensamientos. Si lo hacen están equivocados, porque estoy tan convencido como pude alguien estarlo, que esto es más o menos lo que la Iglesia Católica quiere que piense. Ella desea que yo sea tan feliz como un niño. Feliz porque Jesucristo ha resucitado y porque ella era feliz…bueno, bueno, debo seguir.
          La bendición del agua fue tan jubilosa como la bendición del fuego. Todos nos aproximamos a la pila, cantando, como un ciervo perseguido se acerca sediento al torrente de agua. ¡Cómo anhelan las almas a Dios!  Decimos que estamos sedientos de Dios, porque únicamente las lágrimas han sido nuestra bebida. Fuimos al baptisterio y había una profunda, fría y oscura pila de agua atravesada por un claro rayo de sol.
         Aquí nuevamente le fue suplicado a Dios la bendición del más dulce de los elementos: el agua que limpia las almas. El agua que Su Espíritu desplazó y abrió un río de salvación para todos los que él ha creado. Toda la maldad fue dejada en esta fresca inocente creatura. No interferirá con los planes de Dios Todopoderoso. Y en efecto entonces, como si Su Espíritu le hubiera dado la vida, el sacerdote se volvió a esta tranquila pila y le habló como a un hombre:
         “Sí, por lo que te bendigo, creatura del agua, por Dios que te apartó de la tierra árida; Él que te hizo llamar de la fuente del Paraíso y te mandó regar toda la tierra en cuatro ríos; a ti que suavizaste la sed de Israel en Arabia. Sí, te bendigo a ti, querida agua, que una vez Jesucristo te convirtió en vino. Él caminó sobre ti con sus benditos pies. Él fue bautizado en ti por Juan. Él que te hizo salir de su costado. Él que te envió a todas las naciones para lavar los pecados de sus hijos.
         Pedimos la bendición de Dios sobre esta creatura, y descienda Su Espíritu Santo, ¡así como este cirio dentro suyo!”
          Siguió la infusión del óleo. Óleo que después de todo, no es sino agua transmutada por el divino poder en el corazón del árbol de olivo. Y volvimos una vez más cantando las Letanías de los Santos con todo nuestro corazón, y los sacerdotes, por última vez, se recostaron sobre sus rostros como cadáveres muertos frente al altar….
          No puedo continuar. ¿No es demasiado bueno para ser verdad? Y de todas maneras, yo no tengo parte en esto. Yo era un intruso en estos secretos, porque soy un hereje.
          ¿O no era yo más bien como un niño mirando detenidamente a través de los barrotes el jardín de palacio? Dentro, la realeza va y viene de aquí para allá, suena la música, ondean las banderas, la asombrosa gloria se mueve de arriba abajo. ¡Pero cuán feliz me ha hecho! Y al menos yo tengo este aliento, aunque todavía no pueda recibir el pan de los hijos. Con todo, el fuego y el agua son herencia común a todos. Dios ha creado el sol y el mar, que brilla y que llueve tanto sobre justos como injustos y no estará enojado conmigo porque amé ver cómo Él puede tratar con las cosas comunes. Como Él puede hacer al agua santa así como hermosa, y al fuego iluminar las almas, tanto como los ojos….
          ¡Ah! Aquí viene una vez más el repique de las campanas, el rugido del órgano, los sacerdotes de blanco inclinarse sobre el flamante altar. Y no hay un silencio trágico como el del  Jueves. Ahora todo es esplendor….
          El Fuego es santo…El Agua está limpia….
          Cristo ha resucitado….
          ¡Dios nos bendiga a todos!

 




 
 
       

jueves, 17 de abril de 2014

De Papeles de un Paria: La Semana Santa, por Mgr. R.H. Benson

                                                                                                                                         

                                                                                                                                     1904                                                          
        Sobre la misa del Jueves Santo, del Sepulcro, y del sacrificio incruento del Viernes Santo, es muy difícil escribir. Pues en lugar de haber una profunda emoción, hay miles, y es imposible seguirlas. Fueron como trazos sobre una jubilosa arpa y un incoherente murmullo que puede tener cientos de significados. ¿Es una sombría melancolía, o son suaves medias notas, o un agudo éxtasis donde recae el secreto?

           Primero entonces, la misa del Jueves Santo. El altar está iluminado con luces, oro y flores, y desde un costado de la capilla viene el resplandor de la expectante tumba. Hay tres sacerdotes, vistosos y brillantes; la misa comienza como es usual, apaciblemente espléndida. Y en la entonación del Gloria hay un evento, para mí, y en cualquier caso, inesperado que inunda toda el alma con tal pasión que puede levantar tanto tormenta como felicidad. Porque cuando finaliza la voz del sacerdote, hay un acorde estridente desde el gran órgano, y un tumulto de campanas, y es como si el cielo se hubiera partido, un loco disturbio se vierte uno tras otro. El coro se funde, cambia,  encera el volumen. El aire está lleno con el vibrato del bajo, con el bramido del viento de la torre, y el estridente sonido argento de las campanitas reunidas en el altar de la iglesia para saludar a la recién nacida Eucaristía. Incesantemente el corazón  se torna y vibra, y el cerebro está exaltado con la música. Los tres sacerdotes se signan a sí mismos con la Cruz, y hay silencio.

          Cuando la misa termina, cantando sin acompañamiento, con una especie de tranquila alegría, se forma una procesión y el Cuerpo del Señor es transportado en procesión durante el Pange Lingua, hacia el sepulcro que lo espera y donde yacerá por un día y por una noche. Las paredes están decoradas con flores y los candeleros con velas que permanecen a cada lado. Ahí queda incensado reposando con solemne alegría.

          Pero todo el asunto no es lo que parece. Tiene un aire de dolor debajo de la belleza, como el inevitable perfume de la muerte que surge de un ataúd repleto de flores y rodeado de luces. ¡Oh sí! Las vestiduras son blancas y doradas, el órgano repica, las velas flamean, pero no es bueno. Es desesperadamente difícil mantener arriba la exultación. La mente consiente, como siempre, al instinto litúrgico y se regocija con la inauguración de la cena-matrimonial del Cordero, pero el corazón recuerda que la Carne y el Vino sobre la tabla solamente ha sido posible a través de la muerte del Cordero  a quien nosotros amamos.  “Comed y bebed” – clama La Sabiduría – “mirad el vino que yo he mezclado y el pan que partí para vos. Levanten sus corazones y canten”. Pero aunque nosotros la observamos, sus ojos están llenos de un dolor secreto, y sobre sus labios una palidez dolorosa.

         De hecho es así la Última Cena de la cual nos hablan los Evangelios. “Ahora el Hijo del Hombre es glorificado” – exclama Jesús, con sus ojos brillosos y con el Corazón roto, “y Dios es glorificado con Él…” “Y cantando los himnos, salieron camino del Monte de los Olivos”.  Salieron cantando y orando, disimulando desesperadamente que todo estaba bien. Ellos miraron hacia la Vid de Oro en la gloria de una luna pascual…y luego siguió la agonía y el sudor de sangre.

        Volví nuevamente mi mirada a la iglesia esa tarde a la puesta del sol, y supe que yo estaba en lo correcto. La capilla ardiente estaba ante mí. Una avenida de flores blancas y llamas amarillas, pesadas y fragantes, y en el medio entronado yace Jesucristo. No como cuando a través de la puerta del tabernáculo brilla con instinto de vida, sino con un aspecto de una muerte terrible. Sus guardias eran dos niños que venían de la escuela cercana, con velos blancos sobre sus cabezas, y mientras me arrodillé y miré, ellos inmediatamente se pararon y extendieron sus brazos en cruz para recordarle a Él mejor. Entonces ellos se mantuvieron de pie minuto tras minuto hasta que los delgados brazos cayeron y temblaron, y nuevamente se levantaron con resolución, intentando explicar con gestos su piedad y su amor. “Venid, pues, a Vuestra Sabiduría” – exclamó Ricardo, el ermitaño hace seis siglos atrás – “enciende mi corazón con amor y compasión, para avivar la chispa de Vuestra Pasión”.

          Aunque  Jesús no muere aún. Sin embargo para esta Iglesia que vive en la eternidad, que todavía saluda a María como si ella estuviera arrodillada en Nazaret; y que ve el Juicio viniendo al final del día sobre las nubes del cielo, para quien el tiempo es nada – nada más que una línea imaginaria en el globo de la eternidad – mientras ella adora al Cuerpo de Dios en un momento en diez mil lugares diferentes, para esta Iglesia todas las cosas son posibles. Ella sepulta a su Señor el jueves, lo eleva el viernes, lo crucifica diez minutos más tarde, y canta su misa de Pascua mientras Él aún yace en la tumba. Todo es uno para ella: el Calvario, Belén y el Cielo – porque ella “ve a Dios en un punto”

           El Viernes, por tanto, llega el climax, y es tan simple como la muerte de un niño.

           Entonces primero vi a tres sacerdotes en blanco y negro acercarse al altar. Ahí fue la lectura de un libro, la oración de colecta, el canto de la Pasión – un  largo lastimero canto recitado por varias voces. Una serie de súplicas. Por la paz y estabilidad de la Iglesia; la bendición para el Vicario de Cristo; por el obispo de la diócesis; por todos los sacerdotes; por los catecúmenos; por el mundo; por el alivio de los moribundos; por la conversión de los herejes; por los judíos y por los paganos – Por esto se pidió mientras estábamos en el Gólgota. Siguió entonces la adoración de la Cruz.

          ¿Cómo podría describirlo, excepto diciendo que fue la cosa más simple que haya visto jamás, tan clara y natural como una piscina de agua, aunque amarga como la salmuera? El crucifijo puesto con tierno amor sobre un suave cojín, es acercado a todos quienes están presentes. Yo también subí. Yo, un hereje y un marginado, porque Jesucristo vino a salvar a los pecadores. Me arrodillé ahí, temblando, entre dos niños que parecieron acercarme  esta figura herida, limpiando sus pies suavemente después de cada beso. También besé el suave marfil, debajo de los clavos… ¡y Él no me golpeó!
         También observé una cosa: una anciana se acercó de rodillas sobre las piedras gimiendo y murmurando, envuelta en un chal, y lo besó a Él como una madre lo haría, sus pies taladrados, sus rodillas lastimadas, su costado herido… ¡Dios mío qué bello fue! Y todo sucedió mientras replicaban los reproches.

          “¡Oh Pueblo mío! ¿Qué te he hecho? ¿En qué te he contristado? ¡Dímelo! ¡Dímelo! Yo te saqué de Egipto y tú has preparado una cruz a tu salvador.”

          Siguió luego un rugido griego, extraño y sonoro: 

          Agios O Theos…agios ischyros…Agios athanatos, eleison imas.
        Entonces como en un delirio un hombre habló en una lengua  largamente olvidada ahora, cuando su corazón está arrendado, la Iglesia Católica cae veinte siglos sin esfuerzo, y habla como ella habló en las catacumbas de Roma, y en la casa rentada de Pablo, en Creta, en Alejandría, y en Jerusalén.

          “Yo te planté, mi hermosa vid” gemía el coro, “y tú me has salido vid amarguísima. Pues vinagre me diste de beber en mi sed y con lanza agujereaste el costado a tu Salvador…Yo descargué el azote por ti sobre Egipto, y tú me entregaste azotado…Yo sumergí al Faraón, y tú me entregaste a los Príncipes de los sacerdotes…Yo abrí el paso en el Mar Rojo, y tú con lanza abriste mi costado…Yo te alimenté con maná en el desierto, y tú me heriste con bofetadas y azotes…yo te di a beber el agua saludable de la piedra, y tú me diste a beber hiel y vinagre…Yo te di un cetro real, y tú pusiste sobre mi cabeza una corona de espinas. ¡Oh Pueblo Mío! ¿Qué te hice o en qué te he contristado?”

          Entonces fuimos todos juntos al sepulcro, sacaron Su propio Cuerpo y clamando mientras avanzábamos con una tremenda alegría viendo cómo los estandartes del Rey salían glorificando la Cruz que hicimos para Él y de la cual Él pende alabando la fuente de salvación, lo colocamos sobre el altar, incensado en silencio, y llegamos al final con una incoherente prisa.

          No hay sacrificio ese día, porque todo es sacrificio. No hay necesidad de que el Espíritu Santo descienda para hacer  el Cuerpo del Hijo y toque el corazón del Padre, porque hoy todo el mundo es un Calvario. A pesar de esto, fragmentos de la misa son pronunciados por un sacerdote designado. El Padre Nuestro es cantado, son dichas las oraciones, el Espíritu es consumado, y en un instante todo se acaba. La nube negra se vuelca, el abismo está lleno, las rocas desgarradas están quietas nuevamente, y yo…yo fui como un hombre que despierta y que ve la luz del sol en su cuarto….



                                    

domingo, 13 de abril de 2014

Domingo de Ramos, Asociación Litúrgica Magnificat






Imágenes correspondientes a la Santa Misa Tradicional de Domingo de Ramos de la Asociación Litúrgica Magnificat, Una Voce Chile,
oficiada por el R.P Milán Tisma.
En este día les pido sus oraciones por todos mis compatriotas porteños que han perdido sus hogares en el lamentable incendio que hoy afectó a la ciudad de Valparaíso. También les pido rezar por aquellos que han fallecido en esta tragedia. El puerto de Valparaíso ha venido sufriendo una seguidilla de incendios desde hace tiempo. Encomendemos a Nuestra Señora de Puerto Claro, patrona de la ciudad para que de una vez se terminen las desgracias, y que este amado puerto se convierta a Dios y salga adelante. Aunque vivo a unos cuantos kilómetros de allí, pertenezco a la misma región que lleva su nombre, y me conduelo con estas esforzadas personas que lo han perdido todo.
Que tengan una devota Semana Santa
Beatrice
 

viernes, 11 de abril de 2014

Esquemas de Sermones: Domingo de Ramos, por Mgn. R.H. Benson


                                   Esquemas de Sermones II

                                    Los Sermones Católicos

                                        Domingo de Ramos

   Verdaderamente este hombre era el hijo de Dios

Marcos, 15, 39
Introducción
Es extraordinario cómo  en esta vida nos olvidamos de los propósitos. Con los hombres: conocemos a uno y lo etiquetamos; y nos enteramos un año después que lo habíamos malinterpretado. Con los movimientos: una agitación social. Vemos eventos externos. Pierden importancia (Francia e Inglaterra). Somos como gente sin educación en una galería de arte: admiramos los marcos y estamos ciegos a las pinturas.
También entonces con nuestro Señor en la tierra: vino a los suyos… (Juan 1, 11). Especialmente tipificado en la última semana de Su vida.

I. Dos Posiciones:
1.- Dos grandes eventos: uno fue la procesión del Domingo de Ramos. Concibamos la emoción de los apóstoles. Por fin su Maestro reivindicado. La gente rendida. Comenzó temprano por la tarde. Una extraña intoxicación en el aire. La gente salía afuera a observar, entusiasmadas, reunidas. El rumor corre por todas partes. Las rutas están llenas, las ruedas, los giros. Niños, perros. Hombres serios  están llorando y riendo. Incluso grandes eclesiásticos sollozan a un lado. El cielo glorioso, la Ciudad de David. Al menos un control: “Deténgalos, esto no es bueno. Escuchen lo que están diciendo: Hosanna”. Por un instante los discípulos vacilan. “Os lo dije” suena una voz grave exultante, “que si ellos callasen, hasta las piedras gritarían”. No hay duda. Él se ha rendido. He aquí que está llegando el reino con poder. El cetro y la corona. Por fin el triunfo de Jesús. “¡Gracias a Dios, gracias a Dios!” 

2.- Cinco días después: otra procesión. Las calles atestadas. Las cabezas sobresalen de las ventanas y techos. Se les escucha: “Este es el Rey de los Judíos” – dicen burlándose. Primero vienen los niños marchando y cantando; el populacho, punta de lanza de la escolta. Entonces, en el centro una escena piadosa. Una figura tambaleándose, vestida con una túnica manchada de sangre, ¡coronado!, de hecho, y ¡llevando un gran cetro! Delante suyo un heraldo con la placa I.N.R.I. La calle repleta de bullicio y de risas. Los perros ladran, por otra parte los soldados, luego la turba, de a cuatro vociferando canciones…sobre…sobre la entronización del Rey.
        Y cuando se han apagado los últimos gritos, y todos se han ido, un amigo de Jesús se sumerge en el llanto: ¡fracasó después de todo! Y en todo este día hay un vacío miserable. Todo es burla y llanto. Todos excepto uno al pie de la Cruz, y de él una confesión extraña. Otros el Domingo de Ramos  lo han llamado el Hijo de David, entusiasmados por el esplendor. Ahora incluso se le da un título más alto.
(Texto) 

II.- Hoy en día la misma equivocación.
        Ahora, al mirar hacia atrás, conocemos la verdad. “Por esto” – dice nuestro Señor – “he venido yo al mundo. He venido a salvar a los pecadores…tengo que recibir un bautismo” (Juan 28, 37 ; Mateo 9,13 ; Lucas 12, 50) Sabemos que el triunfo fue el Viernes Santo, y no el Domingo de Ramos. En la Corona de Espinas, los látigos, los clavos; no en el esparcimiento de sus vestiduras, sino en su propia desnudez. No el pollino, sino que fue la Cruz su propio Trono. Sobre el pollino el reinó para unos pocos cientos, en la Cruz Él es el Rey del Mundo.
         Aunque nosotros continuamos cometiendo el mismo error.
         ¿Qué es después de todo la gloria de la Iglesia? ¡Ah! Veámosla de cerca y probémosla por la Cruz.

(1) ¿El esplendor de la dominación en la Edad Media? ¿O en las catacumbas?; la quema de los mártires; el potro; las bestias. Ambos tuvieron su lugar. Nuestro Señor autorizó la gloria externa el Domingo de Ramos, pero Él hizo algo más al permitir el sufrimiento.
       No dijo, “Si algún hombre quiere ser mi discípulo, que me siga con ramos y cantos”, sino que “Tome su Cruz y que me siga”.

(2) La Corte de Francia. ¿Cuándo la Iglesia fue honrada? O ahora, cuando entre el odio aplastante ella está siendo desnudada y azotada.

(3) Observemos a los católicos que están cómodos en el mundo, de los cuales se comenta; y a la pobre Clara… ¿quién es más glorioso? Ambos son permitidos. 

(4) ¿El tranquilo lecho de muerte de un hombre bueno, que no ha pecado gravemente, ni ha sufrido mucho? ¿O la muerte de un gran pecador indescriptible, que se convierte y solloza por piedad?
         Observen sus propias vidas también. ¿No han creído que están teniendo éxito, y que Dios estaba con ustedes cuando todo iba bien? Esto fue su Domingo de Ramos – perfecto. La gente los alababa, de regocijaban con ustedes. Pero la prueba real viene con el dolor. Fue entonces cuando el Señor Crucificado estaba cerca de ustedes…cuando la oscuridad era espesa: la renta de cuatro meses al mismo tiempo, y tomamos conciencia de que ningún amigo se ha contactado. Entonces Él se manifestó en ti. Sus manos sobre las tuyas; su boca sobre tus labios; Su corazón latiendo en tu roto corazón.
         Bienaventurados son los hambrientos y los que lloran, porque ellos serán saciados y confortados.
Conclusión
        Hoy estamos alegres, dando un regalo más a la Gloria de Dios, y el honor también a los santos que han ganado su corona por el sufrimiento. Todo es en recuerdo de un evento feliz. Las cosas resultan bien, vuestros sacerdotes están felices, ustedes están felices. Hay una gran feligresía. Este es vuestro Domingo de Ramos – la cristiandad no excluye a la alegría. Nuestro Señor la ha autorizado. Pero es importante recordar que los días de regocijo son solamente la mitad de la vida. El hombre espiritual está absorbido no por la alegría ni por el dolor, ni exultado, ni deprimido.
        La prueba real a la solidez de nuestra alegría se encuentra en nuestro comportamiento durante el dolor y el conflicto. Nosotros tenemos muchas necesidades. La advertencia de San Pedro es a no estar desconcertados cuando venga el conflicto, como si una “cosa extraña” nos sucediera (1 Pedro 4, 12)
         Dios sabe que irán llegando suficientes conflictos. Por todo el mundo el viejo drama de la Pasión está siendo recreado: en América del Sur, en España, en Francia, y no menos en Inglaterra. Evidencia la antigua enemistad del mundo contra Dios, el cual crucificó a nuestro Señor. Enfrenten esto valientemente. Estén preparados para sufrir. ¡Oh hermanos! Es en esto que la gloria se manifiesta a sí misma. Ustedes tienen una iglesia magnífica aquí, evidencia de un antiguo esplendor. Pero ustedes produjeron cosas aún más finas que ésta. Ustedes han contribuido con santos para el Cielo, como Richard Langley, definitivamente un grande (Mr. Richard Langley fue un caballero de Yorkshire, ejecutado el 1 de Diciembre de 1586 por encubrir a sacerdotes).
         Observen como continúan. Es un don aceptable el que hoy dan, pero existen incluso mejores: crucificar y mortificar las almas. En la profundidad de la oscuridad, la claridad es Su Cruz. La más extasiada de las arpas del Cielo, la más radiante sonrisa sobre el rostro de Dios.


viernes, 4 de abril de 2014

Infalibilidad y Tradición, R.H. Benson, p. 3 de 3, final

III
          Volvamos una vez más a nuestro punto principal, el cual es en pocas palabras, la relación entre la posesión de la Infalibilidad por parte de la Iglesia y de su Pontífice, y la aparente ignorancia de las prerrogativas en determinadas épocas de la Iglesia (aunque tal como lo he tratado de mostrar, existe un suficiente número de indicaciones que la ignorancia no era más que una cierta y ocasional falta de reconocimiento explícito). A continuación nos preguntaremos si existe alguna analogía para esta situación en las otras ramificaciones de la vida orgánica. ¿No es toda la teoría simplemente una única teoría, extremadamente conveniente y absolutamente sin paralelos? Yo pienso que no.
         Aunque soy consciente de que las analogías no prueban nada, sin embargo nos disponen cierta y correctamente a creer. Un hecho o una doctrina sin una analogía, requiere por lejos, muchas más pruebas que una que puede ser parangonada. Por esta razón es que la  Encarnación es en todos los aspectos, la doctrina fundamental del cristianismo. Ciertamente es un único suceso, sin que se encuentre una analogía similar, excepto en un  gran minuto y de manera velada. Sin embargo, una vez que por fe aceptamos la doctrina de la Presencia Real, ella se vuelve casi inevitablemente creíble, ya que es en muchos sentidos una prolongación del proceso. La Encarnación es la analogía del Santísimo Sacramento, y no viceversa. Creemos lo segundo porque creemos lo primero. Por lo tanto, nosotros necesitamos algo como un paralelo a la posición de la Infalibilidad en el esquema de la Iglesia, un espíritu, un objeto, y una relación entre ellos – correspondiendo a la conciencia explícita de la Iglesia, el depósito y la Infalibilidad. Y en orden a que esta analogía pueda ser completada, la relación en nuestra analogía debe ser idéntica a la relación de la cual es análoga.

R.H. Benson en Hare Street House
          Pienso que esto se encuentra en las instancias de las ciencias exactas.
          Estrictamente hablando, como Mr. Illingworth señala, el objeto-materia de las ciencias exactas no tiene una existencia concreta, sino que consta de abstracciones formadas por el intelecto. No existe tal cosa como “dos” en el mundo objetivo, solamente existen dos caballos o dos manzanas. Estrictamente hablando, nuevamente, no existe tal cosa como una línea, un punto o un círculo.
         Por tanto pues, las ciencias de la aritmética y de la geometría son abstracciones formuladas por el intelecto, y son el uno y único objeto con el cual el entendimiento puro es infalible. El intelecto es literalmente infalible en aritmética. El intelecto individual puede cometer errores, como cada escolar es consciente, pero lo es solamente porque otras consideraciones, emociones y distracciones entran en el cálculo. El intelecto puro, abstraído de todo lo demás es incapaz de cometer errores en estos asuntos. El intelecto no solamente nunca comete un error, sino que es incapaz de hacerlo. No se ha descubierto que nadie haya podido hacer que 2+2 sea otro excepto 4, ¡aunque es perfectamente cierto que dos cosas que se suman a 2 muy a menudo pueden ser 5 o 3!
         (Además, podemos decir entre paréntesis, que cada facultad que sobrevive debe ser infalible para con su propio objeto. El ojo, considerado en general, debe ser infalible para con la luz; el oído para con la vibración del sonido. Si no lo fuesen, los ojos y los oídos hace mucho tiempo que hubieran dejado de existir)
        Ahora bien, aunque podemos poner reparos a este paréntesis, pienso que no podemos objetar la analogía del entendimiento puro y de las ciencias exactas. Tenemos aquí un entendimiento, un objeto, y una relación de infalibilidad entre ellos.
         Sin embargo, es casi imposible decir que la conciencia humana, como un todo, haya alguna vez formulado para sí misma esta inmensa prerrogativa. Es verdad que el hombre ha actuado en base a lo que los matemáticos han establecido, aunque yo dudo mucho si es posible decir que haya una opinión popular externa que sostenga que los matemáticos sean en su mayor parte infalibles en su ciencia. Los hombres confían en ellos, es verdad, arriesgan fortunas por ellos; pero a menos que les ocurra tener el asunto sometido a ellos dogmáticamente, siempre van a rehuir de declarar la infalibilidad del intelecto en cualquiera que sea el asunto. Sin embargo, esto es un hecho.
         Entonces, ¿no tenemos aquí una analogía que es algo más que fantástica?
        En términos generales, el objeto hacia el cual la infalibilidad se dirige es a la revelación cristiana de Dios. Es verdad que esto es tan complicado como todas las otras ciencias juntas porque conciernen a todo lo humano, cuerpo, alma y espíritu. Y de hecho, no necesariamente en todos los detalles, porque nuestro Señor no vino a revelarnos todos los datos topográficos, pero, en resumen, todo lo que concierne a la acción moral del hombre para con Dios y la revelación del mismo al hombre, en otras palabras, la fe y la moral.
         Pero si el objeto es estupendo, el entendimiento, del cual es el objeto, es igualmente estupendo, porque no es menor que la conciencia moral de todo el género humano. Si bien es cierto que de una vez para siempre el objeto revelado es una cantidad fija en sí misma, la aprehensión total no se puede alcanzar sino que hasta que se haya aplicado sobre cada entendimiento. Es un evangelio para cada creatura. El Reino de Dios es la suma de los reinos de este mundo, así como también los trasciende. Las filosofías, los temperamentos, las experiencias individuales, los descubrimientos científicos, incluso las mismas artes, todas estas cosas tienen sus cometidos, como un siglo sigue al otro, no solo adornando, sino en realidad desenvolviendo y ayudando  la expresión del espíritu y de la verdad del cristianismo.
         Por lo tanto, por principio básico no cabe duda que deberíamos esperar que la relación entre el cuasi divino entendimiento y el objeto de esencia vital debiera ser tan infalible como lo es la que existe entre el entendimiento y las ciencias exactas. Y como si para asegurarnos que esta infalibilidad no debiera ser esperada por el núcleo de aquellos que, en cada edad del cristianismo, son los representantes del género humano; para asegurarnos que la defección o ignorancia de muchos no debiera frustrar los propósitos de Dios. Nuestro Señor declara que Él mismo estará con aquellos que se someten a Él, y que el Espíritu de la Verdad los guiará hacia verdad, ¿qué otra  cosa más significa la declaración que “las puertas del infierno no prevalecerán?”
            Además entonces de examinar nuestra analogía una vez más, vemos que aunque la prerrogativa ha existido desde el principio, y aunque siempre se ha actuado conforme a esto, no siempre ha sido explícitamente reconocido. Los teólogos lo han reconocido; los laicos los han apoyado, pero no se le ha prestado la atención, sino hasta que se hizo una declaración formulada.

CONCLUSIÓN
         Por tanto, cuando investigamos una vez más sobre la Cristiandad en general,
vemos que en una comunión, y solamente en una comunión, este proceso de reconocimiento ha seguido adelante gradual y explícitamente, culminando en el perfectamente inevitable decreto vaticano. Nunca hubo ahí un tiempo en que no existiera un cisma en el cuerpo. La herejía brotó prácticamente y simultáneamente con la revelación, y el hecho que una gran parte del Este se separara de Roma en una fecha comparativamente temprana, y que parte del Norte siguiera este ejemplo posteriormente, afecta el asunto no más que la defección de Himeneo. Porque si nosotros pudiéramos identificar al Cuerpo Místico de Cristo, seguramente debiéramos mirar entre los que reclaman por este despliegue gradual e creciente reconocimiento de las leyes de su propia vida, las cuales pasan por sucesivos movimientos de autoconciencia de la infancia hasta la madurez. Probada por esta característica esencial de la vida orgánica, la teoría de la infalibilidad de todos estos cuerpos que dicen haber conservado la sucesión episcopal actuando en conjunto seguramente falla, porque es imposible decir que la Iglesia, así interpretada, es más consciente de su infalibilidad ahora que en Nicea o Constantinopla. Y aún más, cediendo a la posibilidad de esta teoría, nos enfrentamos con el hecho que a las comuniones externamente divididas por cuya fe en común se reclama la infalibilidad, se niega rotundamente – lo niega Roma, lo niega el Este, y Canterbury al menos titubea. ¿Es más creíble que esta teoría deba ser cierta del todo, a pesar de estas explícitas negaciones de sus partes, más que la verdad de la teoría de Roma, la cual nunca ha sido negada por aquellos para quienes es reclamada, a excepción de unos individuos en particular? Si el fenómeno del galicanismo se arguye en respuesta a esto,  quiero señalar primero que el movimiento galicano fue considerado como una novedad, o en el mejor de los casos, como una antigua verdad que había desaparecido hace siglos. Una demanda que hicieron, más o menos, todas las herejías. En segundo lugar, este galicanismo, a excepción de ahora que tiene un disminuido y vago carácter, ha dejado de existir. Y en tercer lugar, este galicanismo es en términos generales, una negación perfecta del catolicismo, en el sentido del que habla San Pablo como siendo un rompimiento de las barreras nacionales. Ciertamente este tipo de galicanismo tiene su precursor en la historia del cristianismo primitivo. Es descendiente directo de aquellos viejos intentos de parte de algunos emperadores como Constantino, Teodosio II, Zenón, Anastasio y Justiniano para quebrar la unidad de la Iglesia Católica mediante el rompimiento de la conexión con Roma. La iniciativa de la resistencia en el Oriente de vez en cuando parece desde siempre  haber sido un acto del poder secular.
        Pero si a pesar de todo esto la “teoría difusiva” de la infalibilidad es realmente verdad, entonces efectivamente tenemos una vida totalmente sin analogía en todo el reino de la creación. Una vida que carece de analogía porque es absolutamente inferior a toda las demás vidas. Mientras el niño crece de la infancia a la madurez, aprendiendo gradualmente sobre sus capacidades y sus limitaciones; mientras que el árbol en su ejercicio es prácticamente infalible en la elección de los químicos sustentables para su desarrollo; mientras que la mente humana en general ha aprendido a través de centurias con mayor claridad en qué reinos está la autoridad en lo infalible y en lo empírico, lo reservado para el entendimiento del Cuerpo Místico de Cristo va a pasar de la coherencia a la incoherencia, y de su voz en el discurso al silencio.
          Tampoco la teoría del Oriente es la más comprensible, ya que no es más que una teoría. ¿No ha surgido en la acción porque quien está ahí en el Oeste, excepto aquellos quienes ha hecho un estudio especial sobre la cuestión que incluso es  más consciente de que lo que teoría es? El Este, como ha sido ya muy bien resaltado, solamente trató de ser llamado católico, no serlo. La teoría incluso hasta donde yo he sido capaz de entender, no acerca del desenvolvimiento. Mientras los teólogos orientales se aferran efectivamente a la tradición, es a una tradición que frena, más que soporta. Esto no florece de concilio en concilio, sino que manda a sus adherentes a aferrarse a viejas tradiciones a través de las cuales construyen  muros por temor a que sus seguidores vayan más lejos.
        Entonces si puedo recapitular en unas pocas frases, ésta es la llave que aparece, como ninguna otra, para encajar en las aulas de la historia.
         Estamos todos de acuerdo con que la Iglesia es el Cuerpo de Cristo. Es esta colección de seres humanos y de entendimientos – células individuales que fallecen y que son renovadas – las que en virtud de la gracia son elevadas hacia una personalidad trascendente,  la que nuestro Señor señala como suya propia. Con todo, el entendimiento humano de la Iglesia sigue siendo humano y es de una manera cuasi sacramental que la mente divina se une con él. Esta unión es de tal naturaleza que el entendimiento humano de la Iglesia queda salvaguardado de comprometerse al error. Aunque es cierto que todavía es necesario, a partir de su propia humanidad y finitud, que deba luchar siempre hacia la completa realización de los contenidos del entendimiento divino al cual está unido.
        De pasada entonces vemos que la naturaleza de este vínculo a pesar de ser un vínculo esencial y vital, no necesita al menos en sus primeras etapas de la actividad del cuerpo, ser explícitamente reconocida y definida por este cuerpo. Incluso a pesar de que, tal como la historia y el sentido común lo muestren por igual, ha actuado sobre él.
        Nosotros mirando más allá de la historia, vimos que el núcleo de la cristiandad indudablemente incluso en los primeros tiempos de la Iglesia, tomó forma en Roma. Y que fue en Roma también que la definición explícita final de la manera en la cual la infalibilidad se ejerce fue declarada. La historia nos mostró exactamente lo que debemos esperar de la vida orgánica. Una aproximación gradual hacia el pleno entendimiento de sí misma.
         Además nuevamente consideramos el lugar de la Tradición en la vida de la Iglesia, que es una comprobación sobre las acreciones más que un cómplice de ellas. Y que esa misma cadena en la vida de la cristiandad que mostraba el desenvolvimiento gradual de lo que yo he hablado, mostró también una fidelidad y un celo hacia la Tradición sin doquier.
          Consideramos en general, como un todo a la naturaleza de la infalibilidad como una prerrogativa de la Iglesia. Y vimos que fue esencial para la supervivencia de la Iglesia tal como indicamos para decirlo en términos suaves, por las mismas palabras de Cristo, y que no fue la única prerrogativa, aunque es la prerrogativa de todo entendimiento hacia su propio objeto.
         Y finalmente vimos cómo en la misma Comunión donde el desenvolvimiento de la conciencia ha sido tan evidente y donde la Tradición ha sido reconocida como una fuente de verdad, un decreto emitido definitivamente con todo el peso de la autoridad de la Iglesia, definiendo no una nueva prerrogativa, sino simplemente poniendo los límites y el ejercicio  de una antigua prerrogativa, la cual siglo tras siglo fue haciéndose cada vez más explícita. La Infalibilidad del papa y la infalibilidad de la Iglesia no son dos poderes, sino uno; aunque teóricamente el vicario de Cristo es infalible solo, aun cuando él no es el  explícitamente designado intérprete de la Iglesia, sin embargo él prácticamente nunca puede actuar así. E incluso si él lo hiciera sería en virtud de su relación para con el entendimiento de Cristo, cuya relación en cuanto al entendimiento humano de la Iglesia, es también la causa de su infalibilidad.
         Entonces, una vez más echando un vistazo al curso de la historia, yo traté de indicar como las otras dos teorías de la unidad de la Iglesia – solamente aquellas únicas serias en la existencia – solamente pueden tener éxito en vaciar la frase “El Cuerpo de Cristo”, de todo significado. En una de aquellas teorías nos vemos a nosotros mismos confrontados a una imagen sin vida. En la otra observamos que lo que Dios dotó con vida sobrenatural, sin el cumplimiento de los procesos ordinarios de la experiencia natural, la historia de la Iglesia, contra la cual las puertas del infierno no podrán prevalecer, se convierte en una de retroceso y  creciente la perplejidad.